«De safari», Blaser R93 profesional y Remington Seven XCR (I)

En esta ocasión el reportaje sobre las armas que les ofrecemos va mucho más allá de los comentarios sobre su diseño, construcción y peculiaridades, lo mismo que la habitual prueba en el polígono de tiro ha sido una mucho más profunda evaluación «de campo». También las imágenes les transmitirán una perspectiva diferente y mucho más amplia de lo que implica su uso real, así como de diversos complementos, todo ello a lo largo de un safari desarrollado en Sudáfrica durante diez días.

Luis Pérez de León

Luis Pérez de León
Director de la revista Armas Internacional

23/11/2010

9083 lecturas

Por lo visto a lo largo de los años he llegado a entender, que no compartir, que para muchos cazadores las armas sean un mero instrumento que les permite llevar a efecto su afición, aunque muchas veces se demuestra que sin un mínimo —o al menos suficiente— interés o hasta conocimiento por todas esas cuestiones que implican el idóneo empleo de su rifle, y menos aún del visor o hasta las municiones que deberían utilizar en según qué circunstancias, aunque sin duda el tema ha cambiado mucho para mejor en los últimos tiempos. Sin embargo, y aunque comencé a «cazar» acompañando a mi padre cuando apenas tenía nueve años, reconozco que en mi caso la circunstancia ha sido inversa y fue mi progresiva afición —quiero decir pasión— por las armas, la que me ha llevado a practicar desde el coleccionismo al tiro deportivo en muy diferentes modalidades y, por supuesto, la caza, fundamentalmente la mayor.

Hay quienes disfrutan admirando un arma en una panoplia, quienes lo hacen al dominar su pulso y concentración frente a una diana, y también los que sienten la emoción al abatir limpiamente una res a la carrera, y admito que a mí me cautivan todas las posibilidades.

No es el momento ni el lugar de sumergirnos en cuestiones éticas sobre la caza, de comentar si determinadas especies existen o se mejoran precisamente por que se consideran cinegéticas, de la indiscutible industria que supone para infinidad de personas, o hasta de cuántos se plantean cómo llegó hasta su plato el filete que no dudan en devorar. La caza existe desde el momento que existió la vida en este planeta, con todo lo que la evolución ha implicado, y cada cual ha de ser consciente y respetuoso, máxime cuando hablamos de una actividad hoy severamente controlada por leyes y reglamentos, que genera millones de puestos de trabajo en todo el mundo y que, además, sostiene en gran medida una industria a la que estamos evidente e indisolublemente ligados desde esta publicación. Pero mejor me centro en todo lo que quiero contarles, que es mucho y espero que interesante también para ustedes, precisamente con dos rifles como protagonistas principales.

Remington Seven XCR y Blaser R 93 Profesional: dos genuinos rifles de caza

Para quien no cace —y hace muy bien si es su decisión—, puede que plantearle la idea de un safari (viaje, en lengua Swahili), no le suene más que a una circunstancia exótica y peliculera; pero para los que sí, el tema suele suponer la materialización de un sueño en su pasión cazadora, más aún si el destino es África y aunque «sólo» sea de antílopes, como era nuestro caso en el pasado agosto, dejando así la ilusión intacta —o mejor dicho fortalecida— para seguir soñando con volver a lograr alguno de los «cinco grandes».

A lo largo de este artículo les iré hablando de armas, cartuchos, animales, lugares y otras muchas cosas atractivas o interesantes relativas al safari, pero debo centrarme ahora en los rifles, pues de hecho ellos generan fundamentalmente estas páginas. Quiero aclarar que en esta ocasión las armas «probadas» no fueron remitidas a esta Revista por ningún importador o armería, sino adquiridas en su momento por un servidor de ustedes. Del Remigton Seven XCR (Extreme Conditions Rifle) les ofrecimos una notable información en nuestro número 303, donde lo probamos junto a su «hermano mayor», el modelo 700 Titanium. Su calibre es el .300 WSM, cuyas prestaciones no sólo son similares sino hasta ventajosas respecto al tradicional .300 Win Mag en algunas características disparando el mismo proyectil, y pese a ser sensiblemente más corto, lo que le hace idóneo para ser utilizado en un rifle tan extraordinariamente compacto, ligero y manejable como es el Seven.

Este Remington complementaba entonces el atractivo de su metal inoxidable y su cañón fluted con una culata acabada en camuflaje RealTree, que yo quise sustituir por otra negra de fibra y Kevlar que la empresa Borchers (importadora de Remington, además de otras muchas importantes marcas), me facilitó después de que decidí que ése XCR pasara a formar «parte de la familia», tras comprobar lo mucho que me gustaba cómo se manejaba y cómo agrupaba los impactos sobre el blanco.

Quizás piensen que el retroceso pueda ser el principal aspecto criticable en un arma ligera y de cartucho bastante potente, pero la culata recta y la excelente cantonera (aún sin ser de las más modernas y excepcionales R3 de gel), permiten que esa ineludible circunstancia no sea como para perderle cariño al rifle.

De hecho, he de comentar que mi hija Diana también participaría en el safari y decidimos que iban a ser dos los Remington de este modelo los que nos iban a acompañar en Sudáfrica, planteando incluso un título para este artículo —«Siete versus Seven»— cuando supuestamente iban a ser siete las especies cazadas, aunque el tema no se pudo materializar así, pues no fueron de siete sino de nueve especies los dieciséis trofeos conseguidos entre ella y yo.

Pese a que transportar los rifles implica la molestia de acarrear un voluminoso maletón —y no es una errata— si queremos que viajen adecuadamente, el pagar un exceso de equipaje «inventado» por la compañía Iberia, y hasta de cumplir los lógicos trámites con la policía sudafricana para su entrada en el país —como les comentaré más adelante—, creo que los que tenemos pasión por las armas no nos planteamos usar las que las empresas de safaris alquilan a los clientes, sino que queremos utilizar las nuestras, las que debemos conocer al detalle y con las que nos habremos entrenado adecuadamente, por supuesto con los visores telescópicos que estarán puestos a tiro precisamente (valga la expresión), con los cartuchos que vayamos a emplear en la caza.

Por ello, y cuando suponíamos que íbamos a disponer de un segundo Seven, Diana —que venía utilizando para cazar un Steyr Scout del .308 Win— comenzó a practicar con este más potente rifle en el polígono y también «en seco», encarando y haciéndose al visor desde muy distintas posturas y circunstancias, y manejándolo con regularidad en el más amplio sentido de la palabra.

La muy corta acción del Seven supone que, en un determinado momento, pueda no ser muy cómodo acceder a su almacén, semicubierto además por el visor, para recargar o solventar una potencial interrupción, por lo que es recomendable ensayar esta posibilidad. En cuanto a su acción, mecanismo de seguro y manejo, el Seven no es sino una reducción en tamaño del archiprobado diseño Remington 700 que lleva décadas demostrando una indiscutible fiabilidad y calidad en infinidad de armas de caza, de tiro y hasta es empleado por muchos soldados y policías. No obstante, y por lo reciente del reportaje dedicado a él antes reseñado, y por otros varios relativos a diversas versiones de rifles Remington 700 publicados en los últimos meses, no ahondaré ahora más en su comentario, aunque sí volvamos a tratarlo con la importancia que se merece en otros apartados de este artículo.

Sí les diré que el Seven causó una excelente impresión entre los profesionales con quienes tuvimos contacto en África, que alabaron su manejabilidad y la ventaja que supone un rifle de estas características a la hora de portarlo durante horas. Por nuestra parte, piensen que nos levantábamos a las 5,30 de la mañana y fueron varios los días en los que no regresamos al campamento hasta bien entrada la noche, si bien es cierto que allí a las 6 de la tarde ya no quedaba una pizca de luz, y que hacíamos amplio uso de especiales coches todo-terreno, aunque también se sumaban horas andando y con el rifle a cuestas, como es lógico.

Blaser R 93 Profesional: prescripción facultativa

Seguro que dicho así no es fácil saber qué quiero decir al relacionar la recomendación de un doctor con un rifle, pero verán que tiene su explicación.

Cuando ya pude confirmar que no íbamos a disponer de un segundo Seven, aunque reconozco que me hacía ilusión que padre e hija utilizáramos rifles hermanos (nada de compartir uno), y pese a que llevar dos del mismo calibre hubiera implicado más burocracia —luego les explico—, retomé la idea de volver a confiar en mi veterano Sako L61 del .338 Win Mag, pero «subir» de calibre implicaba para mí todo un problema añadido.

A lo largo de años, y digo casi tres décadas, he demostrado fidelidad por los Sako, razón por la que hoy tengo seis de ellos en diferentes modelos y en calibres que van desde el .22 LR al .375 H&H Mag, siendo el .338 Win Mag mi favorito para uso general. Así que, por puro capricho por supuesto y para tan importante ocasión, intenté conseguir uno de los nuevos modelo 85 en ese cartucho y en su versión inoxidable… pero no fue posible, ya que a España se importa sólo una pequeña parte del catálogo de la marca finlandesa (propiedad del grupo Beretta desde hace ya unos años), y hacerlo llegar bajo pedido especial suponía disponer de él varios
meses después de la fecha prevista para el safari. Pese a ello, mi mujer y mis hijas encargaron uno de esos rifles en versión estándar en Armería Española, de Madrid, para regalármelo en mi cumpleaños. Ya ven que «la familia que caza unida…»

Diré también que desde el momento que vi la preciosa madera de ese nuevo 85 pensé que sería mejor, por su salud, conseguir una culata sintética habida cuenta de las experiencias conocidas en otras armas que sufren en 10 ó 15 días el trato que pueden implicar años de uso «normal». Volví a tratar el tema en más de una ocasión con responsables de la empresa distribuidora, suponiendo que sería algo mucho más sencillo que importar el arma completa, pero se ve que no debía ser así cuando aún estoy esperando que me contesten.

El caso es que el Sako no iba a viajar a Sudáfrica, sobre todo después de escuchar de nuevo la recomendación de un doctor en odontología, también aficionado a la caza por más señas, con quien últimamente tengo bastante relación.

Sucede que desde hace más de un año estoy «disfrutando» una reconstrucción bucal bestial (valga el «pareado»), por lo que apoyar la cara en la culata para disparar un rifle potente, con la sacudida que ello implica, lo tuve prohibido durante meses y desaconsejado como norma general hasta que acabe con el proceso. Pero como el vicio puede más que la razón —y bastantes tiros he dejado de pegar en 2008—, el tema del safari no lo iba a posponer más, así que después de que el Dr. Delgado merepitiera el problema que podría suponer el retroceso del .338, tuve que buscar una solución que al menos me ayudara a reducirlo. El doctor tenía bastante claro, pese a todo, que safari «íbamos a tener» y que yo no estaba por la labor de llevarme un .270 Win con freno de boca, sobre todo teniendo en mente abatir incluso algún bicho cuyo peso podría rondar la tonelada.

Pero ya que he mencionado el freno de boca, aprovecharé para decir que precisamente ese complemento, si está adecuadamente diseñado y realizado, sirve para reducir de forma drástica el retroceso, a veces cerca de un 50%. Lo malo es que esa ventaja viene unida a un no menos fenomenal incremento en decibelios desde el estampido del disparo, tanto como para que ciertas empresas de caza en Europa, América y África no permitan el uso de rifles dotados de ellos desde la negativa de los profesionales que han de acompañar a los cazadores; y es que si quien dispara ya percibe un sonido mucho más fuerte, quienes se sitúan a su lado lo «sienten» incluso de forma más notoria por el efecto de las salidas laterales de los gases. De hecho, y ya que suelen ir roscados, hay quien aconseja su uso sólo para practicar, y una vez que el tirador se haya colocado tapones y también cascos, separándolos cuando el rifle vaya a utilizarse sin protecciones auditivas, justo cuando más falta hará. Pero la oferta aquí nos es muy amplia en este caso y la presencia de esos dispositivos aumenta bastante la longitud del arma, lo que tampoco me seducía en absoluto.

Así las cosas, me planteaba otra posibilidad que bien podría suponer una eficaz ayuda y, lo que no era menos importante, el beneplácito al menos parcial del galeno y de mi familia para poder usar mi calibre favorito: un Blaser R 93 con Mag-Na-Port integrado en su cañón —no añadido a él— y con el cilindro reductor de retroceso Kickstop dentro de la culata.

El Mag-Na-Port es un sistema norteamericano que se basa en practicar, con toda precisión y de forma determinada, cuatro cortes cerca de la boca de fuego. Su eficacia no es tan notoria como la de otros frenos de boca añadidos al cañón, pero puede reducir entre un 15 y un 20% el retroceso, con la ventaja de que el aumento de sonido es moderado y la longitud del arma no se incrementa en absoluto.

Por su parte, el Kickstop es un cilindro de acero inoxidable que se rosca en el interior de la culata y parcialmente relleno por un granulado de tungsteno, que por efecto de reacción en el momento del disparo reduce asimismo el retroceso, al margen de que la propia masa añadida al rifle (más de medio kilo), ponga también de su parte para ese fin. Blaser afirma que este dispositivo reduce el efecto en otro porcentaje similar al del Mag-Na-Port, con lo que plantear una reducción que podría estar próxima al 40% era algo más que deseable y hasta aconsejable por el médico (si no había otra solución), y que acabó suponiendo la compra de otro rifle, aunque luego acabara «saliéndome el tiro por la culata» —al menos parcialmente— como les comentaré en un recuadro aparte.

Los visores

Ya hemos comentado en más de una ocasión la importancia de que los visores sean siempre de la máxima calidad posible. Ellos son parte fundamental del resultado del disparo, y una vez más diré que un rifle mediocre con un buen visor (y disparando la bala adecuada), puede ser un excelente instrumento de caza, mientras que un buen rifle con una mala óptica es una apuesta por el fracaso. Evidentemente, lo deseable es que «todo» sea muy bueno y así lo intentamos también esta vez, máxime cuando la experiencia se iba a desarrollar a más de 9.000 Km de casa y con todo lo que ello implica.

Por otra parte, cuestiones relativas a la calidad óptica, como las trasmitancia lumínica, la ausencia de aberraciones cromáticas o periféricas, o factores crepusculares, tienen un fundamental protagonismo en que la imagen que llega a nuestro cerebro desde el ojo sea lo más perfecta posible, pero son temas que mejor debamos abordar en un artículo aparte. Pero sí comentar otro bien importante como son los tratamientos superficiales de las lentes en cuanto a su protección, sobre todo en situaciones que implicaron un constante "chorreo de arena" sobre los cristales y mecanismos, aderezado con algo de lluvia en distintos momentos, y con un reiterado y a veces violento «traqueteo» desde los coches —con las armas ancladas en soportes especiales, aunque siempre traté de que lo fueran en las menos ocasiones llevando el rifle en la mano—, recorriendo pistas y campo a través a notable velocidad con golpes, baches, saltos y situaciones que hasta llegaron a ser emocionantes.

El caso es que la paliza que se llevaron los visores y sus monturas fue «de órdago» y si el anclaje del Blaser podía preocuparme en cuanto a mantener la exactitud del ajuste, he de reconocer que tanto él como el Seven tuvieron que volver a ser puestos en tiro a lo largo del safari (al margen de haberlos comprobado antes de salir el primer día al campo), pues ambos realizaron tiros bajos y a la izquierda en varios animales en situaciones y distancias (menos de 100 m) en los que no deberían haber variado los centímetros que luego, en el campamento y sobre un papel, nos demostraron. Y el Remington montaba anillas Warne de acero sobre bases de tipo Weaver en su acción, todo ello convenientemente dispuesto y ajustado. No está de más llevarse una caja extra de cartuchos y todos los días hacer un disparo de comprobación para tener la máxima seguridad y confianza cada vez que se encare el rifle hacia una pieza.

Reconozco que supuse que me iba a encontrar, salvo excepción, con superficies abiertas donde pudiéramos divisar y disparar desde medias o incluso largas distancias, pero les aseguro que estaba bien equivocado, y aparte de algún tiro entre 200 y 300 metros (y otro a bastantes más de 400 sobre un animal en movimiento, que lógicamente fallé quedándome corto), la mayoría fueron en torno a los 80-150 y algunos en un terreno tan espeso que incluso me costó mucho «descubrir» un eland de casi 1.000 kilos a no más de esa distancia.

El caso es que el Remington montaba un Carl Zeiss de la Serie Conquest MC de 3 a 9 aumentos con objetivo de salida de 50 mm y con acabado «Stainless», como es el metal del rifle. Los Conquest son aparatos ensamblados en EE.UU. (donde yo lo compré), por la sucursal de la marca alemana allí y con nla intención de competir más adecuadamente con los numerosos fabricantes de aquel país, aunque pese a ello estos Zeiss sólo pueden codearse con algunos de los de más alta gama de caza entre los «Made in USA». Sin duda es un aparato bien hecho que ofrece una excelente visión, al margen de ser ligero y con un anillo de enfoque rápido (como también lo tienen los otros dos que comentaremos a continuación), al margen de que quizás la pureza de sus lentes, una regulación algo más «tosca» y, sobre todo, quizás los tratamientos superficiales aplicados en ellas, sean los factores que acaben determinando la diferencia de precio con sus «hermanos mayores» en el catálogo de Zeiss.

Precisamente uno de estos es el que monté en el Blaser, pues el Diavari V 3-12x56 T*, con retícula iluminable, se sitúa ya en la élite en cuanto a prestaciones —y precio— de lo que nos podamos plantear. Es un aparato de notables dimensiones y con un inevitable peso, pero la calidad y sobre todo luminosidad de la imagen que transmite es verdaderamente espectacular, al margen de que nos brinde la posibilidad de «encender» y ajustar con un reostato el centro de la retícula, lo que en situaciones de penumbra o a contraluz puede ser de gran ayuda para colocar bien el tiro. Diré que este visor lleva ya más de 10 años conmigo funcionando a plena satisfacción, incluso después de haber «volado» literalmente cuando el Sako L61 en que estaba montado se me cayó de una torreta (a más de 6 metros de altura), al situarme para hacer una espera en la finca de mi amigo el cuchillero Eladio Muela y ante el asombrode varios testigos. Por suerte la culata McMillan que montaba el rifle y su mullida cantonera (el rifle cayó verticalmente), sirvieron para amortiguar el impacto, que de hecho se saldó con una leve marca de unos milímetros en un costado cuando el visor chocó contra el suelo después de que el Sako rebotara. Por supuesto la espera la hice sin visor, pues el anclaje sí que se había desajustado, aunque aquella noche no me entró nada, nada aparte de la satisfacción y la sorpresa de comprobar que el Zeiss no había pasado a «mejor vida», tal como pude corroborar a la mañana siguiente, volviéndolo a poner en tiro, y hasta hoy.

Aún así, el Blaser disponía de otro visor en África —que no está de más llevarse un repuesto— y éste también de excelente calidad. Se trata de un Leupold LPS (Leupold Premier Scope) de 2,5- 10x45 mm y también como el Zeiss Diavari con tubo de 30 mm de diámetro.

La serie LPS era la más alta de gama entre los de caza de la marca norteamericana (que tiene no menos de 6 «escalones» además de los tácticos), hasta la presentación el año pasado de los nuevos VXL. He utilizado numerosos Leupold a lo largo de los años (de las series VX III, LPS y Mark 4) y les aseguro que sólo puedo decir cosas buenas de ellos en cuanto a su calidad y robustez. Los LPS, en concreto, basaban parte de su ventaja en tener las lentes tratadas con el denominado revestimiento «Diamante», para proteger aún mejor las otras capas que se encargan de optimizar cuestiones ópticas, así como los propios cristales. Es una lástima que en España resulten tan caros.

En definitiva los tres dieron excelente juego, pasando la prueba africana con sobresaliente y después de haber demostrado resistencia y eficacia en situaciones de real dureza. Eso sí, ¡Ojo! con no olvidarse de bajar el rango de aumentos después de haberlo elevado para hacer un tiro a distancia y pretendiendo especial colocación, como me pasó a mí en el remate del kudu (ver recuadro aparte), o con las tapas plásticas y de apertura abisagrada que situamos en ambos objetivos para protegerlos, sin duda bien prácticas, pero que pueden jugarte una mala pasada como a nuestro amigo Manuel, que no pudo tirar a otro espectacular macho de esa especie que se le cruzó en un camino, al no darse cuenta de levantar la frontal con la urgencia que requería la situación.

Luis Pérez de León
Publicado en el número 317 de la revista Armas

Este artículo pertenece a la serie :

«De safari», Blaser R93 profesional y Remington Seven XCR (I)

«De safari», Blaser R93 profesional y Remington Seven XCR (II)

«De safari», Sako 85 Hunter estirpe de precisión (y III)

2 comentarios
25 nov. 2010 09:43
JC  
¿Existe un segundo capitulo?, si no existe el tema se ha quedado bastante cojo.

¿Donde se encuentran encinas en Africa del Sur?

¿Que tipo de "quercus" es el que tiene espinas?

Siento parecer critico pero algunas promesas hay que cumplirlas, aqui se prometió hablar de dos o tres rifles y no de las muelas del autor.

Si no se sabe que una acacia es una acacia y un alcornoque un alcornoque es mejor hablar de un arbol con pinchos y de un arbol gordo con corteza rara.

Las supuestas superiores prestaciones del 300 WSM sobre el 300 W. Mg. para mi usuario de ambos desde hace años no existen ni en el papel.

A pesar de todo gracias por escribir para nosotros y espero que sus muelas estén totalmente curadas, de todos modos el culatazo de un rifle no les afecta mucho, se lo dice quien ha soportado sin desmallo disparar más de quinientos tiros en un ojeo de perdices al día siguiente de operarse de tres muelas. A los medicos y a los curas hay que saber hacerles las preguntas, recuerde aquello de si se puede rezar mientras se trabaja o si se puede trabajar mientras se reza.

Cordialmente, JC
25 nov. 2010 13:14
riblanco
Estimado JC: Respecto a si habrá otros capítulos del artículo en cuatión, el que el titular de éste acabe con un I entre paréntesis parece indicar que, obviamente, así debe ser. Pese al error entre encinas y acacias, yo esperaré a leerlo completo.
En cuanto a las prestaciones entre los .300 Win Mag en versión estándar o corta, al menos en los catálogos que yo he consultado sí existe una ligera ventaja en cuanto a velocidad inicial (y por tanto trayectoria tensa y energía) a favor del corto.
Por supuesto que es muy poca la diferencia en cuanto a prestaciones balísticas, pero no tanto en las características de un rifle provisto de un armazón que puede ser bastante más corto.
Saludos para todos.
RB

 

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Cartuchos y balística terminal

Si cuando hablamos de los visores siempre insisto el la gran importancia que tiene su calidad, otro tanto hay que aplicar a los cartuchos o incluso mejor dicho a los proyectiles que vayamos a emplear.

Ellos son, de hecho, el factor determinante que ha de situar sobre el blanco, la pieza en este caso, toda la precisión de la que el arma sea capaz, a través de la exactitud del visor y desde el buen trabajo que le corresponde hacer al tirador. Reconozco que el tema da como para escribir libros —que existen—, y la enorme variedad de marcas, proyectiles y variantes no es la mejor fórmula para que la elección correcta sea sencilla. Aún así, nadie debería dudar en consultar a su armero para que la competencia de éste lo asesore sobre la bala a emplear según la especie y la distancia a la que supuestamente se harán los tiros.

Una bala chata o redondeada tendrá peor coeficiente balístico y no volará igual que una puntiaguda, aunque será más adecuada para tiros cortos, en los que su densidad seccional influirá de distinta manera en el momento de transferir la energía, y siempre teniendo en cuenta la configuración y composición del propio proyectil.

Desde luego, lo que no se debe hacer nunca es comprar «las balas más baratas» que haya en la tienda o «unas que sean buenas», como he escuchado decir más de una vez, sin comentar si se van a cazar rebecos en la montaña o jabalíes en una espera. En cualquier caso, les diré que para el .338 Win Mag, y ya que se pretendía cazar animales de varios, o incluso bastantes, cientos de kilos, elegí las Remington Safari Grade, cuyas balas PSP de doble núcleo y 225 grains planteaban un excelente compromiso entre penetración y expansión (como así demostraron), aunque también llevé unos cartuchos AccuTip por si había que hacer tiros «largos» —y con las correspondientes anotaciones para corregir el visor—, si bien no llegué a utilizarlos.

Para el Seven llevábamos también de éstas últimas y Core Lokt, con 150 y 180 grains, algunas de las cuales llegaron a «desorganizarse», separando el núcleo de la camisa. He de probar las nuevas Core Lokt Ultra, al parecer más consistentes en todo caso. Respecto al .300 WSM, recordar que, desde los datos de laboratorio, supera algo en prestaciones al tradicional .300 Win Mag con igual proyectil.

Hannes Lamprecht: el profesional

Nuestro grupo cubrió las plazas de Elandsbosch (éramos nada menos que catorce personas, cinco de ellas cazando), con lo que Adolfo Sanz y José L. Cañete saldrían al campo con Gerhardus y Jan, su tracker, mientras que Manolo Bustos, Diana y un servidor lo haríamos con otro profesional, habitual también con esta empresa al margen de la suya propia. Hannes demostró en todo momento un extraordinario buen hacer y experiencia, aderezados con un fenomenal buen humor que estuvo siempre presente a lo largo de cada día, salvo cuando llegaban los momentos del lance o el pisteo, ocasiones en las que lógicamente las bromas quedaban aparte, y tanto él como Jery, el pistero que lo acompaña desde hace ya ocho años, ponían de manifiesto su profesionalidad. Un «diez» para ambos. Utiliza un Remington 700 BDL del .375 H&H, con una «pátina» que evidencia asimismo su experiencia, que monta un S&B de 1,5-6x42 con el que ha abatido más de 50 búfalos, entre otras muchas especies, por supuesto.

El eland: sencillamente impresionante

Primer día de caza. Hace dos horas he hecho el primer tiro en África abatiendo un buen facochero. Hannes abre paso mientras le sigo pisando sus huellas y Diana anda tras de mí con el Seven colgado al hombro y la cámara de vídeo en la mano. De repente, el profesional se detiene y está claro que tenemos «algo» al frente pero, sea lo que sea, está inmerso en un mar de árboles y arbustos. Hannes mira con los prismáticos y no se mueve un milímetro. ¡Eland!, susurra, mientras yo intento descubrirlo, pero no lo logro.

Esas imágenes «de película», con enormes sabanas por las que galopan grandes rebaños, salpicadas por alguna encina, no se han rodado desde luego en esta zona. Hay encinas, miles, con espinas como clavos, y cada rama, cada arbusto tiene su defensa contra la voracidad de los herbívoros. Dicen que en África lo que no muerde pica, pero se puede añadir o «pincha», porque es algo impresionante.

Hannes se desespera porque no veo un animal que me repite es enorme. Diana sí lo ha localizado a través de la cámara (con 12 aumentos), aunque luego, al ver la grabación, se comprueba que llegó a «perderlo» al cambiar de plano. Por fín, descubro una «mancha» clara entre la vegetación, mientras Hannes me repite que dispare señalándose la clavícula. Pero sólo veo una parte del animal y no sé cuál hasta que, por fortuna, mueve la cabeza y ya sí sé dónde y en qué posición está. Nos separan unos 80 m y piensen cómo sería la espesura para no ver un animal que bien podría pasar de 1,80 m de altura y los 900 kilos de peso.

Pese a todo, sólo veo su zona superior y entiendo el gesto de Hannes indicándome la clavícula porque el animal está casi de frente a nosotros. Si nos movemos lo vamos a perder porque no volveremos a verlo a través de otra «ventana» y las miles de ramas secas en el suelo nos van a delatar. Pero hay otras tantas en el camino de la bala, y abro y cierro el zoom del visor para que el desenfoque que se produce al subir los aumentos no me «borre» alguna rama que pudiera desviarla.

El visor está comprobado esa misma mañana y toca afinar la puntería y el dedo, porque en el ángulo que está voy a intentar un tiro a la columna.

Por fin resuena el disparo, a la vez que se produce un estruendo de ramas y pezuñas cuando otros varios elands (que no habíamos visto), echan a correr, y Hannes le arrebata el rifle a Diana encarándolo en una actitud nada tranquilizadora. Al ir a buscarlo —que no sabía «cómo» lo iba a encontrar— quité el visor, habida cuenta la espesura, y agradecí la rapidez del sistema Blaser. Según andamos Hannes me dice: Si lo ves, dispara otra vez, !eh!, y así lo hice, pero fue cuando ya estábamos a unos 20 metros del lugar donde recibió la Remington PSP de 225 grains que lo había abatido al impactar precisamente donde apunté, aunque aún fue necesario otro tiro del Seven para finalizar. El trofeo resultó de verdad impresionante, ¡Enormous!, como repetía Hannes, y el lance curioso y hasta emocionante.