La evolución de rifles y visores

Muchos de los que ya peinamos canas —y de los que tenemos poco o nada que peinar…— no somos conscientes de la evoloción que esta particular forma de caza, el rececho, ha sufrido en la últimas décadas. Y para darnos cuenta de tan significativos cambios no nos tenemos que remontar en el tiempo una barbaridad, simplemente el que muchos de nosotros llevamos practicándolo, pongamos treinta o cuarenta años.

IA Sánchez | 03/07/2010

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El que tenga fotos —de papel, por supuesto— de sus cacerías de los años 70 y 80 lo podrá comprobar, y eso que en las fotos, al menos a primera vista, no es fácil distinguir las notables diferencias que separan al recechista de aquel entonces —nuestro padre quizás, o nosotros mismos en nuestros comienzos— con el recechista del siglo XXI.

Si cogemos esa foto, con un macho montés, pongamos por caso, salvando cortes de pelo y algún cuello de camisa y solapa de chaqueta algo desorbitados, podría pasar por otra realizada esta misma temporada, pues las similitudes son muchas, pero a poco que observemos los detalles, podremos comprobar cómo, efectivamente, aunque la esencia del rececho sea la misma, los mimbres con los que tejemos el cesto de cada salida tienen poco o nada que ver con los ultilizados entonces.


Uno de los pocos cambios importantes que podemos encontrar entre los visores de hace unas décadas y los de ahora es que entre los nuevos los hay con medidor de distancia incorporado.

Si se nos preguntara sobre qué ha cambiado en los últimos cuarenta años, quizás a muchos de nosotros serían las armas y la óptica lo que en primer lugar se nos vendría a la cabeza, sin embargo, a poco que recapacitemos, comprobaríamos que en realidad los rifles y los visores son de los componentes que menos han evolucionado. Es más, no son pocos los que aún tendrán en perfecto estado de uso tanto rifles como visores de entonces. ¿Acaso el Mannlicher M que tantos afortunados de entonces portaban orgullosos colgados del hombro no sigue en plena vigencia, despertando la misma admiración que entonces y disparando exactamente igual de bien?, ¿y los Santa Bárbara?, ¿y el Remington 700?, ¿y los Mauser 98 o los 66...? Todos ellos estaban entonces y están hoy en día —se sigan fabricando o no— en plena vigencia, y no creo que maten un solo rebeco menos, un solo corzo menos, un solo macho montés menos o un solo venado menos que cualquiera de los rifles diseñados y vendidos en el Siglo XXI.

¿Y los visores?

Tres cuartos de lo mismo. Evidentemente el tiempo no pasa en balde, y el uso continuado —y por supuesto el abuso— de un elemento tan delicado como un visor dejan huella. Pero los que cuidan estas joyas como se merecen podrán comprobar cómo, salvando quizás en cuestiones de ligereza, un visor de primera gama de entonces poco o nada tiene que envidiar a un visor de hoy en dia.


Los iluminadores de retícula tienen más décadas de las que pensamos, además, su principal ventaja no la encontraremos en los recechos.

Los que conservan a buen recaudo los Zeiss, los Nickel, los Swarovski 0 los Schmidt & Bender de entonces pueden dar buena fe. Salvo que la fuga del nitrógeno de su interior haya permitido la entrada de humedad a las lentes haciendo que éstas se empañen o que hayan amarilleado, difícilmente podrán probar la diferencia de calidad entre aquellos cristales y los de hoy en día. No podemos negar evoluciones estéticas y aumento hasta el infinito de gamas y modelos, pero volviendo al tema práctico citado anteriormente con los rifles, lo que podemos cazar con un Zeiss fabricado en 2010 lo podríamos cazar en el 99 por ciento de las ocasiones con un Zeiss fabricado hace 40 años, en 1970.

Aparente contradicción

Hasta aquí podria parecer una contradicción la entradilla, el encabezado de este artículo, en el que se dejaba entrever la enorme evolución sufrida por el matenal necesario para la práctica de esta modalidad de caza y lo visto hasta ahora, que parece querer decir que todo sigue poco más o menos como entonces, pero no, no es así. Lo es —en cierta medida— en lo comentado hasta ahora, en las armas y sus visores, pero de manera rotunda y contundente no es una contradicción en el resto, en cuestiones que hoy en día nos parecen tan normales que no somos conscientes de su importancia, y que no hace mucho tiempo atrás no es que no las tuviéramos, es que ni tan siquiera nos imaginábamos que algún día iban a existir.


En Santa Bárbara en concreto lleva unas cuantas décadas recechando conmigo, y seguramente nos jubilemos juntos dentro de otras cuantas.

Sólo por dar algunas pistas: ¿alguien en los años 70 podia imaginar tan siquiera la existencia de algo tan común como un telémetro láser de bolsillo?, ¿y de un pequeño aparato que hablando con los satélites le dijera —entre otras mil cosas— cómo llegar a cualquier punto de la sierra sin conocerla, y regresar al vehículo una vez caída la noche sin la menor posibilidad de perderse?, ¿alguien podía imaginar un ordenador personal similar a los Spectrum de entonces, que a través del cable del teléfono nos iba a decir de forma inmediata el tiempo exacto —posibilidad de lluvia, temperatura, dirección y fuerza del viento…— qué hace y qué hará en cualquier lugar de España y hasta del mundo? ¿Y que podríamos ver desde el cielo fotografías aéreas en las que se pueden apreciar hasta las trochas de los bichos de prácticamente cualquier sitio que pretendamos cazar?

Ligereza, comodidad y polivancia

Pero empecemos por el principio, pues la mayor parte de todo eso —pero bien desglosado— será lo que conforme la segunda parte de este artículo, a la que le daremos forma el mes que viene; en esta primera entrega nos centraremos en los ya comentados ligeros cambios —evoluciones más bien— presentes en las armas —en los rifles en este caso— y por supuesto en los visores, las miras telescópicas, parte integrante y fundamental del aficionado al rececho, sea éste realizado en la más o menos llana estepa o en la escarpada sierra.

Los rifles y los visores son de los componentes que menos han evolucionado

¿Qué encontramos en los rifles —o en algunos rifles— de los que pueblan las vitrinas de las armerías que no había en las de entonces? Pues lo que anunciábamos: más ligereza, más comodidad de transporte y más polivalencia.

Ligereza

Hoy es fácil encontrar rifles de cerrojo (los más comunes para esta modalidad, junto con los monotiro) rondando los 3 kilos de peso, incluso por debajo de esta cifra.

En otras modalidades de caza, como el aguardo o la montería, el peso del arma queda en segundo plano, pues no debemos portarla al hombro durante largas horas, pudiendo ésta descansar en el suelo; es más, un arma pesada otorga cierta estabilidad a la hora de encararla, y absorbe buena parte del retroceso, permitiendo doblar el tiro en caso de necesidad más rápidamente. Pero en el rececho, especialmente en el de alta montaña, 500 gramos de más parece que se van multiplicando por cada hora que cargamos con ellos: a las dos horas parece un kilo de más, a las tres horas kilo y medio, y tras seis horas de rececho esos 500 gramos parecen pesar 3.000…

En la mayor parte de los casos de aligeramientos extremos se consiguen por la incorporación de piezas de plástico (ABS, policarbonatos, PVC...) de extraordinadria resistencia y ligereza, que sustituyen a otros materiales más pesados, como la madera en el caso de las culatas o el metal en algunos elementos como los peines o cargadores.

También el cerrojo y el cañón han podido aligerarse gracias a la utilización de metales más livianos que el acero, y en casos extremos por carbono, tanto en culatas como envolviendo un fino cañón metálico, como es el caso de los afamados rifles Christensen.

IA Sánchez

 

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