El perro de sangre: disposición y disponibilidad

Estos días de atrás mal disparé a un corzo, lo enganché muy trasero y, a la hora de pistearlo, la persona que me acompañaba, a pesar de haber encontrado la sangre, me dijo que era mejor que lo dejásemos tranquilo, que habría corrido barrera abajo y que dos o tres días después lo podríamos encontrar fácilmente (¿). Lo dejé estar porque sabía que, aunque no tenía razón, no era el momento de apretar, aunque a mí, eso de dejar animales en el campo muertos o moribundos, no me hace ni pizca de gracia…

Juan Pedro Juárez | 12/09/2011

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Dos días después, topamos con un venado de esos muy raros, claramente deforme pero de no mucha edad, lo que nos obligaba a pensar que sufría algún tipo de enfermedad. Le disparé y le tropecé con el mismo tipo de impacto que al corzo y, cuál fue mi sorpresa, que a éste sí que tuvimos que pistearlo con exquisito cuidado y, a pesar de no dar sangre, lo buscamos y dimos con él.

Es más, llegamos cuando, apoyado en un alcornoque, no consentía en dejarse escapar la vida; respetamos su muerte sin volver a disparar, como dejándole que se despidiese de su sierra. Para los amantes del lance, uno perfecto, completo y gratificante. Cuando ocurrió lo del corzo era por la mañana, nos quedaba apenas una hora de fresca y lo del venado era por la tarde, también hacía calor y nos restaba una hora de luz. Los dos lances presentaban más o menos la misma premura e importancia. Pero con cada uno de ellos se tomó una decisión diferente.

Asuntos del corazón

A pesar que lo del corzo era asunto de ocio y lo del venado de trabajo, no protesté porque hubiese dado igual. Aunque lo hubiésemos buscado los dos, a buen seguro el corzo no hubiera aparecido, porque aquella mañana íbamos a intentar olvidar un drama familiar sin solución posible. Quizá esto les suponga un dilema sobre si soy idiota o solamente tonto; pero, déjenme decirles algo: cuando una cosa se hace sin gana ni motivación, aparte de no disfrutar con ella, difícilmente sale bien. Y los días anteriores a lo del corzo se apretaron las tragedias y el día de lo del venado ya se habían comenzado a digerir.

El estado de ánimo influye en lo del pisteo igual que influye en un montón de cosas más. Hay veces que pasas tres veces seguidas por el mismo sitio y no te topas con una res hasta que te patea; otras veces, la sacas por el aire.

La guerra perdida

El estado de ánimo en la caza es una pieza más del puzle. Resultará más o menos importante, pero, en muchos casos, si falta no se completará el paisaje. El ir de caza refleja, en sí, un estado de ánimo que nos ha de transportar al éxito de nuestra misión u afición. Muchas veces, antes de comenzar el pisteo, ya hemos emitido nuestro veredicto, tanto para bien como para mal.

Sin ver otra cosa más allá del fogonazo, ya decidimos qué hemos fallado y muchas veces ni nos acercamos al teórico lugar del impacto. Otras veces lo damos ya por cobrado y nos dejamos un trofeo debajo de una mata. Es más, damos nuestra opinión sesgada al vecino de turno, quien sí ha ido al tiro y está deseado que acabe la montería para adentrarse en el monte tras su pieza. A veces, sí y muchas, si podemos hasta le metemos prisa al pobre hombre, que no nos conocía y no se alegra, precisamente, de haberlo hecho.

La válvula de escape

Contra el mal genio que nos llevamos muchos al campo no se puede hacer nada, sino hay un psiquiatra cerca, y si lo hay nos dará igual, porque cuando nos diga que la caza es para distraerse y disfrutar, le mandaremos a la mierda. Cuando el espíritu está turbio, la caza no soluciona nada: un corzo bien cobrado es la culminación de una trayectoria momentánea personal. El matar un corzo o un cochino no es la solución a ningún problema, debería ser, en cambio, el colofón o la celebración de un estado de ánimo traído ya desde casa. El mecanismo mental debería ser ir de caza porque se está bien y cómodo con el entorno, no un escape para olvidarse de los problemas. Créanme si les digo que de caza no entiendo, de lo que sí es de cazadores, y los que más disfrutan de ella, los que más abaten y los que mejor cazan, son los que van para celebrar sus alegrías y no en busca de ellas. Tengo más aprecio a un trofeo de los que yo llamo mini-representativos que a una medalla porfiada en una junta. Recorrer algunas paredes de trofeos, con su feliz propietario, es como ver un álbum de fotos: «Éste lo maté el día del cumpleaños de mi esposa», «Éste, a los pocos días de nacer mi hijo pequeño», etc. Te dan un recorrido por su feliz vida culminada por un gran día de caza. A esos sí que hay que envidiarlos.

¿Saben ustedes que en las manchas que se celebran en domingo aparecen, durante la semana siguiente, un cuarenta por ciento más de animales muertos sin cobrar que las que se cazan en sábado? Pues sí, y eso es porque el personal se va en busca de otra cosa que le haga olvidar los problemas, ya sea el fútbol o la familia.

El resoluto don Ricardo

Dicho todo lo anterior, fundamental para mí, este mes procuro hacerles reaccionar ante un pisteo y saber valorar si su estado de ánimo es suficiente para disfrutar de ese tiempo extra y tomarlo como lo que es: una guinda difícil de encontrar, pero gloriosamente sabrosa. Entiendo que con las monterías es difícil de adivinar el estado de ánimo que tendremos dentro de tres meses, pero con los recechos es mucho más sencillo: no hay que ir. Si lo que queremos es olvidarnos de un problema, lo que hay que hacer es irse de paseo o a otra cosa, no a intentar sesgadamente de un asunto tan serio como la caza. Como decía mi señor padre: «A los bares se va a celebrar alegrías, no a soterrar penas».


Juan Pedro Juárez

 

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