El perro de sangre: La perfección no existe

Como pudimos comprobar la última vez, «no siempre se corta por donde se señala», por lo que hay que tener muy en cuenta el entorno que nos rodea. Al decir entorno no sólo me refiero a los jarales y bosques sucios en los que cazamos, sino también a la modalidad de caza que practicamos, ya que, en la mayoría de los casos, ni nosotros ni nuestro perro estaremos solos. Aunque estemos de rececho.

Juan Pedro Juárez | 11/01/2011

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La envidiable concepción y capacidad que tiene el mundo centroeuropeo acerca del rastro de sangre es única y pienso que inigualable. Del mismo modo, creo que el arquetipo romántico del cazador solitario con zurrón, monotiro y perro de sangre es maravilloso, pero, por ahora, complicado en la mayoría de las zonas de nuestro país. Me refiero a que aquí la mayoría practicamos la caza en grupo o en masa y que cuando nos podemos echar al monte a recechar un corzo, siempre aparece un esparraguero, un cardillero, un collejero o un pamplinero. Lo cual no es malo del todo, sino llevan su perrito con ellos.

En nuestro pueblo

Hoy quisiera hacer hincapié en las monterías y en una situación que se da muchas veces, que es que el rastro está adulterado por las pistas de otros perros, otras reses u otras sangres. Cien perros y otras tantas reses correteando por el monte, entreveradas con perreros y algún que otro listo que va a ver lo que pilla, aunado a que en esa época la luz desaparece rápidamente, no es el marco más adecuado para la imagen idílica del cazador al que me he referido anteriormente. Cuando la montería ha acabado y nos ponemos a pistear, nos enfrentamos a un montarral duro, quebrado y, muchas veces, cosido con zarzales.

Adaptarse

Por eso es tan complicado dar indicaciones y menos clases teóricas sobre el rastro de sangre, porque el ochenta por ciento de las veces que nos va a hacer falta será en situaciones como la anterior. Pero el verano pasado cayó en mis manos un libro de Pablo Ortega, «Cosas de corzos», en el cual, en uno de sus capítulos, se preguntaba el motivo por el que nuestros corzos, que están comiendo durante todo el invierno, son más pequeños que los europeos que no encuentran otra cosa que nieve y acículas de abietáceas y pináceas.

Por lo tanto, si aplicamos el razonamiento a nuestros perros de sangre, lo lógico sería que tuviésemos los mejores del mundo, porque el can que pueda cobrar nuestro venado, tan sólo a quinientos metros, dentro de ese mundo de olores cruzados que es un jaral tras una montería, será un maestro. No se hagan ilusiones los que tienen perros que cobran en los cierres; yo me refiero a los que cobran desde las traviesas o a los animales disparados de venite o a la contra.

No es momento aún de avanzar en esos durísimos rastros con los que podríamos tener los mejores perros de sangre del mundo, por el contrario, considero que deberíamos volver a recuperar a aquellos perros que desdeñamos en su día, porque cuando los probamos no reunían todos los requisitos necesarios para esta actividad. Es decir, vamos a intentar apañarnos con lo que tenemos; claro está que podremos aprovecharlo siempre y cuando no se hayan hecho perros aún, que suele ser a partir de los dieciocho meses.

El batallón de los torpes

Hemos intentado siempre el evitar esos perrillos que no apuntan hacia ese can perfectamente elegido, orientado y con un carácter equilibrado, sin malos encontronazos que le pudiesen marcar el carácter, sin miedos y perfectamente adaptado a su medio. Un animal cuyo premio no es una piltrafa, sino la satisfacción de su dueño y que entra en el jaral como un cohete, nariz al suelo hasta su pieza, y que cuando llega a ella suelto la late de parado esperando a su amo. Desechamos a los que se asustaban cuando una res estaba muerta en la junta, aquél que no se acercaba a ella porque le daba miedo la gente, el que ladra a otros perros y, sobre todo, aquel cachorrillo al que arrolló una cierva o le echaron en la junta una res encima, a mala leche. Evidentemente, tendremos que contar con ése que tuvo un mal encuentro con una cochina al que le llevamos para probar y aquélla le masticó. A la mayoría, lo mejor que les podemos hacer es que, cuando vean una pieza muerta en el suelo, nos llamen insistentemente o se vuelvan a buscarnos.

Un poquito de confianza

Precisamente, y debido a que el miedo es libre, hay muchas posibilidades de que ese miedo haga, en el perro, un efecto que nos conduzca a tener un can de cobro con sangre muy útil para la montería. Un animal cuya afición le lleve casi hasta la pieza, pero cuya tara o defecto le haga que reclame nuestra presencia, que será casi siempre inducida por el miedo y le llevará casi siempre al latido, chillido o a constantes carreras entre la pieza y nosotros.

Huyendo de los dogmas, mantengo la creencia de que los perros de caza, cuando laten a un animal parado, lo hacen casi siempre por miedo. Dudo si la información que intentan transmitir es la de: «sujetadme que lo mato» o la otra de: «ayudadme que me mata». De uno u otro modo, el perro marca el lugar donde está la pieza herida. Pero, en el caso que el animal perseguido esté ya muerto, los miedosos ladrarán más que los valientes. Lo único que hay que conseguir es que nuestro modosito se atreva a ir detrás de la pieza, y eso se consigue poco a poco y, sobre todo, dándole confianza a través del juego. Ni que decir tiene que, aunque consigamos que un perro de éstos nos cobre cien bichos, jamás tendremos un perro maestro, de ésos que llegan al cadáver y ladran de parado con un tono monocorde, sentados al lado de él.

Exprimir las escurriduras

Cuando un perro de caza es cobarde, o tímido, siempre será por un motivo psíquico que, revolviendo en la memoria, podremos averiguar, o por una merma física, generalmente canijos, que lo habrá obligado a mantenerse apartado del resto de sus congéneres, ya sean caninos o humanos, dependiendo de cómo haya pasado su fase de inserción vital. De un modo u otro, el perro acabará entablando una dependencia más o menos intensa con su dueño.

Así, a solas y sin amenazas reconocidas, le pondremos delante un juguete al que haremos que persiga hasta que, una vez agotado, le dejemos apoderarse de él (lo contrario de la mariposa para los perros de muestra). En cuanto tengamos oportunidad, lo haremos con una piltrafa de carne. Repetiremos todas las veces que haga falta, puede que incluso nos sirva de terapia, se convertirá en un juego, le sacará el instinto de persecución y se apoyará cada vez más en nosotros. De vez en cuando le colgaremos el juguete o la piltrafa donde pueda verla y olerla, pero no tocarla. Si no arranca a ladrar, habrá que animarle incitándole a que lo haga. Cuando lo haga, se la daremos.

El siguiente paso será hacerlo con una cabeza de jabalí lo más pequeña posible y fresca, algo que él vea que puede dominar, podemos dejarle incluso que coma de ella. Cuando veamos que está encelado y que la persigue como si fuese un juguete, se la colgaremos incitándole a ladrar. Podemos intentar esconderla para que la busque. Luego, a rezar.

A rezar para que llegue el día en que, animándole siempre para que se sienta acompañado, se tope con un animal muerto que le dará tal susto que ladrará paralizado por el miedo. Habremos ahí recuperado a un perrillo que no será nunca un verdadero perro de sangre, pero que nos cobrará reses. Nadie es perfecto.

Juan Pedro Juárez

 

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