Otra forma de afrontar el primer día de caza

Se acerca, por fin, el primer día de apertura de la veda general. Fecha clave en la agenda de cualquier cazador, y en especial, para aquellos que en solitario, o en mano, salen al campo con ilusión, tras perdices, liebres y conejos. Piezas de enjundia en lo que a la menor peninsular se refiere, ya que, becadas, torcaces, acuáticas y zorzales, nos harán esperar todavía para encontrar su mejor momento.

Luis Dávila | 23/09/2011

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Nos encontramos frente a la primera jornada de caza, en la cual, un chorro de emociones nos embriaga.

Ya desde el principio, nos damos cuenta que no está siendo todo lo exitosa que esperábamos, notamos la inactividad y el físico nos falla, el calor y los insectos hacen penosa la marcha, la caza parece no dejarse acercar a pesar de ser el primer día, y de tirar, no tenemos presteza ni agilidad para tomar los puntos con rigor, y resolver con garantías el momento del lance.

Las ganas por volver a patear el campo, nos ha distraído en estas últimas semanas, sin dejarnos preparar una estrategia adecuada al cazadero, y sin poder encarar la mejor manera para afrontar con garantías un primer día de caza.

Tenemos que ser sinceros con nosotros mismos, y valorar cual es nuestro estado físico, (que dista al que teníamos al finalizar la temporada pasada). Algo parecido ocurre con nuestra puntería, y que a pesar de haber entrenado en canchas de plato, o con la reciente media veda, no estamos todavía al mejor nivel. Esto nos hace perder rápidamente motivación y confianza, y lo que presumíamos sería un gran día de estreno, se torna en una cacería con desencanto y hasta algo aburrida.

Por ello, lo primero que tenemos que hacer antes de calzarnos las botas y soltar alegremente a nuestros perros, es buscar la mejor estrategia. Esta, vendrá definida por la capacidad del cazadero, y no trataremos de llevar al zurrón cuantas más piezas mejor, no, trataremos de cazar con sentido, y aprovechar las ventajas que nos ofrece el día de desveda, para minimizar las limitaciones que ahora tenemos cazador y perro.

Es un buen momento, con un perro centrado, para cazar a primera hora y sin prisas, viñas y liegos en los llanos, sus laderas de monte bajo, así como olivares, pequeños manchones, y cañadas en busca de esos conejos perezosos y algo inocentes (si no hubo descaste), que nos depararán bonitos lances, nos permitirá sujetar y centrar aun más al perro y no machacarlo demasiado, ni desfondarnos ya a primera hora, además en escasas dos o tres jornadas, será muy difícil, sorprender a esos conejos que se encerraran con facilidad al sentirse avisados.

Una vez cumplida la mañana, y ya algo cansados, podemos retomar la caza e intentar, ahora sí, colgar alguna patirroja. A las que estas horas de tregua que les hemos concedido, les vendrán de maravilla, para no acabar abatiéndolas sin gracia y de manera alevosa, si desde el inicio nos lanzamos todos tras ellas.

Podemos repasar esas cañadas con junqueras u otro tipo de vegetación, entre barbechos y rastrojos, que son tan propicias, donde el perro con un cazar tranquilo, nos podrá mostrar alguna, que arrancará con brío, al no haber presionado en exceso durante la mañana, deparando lances de gran calidad y vistosidad.

Lo primero que tenemos que hacer antes de calzarnos las botas y soltar alegremente a nuestros perros, es buscar la mejor estrategia

Las viñas grandes también tienen perdiz, y en solitario pueden resultar un tragatiempo, pero, parcelándolas y sobre todo en tierras más pequeñas, también podemos tirar con éxito, procurando, si cazamos en mano, no cerrar demasiado la viña, ya que de una sentada, se puede acabar con toda una pollada, abatiendo algunas patirrojas todos los componentes de la cuadrilla, y dejar la zona desnuda de perdiz para casi toda la temporada… y esto no es lo que buscamos.

Si el cazadero es bueno para ellas, habremos visto, o incluso cobrado ya alguna liebre, que al paso o bien de huida, hemos podido tirar a pocos metros. No nos cebemos con ellas, ya que si en el coto abundan, podemos realizar una percha exagerada, al estar desorientadas, tras ver tanto movimiento de cazadores y perros por sus zonas habituales de querencia. Limitémonos a tirar solo a las mostradas o levantadas por el perro, o ya a última hora de color a nuestra percha de perdices y conejos. Dejando ya tranquilas esas patirrojas, para que tras el canturreo, se vayan juntando y asimilen el estrés de este primer día de caza, fortaleciendo las supervivientes para próximas jornadas.

A última hora, la liebre se vuelve a echar, ya que prácticamente no la hemos dejado en paz durante toda la mañana, con el traqueo cercano y las carreras y ladras de los perros. Cuando el campo calla y se vuelven a sentir tranquilas, las podemos tirar a muestra de perro cerca de sus perdederos, ya sean límites de viñas emparradas, sopié de cerritos desamparados de la labor, márgenes de cañadas con algo de monte o broza, etc. Busquémoslas como la hora y nuestro físico no pide: muy despacio, de manera sosegada, incluso con frecuentes y más o menos largas paradas. Dejando al perro que trabaje podremos por fin levantar esa liebre que da color y por qué no decirlo, prestigio a una percha de menor, y que nos sabrá mil veces mejor que ese par de liebres casi juntas que podíamos haber abatido de mañana, cuando nos entraron rehuidas.

Por fin hemos completado un bonito primer día de caza, sin prisas ni carreras, sin voces o gritos a los perros, que asustan al campo y crispan el ambiente, sin la necesidad de hacer percha, y dejar el coto mermado para los próximos meses, cuando de verdad disfrutamos con los fríos de la caza… y sin embargo, con mesura hemos conseguido una percha variada y equilibrada, obtenida con criterio y de manera trabajada, finalizando el día de manera aceptable en lo físico, sin venir deambulando de manera lastimosa con la escopeta atravesada en los hombros o peor aun con rozaduras, ampollas o cualquier tipo de lesión que nos impedirá disfrutar los siguientes días.

Luis Dávila

 

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