Aliados para la caza

Pocas modalidades cinegéticas resultan tan plásticas, apasionantes y absorbentes como la cetrería. En este arte casi tan antiguo como la misma venatoria no sólo han participado las indiscutibles aves de presa, amansadas y entrenadas por la sutil mano del hombre.

Andrés López | 18/08/2010

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Desde su inicio, el más inteligente predador de todos los tiempos supo ganarse la alianza de otros animales tan o más importantes que él mismo, para obtener el ansiado objetivo común: la supervivencia. Bajo las alas más rápidas y la vista más aguda del planeta puso a trabajar a los mejores venteadores, los perros de caza, en el subsuelo empleó la agilidad y fiereza de los hurones y para acortar las distancias y extender su primitiva área de campeo comenzó a domar los primeros caballos.

Un equipo milenario

Desde que hace varios milenios los halcones, los perros y los hombres sellaran su común alianza, muchas cosas han cambiado, especialmente el campo, el escenario de todos y cada uno de los lances de todos los tiempos, que se ha ido adaptando a las inevitables variaciones producidas por el inexorable avanzar de los siglos. Los perros también han evolucionado, el primitivo halconero fue seleccionando las razas más idóneas y los ejemplares más destacados hasta conseguir los primeros canes de muestra, capaces de localizar a la oculta presa con su excelente olfato y señalizarla con la rigidez de su postura en espera del mejor momento posible para que el letal y expectante halcón realizase su ataque.

Hoy en día cazadores de todo el mundo disfrutan cada nueva temporada con la infinidad de razas descendientes de aquellos primeros perros cetreros y, cómo no, también lo hacemos la mayoría de los amantes de la caza al vuelo que todavía tenemos el privilegio y el placer de hacernos auxiliar por compañeros tan especiales.

Pero no todos los cetreros comparten con el mejor amigo del hombre sus horas y sus sueños. Los neófitos tienen bastante con controlar al aprendiz de pájaro que lucen sobre su puño izquierdo y lo ven como un proyecto futuro, porque es mayor la ansiedad por dominar los cortos vuelos de sus primeras aves que la voluntad y necesidad verdadera de cazar, se conforman con esporádicas presas levantadas al azar sino con un buen manojo de escapes. Algunos consagrados, vanidosos y egoístas maestros prescinden de los canes porque no los necesitan para cazar una perdiz.

Ya me gustaría verlos fuera de sus inabarcables labrantíos limpios como la palma de la mano y sin gasolina para su todoterreno. En arroyos cerrados, sierras y parameras clamarían al cielo por la ayuda y el auxilio del más humilde y mestizo de los rateros. En estos tiempos de escasez, un buen perro convierte un erial en un coto aceptable, un buen coto en algo similar al paraíso.

Salir de caza sin un buen perro es como salir mutilado, amputado. Si disfrutamos del enérgico batir de nuestro peregrino, de su ascensión y su mágico techo, su tensión y su atención y casi rozamos el éxtasis con su picado y su mortal cuchillada ¿cómo vamos a renunciar a la alegria del trote de un ágil bretón, los lazos ordenados de un elástico setter, la muestra escultórica de un estilizado pointer o el abnegado cobro de una presa herida de un entregado grifón? Sería como salir a medias al campo, con uno de los dos ojos y oidos tapados, como condenados a disfrutar la mitad, a la vez que ciertamente condicionados a terminar la jornada de caza con peores resultados.

¿Y si tan bonito es el concurso de los perros, por qué una buena parte de los halconeros prescinde de ellos en muchos de sus lances? Pues la mayoría de las veces porque el adiestramiento, crianza, convivencia y entrenamiento de los perros de cetrería exige un gran trabajo, conocimiento y esfuerzo, además de una serie de requisitos de espacio y habitabilidad que no todo el mundo está dispuesto a sacrificar. No saben lo que se están perdiendo.

El mejor compañero de campo

Nunca encontrareis tanta empatía y complicidad en ningún ser vivo como en los perros de caza. Prevén nuestro estado anímico e intenciones, adivinan nuestras indicaciones y se esfuerzan por complacernos en todo momento sin esperar mayor recompensa que unas palabras dulces, una mirada agradecida o unas palmadas de amigo. A mi modesto entender, un día sin perros es una jornada triste, demediada. Un lance cetrero sin ellos, se conviene en poco más que un gris pasatiempo en el que siempre se echa de menos la chispa y el disfrute de los mejores compañeros de campo que se puede tener o desear.

Adiestramiento desde cachorro

Para un halconero todo comienza a brillar el afortunado día en el que el joven cachorro entra en casa. La ternura, belleza y simpatía que irradia inunda cada rincón del hogar, llenándonos de futuras ilusiones y esperanzas. Esta etapa es ideal para, con mucho cuidado, ir presentando a los componentes de la banda. Dejaremos a los cachorros olfatear a los halcones mientras supervisamos la seguridad de todos y poco a poco unos se van habituando a los movimientos y comportamientos de los otros.

Mucho campo y muchos lances para despertar la pasión innata que todo can atesora en algún resquicio de su genética, no hay más secreto

Nunca los dejaremos a solas, pues jugando pueden hacerse daño o coger miedo entre sí para siempre. Trabajamos solamente en cotidianas sesiones tuteladas, primero en el jardín y posteriormente en el campo, siempre y cuando podamos contar con la ayuda de alguien que se encargue del joven alumno mientras nosotros entrenamos o cazamos con los halcones como de costumbre. Así conocerán las primeras presas muertas, el trasiego por el cazadero o las golosinas junto a los halcones para reforzar los incipientes lazos de hermandad que se irán forjando con el tiempo.

Comenzando desde muy temprano con las aves de presa y con la colaboración de un perro maestro desarrollaremos la precocidad. Algunos canes rompen a cazar muy tarde, pero con este sistema no es infrecuente ver cachorros cazando casi como veteranos, laceando a la orden, guiando, parando y cobrando con apenas seis meses de vida y aún antes, en casos muy concretos de alumnos aventajados con altas capacidades.

El vuelo de los halcones intimida considerablemente a las potenciales presas y las ocasiones para que los jóvenes cachorros entren en contacto con la caza real se hacen mucho más frecuentes que en otras modalidades cinegéticas. Una codorniz o perdiz azorada puede ser la primera plaza mostrada de nuestro futuro perro de altanería, un azulón o un cuchara aguado el bautismo de fuego del mejor can de ribera.

Buscar, mostrar y cobrar

Hay halconeros que usan o utilizan el perro tan sólo para buscar y mostrar. Personalmente prefiero pensar en el perro como en un compañero simbiótico, por supuesto a mi servicio pero no subyugado y sometido, siempre resignado a ver cómo es el emplumado cazador el que por norma acaba disfrutando la presa trabajada por el conjunto.

Desde que comencé a cazar con halcones, en todo momento han sido mis perros los últimos en saborear, cobrar y portar la pieza que han trabajado. Cuando el halcón captura, en todas las ocasiones cambio inmediatamente la pieza recién sacrificada por una mejor carne del morral, mientras permito al perro el cobro de su ganada y auténtica presa. A la rapaz el resulta más ventajoso comer la carne ya pelada y preparada al efecto y el can se deleita y da rienda suelta a sus instintos tomando suavemente la pieza entre sus belfos mientras todos contentos retornamos a la halconera. Nunca lo hice de otro modo y los resultados han sido siempre más que satifactorios, logrando perros trabajadores, disciplinados y abnegados sin envidias ni ansiedad, con muestra firme y buenos cobros de presas heridas, acostumbrados a esperar tumbados junto al halcón su recompensa y seguro turno de ganado protagonismo.

Personalmente no utilizo más método de adiestramiento que la reiteración del ensayo-error, a poder ser en compañía de otro perro veterano, pero esto no siempre es posible. Mucho campo y muchos lances para despertar la pasión innata que todo can atesora en algún resquicio de su genética, no hay más secreto. Sólo halagos cuando el cachorro responde a nuestras expectativas o incluso las supera y firmeza cuando los menores signos de insumisión, anarquía o inoperancia comiencen a adivinarse.

Además de hacer las cosas bien, hay que contar con un cazadero aceptable, salir al campo con la mayor frecuencia posible y tener un poco de suerte. La línea genética es importante, la raza elegida también lo es, pero siempre hay excepciones tanto para bien como para mal, por lo que sería importante dejarnos aconsejar por los que más experiencia y mejores resultados tienen, trabajar con la mayor de las ilusiones y esperanzas y aguardar ese golpe de fortuna que nos haga encontrar ese especial compañero de fatigas con el que compartir sangre sudor y lágrimas hasta que la fatalidad o la vejez nos separe.

Andrés López

1 comentarios
16 sep. 2010 14:12
Cubi2010
Hola, soy cazador de perro y escopeta y un profundo admirador de la cetrería. Más de una vez entre mis colegas cazadores he dicho que cambiaría la escopeta por un precioso halcón, sería el sumun de la verdadera caza, de hecho hace ya años dejé la repetidora que de joven tuve y compré una superpuesta para no tener más ventaja de la debida. Por ignorancia a la cetrería y falta de sitio como indicas en tu artículo no puedo plantearme el cambio. Si me gustaría que por favor dedicases a no ser que ya lo hayas hecho a hacer un artículo basado en un principiante cetrero y así saber que cosas básicas hay que hacer y tener para adquirir y cuidar como dios manda un halcón por primera vez.
Un saludo y muchas gracias

 

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  • Montear con tanto calor, un peligro para las rehalas

 

 

Dedicatoria

Quisiera dedicar el presente escrito a Sur y a Na, lo dos mejores perros de caza que nunca hubiera podido ni imaginar con los que he tenido la fortuna de compartir más de dos décadas llenas de lances imposibles.

Ahora seguro que están cazando en la más amplia y clara de las parameras, aguardando, el uno de muestra, el otro a patrón, a que suba yo también para levantar infinitas presas por el resto de la eternidad.

En cierta ocasión un conocido periodista le preguntó a Féliz Rodríguez de la Fuente si creía que los perros al morir irían al cielo. El ilustre burgalés les respondió con aquel hondo dramatismo con el que adornaba cada una de sus profundas palabras, que si los perros no iban al cielo, él tampoco querría ir allí en el último de sus viajes. Como en tantas otras cosas vuelvo a coincidir con mi maestro, yo tampoco quiero ir a ningún lugar donde no puedan trotar libremente mis mejores amigos, mientras en las alturas siempre vigila expectante el más noble de los pájaros.