El adiestramiento emocional

La cuestión esencial para el adiestrador es de qué modo podemos manejar nuestras emociones y las del perro para conseguir una relación y educación más inteligente, afectiva, ética y eficaz.

Ricardo V. Corredera | 18/05/2011

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Es ya incuestionable que el perro, al igual que el hombre, es un ser emocional. La diferencia entre ambos estriba en su conveniencia, en la oportunidad de su expresión, en su intensidad, en el vehículo de manifestación y en origen de las emociones.

Si en artículos anteriores hablábamos de la importancia de la experiencia vital en el apredizaje (adiestramiento ambiental), en este vamos a reflexionar sobre la influencia de las emociones a la hora de desarrollar habilidades imprescindibles para el educador canino entre las que destacan el autocontrol, la empatía, el positivismo y la capacidad para motivarse a uno mismo. Todas estas aptitudes no son sino el resultado de una gestión óptima de las emociones propias, que además ejercen un efecto de contagio en el alumno.

El adiestramiento emocional constituye el vínculo entre los sentimientos, el carácter y los impulsos del humano y el can. Todo impulso busca expresarse en la acción, por eso es importante el manejo de la emoción. El impulso es la manifestación primaria de la emoción y un perro impulsivo es un perro incontrolable. La conducta se fundamenta en el carácter y éste en la capacidad para controlar los impulsos.

La raíz de todo adiestramiento radica en la empatía, que no es otra cosa que la capacidad para comprender las emociones del animal y a través de ellas sus necesidades, demandas, actitudes y reacciones.

Sólo tomando conciencia del dominio de nuestros sentimientos y de la comprensión de las del perro estaremos en situación de influenciar en su conducta del modo deseado.

Mientras que en el psiquismo humano, habitualmente la cabeza pesa sobre el corazón en el canino el corazón es preponderante. Balancear estas tendencias es una de las intenciones del adiestramiento emocional. En el perro de caza la pasión desborda la razón. Pero la pasión general reacciones automáticas, inscritas genéticamente en sus sistema nervioso como garantía de supervivencia como predador ancestral. Pero la realidad del perro de caza actual es que sus acciones deben estar encauzadas hacia la funcionalidad y utilidad al servicio de la escopeta.

Los excesos emocionales del can obligan al adiestrador a imponer normas y límites. La clave en este punto reside en la forma de hacerlo.

El educador puede elegir entre dos tendencias: por un lado, la coerción y el castigo, y por otro la comunicación y la empatía. El primer camino nos lleva a la anulación de voluntades; el segundo a su encauzamiento.

Animales sociales

El sistema neuronal y cerebral del hombre está diseñado para conectar con los demás. El del cánido también. Esta característica común hace de ambos seres sociables que cuando se encuentran se establezca entre ellos un vínculo intercerebral y por tanto una relación.

La raíz del adiestramiento radica en la capacidad para comprender las emociones del animal y a través de ellas sus necesidades, demandas, actitudes y reacciones.

Del efecto que ese puente neuronal de comunicación provoque en cada uno dependerá la calidad de dicha relación desde el inicio y en cada momento.

Cada vez que el hombre y perro conectan tiene lugar una descarga hormonal que repercute tanto en el cerebro como en el corazón e incluso en el sistema inmunitario (se refuerza con la autoestima y el placer y se debilita con la ansiedad el miedo y el estrés).

La conexión

Las relaciones interespecíficas (entre dos especies diferentes) entre dueño y perro tienen consecuencias muy profundas en el aprendizaje. Las dudas son ¿cómo podemos contribuir al bienestar emocional del can? ¿Cuáles son las bases del adiestramiento positivo? ¿Qué puede hacer el adiestrador para que la mente del perro funcione mejor? ¿Cómo establecer una convivencia armónica? ¿Cómo promover los comportamientos deseables y anular los problemáticos?

Para empezar hay que conectar con el perro. La mayor parte de los perros viven en total desconexión con su dueño o educador. Consumen el tiempo enclaustrados de un modo u otro y los escasos minutos semanales compartidos transcurren sin llegar a establecer una verdadera comunicación ni contacto emocional alguno.

Conocerse uno mismo

Las relaciones con el perro de caza, como compañero con quien compartimos una fuerte pasión, nos lleva a momentos tanto de agitaciones emocionales tempestuosas como de frialdad absoluta. Para manejarlas sin extralimitarnos o incurrir en faltas que marquen al animal de forma negativa es importante que hagamos autoanálisis y que nos conozcamos primero a nosotros mismos.

Teniendo conciencia de uno mismo estaremos alerta, de forma autorreflexiva a la hora de evitar por ejemplo manifestaciones de ira, de desmotivación contagiosa o de excitabilidad excesiva… Cayendo en la cuenta de nuestras propias emociones durante una sesión de entrenamiento estaremos en disposición de reflexionar: «no está bien este pensamiento sobre mi perro» o «voy a positivizar esta acción para motivarme y motivarle». Si hacemos autoanálisis de nuestras emociones puntuales seremos capaces incluso de decidir en ciertas situaciones tensas, «recoger al perro, darle unas palmaditas y para casa…» «mañana será otro día».

No existe el adiestrador que se ajuste al perfil ideal y prototipo, todos tenemos nuestros puntos débiles. Pero el que es consciente de sí mismo y de sus estados de ánimo disfruta de una relación más empática y rica con sus perros. Suelen ser adiestradores autocríticos, psíquicamente sanos, seguros de sus actos en el entrenamiento y con una visión positiva del entorno de la caza y el adiestramiento.

Otros propietarios o adiestradores parecen estar atrapados en sus emociones. Suelen dejarse desbordar por las mismas y cambian de estado de ánimo con frecuencia y sin poder controlarlo. Al ser volubles la constancia y coherencia en el aprendizaje del perro se rompe constantemente con lo que éste cae en la ansiedad y la confusión.

Sea como fuere, ciertos tipos de temperamento cuando están fuertemente establecidos en la personalidad de una persona, hacen de ésta un individuo cuando menos poco apto para el adiestramiento. Me réfiero a aquellos que aceptan pasivamente sus estados de ánimo y los que son proclives a los estados de ánimo negativos y depresivos. Lo mismo ocurre con aquellas personas de temperamento iracundo o carácter violento e irritable. Deben sin más apartarse del can lo más posible por obvias razones.

Pero cuidado también con el apasionado, que muchos hay en este mundo canino. Aquel que ha llevado por su emotividad tiende a magnificar sus reacciones y las del perro, cuya elocuencia y ponderación le llevan a perder la ecuanimidad y el punto de vista de la realidad.

El apasionado es persona abrumadora, tanto para con los compañeros aficionados como para el perro sobre el que vuelca expectativas desmedidas. Ello trae corno consecuencia frustraciones continuas.

En relación con nuestro perro de caza tan negativo es sentir poco como sentir con excesiva intensidad.

En el polo opuesto al apasionado encontrarnos al propietario gris, ese que parece no tener sentimientos hacia el can y cuando los experimenta no sabe cómo expresados. De ese modo aburren al animal en las sesiones de adiestramiento, no conectan con él y no son capaces de motivarlo ni de reforzarle negativa o positivamente la conducta.

El adiestrador debe ser sumamente expresivo con el perro para llegar a él en cada acción. El problema que tienen estas personas no es sólo que no se expresen sino que tienen poco que expresar. Son personas sin creatividad ni imaginación que pululan con el perro de la correa siempre mirando a otro lado y deambulan en el campo con el animal buscando conexiones con sus moradores. Son en definitiva individuos inapropiados para el adiestramiento.

La apatía es uno de los mayores lastres del adiestramiento. La caza, los perros y la naturaleza, son para el aficionado tres elementos generadores de sentimientos, las emociones no tiene sentido si no llevan a la acción. Aprender a activar correctamente ante nuestras emociones en la caza, con el perro por delante, será el tema de próximos capítulos.

Ricardo Vicente Corredera
Fotos: Shutterstock y Maite Moreno

1 comentarios
22 jul. 2011 23:06
joseandres
mi caza es la caza a trailla y mi experiencia me dice que hay que controlar las emociones del cazador pues el perro las percive y puedes estropear un gran perro por emocionarte demasiado pues los hace temerarios o impulsivos perdiendo el rastro o entrando a muerte a los guarros por no tener el suficiente respeto a los animales y si estas tranquilo el perro guarda tambien sus emociones siendo mucho mas efectivo

 

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