Cervus elaphus: distribución, hábitat y densidad

Nuestro venado, el Cervus elaphus, cuenta a lo largo de su extenso hábitat con 12+2 subespecies, seis de las cuales son europeas, dos intermedias (norte de África y oriente próximo) y las cuatro restantes asiáticas, incluyendo en esta clasificación (12+2) a C. e. brauneri y a C. e. montanus que aunque muy discutida su descripción por determinados autores hemos encontrado fundamentos para incluirlas al tener suficiente base para ello.

Antonio Díaz de los Reyes | 19/11/2010

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Aunque originario de Asia central, el ciervo cuenta con una distribución muy amplia en Europa, Asia y norte de África (Corbet, 1978) y ha sido introducido con éxito en América del Sur y del Norte, Australia y Nueva Zelanda (Whitehead, 1972; y Putman, 1988) y en Marruecos y la Isla de Fernando Poo (Trense, 1989).

Su distribución general en la actualidad y por países es como sigue: Península Escandinava, Irlanda, Escocia e Inglaterra, España, Portugal, Túnez, Argelia, Europa central y oeste de Rusia, el Cáucaso, Península de Crimea, norte de Turquía, Irán, Cachemira, oeste del Himalaya, sur y norte de Xizang (Tíbet), oeste de Dzungaria en China, Bhutan y en el sureste de Xizang (Tíbet) y Turkmeniya oriental. Las subespecies occidentales o del oeste (scoticus,elaphus, hippelaphus –incluidos montanus y brauneri–, atlanticus, e hispanicus) se distribuyen por Gran Bretaña, Noruega, Suecia, Dinamarca, Alemania, Países Bajos, Francia, España, Portugal, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia, Grecia, Lichtenstein, Suiza, norte de Italia y Austria (2). De este grupo han salido para reintroducciones en otros países como Nueva Zelanda, Australia, Argentina, Chile, EE UU, Rusia del oeste, Marruecos y la dudosa introducción en la isla de Fernando Poo.

El Cervus elaphus montanus, incluido el C. e. brauneri, se distribuye por el oeste de Rusia, Rumania, Bulgaria, Península de Crimea y Cáucaso norte. La subespecie C. e. corsicanus se encuentra en las islas de Córcega (reintroducido en mayo de 1969), Cerdeña y Tavolara. El Cervus elaphus barbarus existe en Túnez y Argelia y probablemente en Marruecos.

El grupo oriental se extiende desde Letonia al Mar Negro atravesando las regiones occidentales de Rusia blanca y Ucrania para continuar por Turquía y el Cáucaso y de ahí, por los estrechos pasajes al sur y sureste del Mar Caspio para llegar a Cachemira, al norte de India y otra por el centro de China al este de la meseta del Tíbet.

El Cervus elaphus maral se reparte por Rusia, el Cáucaso, Turquía y norte de Irán.

La subespecie C. e. bactrianus se distribuye en Rusia por las antiguas provincias de la ex-URSS Tayikistán, Kazajstán, Turkmenistán y Uzbekistán y norte de Afganistán. El Cervus elaphus hanglu exclusivamente al norte de India en Cachemira y divagante por el norte de Paquistán. Cervus elaphus wallichi, incluido C. e. affinis, se mueve por el sureste de Xizang en el Tíbet y posiblemente en Bhutan. La subespecie C. e. yarkandensis en la cuenca del Tarim en China en Xinjiang.

Como vemos, las poblaciones originales más orientales son las del Tíbet y Turquestán (C. e. yarkandensis y C. e. wallichi) y las más occidentales las del sur de Portugal (Geist, 1998) y aunque estas últimas desaparecieron en el primer cuarto del siglo XX, se han producido recientes reintroducciones así como colonizaciones naturales desde España.

Mapa general de distribución

La amplia distribución de los cérvidos por el mundo tiene su excepción en África inmediatamente al inicio del desierto del Sahara, donde los antílopes perteneciente a la familia Bovidae se encuentran establecidos en lo que los científicos llaman «nichos ecológicos» que en otros lugares ocupan los ciervos (Arenas y Perea, 1993).

Distribución y densidad en España

La distribución del Cervus elaphus hispanicus abarca toda la superficie de la Península Ibérica (España y Portugal) y, tanto en extensión total ocupada como en número de ejemplares, se encuentra en franca expansión. No se tiene constancia de que se haya exportado a ningún otro país del mundo excepto a Marruecos a los lugares donde antes lo ocupaba el Cervus elaphus barbarus y a la isla de Fernando Poo en la antigua Guinea Española (3).

Aunque la distribución original en los últimos siglos pudo haber estado localizada en la mitad sur-occidental, la distribución actual refleja una expansión muy importante debido a reintroducciones cinegéticas y por consiguiente a una expansión natural (Cortazar et al., 2000) extendiéndose en estos momentos por casi todo el territorio nacional con la excepción de la zona más occidental de Galicia y la costa de Levante (Braza et al., 1989).

En algunos núcleos de población pueden existir y existen animales pertenecientes a otras subespecies o híbridos de ellos con el C. e. hispanicus como consecuencia de introducciones con fines cinegéticos que ponen en peligro genético la población de la subespecie hispanicus.

Mapa de distribución en España

Esta extraordinaria distribución no es natural. Durante la primera mitad del siglo XX, los hábitats más apropiados para su desarrollo se fueron poblando a causa de la expansión demográfica donde el aprovechamiento ganadero y agrícola convirtió al cinegético en un recurso marginal tanto por el furtivismo como por la caza de supervivencia. Esto unido a la caza excesiva tras la Guerra Civil, hizo que las poblaciones existentes quedaran reducidas a unos pocos núcleos como Sierra Morena, Doñana y Montes de Toledo (López-Ontiveros, 1991) con densidades de un individuo por kilómetro cuadrado. No debemos olvidar que una población de cierta importancia quedó en Extremadura junto al río Tajo en Valero y Las Corchuelas, así como en la Sierra de San Pedro.

Partiendo de estas poblaciones y debido a la importancia que la caza mayor ha alcanzado en España, se han llevado a cabo multitud de repoblaciones o procesos de translocación que partiendo de Quintos de Mora (Montes de Toledo) han repoblado núcleos de la mitad septentrional, proviniendo los más meridionales de Sierra Morena, sirviendo el núcleo de Doñana como donante esporádico, adquiriendo en la actualidad el resultado de estas repoblaciones tal importancia que su crecimiento en determinadas zonas alcanza los 50 individuos por kilómetro cuadrado (Fernández-Olalla et al.,2006).

Con respecto al escenario de ambiente mediterráneo, nuestro ciervo prefiere vivir –como se ha mencionado antes– en lugares con densa vegetación y algo de cobertura aérea contando con algunas zonas intercaladas de pastos. Por lo tanto en el bosque mediterráneo de encinas, alcornoques y quejigos con su correspondiente matorral, o bien zonas como las dehesas colonizadas de jaras y brezos, se encuentran en su hábitat preferido.

La marcada estacionalidad climática con inviernos cortos, templados y lluviosos y veranos largos, calurosos y secos; con grandes cambios de temperatura con medias máximas de 37ºC y medias mínimas de 2ºC; orografía y luvias, la pluviosidad anual oscila entre los 400 y los 600 mm (ocasionalmente no llegan a los 350 mm y en zonas de montaña pueden superar los 1.000 ó 1.500 mm), han generado microclimas locales donde las máximas y las mínimas quedan muy lejos de las cifras anteriormente señaladas, pues por ejemplo de –2º a –6ºC son frecuentes en la Sierra de Cádiz y Sierra Morena y entre los –12º y los –16ºC lo son para las zonas altas de la Sierra de Cazorla.

Estos cambios estacionales en unión de los acontecimientos microclimáticas, tienen un efecto muy señalado en la vegetación tanto arbórea como arbustiva y ásta a su vez sobre la vida y comportamiento de los grandes herbívoros que las utilizan (Soriguer et al., 1994).

Podríamos definir como densidad el número de animales por unidad de superficie, midiendo esta normalmente en hectáreas, pudiendo ajustar esta enunciación en dos sentidos: Densidad económicamente soportable o cinegética y densidad óptima desde el punto de vista biológico o conservacionista.

El primero hace referencia a la relación soportable de la población con el territorio de caza dependiendo de la regeneración forestal. El segundo se refiere al equilibrio de la mencionada población con el entorno.

Se podría considerar que para los cérvidos que ocupan áreas forestales, estos serían los parámetros. (Cuadro 1)

La historia natural de una especie se desarrolla entre unos parámetros señalados o dinámica poblacional –entre los animales que nacen y los que mueren–, siempre en el caso de que esa historia natural se circunscriba a un grupo de individuos concretos o a un área determinado. Si la balanza se inclina a favor de la natalidad tendrá una repercusión evidente en el crecimiento de la población y si por el contrario es alta la mortalidad –o baja la natalidad– repercutirá negativamente en el crecimiento poblacional o número de individuos, o sobre la densidad, esto es, número de individuos/unidad de superficie.

La proporción de sexos es de gran importancia tanto desde el punto de vista biológico como ecológico y etológico. En los mamíferos en general y en el ciervo en particular, la proporción de sexos esperada y deseada es de 1:1 ó lo que es lo mismo, igual número de machos que de hembras. En las especies polígamas como el venado, la relación de sexos tanto fetal como perinatal es muy próxima a lo deseado, pero a consecuencia de una mortalidad natural, del comportamiento del animal o de la propia gestión cinegética, esta paridad inicial e ideal puede distanciarse de sus valores teóricos y/o deseados. El alejamiento de estos valores tiene un efecto y unas consecuencias inmediatas, pues según los conocimientos recientes, estas desviaciones están relacionadas con la categoría de los machos dominantes pues se ha comprobado que estos producen más crías macho (Gomendio et al., 2006).

Con el sistema 1:1 y 100 machos reproductores, tendríamos 50 crías/año y con el sistema 1:4 y 20 hembras reproductoras, tendríamos 80 crías al año (Soriguer et al., 1994).

En distintos lugares de España y debido al tipo de gestión a que han sido sometidos se notan desequilibrios muy evidentes que ponen de manifiesto cómo la influencia humana interfiere en la evolución natural de las poblaciones.

El cuadro adjunto (cuadro 2) puede ser explicativo de lo expuesto.

La densidad biológica es de cinco ejemplares/km2; la densidad económicamente soportable (con suplemento invernal de alimentación) soportaría los 10 ejemplares/km2; y finalmente esta densidad soportable (con suplemento anual de alimentación, estaría en torno a los 20 ejemplares/km2.

En la finca Las Navas y el Berrocal en la sierra Norte de Sevilla, propiedad del estado, se detectaron en 1993 hasta 60 ejemplares/km2; en los Montes del Pardo 100 ejemplares/km2; En Cazorla 25 ejemplares/km2 y en Quintos de Mora 36 ejemplares/km2 (Soriguer et al., 1994)

Este desequilibrio poblacional ocasionado por tan altas densidades provoca un mal estado de las poblaciones y del medio donde viven, principalmente en tres aspectos:

• Incidencia en el hábitat y su degradación por sobreexplotación y la falta de disponibilidad de alimentos.

• La repercusión en la calidad tanto corporal como de trofeo.

• Incremento en el riesgo de contraer enfermedades y parásitos con signos evidentes de desnutrición.

Y aunque los ecosistemas mediterráneos ofrecen una mayor capacidad de acogida que otros más norteños –sean españoles o europeo– lo cierto es que cuando las densidades están por encima de la carga óptima se detecta inmediatamente un descenso de la fertilidad, retraso en la paridera, aumento de mortalidad en las crías y disminución en el desarrollo de los trofeos (Azorit et al., 2002).

Por lo tanto, buscar el equilibrio óptimo deseado entre la disponibilidad de alimentación y la carga cinegética admisible, es una labor inaplazable del gestor de dicha población de cervuno.

Problemas de consanguinidad

Las poblaciones del ciervo en España se encuentran muy fragmentadas desde el punto de vista evolutivo y su distribución allí donde existen hábitat adecuados supone ya cierto fraccionamiento. Esta situación se vió agravada por la mano del hombre debido a la transformación del medio y finalmente, y sobre todo en las últimas décadas, debido al cerramiento con mallas cinegéticas de muchas zonas dando lugar a pequeñas sub-poblaciones aisladas. A este aislamiento de poblaciones independientes que suele provocar procesos de cambio genético con respecto a la población original, es lo que se llama "deriva genética".

Esta reducción de variabilidad genética y por consiguiente al aumento de consanguinidad, derivan en problemas de desarrollo y supervivencia y por consiguiente en el poco desarrollo de los trofeos.

Nos dice Juan Carranza, catedrático de Biología Animal de la Universidad de Extremadura y coordinador de la Unidad de Investigación sobre Recursos Cinegéticos, que una especie no es sólo un conjunto de individuos más o menos parecidos entre sí, sino que es básicamente un conjunto de seres que, en un momento determinado, viajan por el interior de unos individuos cuya semejanza no son sino consecuencia de la semejanza entre los genes que transportan.

Por lo tanto podremos conservar a un individuo de una determinada población los años que dure exclusivamente su vida y nada más, pero lo que sí podemos conservar son los genes capaces de producir el tipo de animal que nos interese conservar.

Si el número de animales descendiera en una determinada población, el hecho en sí sería preocupante, pero debería –de hecho lo es– ser más alarmante si aún manteniendo un elevado número de ejemplares, el acervo genético de dicha especie se estuviera modificando y la disminución de calidad en sus trofeos fuera evidente debido a los elevados niveles de consanguinidad.

La reducción de la variabilidad genética y aumento de la consanguinidad se deben atenuar con la introducción de nuevos animales, pero, para restablecer el flujo genético, ¿es preferible introducir machos o refrescar la sangre con la implantación de hembras?

Personalmente opino –y en esto existe una gran controversia– que para evitar el problema de consanguinidad los animales que deben ser introducidos en los áreas con este problema –o para evitarlo– deben ser hembras, entre otros motivos, por razones prácticas:

• El macho es más caro y más difícil de manejar.

• Su ciclo reproductivo es más breve (cuatro o cinco años)

• Si se introducen de varetos, habría que esperar varios años con el consiguiente peligro de que sea abatido con anterioridad a la plena edad de reproducción, y con todo, muchos de los importados nunca llegarán a ser reproductores.

• Para evitar el riesgo de ser abatidos, se podrían marcar con un crotal, pero a ningún cazador le apetece ver venados marcados en una finca.

• También podría existir la posibilidad de conservarlos en un pequeño cercado y utilizarlo como semental con un grupo de hembras que no se soltarían hasta que estuvieran preñadas. Esto aparte de necesitar un alto grado de manejo, nos encontraríamos que al haber conseguido descendientes de este macho, lo que aportamos al campo es un montón de hermanos de padre con lo que el problema de la consanguinidad aumenta y sin embargo se aporta muy poco en pro de la variabilidad genética.

Por el contrario si introducimos hembras y aunque su éxito reproductivo nunca podrá ser tan alto como el de los machos, sin embargo, si la proporción de sexos está equilibrada el éxito medio de una hembra es igual al de un macho.

Además:

• Una parte de las hembras queda preñada con un año y casi todas lo hacen con dos, por tanto desde los tres años de vida y hasta los 14/15 años, las hembras pueden producir un choto anual.

• A menos que se trate de un descaste, tienen menos probabilidades de ser abatidas en montería y siempre pueden ir marcadas sin que esto moleste al cazador.

• Al contribuir la mayoría de las hembras a la producción de crías, el efecto sobre la variabilidad genética y la reducción de la consanguinidad, es mucho mayor.

• Pueden introducirse preñadas, de modo que con cada individuo no sólo introducimos sus genes, sino parte de los genes de uno de los machos del lugar de procedencia.

• Y finalmente, son más baratas.

Antonio Díaz de los Reyes

1 comentarios
19 nov. 2010 13:13
trapaga
He leído el reportaje sobre la distribución del ciervo en la península ibérica y es de los pocos que más o menos acierta con la distribución del mismo al menos hasta los años 60 del siglo pasado. Y me explico. Tradicionalmente se ha considerado que a principios y mediados del siglo pasado, los ciervos habían desaparecido de toda la península salvo las zonas reflejadas en el artículo, es decir, montes de Toledo, Extremadura, Sierra Morena y no sé si cita el Coto de Doñana. Pero si vamos por los montes que constituyen las actuales reservas de caza, y hablamos con sus vecinos, eso si un poco entrados en años, vemos que esto no ha sido así.
Estando cazando en el año 2001 en la Reserva de Urbión, el guarda me comentó y al hilo de esta conversación, que él y otros vecinos en 1962 que se iban a cumplir el servicio militar y para dejar un poco surtida las pobres despensas de esa época, se echaron al monte para poder cazar. En el reparto de las piezas le correspondió unos 60 kilos de carne de ciervo. Unos años más tarde y estando en la misma reserva y con otro guarda y al sacar esta conversación me dijo que un pariente suyo y a finales de los años cincuenta, de un tiro cazó dos ciervos en el monte La Cebollera, limítrofe con la actual Comunidad de la Rioja, (obviamente usaría posta).
Siguiendo un recorrido geográfico por la península y llegando ahora a la actual Reserva de Saja, un tío mío originario del municipio de Cieza, e hijo de un guarda de caza, me contaba en los montes de su municipio habitaban, lobos, corzos, jabalíes, algún oso despistado y ciervos, pero que al soltar los venados, estos últimos habían desaparecido. Por más que yo le explicaba que tanto los ciervos y los venados eran lo mismo, que la segunda denominación era propia del sur, él se empeñaba que no, que los venados eran más grandes y los ciervos tenían una cornamenta un poco más grande que los corzos. Posiblemente, se refería a la misma especie, pero los ciervos que vivían sus añorados montes, por efecto de la consanguinidad, el habitar en zona alejadas de los pastos y una fuerte persecución, daba lugar a que su trofeo fuese de baja calidad, y por supuesto al mezclarse con sus hermanos del sur, dominase los de mayor tamaño dejándose de ver los ciervos de escasa cuerna.
Lo mismo podemos decir de los montes de la reserva leonesa de Los Ancares, donde y al menos hasta después de la Guerra de 1936-39, se seguían cazando sobre todo por el hambre que se pasaba, al menos así me lo comentó el Guarda Mayor de esta Reserva.
Bueno para concluir, creo que al menos hasta los años cincuenta-sesenta, en bajas densidades, la distribución del ciervo era más amplia que la que se cita en el artículo.

 

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En el número de enero:

  • Leones de Melopo
  • Entrevista Antonio Reguera
  • ¿Qué pasa en Irán?
  • Ummimmak en el Círculo Ártico

 

 

Cuadro 1

• Doñana 1989 1:1,3 (sin presión cinegética)

• Cazorla 1985 1: 2,5 (sin extracciones)

• Cazorla 1993 1:1,4 (con extracciones de hembras)

• Quintos de Mora 1988 1:3,8 (sin manejo poblacional)

• Quintos de Mora 1993 1:1,30 (con manejo poblacional)

Cuadro 2

• Densidad Media Muy Débil: Menos de 4 individuos/100 ha

• Densidad Media Débil: De 4 a 8 individuos/100 ha

• Densidad Media Normal: De 8 a 15 individuos/100 ha

• Densidad Media Alta: De 15 a 25 individuos/100 ha

• Densidad Media Muy Alta: Más de 25 individuos/100 ha

(Braza et al., 1994)