El perro de sangre: La homilía de los humildes

Después de recuperarnos del impacto de saber cómo cazan los sabuesos de los monteros del norte y de, evidentemente, comprobar que no sabemos nada ni tenemos perros de caza y, quizá, ni afición, consideramos oportuno dejar de lado a los perros y repasar esos asuntillos que ‘sabemos desde que nos salieron los dientes’. Más que otra cosa, por humildad.

Juan Pedro Juárez | 24/08/2010

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“Le tiré y cayó, pero se rehízo y se metió a un barranco y ¡cualquiera le busca ahí!...”. Esto lo oímos, cada temporada, una y otra vez; reses perdidas, que no se cobran o, sencillamente, que no se buscan. No recuerdo una, sino varias monterías en las que, durante la semana siguiente, se han llegado a cobrar hasta un 30% del total de las piezas abatidas. Es decir, cobradas en su día, doce o quince reses; cobradas en los días sucesivos, otros ocho o diez animales más. Todo esto acarrea un desprestigio para el organizador de la cacería (no es lo mismo cobrar diez que veinte reses), una pérdida económica (alrededor de ochenta euros, a día de hoy, por la carne de cada animal) y, además, una gran falta de respeto, a nuestro entender, hacia esta bendita ocupación que es la caza.

¿Creen que exagero? Pienso que no. Nunca he visto a ningún futbolista dar patadas a un balón sin más, sin preguntarse dónde está la portería ni cómo es un campo de juego ni cuáles son sus reglas. No sé dónde comienza la caza ni dónde termina, pero sí sé que pistear es parte de ella y que si se dispara y no sabe dónde ha ido el tiro es como lanzar un penalti desde fuera del estadio “por si cuela”. Así pues, estimado lector-compañero, vamos a repasar esos “asuntillos” de los que antes hablábamos y que se deben llevar a la práctica cuando se caza.

Reacción ante el impacto

Como aclaración, he de decir que la reacción ante el impacto no es el teorema de Pitágoras; luego, ni es ni debe ser exacto. Debemos tomarlo como una mera orientación que, al unirla a la experiencia de cada uno, irá tomando cuerpo, poco a poco, hasta que cada cual consiga llegar a sus propias conclusiones.

Siempre que un animal nos cruce en perpendicular o en oblicuo a nuestra línea de tiro, podremos observar, por su forma de actuar, dónde le hemos dado con la bala. Cuando el animal va lento, o al paso, podemos ver dónde recibe el impacto, ya que el “rosetón” de entrada se percibe a simple vista. Pero, además, notaremos cómo, por ejemplo, al encajar un disparo en el hocico, parece como si se hubiese chocado contra un espejo, cosa que se observa mejor en los ciervos. En este caso, no debemos hacer demasiado caso al polvo que se pueda levantar tras el animal. Cuando el animal va al paso, se supone que va tranquilo, por lo que su musculatura presentará menos resistencia al impacto, por lo que muchas veces el animal es atravesado y las esquirlas que lo atraviesan levantan polvo. Todo depende del tamaño, de la altura del animal y del ángulo desde el que se le dispara.

Si le acertamos a la zona de la garganta o en la parte no ósea del cuello, puede ser que no percibamos nada; ahora bien, como la mayoría de esos impactos conllevan asfixia y gran pérdida de sangre, el animal, generalmente, reaccionará de una forma un tanto exagerada con una carrera que acabará cuando a él se le agote el “fuelle”. Me entenderán mejor si les hago recordar aquel cochino al que usted tiró: los primeros tres tiros parecía como si no los oyese y, tras disparar una cuarta vez, cuando ya creía usted que el guarro era sordo, éste arreó a correr como alma que lleva el diablo y no se le volvió más a ver. Pues, probablemente, ese jabalí murió a los cuatrocientos o quinientos metros, tras habérsele escapado la vida por las yugulares y las carótidas externas debido a un impacto, muy bajo, en el cuello. La sensación de asfixia es lo que más “alas” da a la caza.

Puede ser que, en otra ocasión, tras apuntar a una res y dispararla con toda la certeza del mundo y verla desplomarse casi en el acto, cuando usted se acercó, ella salió por pies y nunca más volvió a verla; eso, en mi pueblo, se llama “calentón de agujas” y no es otra cosa que acertar en la misma cruz del animal, y ahí, aparte de las puntas de las escápulas (paletillas) no hay nada que haga mortal a un tiro. Por precaución hay que seguir la sangre (dará muy poquita); si antes de los quinientos metros no encuentra sangre, dentro de la marca de la huella, no albergue muchas esperanzas. Esa reacción también se da con rasponazos en la pelvis o en la columna vertebral.

Acertándole más abajo de la cruz, fuera de las articulaciones, puede que con algo de tiempo logre recuperar el cadáver; pero, repito, es muy difícil porque es un espacio de impacto de unos veinte centímetros, ya que, si bajamos de ahí, el tiro es fulminante, debido a que se interesará la parte superior del corazón y parte de los pulmones.
Al bajar todavía más, llegamos al codo y a la mano que, aunque darán sangre, no mancharán, casi nunca, dentro de la marca de la pezuña; es decir, en la misma huella, las marcas de sangre serán, fácilmente, salpicaduras de la parte del miembro que se queda inerte y se mueve alocadamente al ritmo de la carrera.

Si el impacto ha sido en la pelvis, se derrumbará y puede que se vaya a rastras (sobre todo los cochinos) y entonces veremos el “arrastrón”, tal vez con sangre. ¡Ojo!, se arrastrarán, pero hasta que desaparezcan de nuestra vista; no nos precipitemos a la hora de ir tras él, no vaya a ser que a dos metros del cortadero, cortafuegos, o lo que sea, esté aplastado y nos lo comamos literalmente, o él a nosotros.

Cuando el animal es alcanzado en una pata hay ocasiones en las que parece que ni notase el disparo, sobre todo si el impacto es en el momento de meterse entre el monte. En este caso, no hay que buscar sangre en los primeros metros tras el lugar del lance. Si el tiro es alto puede ser que se vea el raspón de la pata rota, ya que no pueden flexionarla; estando el daño de la muñeca hacia abajo, no toca el suelo porque sí logran encoger la pata. Por eso, lo más práctico es buscar dos huellas y una marca más profunda y con los cascabillos más separados, que será la que deje la pezuña sana pareja de la pezuña del miembro herido, al soportar aquélla todo el peso de su cuarto (trasero o delantero). Los primeros metros esta huella más marcada no será regular; es decir, hasta que el animal pueda estabilizar bien el cuarto afectado, puede ser que pise, incluso, con la pezuña sana y sola, oblicuamente a las pezuñas del cuarto sano; esto es, si va herido en la pata trasera izquierda, las huellas de las patas delanteras serán normales, mientras que la huella de la pata trasera derecha (la sana) será la que marque más irregular y profundamente, por ejemplo. Estos animales habrá que pistearlos porque la mayoría de las veces se recuperan, aunque habrá que esperar para dar tiempo al animal a que se tumbe y se “enfríe”.

Cuando el proyectil acierta al paquete intestinal, según cuenta todo el mundo, se encogen. Yo esto no lo he observado, lo que no quiere decir que dude de su veracidad. Lo que sí se aprecia bien es el “bojarrín” (basura intestinal) desperdigado al otro lado del flanco impactado. Este tipo de herida suele ser la más común y merece la pena que la analicemos más tarde.

Animales a la carrera

Cuando el animal va a la carrera, generalmente se lleva el impacto, y es difícil discernir dónde le hemos acertado. De todos modos, y en algunas ocasiones, nos parece que hemos apreciado algún tipo de reacción en el animal ante el impacto.

Al recibir la bala en el hocico o en la cara tenderá a bajar la cabeza, lo que hará que cuando caiga dé una voltereta muy parecida a las que dan los toros cuando clavan los cuernos en el albero. Si el impacto ha sido en la pata, pecho, caja torácica o en las escápulas, la mayoría de las veces, caen con el pecho, dejándose las manos atrás y levantando los cuartos traseros, fruto de la inercia; es decir, la típica caída.

Cuando el daño se produce en los cuartos traseros es evidente que éstos fallan y de una manera más o menos clara se podrá apreciar.

Por eso, yo soy partidario de no esperar acontecimientos y secundar el primer disparo siempre.

Rastros «fáciles»

Habrán notado que no hemos hablado de puntos vitales porque considero que es obvio que tardarán poco tiempo en ocasionar la muerte y prácticamente no hará falta pistear. Aún así, comentaré una serie de cosas curiosas que, generalmente, se producen en los que hemos dado en llamar “rastros fáciles” y muy útiles para nuestros cachorros.

Con un codillazo en toda regla hay muchos cochinos que se van a más de cincuenta metros del lugar del impacto. En cambio, cuando “tiramos”, a un cochino o venado, por encima de las jaras, hay veces que, al pensar que no lo hemos tocado, intentamos “cortar su carrera” tratando de atajarlo entre el monte; cuando volvemos al último sitio donde le habíamos visto, nos encontramos con el animal muerto por un simple tiro en lo que mal llamamos riñones. No es que le hayamos alcanzado los riñones, lo que realmente sucede es que le hemos seccionado la aorta y la cava inferior que, a ese nivel, van juntas y, probablemente, también la columna haya sido afectada, por lo que en cuestión de segundos, el animal expira.

Otras veces tiramos a un guarrazo que deja el monte “lleno de tocinos” y no nos explicamos cómo puede haberse escapado. Sencillo: se ha ido, pero sin joroba, que es donde le hemos acertado, y no en el pecho o en la parte baja del cuello, porque, sepan ustedes, que ahí tienen tocino, pero se desprende con dificultad.

Aunque todo lo anterior suene un poco a rollo, es necesario conocerlo para sentar las bases del rastreo, porque intuyendo dónde ha ido a parar la bala, podemos plantear un tipo u otro de rastro. Por ejemplo: si sabemos que un bicho va “pegado” en el pecho, aunque no de muerte, podremos empezar a pistear antes que si sabemos que el impacto ha sido en los jamones, en cuyo caso deberíamos esperar a que el animal se tumbase y comenzase a desangrarse.

A lo largo de futuras notas repasaremos dos tipos de rastros: el que nosotros ‘podremos seguir fácilmente’, esto es, con mucha sangre, continuos y cortos (hasta mil o mil doscientos metros), y el ‘rastro imposible’, es decir, el de verdad, rastros infinitos, con un trozo de tripa aquí, un resto de orina con sangre allá, un pedazo de tocino en el cerro de enfrente, etc., pero con un nexo de unión entre cada piltrafa: las huellas. Y como arma para reconstruir el rastro entero, nuestro amigo de siempre, el perro. Intentaremos ver lo que él huele, cómo guiarlo y entre medias seguiremos con lo más importante, que es la disciplina.

Juan Pedro Juárez

2 comentarios
07 sep. 2010 17:48
Azul
Azul  
“Después de recuperarnos del impacto de saber cómo cazan los sabueseros del norte, y de, evidentemente, comprobar que no sabemos nada ni tenemos perros…”

Juárez, tampoco hay que tomarse las cosas así, lo que sucede es que (en mi caso) no acabo de entenderte del todo. Yo no entiendo nada o casi nada de sangre, pero un poco de sabuesos sí, de rastros algo, y de hacer algún cachorro también. Solamente aplicando la lógica se me ocurren tres pilares básicos en el perro de rastro de sangre: Obediencia, carácter equilibrado de perro y dueño y, fundamental: que el perro jamás cambie de rastro.

Has hecho hincapié desde un primer momento en muchas cosas, y has hecho referencia a estos tres conceptos (excepto respecto al dueño), pero, sobre todo en el caso del cambio de rastro, únicamente lo has tocado muy de refilón, cuando en un perro de sangre supongo que es una cuestión, o incluso, más bien, será LA cuestión.

Prescindamos de la sangre, dejemos que eso quede para perros que buscan en caliente o bien para perros únicamente entrenados con sangre (no acabo de entender para qué serviría este tipo de entrenamiento en un perro especialista, se queda muy cojo), es decir, la segunda o tercera división en esto (¿no?). Estaremos luego hablando de rastro de olor puro y duro con muy poca o nada de sangre, tras más de 12 horas y quizás con climatología adversa, y supongo que es aquí donde un perro de sangre demuestra si sirve para algo más que para pelar despojos en una “junta de carnes”.

Que un perro renuncie a cruzarse con otros rastros mucho más frescos ya sean de otras especies quizás más apetecibles de seguir, o bien rastros del momento de individuos de la misma especie… permaneciendo siempre en su rastro sin cambiar… supongo que no es cosa fácil aunque la selección específica realizada en perros de razas auténticamente especialistas tenga mucho que ver… supongo que este aspecto ha de ser el objetivo fundamental del entrenamiento de un perro de sangre, ¿es así o no es así?. Porque esto es cuestión de carga genética, pero también (y supongo que no poco) de entrenamiento exhaustivo.

Además echo mucho de menos fuerte hincapié en el entrenamiento en rastros fríos, que también supongo extremadamente importante.

Por otro lado hablas en alguna ocasión de rastros muy largos y yo te pregunto... ¿un teckel tiene capacidad física para resistir atraillado una búsqueda realmente larga por terreno sucio y montañoso? permíteme que lo dude muy seriamente, pues a nosotros nos sucede con los perros de traílla que a pesar de que sean fuertes, bien proporcionados y bien entrenados este tipo de trabajo les (y nos) resulta muy exigente a nivel físico y psíquico.

Bien, pues estas cosas a mí son, de lo que la lógica me permite intuir, las que más me cojean de todo tu planteamiento hasta ahora, Juárez. Bueno, eso y que pretendas que la gente cargue con perros que son unos mantas en base a no sé qué motivos morales, no obstante esto es muy secundario, es cuestión muy personal.

Saludos.
29 oct. 2010 12:28
Pitu
Hola buenas

Ufff Juárez te lo tomas algo a la tremenda hombre, todos los comentarios son susceptibles de crítca y/o enmienda, si no lo aceptas así deberías reconsiderar escribir en un medio público como este, es decir, si escribes y opinas aceptas implicitamente la opinión de los demás sobre ello, así que tomatelo con más calma que no es para tanto.
Este artículo es interesante y comparto la opinión sobre el conocimeinto del tipo de herida, pues nos permitirá afrontar el rastreo de una forma u otra, efectivamente.

No entiendo muy bien el nexo de unión del articulado pues para mí este es un punto capital a partir del cual sigue todo lo demás. Un tiro de muerte lo sigue una persona sin necesidad de perro y uno dificil depende que tipo de perro.

Respecto al rastro, uno de más de un kilómetro, por monte abierto, no es un rastro fácil ni corto, ni mucho menos ni lo sigue cualquier perro.
Respecto a las huellas que sería según tu "el nexo de unión" decir que en una zona de abundante caza ésa huella es dificil de desbrinar por casi todos los perros, el verdadero especialista que la siga sin cambiar es escaso en nuestro país, pero muy escaso.
Y ése es el punto gordiano, igual que hay perros de trailla especialistas en aplazar, otros especialistas en cobrar, otros en cobrar.... el verdadero especialista es el que desprecia todos los demás olores para centrarse en la sangre.

Con lo de las razas, pues para ésos rastros que llamas "infinitos" en teckel se queda corto, corto, cortísimo y no por falta de aptitud sino por falta de físico. El teckel es lo que es y para lo que es, pedirle más es absurdo habiendo otras razas más aptas. Digo esto porque la mayoría de los fracasos que he visto en la elección de la raza han sido por no saber hasta dónde llega un perro o cuales son limites, más que por otros motivos, pedirle a un teckel un pisteo de dos kilometros, atraillado y entre jaras, en terreno abrupto es como pedirle a un levantador que pare la muestra, ni más ni menos hay mejores razas para eso.

Y lo dicho, no te lo tomes a la tremenda.
Saludos

 

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