El perro de sangre: las huellas

Continuando con este ya largo trochil de rastro de sangre, sin sangre, vamos a darle una vuelta a las huellas de la caza, huellas directas de los animales que habitualmente se cazan y más usualmente se pistean. Digo huella directa porque las marcas que los animales dejan en su huida, aparte de dejarlas para más adelante, no son huellas.

Juan Pedro Juárez | 23/05/2011

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Nunca será lo mismo pistear un animal macho que una hembra, porque unas tienen unos comportamientos distintos a los otros. Intentaremos aprender a distinguir unos tipos de huellas de otras, ya que en un tramo en el que no dé sangre nuestra pieza podemos irnos tras la huella de un animal sano.

Es obvio que todos sabemos ya distinguir las huellas de las diferentes especies de caza mayor de nuestro país, quizá hasta las de otros, pero hay algunos matices que han de repasarse. Pongamos una pareja de corzos en un aguadero, herimos al macho y, como ocurre a menudo, se separan y no vemos sangre. Habrá, pues, que saber cómo distinguir el rastro de los distintos ejemplares para poder seguir la del que está supuestamente herido, hasta que demos con la primera sangre o señal de que lo hemos acertado.

Hay especies para las que resulta más fácil la diferenciación, pero, por el contrario, hay otras que, por su carácter gregario o porque apenas presentan dimorfismo sexual, es complicado saber por dónde hemos de empezar a seguirla. También debemos saber, o al menos intuir, si lo que hemos herido es de un sexo u otro, ya que sus reacciones son distintas. Algunas veces nos equivocamos y bueno es saber lo que hemos herido porque, aunque no lo crean, la cosa cambia mucho.

Los corzos

Considero más apropiado relatarles un incidente que me ocurrió personalmente para ilustrar los argumentos que esgrimo: hace ya muchos años, cuando todavía me dejaba llevar de la mano por guardas y guías, le entramos a unos corzos que, por ser demasiado pronto, aún estaban en grupo y nos encontramos con un macho, un joven, su hermana, su madre y otra corza. Era ya casi de noche y no sé bien por culpa de quién, yo disparé al que me dijeron.

El animal hocicó y se metió, junto con los demás en un barranco pequeño y como ya estaba bastante oscuro, solamente vimos los bultos salir por el otro lado del monte. Al día siguiente fuimos a pistear y nos dirigimos, en primer lugar, a la zona de impacto, donde no había sangre pero las huellas sí se veían claramente: vimos el lugar donde el animal cayó y las señales que dejó al levantarse.

El guía dijo automáticamente que el animal herido era una hembra. Según él, la huella era un poco más fina y alargada, y estaba más cargada en las patas que en las manos por su preñez ¿?. También dijo que, seguramente, no iba en el grupo que atravesó el barranco y que habría que buscarla más cerca, en el mismo barranco y aguas abajo. Nos fuimos reguero abajo y allí apareció el animalito con un impacto en una mano, muy alto, que no acabó con su vida, pero que la hizo buscar un refugio diferente al del resto del grupo. Pudo ser por su querencia, porque estaba demasiado gorda para huir o porque quiso apartarse de sus rastras del año anterior, vaya usted a saber.

Lo importante es que si nos hubiésemos ido con el mejor perro del mundo a cortar el rastro por donde los vimos salir de monte, todavía estaríamos tras ellos. El caso es que aquel guía supo distinguir el sexo del animal por la huella, Las diferencias idiomáticas me impidieron conocer los matices, pero algo más alargada y cargada en la huella de atrás, eso sí lo pude entender.

Jabalí

Es mucho más sencillo de distinguir, lo que ocurre es que hay una serie de matices que hace que el seguimiento sea muy divertido y, sabiendo qué animal es el que seguimos, lo haremos de una forma u otra, así tendremos el éxito más próximo y nos podremos ahorrar algún susto.

Lo primero que hemos de hacer es visualizar un jabalí de perfil. Ahora trazaremos un triángulo rectángulo imaginario, haciendo que el cateto más largo coincida con el lomo, el corto con el cuello y la hipotenusa con la tripa. Así tendremos el reparto de pesos de un macho. Ahora, imaginemos una forma trapezoidal cuyo lado mayor coincida con el lomo y el menor con la barriga. Éste será el reparto de pesos de la hembra.

Visto así podemos observar cómo el macho tiene un hueco en los ijares que le permite, yendo al paso, acercar mucho la pezuña trasera a la huella de la delantera, y al trote poner una huella encima de la otra. Ergo, ahí tenemos la huella de un macho, siempre que la pisada sea razonablemente grande.

Del otro modo vemos cómo la hembra tiene menos espacio en los ijares y las huellas nunca se alcanzan, máxime si están preñadas. Cuando están en ese estado, sobre todo los últimos días, tienden incluso a abrir las puntas de las pezuñas. Además, casi siempre, las pezuñas aparecen más alargadas y menos romas que las de un macho de peso aproximado.

De este modo, si hemos herido un macho y no da sangre, podremos diferenciarlo de otras huellas que lo crucen, corrigiendo al perro si hiciese falta, porque ocurre, a veces, que nos cruzamos con un rastro más fresco y el can se despista, sobre todo cuando es joven.

Venados y otros ungulados

Aquí es bastante más fácil la diferenciación, simplemente por el tamaño de la pisada. Hay pocas épocas del año en las que un venado vaya solo, pero, aún así, se podrá observar la gran diferencia entre las pisadas de los machos y de las hembras que, éstas sí, jamás van solas. Yendo en grupo, cuando un venado sea herido, tratará de seguir a sus compañeros hasta que le sea posible; yo, personalmente y sin sangre a la vista, seguiría la huella del animal que se descolgase. Muchas veces el animal nos simplifica las cosas porque, al ir disminuido físicamente, tiende a caminar el último, siendo su huella, generalmente, la más reciente.

Con los gamos y los muflones, al ser animales de jardín, la búsqueda no debe ser muy penosa, ya que siempre están cerrados; además, no se avergüenzan de quedarse plantados o tirados en mitad de un pelado, a no ser ejemplares muy viejos o que hayan sido tiroteados con anterioridad. Con cabras y gamuzas la historia es otra, más difícil, complicada y extenuante porque, de no haber sangre, la huella suele ser nula o casi. Por eso, los celadores de las reservas que habitan estos animales suelen ser maestros de la persecución de los animales heridos en la alta montaña. Espero que sean benevolentes con estas notas.

Juan Pedro Juárez

 

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