Las peores faltas del montero

Tratamos de glosar con este texto de forma breve y concisa todo aquellos pecados que usted no debe cometer si acude a una montería. Los hemos dividido por su tipo y naturaleza, ya que unos de ellos afectan a su condición de persona con o sin educación y modales, y otros son de tipo de más grave, ya que podrían afectar a la seguridad de las personas y animales que están a su alrededor.

Santiago Segovia | 27/01/2011

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No obstante lo anterior, podría deducirse que tan sólo habrían de ser importantes las segundas, pero observe con atención lo que se le plantea, ya que algunas de las faltas contempladas afectan mucho a la comodidad con la que los demás aceptan su presencia, y a la confianza que puedan poner en usted.

Malos modales

No avisar con la mayor celeridad posible a sus organizadores de nuestro deseo de participar en la montería. Los retrasos producen problemas que luego han de ser solventados en el último momento, añadiendo dificultades a la ya de por sí compleja organización de un evento de estas características.

No acudir al punto de reunión a la hora designada. Esto produce retrasos molestos para todos los participantes que no tienen culpa de su informalidad. En una montería participa una gran cantidad de personas, que verán retrasados los tiempos por su negligencia. De sufrir una causa de fuerza mayor trate de comunicarse con el organizador para hacerle saber cual es su situación.

No escuchar y observar las normas e indicaciones ofrecidas por el capitán de montería. Entre ellas se encuentran particularidades de la finca y la forma de echarla, que usted seguro que no conoce y debe aprender. Las normas de seguridad a veces son muy particulares, por lo que no ha de pensar que ya se las sabe.

En monterías por invitación mostrar descontento por el puesto asignado. El capitán se reserva el asignar los pasos personalmente de la manera que considere más adecuada. En esta circunstancia siempre hay que pensar que existen personas con las que nuestro anfitrión puede tener más obligaciones que con nosotros, ya que posiblemente no nos coloque en lo que a nosotros nos puedan parecer los pasos mejores. Piense también que quizás tenga con usted una mayor confianza e intimidad que con el resto, a los que tiene que agasajar de una manera más comprometida y protocolaria por diversas obligaciones.

No estar atento a los movimientos del postor que le han asignado, ni seguirle oportunamente. Esto suele producir despistes y extravíos que retrasan el conjunto.

No estar atento a los comentarios del postor sobre su armada y su puesto. En el mejor de los casos esto podrá significar que usted pierda la opción de hacerse con un buen trofeo. En el peor se puede causar un accidente.

No llevar un arma y un vehículo adecuados para la ocasión. Las armas inadecuadas hieren las reses sin obtener un resultado efectivo. Los vehículos inadecuados provocan problemas añadidos al normal transcurso de la montería. Si no dispone de uno para acudir a su puesto, hágalo saber a la organización y ya le acoplarán en alguno.

No llevar el equipo adecuado al puesto o llevarlo en exceso. Todo esto afecta al normal desenvolvimiento de la colocación de las posturas.

Ser ansioso con la caza y no respetar la de los demás. No dejar cumplir las reses cortando su carrera. La montería es una actividad de caballeros en donde se ha de procurar la máxima deportividad. Las reses han de ser muertas en su sitio, nunca antes o más lejos. Nunca se sabe el camino que cogerá una res hasta el último momento, y puede ser que se dirija a otro puesto.

No respetar la distancia con los vecinos de los puestos contiguos. No hay que mejorarse. En el mejor de los casos simplemente les estamos robando jurisdicción de tiro que no nos corresponde. En el peor podemos causar una auténtica ocasión de peligro.

No respetar ni valorar el trabajo de las rehalas y sus perreros. Sin ellos la montería no existiría, por lo que se les debe la máxima consideración.

Pegar a los perros cuando muerden una res abatida. Es la mínima gratificación que podemos ofrecerles tras un buen trabajo.

No comunicar al propietario de la rehala la muerte de uno de sus perros por nuestra acción. En su caso tratar de escamotear el pago de la oportuna indemnización. No sólo nos coloca a un nivel de bajeza moral indescriptible, sino que así evitaremos viajes y preocupaciones inútiles a su dueño.

Solventar un agarre con el arma de fuego. Si no se está en condiciones de hacerlo, lo mejor es esperar que acudan en ayuda de los perros otras personas capaces de resolver el agarre como se debe. Los daños que se pueden causar en la rehala son muchas veces irreparables.

Moverse o quitarse del puesto antes de que el postor acuda en nuestra búsqueda. Además de peligroso, porque todos piensan que mantenemos una posición determinada, produce desorden en la organización.

Disparar al blanco al final de la montería. Desorienta a los participantes y la organización, es peligroso, porque todos los participantes se están recogiendo, y dificulta la recogida de los perros.

No dejar el monte limpio a nuestra marcha.

No marcar las reses abatidas. Esto dificulta enormemente su recogida, retrasando el proceso y posiblemente dejando en el monte alguna de ellas, que luego, ante su falta, habrá que volver a recoger.

No interesarse por el cobro de las reses que hayamos podido herir. Esto es un acto de imprescindible ejecución. Sería inmoral no tratar de dar fin a sus sufrimientos, y el haber provocado una muerte sin provecho más que para los carroñeros.

Obtener los trofeos en el monte. Esto afea las reses y su exposición al final de la montería, y dice muy poco del autor del desaguisado.

Evitar el traslado de reses en los techos de los vehículos, en las defensas o en lugares similares. Este tipo de imágenes, constituyen una de las deplorables actitudes que hacen que la caza sea ponderada bastante negativamente. El animal ha de tener una dignidad, que nosotros hemos de respetar y enaltecer. Ante un profano estas acciones nos sitúan en una condición bastante lamentable.

Discutir una res en la junta. Esto siempre se hace en el monte, con el permiso y conocimiento del postor, y con el único argumento de los rastros que la res haya dejado siguiéndolos hasta el desenlace final.

No solicitar permiso del capitán para obtener los trofeos. Es norma de buena educación que los monteros soliciten su consentimiento para obtener los trofeos, aún habiendo pagado la acción (en montería por invitación con más razón aún). El capitán ha de supervisar esta operación para que no se atribuyan trofeos indebidamente.

Para las fotografías:

  • No encaramarse nunca encima del animal, ni cogerlo de las orejas, ni nada parecido. El subirse encima de un animal abatido es un acto de pésimo gusto y de poco respeto hacia quien hemos quitado la vida.
  • Erradicar los gestos de desprecio o insultos al animal. Ha dado la vida por nosotros y será un gran motivo de orgullo por lo que se le debe un mínimo de consideración.

No aceptar deportivamente y con el cariño que se merece la ceremonia del noviazgo, en caso de que seamos acreedores de ella.

No marcharse sin agradecer las atenciones recibidas y la organización de la montería, aún en el caso de haber pagado la acción.

Contra la seguridad

Doblar puesto. Esta es una situación ilegal que comporta riesgos para nuestros vecinos y para nosotros mismos.

No asegurarse de la posición de los puestos vecinos y no hacerse ver por ellos de manera que tengan clara nuestra posición.

Disparar sin estar seguro cual es el destino del proyectil.

Disparar al viso.

Disparar en línea con otros puestos.

Disparar a una res acosada muy de cerca por los perros.

Disparar recibiendo en los cortaderos.

No cambiarse de lado al paso de los perros en los cortaderos.

Santiago Segovia Pérez
Capitán de montería

 

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