Pongola: entre Mpumalanga y Zululandia (I)

Mpumalanga en el dialecto suazi, significa «lugar en el que sale el sol». Una provincia situada al noreste de la República de Sudáfrica.

Alberto Núñez Seoane | 14/06/2011

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Limita al norte con la provincia de Limpopo, al oeste con Gauteng (donde está Johannesburgo, significa tierra de oro), al sur oeste con el Free State, al sur con KwaZulu-Natal y al este con Mozambique y Swazilandia. Su capital es Nelspruit —hoy Mbombela—. El 92% de su población es negra, el 7% blanca y el resto asiática y mestiza. El clima es subtropical y su economía se basa en la agricultura (maíz, tabaco, algodón, sorgo y azúcar), la madera para fabricar papel, la minería (oro, platino, cobre, zinc, cromo y silicio) y el turismo que proporciona el Kruger National Park (la mayor y más importante reserva natural del planeta, con más de 20.000 kilómetros cuadrados de extensión).


A las palomas

Sólo en la zona noreste de la provincia hay riesgo de contraer malaria, sin que haya peligro relevante de contraer otras enfermedades graves, a poco que mantengamos las mínimas precauciones de higiene y sensatez. Lo que puede llegar a ser un problema, sobre todo en épocas de sequía, son las garrapatas, en particular las que por aquí llaman pepper ticks (garrapatas grano de pimienta, en relación a su pequeño tamaño que, como veremos, las puede hacer particularmente dañinas). Por lo demás, es una hermosa región, bastante alejada, en algunas zonas, del turismo y de la masificación. Para la caza es un lugar especial, puesto que en algunos lugares se pueden conseguir especies tan peculiares como el serval (Leptailurus serval), el zorro del Cabo (Vulpes chama), el chacal de lomo blanco (Canis adustus) o la mangosta de cola blanca (Ichneumia albicauda). Era la caza de estas especies, lo que me habían llevado hasta allí.

A palomas

La cacería empezó en Madrid, donde mi buen amigo Mynhard Herholdt, sudafricano originario del Free State, buena gente, muy buen conocedor de la fauna de su tierra y, también, dueño de un corazón generoso, había donado una tirada de palomas (con 1.500 cartuchos incluidos) para ayudar a la campaña que Isabel de Quintanilla, a través de Cazadores Solidarios, está llevando a cabo en Tanzania para la escolarización de niños y jóvenes, sin posibilidad alguna de lograrlo si no recibiesen ayudas de este tipo. Tuve suerte y me tocó.


Chacal de lomo blanco

He de decir que no tiré 1.500 cartuchos, si no 1.999, el último me lo guardé para que no dijesen que era un agonía. Las tiradas, dos días completos en inabarcables siembras de girasoles, fueron espectaculares, así como el alojamiento en La casa del Hobitt, recogido y confortable hotelito situado en la cercana ciudad de Bloemfontein, lugar donde nació John Ronald Reuel Tolkien, autor, como saben, de El señor de los anillos. Al final de las dos jornadas cobré, un hombro con un hematoma importante y 712 palomas. Más contentos que una pascuas, Susana y yo dejamos la capital judicial de Sudáfrica, y también de la provincia del Free State, con dirección a Piet Retief, última ciudad, ya en Mpumalanga, que veríamos antes de adentrarnos en el bush (monte, matorral). Llegar hasta allí nos llevó casi catorce interminables horas de coche.

Estábamos en un restaurante de carretera, a las afueras de Piet Retief, devorando una buena carne con cerveza bien fría, cuando aparecieron los dueños de las tierras en las que íbamos a cazar: un matrimonio de granjeros, amables y dispuestos a adelantarnos información sobre todo lo que podríamos, con suerte, cazar.

De allí nos dirigimos hacia la zona de caza, a una hora de coche, en las orillas del río Pongola, afluente del Maputo, que separa las provincias de Mpumalanga y de KwaZulu-Natal. Un hermoso y solitario paraje, repleto de animales y caza.

Caza nocturna y frío, mucho frío

Quedaba aún luz suficiente para probar el rifle cuando llegamos, así que, dejando el equipaje para deshacer más tarde, salimos al campo y comprobé que la mira estaba como cuando la puse en España, de modo que nos dedicamos a desembalar, a cenar, a tomar unas cervezas y a descansar… un rato sólo, porque, como no había que madrugar —todos los animales a por los que había venido se cazaban de noche—, decidimos empezar esa misma anochecida.

La temperatura era excesivamente baja, al menos para mí, hombre del sur, aún no acostumbrado —a pesar de las muchas experiencias— a soportar con estoicidad, ese frío traidor que te va calando los huesos sin que puedas, después, lograr que te abandone, por mucho empeño que pongas en convencerlo.


Mangosta de cola blanca

Atravesábamos un campo tras otro, vueltas y más vueltas. Mi sentido de la orientación estaba por completo alterado, no tenía la menor idea de la posición que podíamos tener respecto a nuestro punto de partida. Alcanzar la zona de querencia del serval, primer objetivo de la cacería, nos llevó casi una hora y media. Por el camino vimos un par de zorros orejudos (Otocyon megalotis) —de orejas de murciélago, los llaman por aquí—, pero su caza estaba, entonces, prohibida.

El serval, esquivo y difícil animal, cuya caza está permitida en Sudáfrica, es un felino carnívoro de pequeño tamaño (70-80 cm), de hábitos nocturnos, que se alimenta de pequeños roedores, lagartos, liebres y aves. Tiene grandes orejas y largas patas. Su piel es muy apreciada y su caza, ansiada por lo complejo de su localización.

El coche se detuvo, algo se movía en la oscuridad. Mynhard me dio el visto bueno, ¡era un serval! Apunté al centro del cuerpo del animal para tratar que mi bala, sólida, provocase el menor daño posible. Un .243 es calibre suficiente para abatirlo, pero no me pude llevar dos rifles, así que utilicé el habitual, eso sí, con la munición blindada. El disparo retumbó en la noche y acalló los sonidos que la llenan. El animal cayó, la primera pieza de la lista pasó a ocupar su sitio en la parte trasera del vehículo.

Volvimos al campamento lo más rápido que nos permitió el accidentado terreno, para agarrar la cama como locos, después de una reconfortante ducha caliente. Mañana sería otro día.

Un precioso trofeo y...

Pasamos la jornada diurna recorriendo parte de la finca, recreándonos con los animales y disfrutando de la siempre apasionante naturaleza africana, en espera de la llegada de la noche.


Zorro del Cabo

Bien pertrechados contra el frío que nos aguardaba, salimos en busca de cualquiera de los tres que me faltaban. No mucho más tarde, en la cima de una pequeña colina, vimos moverse un animal. Bajamos del coche y anduvimos hacia el lugar en el que lo perdimos de vista. Rastreamos la zona y uno de los pisteros lo pudo localizar, aunque no estaba quieto, caminaba lentamente un poco alejado de nuestra posición, era un chacal de lomo blanco, posiblemente el más difícil de encontrar de los cuatro trofeos que había venido a buscar.

Esperé a que se detuviera y disparé sin pensármelo mucho. No lo vimos caer, pero tras peinar la zona, lo encontramos muerto. ¡Un precioso trofeo! y, mucha suerte en haberlo podido conseguir.

De regreso al campamento, un par de mangostas de cola blanca cruzaron el carril a 200 kilómetros por hora, ¡por lo menos!. Echamos pie a tierra y nos adentramos en el sembrado en el que habían entrado. Iban en busca de comida, así que contábamos con bastantes posibilidades de dar con ellas, si teníamos la paciencia necesaria, ¡claro!


Un descanso en el camino

Es obvio que cuando la suerte te sonríe, todo sale mejor de lo que podías, incluso, haber imaginado. No tardamos mucho en localizar a la pareja de mangostas devorando los restos de los tallos de la plantación. Me encaré el rifle y disparé sobre una, primero, y a la otra después. Todos pudimos ver que pegué a las dos, pero sólo encontramos la segunda de ellas, la otra logró llegar hasta un grueso herbazal y nos fue imposible dar con ella. Lo malo era que al día siguiente no quedaría ni rastro de su cuerpo, los carroñeros nocturnos darían buena cuenta de ella.

Felices por los dos trofeos abatidos, llegamos a la bonita casa que nos servía de acomodo y pudimos celebrar el éxito de la jornada con una buena cena y un mejor vino sudafricano.

…Y también el zorro del Cabo

Las cosas estaban saliendo bien, aunque aún debíamos desplazarnos, una vez terminada esta cacería, a Zululandia, para ir tras el duiker rojo y el nyala. Habíamos reservado tres días para ello, pero aún contábamos con otros dos para dedicar a la caza del zorro del Cabo y, según me decían, este trofeo no era tan complicado como el serval o el chacal.


Jirafas

En efecto, la noche siguiente, después de haber buscado, sin éxito, durante la mañana la mangosta herida, salimos a recorrer los mismos parajes en los que habíamos tenido suerte en la jornada previa. No pudimos ver ninguno de los animales que ya habíamos cazado, cosa rara, pero, tras un intento fallido a un zorro, al que no tuve opción de disparar porque, desde que lo localizamos, nunca dejó de correr, encontramos otro ejemplar que si me dio una oportunidad que no desaproveché. Aunque las distancias no son largas, la pequeña envergadura de estos carnívoros requiere una cierta precisión a la hora de apretar el gatillo. No hubo, por fortuna, ningún contratiempo, y pudimos regresar al campamento con la última de las piezas que habíamos ido a cazar.

En la mañana, después de ajustar cuentas y agradecer el trato recibido, no sin dejar de celebrar el éxito de la cacería con un buen desayuno campero, volvimos al coche del que no nos bajaríamos hasta muchas horas después. Nuestro destino: Zululandia, tierra de la etnia zulú, en la provincia de KwaZulu-Natal, al otro lado del río Pongola.

Alberto Núñez Seoane

1 comentarios
25 abr. 2014 11:30
contratos01
Ir hasta Africa para cazar una mangosta, un zorro o un "gato". Que experiencia!

 

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