Perdices y perdiceros de alto rendimiento

Que nadie interprete la segunda parte del titular de este reportaje como un afán por abatir más perdices, al menos más de las prudentemente debidas. Por perdicero de alto rendimiento definimos al cazador de patirrojas que está en su mejor momento, en esa etapa en la que el aficionado ha acumulado ya cantidad de experiencia y tanto la mente como el físico lo acompañan para redondear lo que seguramente serán sus mejores temporadas de perdiz dentro de su vida cazadora.

Miguel F. Soler | 27/12/2009

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Aquí nadie nace enseñado, todo ha de aprenderse, pero sobre ello las ganas de mejora, de crecimiento, de superación, han de estar siempre en lugar preferente entre los empeños del verdadero cazador de perdices de nuestros llanos y sierras.

Los mejores años del perdicero que se inicia en esta caza desde muy jovencito son los que van desde los 35 a los 50 años

Van quedando pocos perdiceros de los que han podido vivir esa última etapa dorada de la caza de patirrojas en nuestro país, aficionados que desde siempre se han denominado pajareros o perdiceros según las regiones, y que todavía, con décadas de ejercicio cinegético a sus espaldas, siguen dando lecciones a más de un nuevo cazador que quiere competir con ellos de vez en cuando...

El perdicero ha de ser duro, bravo, arisco como las mismas perdices, ha de albergar un empeño muy bien arraigado y aquilatado a base de kilómetros en las piernas, de sudores y fríos en pleno campo, el perdicero curtido y con desvelos porque la siguiente temporada siempre mejor que las anteriores, llega a un punto en el que ya parece hablar de tú a tú a las perdices, ahí está en plenitud, en equilibrio entre capacidad física empuje emocional, para vérselas con las del pico rojo y colgar sus manojitos en los terrenos más complicados.

No vamos a tratar formas o métodos para abatir más perdices que nadie, la caza en el sido XXI ha rolado a un rumbo más sostenible en el que la verdadera esencia, el motivo de salir al campo cada día hábil, está en poder poner a tiro a la caza, es decir, ahora un perdicero de alto rendimiento no será aquel que siempre cuelgue docena y media de perdices (esos tiempos pasaron en la mayoría de los casos...), sino aquel que logre mantener una cadencia de capturas con independencia de las circunstancias y dificultades.

Así, la preparación, la maduración física y psicológica, el espíritu de superación, querer disfrutar con plenitud del campo, de la compañía de la cuadrilla, del trabajo y bondadosa servidumbre de sus perros, ahí, y en esa caricia y ese beso final a la patirroja abatida con ley, templanza y nobleza, antes de colgarla en la percha, definen a un perdicero de los de verdad.

¿Quién logra colgar caza desde el primer al último día de la temporada, salvo excepciones muy concretas? ¿Qué aficionado resiste lluvia y frío, viento y toda clase de inclemencias, para estar cada amanecer a pie de campo? ¿Qué perdicero mantiene sobrada fama de contar siempre con perros de primer nivel y ser un tirador constatado? Pocos, ¿verdad? Pues resulta que ese puñado de perdiceros son los que nos han enseñado a muchos, y los que todavía pueden seguir dándonos más de una lección.

¿Qué va primero, experiencia o preparación?

Lo primero es el empuje, el empeño, las ganas de querer mejorar y ser duro, resistente, como dice uno de mis maestros en esto de cazar perdices, Pepe Durán, si el resfriado te deja ir a trabajar de lunes a viernes, también te dejará cazar de sol a sol el domingo...

Sin duda lo primero será ir acumulando experiencia, pero ojo, no todo vale en este atesorar prácticas ante las perdices, no se trata de muchas horas en el campo, sino de aprovechar el máximo de horas cazando, con brío y dosificando, todos corremos el riesgo de acabar agotados a las doce de la mañana un día de desveda con más de treinta grados de temperatura y muchos kilómetros, quien resiste es porque se dosifica y está entrenado.

La preparación física o mental del perdicero que aspira a ser un destacado cazador de patirrojas es crucial, y como tarea de mucha exigencia, debemos apostar por entrenar regularmente, entre semana, de forma que mantengamos esa punta de brío y resistencia tan necesaria cuando hay que bregar por el campo con barro en las botas, o cuando las laderas parecen interminables y la escopeta pesa ya el doble o el triple...

No vamos a dar aquí ningún plan de entrenamiento, simplemente diremos que a base de mantener una buena elasticidad (tenemos muchos ejercicios para realizar en casa, apenas quince minutos bastan para ganar nivel), un buen fondo a base de caminar o trotar al menos cuatro o cinco tardes a la semana, de subir escaleras mejor que subir en ascensor, de intentar adoptar posturas correctas al coger peso, etc... y una mentalidad libre de condicionantes negativos (tan preocupantes para todos en el arranque del otoño por la bajada de la serotonina, un estimulante natural de nuestro organismo), será más que suficiente para mantener un buen nivel toda la campaña cinegética.

A la par de ir trabajando cuerpo y mente, en cada salida al campo el perdicero va aprendiendo, hoy esto y mañana aquello, acumula sensaciones y estímulos, va anotando mentalmente dónde sí y dónde no hay perdices con este o aquel tiempo, sabrá entrar al bando de ese cerro de almendros para que no vuele —como siempre— para dentro de la reserva o al otro lado de la carretera, aprovechará cada vez más y mejor el trabajo en conjunción con su perro, y comprobará cómo eI porcentaje de éxito con la escopeta mejora igualmente en esta progresión.

Crecimiento y maduración

La preparación física o mental del perdicero que aspira a ser un destacado cazador de patirrojas es crucial

El perdicero nunca llega al tope en esto de saber cazar perdices; para lograr jornadas y temporadas de alto rendimiento el cazador ha de ir creciendo continuamente, dentro y fuera de la temporada, ha de sosegar impulsos y dosificar esfuerzos, ha de llegar al convencimiento de que hay que hacer las cosas bien, en su momento, y solamente cuando es conveniente hacerlas.

Parece una tontería, pero dando el cazador comienza a poder dormir bien las noches previas a las salidas de caza, es que va por el buen camino. La oferta actual de gimnasios nos da oportunidades de entrenamiento avanzado gracias a disciplinas como el yoga o las gimnasias orientales, que además de los ejercicios del método Pilates, ayudan muchísimo al perdicero que quiere avanzar en su rendimiento.

Algunos de nuestros perdiceros veteranos comentan que cuando jóvenes, tenían un impulso desbocado tan fuerte que acababan la jornada casi sin dejar de correr, pero sin embargo hasta años después no lograron obtener grandes resultados en la caza de patirrojas, y es que este equilibrio que comentamos es totalmente necesario.

De siempre se ha comentado que los mejores años del perdicero que se inicia en esta caza desde muy jovencito son los que van desde los 35 a los 50 años, puede parecer un poco pretencioso dejar en la primera etapa de crecimiento temporadas en las que el físico está por encima de todo, hablamos de los veintitantos años, incluso de los treinta, pero en cuanto ya la experiencia se deja notar y el físico se mantiene en un buen grado, ahí es donde el perdicero rompe en su ciclo de mayor rendimiento en esta caza.

Y es que puede que ya no corra tanto por los llanos como con veinte años menos, pero es que ha descubierto que no es tan necesario, seguramente tira menos —y no por falta de cartuchos como antes...— y abate más, sencillamente porque ha mecanizado el secreto de saber irse con la perdiz en cada lance, y saber cómo abatir muchas de las que se le ponen a tiro. Cuando el crecimiento abre la puerta al campo, y la maduración nos da un empujoncito al cerrar la escopeta cada domingo, entonces la percha perdicera vale el doble aunque lleve menos peso.

Dónde buscarlas, cómo buscarlas...

Hasta que no rompemos con ese sin sentido de ir rápido de acá para allá, de querer abarcarlo todo, de pretender ser el primero en llegar al liego o recorrer la lindera, y llegamos al convencimiento de que lo mejor es apostar por las estrategias más recomendables en cada momento y saber parcelar y repartir la jornada, no logramos nivel en la caza de la perdiz.

Muchas veces pensamos que los grandes campeones en caza menor con perro lo son por tratarse de excelentes tiradores o aficionados con una capacidad física de maratoniano, y no es cierto, lo habitual es que la mayoría está en esa etapa de alto rendimiento y entonces cada actuación se hace amparada por el juicio de la experiencia y del conocimiento, con lo que la apuesta es a ganador casi siempre en cada lance.

Para aprender a buscar perdices hay que tener claro lo que queremos, que es llevarlas a la percha, a partir de ahí debernos pensar si queremos hacerlo de cualquier forma pero rápido y lo más sencillo posible, y entonces dedicarnos a carrilear con el coche buscando mataderos donde otros han volado los pájaros, o recurrir a ir de asomada en asomada. Esto no es cazar perdices, se abaten, lógico, pero no se aprende.

La otra opción es decidirnos por buscarlas donde ya sabemos que deben estar según está la mañana, el cazadero y cómo está el campo de cazadores, y hacerlo con cabeza, sin desperdiciar energía y aprovechando lo que otros cazadores mueven sin lograr resultados, de ahí por ejemplo la importancia de valorar siempre en su justa medida la influencia del viento en el cazadero.

A la perdiz hay que buscarla según pida el momento, rápido si hay que presionarlas pues van apeonando y no saben ni ellas mismas si se van a amagar o a terminar volando, más despacio cuando sabemos que por la forma de moverse y el terreno están queriendo pararse y aplastarse, haciéndonos los despistados cuando la perdiz duda ya en pegar una volada o amagarse un buen rato, incluso hay veces en que hay que irse, dar un rodeo y entrar desde otro ángulo a esas perdices, todo es muy variable, incluso estas tácticas varían según el momento y el día. Decíamos que la experiencia es fundamental, ¿verdad?

El sexto sentido perdicero

A la perdiz hay que buscarla según pida el momento, rápido si hay que presionarlas, más despacio cuando quieren pararse y aplastarse

Llega el momento en que nada más pasear la mirada por una zona del cazadero, un impulso seguramente basado en lo acumulado por la experiencia ya de muchos días de caza y numerosos lances perdiceros, te dice dónde puedes tirar alguna perdiz, incluso a veces se tiene el presentimiento de que la perdiz está amagada en esta o aquella zona de la lindera o el rodal de monte bajo.

Este sexto sentido lo perciben muchos cazadores, parece que la información que nuestra mente nos devuelve para gestionar cada situación de caza tiene ya raíces como para ponernos sobre aviso ante un lance que intuimos ya inminente, incluso concretando la arrancada y hasta la dirección de huida de la pieza. Y en muchos casos se corrobora luego el lance según lo calculábamos.

Las sensaciones que percibimos a menudo no es más que eso, una predisposición al lance pues lo que nos rodea cuadra con la información que ya tenemos y entonces reaccionamos así, todos sabemos de casos en los que nosotros u otros compañeros hemos pensado «vaya mata más bonita aquella para que se arrancase una liebre», o «a la caída de este cerro se me van a arrancar las perdices», y en algunos casos, así ha acontecido. Lo aprendido nos sirve para concretar y establecer nuestra actuación de forma rápida y resolutiva, frecuentemente las perdices no nos dan dos opciones, o entramos de la mejor forma para propiciar acercarnos y llegar a tirar, o la perdiz bien desaparece sin que sepamos qué ha ocurrido, o arranca fuerte y decidida a interponer varios centenares de metros.

Aprovechemos todo esto para decantarnos a la hora de entrar por un lado u otro, incluso a la hora de decidir el cazadero para ese día. Un buen amigo y compañero de caza, a veces al parar el coche y salir a estirar las piernas nada más llegar al cazadero, se queda mirando y sentencia «hoy aquí no colgamos perdices». Y es tal su sintonía con la realidad del campo y la caza, que rápidamente la cuadrilla cambia de lugar, las veces que nos hemos quedado, efectivamente, han sido jornadas de escasos resultados. Pero ojo, que no hablamos de verdaderos poderes sobrenaturales ni nada de eso, pero sí es cierto que logrado cierto nivel se perciben esas sensaciones que muchas veces cuadran con lances próximos, es el llamamiento que denominan algunos cazadores perdiceros, uno sabe dónde pararse para provocar la arrancada de la perdiz en el liego, o dónde debe correr para asomarse ya, pues siente —cree sentir...—que el bando está nervioso al otro lado del cerrito de retamas y tomillos...

Por Miguel Soler
Fotos de A.A.A. y archivo
1 comentarios
04 ene. 2010 21:20
jabali 44
Buenas tardes, soy un aficionado al arte de la caza de las patirrojas, uno de otros tantos deportes que practico, aunque este el que mayores satisfacciones me aporta, de hecho no concebiria mi existencia sin poder salir todos los jueves y domingos al campo a cazar la perdiz.
Te escribo esto, para felicitarte por tan buen escrito, y por lo bien que has plasmado la caza de la perdiz, que es exactamente como yo lo vivo.
Muchas gracias por tan buen articulo.
Un compañero Joan de Luna

 

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