El perro de sangre: Pinocho y su nariz

Había, o quizá aún exista, un perro vecino de Fuenlabrada de los Montes que apuntaba poco cuando era cachorro; era relatador y embustero y, mientras que el resto de la cuadrilla de dedicaba a correr en busca de las reses, él se entretenía en corretear sobre los rastros viejos y a latir sin que, aparentemente, llevase nada de caza por delante.

Juan Pedro Juárez | 02/11/2010

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Tal era el escándalo y el despiste que aquel cachorro llevaba, que acabaron bautizándole como Pinocho. Cuando el resto de los perros no se inquietaba ni demostraba que hubiese caza cerca, Pinocho montaba un auténtico escándalo con los rastros viejos. El tiempo pasó y ahora Pinocho cobra todo bicho herido, aunque sea de rabo.

Cuando alguien tira una noche y no es capaz de dar con la pieza, al día siguiente va a buscar a Antonio y Pinocho cobra lo que haga falta. Dando sangre o sin darla, el perrillo topa con los bichos y los canta, según estén vivos o muertos, de un modo u otro. Pinocho no es un perro cuya afición a la caza haya aumentado con los años; lo que se ha incrementado con el tiempo ha sido su, digamos, ‘profesionalidad’, ya que su afición y su instinto han sido siempre los mismos, pero los humanos no lo hemos descubierto. Pinocho comenzó a cazar buscando el rastro vivo y cuando le ponen sangre facilitándoselo, lo borda.


Aquí, al ladito de casa, con estos montes, cambian mucho las teorías y las experiencias por muy fundadas que estén.

Es un problema común y habitual dentro del mundo de los perros: todos deseamos tener un ayudante que tope con un rastro, nos lo marque y que lo siga hasta el fin del mundo; pero, generalmente, por unos motivos u otros, cuando lo tenemos delante de las narices no sabemos detectarlo. Nos gusta que un pointer muestre desde cien metros, nos cautiva que un valdueza siga el rastro de un cochino hasta Portugal; pero cuando nuestro cachorrito de salchicha empieza a latir a rastro, jipando hasta el zarzal del cerro de enfrente, entonces decimos que está loco o que es un mentiroso. Otras veces le hacemos caso; pero, por esa intuición absurda de cazador experimentado, creemos que coge el rastro del revés. Y, ¿quiénes somos nosotros para saber cuál es la dirección de un rastro?

La dirección del rastro

Quien haya estudiado algo de geometría y, concretamente de vectores, recordará que la dirección de un vector era única, pero que podía tener dos sentidos. Es como la dirección Madrid –Toledo, que es única pero de dos sentidos, uno hacia Madrid y el otro hacia Toledo.


En esta foto, se pueden apreciar las salpicaduras que, según su teoría, apoyan la dirección del rastro de sangre.

El averiguar la dirección de un gatera, trocha o vereda es sencillo porque solamente hay que encontrar la huella; pero el sentido de esa huella es la que puede volvernos locos, a nosotros y a los perros. Siendo en un rececho o tras una espera, tiene su miga, como todo; pero, en el caso de una montería, con varios rastros cruzados y unos animales heridos que no buscan sus querencias, sino la huida de todo el jaleo que se monta, el que el perro detecte de una forma fiable el rastro que nosotros buscamos es todo un reto.

Pinocho, allá por su tierna infancia, salía del coche y cogía una autopista de olores que le llevaban a donde su instinto le decía que estaba el paraíso cinegético; pero, seguramente, por la edad, el paraíso distaba mucho de los tiros, de las voces y de los ladridos de sus compañeros. Pinocho entonces se volvía por su mismo rastro hacia el resto de la cuadrilla de caza. Pero, ¿cómo sabe, ahora, Pinocho cuál es el sentido del rastro? Porque la dirección ya la sabía desde chico.


Cuando un perro caza con el aire de frente, tiende a lanzarse, por lo que hay que conocerle y siempre llevar cierto control sobre él.

Para esto, como para todo, hay muchas teorías, unas con más lógica que otras y algunas con mucha ciencia, incluso con fuegos artificiales. Ya sabemos que esto del rastro se basa en que unas moléculas de una sustancia determinada se dejen transportar por el aire cabalgando sobre otras moléculas, más pesadas, que son de agua. Según sea la humedad relativa del aire, más moléculas de agua habrá en suspensión y más facilidad tendrán los olores de llegar a la nariz del perro. Pero cuando las moléculas que transportan el olor se desprenden de la gota de sangre, supongamos, invadirán el ambiente y no será nada fácil detectar cuál es más fresca: si la que va o la que viene. Para esto, como ya he dicho, hay varias teorías y todas, como es lógico, tienen sus detractores y sus seguidores. La forma de nombrarlas es nada más que orientativa.

La cola de la gota

Sostienen los defensores de esta teoría que cuando una gota de un fluido miscible en agua cae al suelo, impulsada por la gravedad y, a la vez por la inercia en la dirección que lleva la res herida, en un primer momento se comporta como una bola que, al llegar al suelo, resbala sobre sí misma dejando una estela o mancha producida por el rozamiento. De modo que, hasta que la teórica bola se para hasta quedarse en lo que todos conocemos como gota, va dejando fluido a su paso, impregnando la superficie sobre la que ha caído.


La otra teoría que defiende que el primer rastro de la caída de la gota no marca la dirección, sino la gota en sí, puede observarse en esta imagen.

Es decir, cuando cae la gota, según esta teoría, al llegar a suelo e impulsada por la velocidad, se produce una mancha y lo que queda es un resto más ligero antes de lo que es la gota en sí la parte de delante. Donde sólo mancha, la sangre se seca antes y, cuando el perro lo toma, recibe más claro el olor de la parte delantera que, al tener más cantidad de líquido, desprende más cantidad de olor.

La tensión superficial

Esto es una característica física de los fluidos, es por la que las gotas se mantienen con esa forma. Para que me entiendan, la tensión superficial es lo que hace que una pompa de jabón se mantenga formada. Y esta teoría sostiene que una gota, cuando cae, se desmenuza en muchísimas gotas más pequeñas que, debido a la inercia, se quedan más allá de la gota matriz. Al tener menor tensión superficial, por ser mucho más pequeñas, es más fácil su unión con la humedad del ambiente y el perro lo detecta mejor.


En un jaral el perro no sólo nos encontraremos gotas, sino rastros de otros animales, raspones del animal herido e, incluso, sangre diseminada más alta que la altura de su nariz.

Todo tiene su explicación teórica y su parte de lógica, pero, creo, humildemente, que sirve para una aproximación y siempre que sea una sola gota. Además, se contradicen, porque si en el primer caso la teoría se basa en que el resto de la gota se seca antes y la gota matriz permanece, en el segundo caso, los restos de la gota estarán al lado contrario, por detrás de la gota matriz: son un resto y se secarán con la misma rapidez. Teóricamente, en terrenos llanos, para pruebas de trabajo, sin maleza, sin animal muerto, etc., pueden servir las dos.   

Aquí, en la puerta de casa

Siempre digo que con paciencia, un poco de vista y una lupa podríamos vivir sin perros de sangre, siempre y cuando el animal diese sangre mientras que fuese herido. Pero eso no ocurre nunca, el animal no da en todas las ocasiones sangre ni la misma cantidad ni, muchas veces, del mismo modo. Cuando un animal es disparado, concurren muchos factores y, entre ellos, uno primordial: que los vasos interesados en la herida y rotos se retraen hasta conseguir dejar escapar la menor cantidad de sangre posible. Ahora da sangre, ahora no la da; después da, pero menos; luego se cae, se levanta y vuelve a dar sangre; está tocado en las agujas y gotea por la pata trasera porque la sangre le chorrea; se tumba porque ve un perro; se para a la voz de un perrero; da tres pasos atrás, orina y defeca voluntaria o involuntariamente; babea, libera glándulas odoríferas, se trastabilla y rompe una jara; pasa por un zarzal y se deja un trozo de grasa; cae a un charco de barro, se le taponan las heridas.


Siempre los rastros en tierra, aunque no presenten sangre, orientan tanto a perro como a conductor.

Lógicamente, todo esto lo hace por el camino más fácil que ve y su estado físico va mermando poco a poco, hasta que el «fuelle» le falla y se intenta meter en el trozo más duro de monte con el que se topa. Allí oye ruidos y se vuelve a levantar, intentando poner tierra de por medio por el pelado más grande que haya y allí reparte como un aspersor de riego todos los efluvios, líquidos y sólidos, que se le salen del cuerpo. En otros casos, se aplasta a cincuenta metros del disparo y no se mueve hasta que siente que el peligro ha pasado. Con todos los respetos, ¿en qué parte de la gota dice usted que se desprenden más moléculas?

Juan Pedro Juárez

 

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