Monstruos en Argentina

Que nadie se asuste. Los monstruos de los que voy a hablar no son de los que dan miedo, sino que son, más bien, dignos de admiración. Esta «monstruosa» historia es… un reto, un intento de acompañar unas magníficas fotos con un relato de esta aventura.

Marcial Gómez Sequeira | 03/05/2011

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En apenas dos meses, y cambiando de continente, todo es posible, pero de menos 17 a más 39, hay una gran diferencia, y ésta es la temperatura que me esperaba en La Colorada.

Pero vayamos al origen de esta nueva aventura, sin duda un poco más cómoda que la anterior en la República Checa.

Hacía ahora apenas dos años que acudí, invitado por mi gran amigo Jesús Caballero, que a su vez lo había sido por Roberto Debono, a este paraíso argentino, como lo es La Colorada, propiedad de un gran señor, Luis Bertone. Entonces, entre chancho y chancho, que es como aquí llaman a los importantes jabalíes que allí se cazan, pude admirar la calidad de los tremendos venados que tiene esa preciosa finca. Le prometí a Luis que en cuanto pudiera volvería a cazar uno y… heme aquí cumpliendo mi promesa, acompañado por mi mujer, Maite, a la que pude convencer al proponerle volver a visitar Argentina y Buenos Aires ya que hacía bastante tiempo que no venía. Y si usted tiene en mente visitar Argentina, tenga en mente que hay una variedad de hoteles en la ciudad, igualmente entre otras ciudades conocidas por los fanáticos de caza. ¡Hay hoteles baratos desde la capital hasta la ciudad de Mendoza! La ciudad Mendoza ofrece a los amantes de la caza un panorama interesante y no tan lejos se encuentra una diversidad de hoteles en Mendoza donde los cazadores pueden hospedar.

Desde aquella primera vez había contactado con Luis en varias ocasiones y, al parecer, según me comentó, entre los preciosos venados que cuida con devoción, había uno que parecía destacar de entre todos y que intentaría reservar para mí, si me decidía a cazarlo.

La cosa no estaba nada fácil, sobre todo porque Luis había incrementado la superficie de su finca en más de 1.000 nuevas hectáreas, pero en una parte de la misma, y a base del excelente pasto que atraía a los venados, había conseguido tener controlados a unos seis o siete ejemplares impresionantes. El que al final abatí no era precisamente el que iba a cazar, éste sólo surgió en el último día de mi cacería. Él me tenía localizado, al parecer, un venado más largo y más impresionante, pero, tanto Maite como yo, en cuanto lo vimos en el último momento, nos decidimos, sin dudarlo, por éste que estábamos a punto de intentar cazar.

Sólo me quedaba la última mañana, ya que, ese mismo día, esperaban a cuatro americanos que llegaban para abatir cuatro venados con arco, aunque no con tan alta puntuación como el que yo pretendía. De ese tipo, de gran calidad, bastantes puntas, pero, sin duda, de menor puntuación, y por descontado más asequibles económicamente, había gran cantidad. En cualquier caso en esta gran finca, con pocas zonas de bosque cerrado, no era difícil encontrar, en esta época de incipiente berrea, y sin ninguna cacería de ciervos desde el año pasado, al ejemplar más en concordancia con el que en principio vienes buscando, que dependerá, entre otras cosas, de la puntuación que tu guía de caza, en este caso Luis, pueda indicarte, y que repercutirá en el monte final de lo que te va a costar. Creo firmemente que pocas veces se equivocan y de ahí la importancia de lo que tengas previsto gastarte.

No había mencionado todavía que la berrea acababa de empezar y que, poco a poco, los animales empezaban a juntarse con las hembras, de las que, hasta entonces, habían estado más o menos distantes. Era la ocasión ideal y por eso fue la que Luis me recomendó para venir.

Antes de entrar de lleno en el lance, comentar tan sólo que había aprovechado mi breve estancia de cinco días para, además de localizar al venado que quería cazar, abatir un par de animales exóticos de los que proliferan en abundancia por estas fincas y que ya había cazado con anterioridad en Texas. Sin embargo, y si quería tenerlos en el apartado de animales introducidos de Sudamérica, tenía que volver a cazarlos aquí o en cualquier otra finca de la República Argentina. Estoy hablando de un carnero híbrido y de otro de cuatro cuernos —que no fueron difíciles de abatir, eso sí, a base de emocionantes disparos a gran distancia—, y que podrían llegar a colocarse, con un poco de suerte, entre los diez primeros en el Libro de récords del SCI.

Ya que he mencionado por primera vez los disparos, tengo que hacer una salvedad, porque, para mayor comodidad, había venido a cazar… pero sin armas, por lo que Luis me había proporcionado un Sako, .338, con una mira Zeiss de 2 a 6 aumentos, con el que conseguiría abatir mis animales sin fallo alguno.

Viene también a colación, dejando para el último momento la caza del venado, que también había conseguido, durante estos cuatro días, tres magníficos ejemplares de jabalí argentino, muy similar al nuestro pero de mayor tamaño. Uno de ellos llegó a alcanzar los 240 kilos, con unos colmillos espectaculares, uno de los cuales llegó a los 25 centímetros y con un enorme grosor. Conseguí abatirlos en espera, en dos puestos diferentes a los que los animales tenían la costumbre de acudir al atardecer, a bañarse en unas charcas de lodo.

Cuando regresábamos al campamento, nos cruzamos con otro precioso ejemplar, más colorado que los anteriores, al que receché adentrándome a pie en un pequeño bosque en el que se había ocultado. A favor del viento y con muchas precauciones, conseguí localizarlo y me hice con él de un certero disparo. No era tan grande y, aunque sus defensas también sobresalían de su enorme jeta, resultaron ser más pequeñas que las de los anteriores, aunque, eso sí, el lance había merecido la pena.

Rececho de un magnífico ejemplar de ciervo rojo argentino

Y llegamos al momento álgido de esta aventura, la caza del animal más importante y el motivo por el cual me había desplazado hasta Argentina.

Y, como ya he comentado, nos habíamos decidido por un animal diferente del que Luis me había hablado desde un principio. Al otro lo había visto sólo una vez, y se trataba de un ciervo largo y de gruesa cuerna que, sin duda alguna, daría una gran puntuación, pero éste último, hacia el que ahora dirigía mis pasos, se me antojaba que tenía… algo especial, y presentía que era un tipo de venado diferente a los demás, ese venado que sabes que te entusiasma cazar; además Maite pensaba lo mismo y eso fue lo que al final me decidió.

El sol declinaba y, aunque pensábamos acabar la cacería este último día, en el caso de que hubiésemos tenido algún problema no hubiera dudado en prolongar nuestra estancia el tiempo necesario.

Antes de seguir con el relato del lance, me gustaría comentar el hecho de que Luis Bertone, consciente de que iba a conseguir un gran venado, sin pensar en que en el último momento iba a cambiar mi elección, había aceptado la presencia de un importante fotógrafo sueco de gran prestigio, Bosse Fritzén —que se había ofrecido a pasar una temporada en La Colorada con el fin de sacar el mayor número posible de instantáneas de los animales que hay en la finca—, con la condición de intentar hacer un buen reportaje gráfico de mi cacería. Por lo tanto, los miembros que formábamos esta singular expedición en este momento éramos, Maite, que quería presenciar el lance lo más cerca posible —y que en el último momento acepté que nos acompañase con la condición de que se mantuviese en un lugar discreto—, Roberto, Luis, el fotógrafo, al que tenía materialmente pegado a mi espalda, y yo.

El rececho lo iba a intentar únicamente con Bertone, por lo que me adentré —con la esperanza de que no hubiese cambiado de sitio— hacia el lugar en el que había escuchado berrear por última vez, muy tímidamente, al venado objeto de mi deseo. No tardé mucho en dar con él, y el pobre animal, entre el celo y una lucha que mantenía con un caldén, —el mítico árbol pampeano que puebla la finca—, no se percató en ningún momento de mi aproximación. Decidí, sobre la marcha, no acercarme demasiado, por lo que llegué, casi oculto, hasta un grueso tronco de otro caldén, desde donde le observé detenidamente con mis prismáticos para asegurarme de que era el elegido y convencerme de que no me iba a defraudar si conseguía abatirlo. Me encontraba a unos 100 metros, con el animal, de costado, entretenido con su lucha particular contra las ramas del árbol.

Eché un último vistazo al fotógrafo, para comprobar si seguía a mi vera, y di un paso adelante, casi saliendo de mi escondite. Por suerte, encuadré rápidamente al animal, metiendo la cruz de mi lente en su codillo, pero subiendo ligeramente el punto de mira intentando que fuese un tiro alto que diese con el animal en el suelo sin la clásica huida del tiro de corazón o de pulmón para acabar cayendo, casi siempre, antes de los 100 metros. Tengo que reconocer que tuve suerte, fue un disparo perfecto que dio con el animal en tierra para no levantarse nunca más. Cuando llegué hasta él… ya había expirado. Como siempre pienso y siempre digo… que por lo menos sufran lo menos posible. Al poco acudieron los demás, que se habían mantenido a una prudente distancia para no molestarme lo más mínimo durante en el lance.

El increíble animal, sin duda el mayor venado cazado por mí hasta la fecha, y que espero que no sea el último, yacía a mis pies. Me quedé casi sin aliento. No tenía ni idea de la puntuación que podía dar, que sin duda sería elevada, pero era tal la belleza de aquel «monstruo», con la maraña de puntas entrecruzadas por la posición en la que había quedado en el suelo, y un grosor descomunal de cuernas a partir de las luchaderas, que para mí ya todo lo demás sobraba. Decir tan sólo que no era demasiado grande de cuerpo y, desde luego, bastante más pequeño que el que Luis había pensado desde un principio que yo cazase.

Me llovieron las felicitaciones de todo el mundo, y las fotos que, por nuestra parte —además de las del fotógrafo sueco que no paraba de «disparar»—, empezaron a iluminar con sus flahs el hermoso crepúsculo de La Pampa.

Finalmente, la anochecida se hizo dueña de la tarde y no quedaba tiempo para más. Llamamos a la casa para que viniesen a recoger al animal y regresamos con el hermoso sentimiento del deber cumplido. Sólo acabar diciendo que Maite no hacía sino darme continuamente la enhorabuena por el lance y por la calidad de mi trofeo, posando sobre mi rodilla, como rindiendo culto a tan impresionante espécimen.

Cuando, a la mañana siguiente, antes de decir adiós a todos los que nos habían acompañado estos días, medimos nuestro trofeo, el primer sorprendido fue Luis, ya que hubiese apostado cualquier cosa a que la medición del mismo sería muy favorable para introducirlo en el Libro de récords del SCI, y algo menos en lo referente a la medida del CIC. Cuan equivocado estaba, ya que, aunque sólo dio poco más de 460 puntos SCI, lo que no está nada mal —hasta que expertos medidores maestros, como Norbert Ullmann, lo comprueben ya seco—, alcanzó la muy considerable medida de más de 258 puntos CIC, con la que, si se refrenda en una medición posterior, podría llegar a colocarse el segundo dentro del ranking de los venados argentinos de todos los tiempos. El peso de la cuerna pasó de los 12 kilos.

 

 

Marcial Gómez Sequeira
Fotos: Bosse Fritzen y autor

 

1 comentarios
03 jun. 2013 04:52
juanguitar
juanguitar  
excelenteeeeeeeeeeeeeeee

 

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