Piezas plomeadas, ¿dónde las busco?

Dejar una pieza de caza herida en el monte es una de las cosas más desagradables que podemos experimentar tras un lance fallido. En estas páginas te ofrecemos algunas claves para que te sea más sencillo encontrar ese conejo, liebre o perdiz que, tras haber sido alcanzado por los plomos, emprende la huida.

Juan Salvador Calzas Prados | 16/10/2009

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El pisteo es una labor más propia de la caza mayor, donde la envergadura de los animales hace visibles ciertos signos evidentes para nuestra vista. En la menor, generalmente, el pisteo como tal no se produce, pues el porte de estas especies no es el suficiente como para dejar un rastro legible en el campo. Por tanto, y ante la carencia de pistas, si queremos cobrar una pieza de menor herida deberemos conocer los comportamientos del animal en cuestión, la orografía, los obstáculos existentes y el grado de daño provocado con el disparo.

Si queremos cobrar una pieza de menor herida deberemos conocer los comportamientos del animal en cuestión

Aclarada la esencia de nuestro cometido —buscar y no pistear—, podemos resumir un modo de proceder general que nos servirá a la hora de intentar cobrar una perdiz, liebre o conejo heridos. Tras el disparo, lo primero que debemos valorar es la gravedad de la herida: no será lo mismo emprender la búsqueda de un animal bastante pegado que de otro cuyas facultades estén prácticamente intactas. Sin perder de vista cualquier elemento que nos sirva de referencia —sobre todo en el caso de la perdiz—, debemos fijarnos en qué dirección emprende la huida y adelantar nuestra vista hacia lo que el animal tenga delante, intentando pensar como él y averiguar, así, el lugar donde se guarecerá. No hay que olvidar que una pieza herida siempre buscará un lugar en el que ocultarse.

Ya situados en el sitio donde la vimos por última vez, y delimitando imaginariamente un terreno de búsqueda que dependerá de lo herida que se encuentre la pieza y los posibles refugios que tenemos a nuestro alrededor, empezaremos a valorar la orografía y a analizar cada obstáculo del terreno según la especie que busquemos.

En busca de la liebre

Por muy herida que esté, nunca va a abandonar su carrera. Su capacidad atlética le permitirá correr una distancia que, por corta que sea, será la suficiente como para aventajarnos. Será una carrera rápida, ya sea corta o larga, lo cual incrementará nuestra desorientación. Intentaremos avanzar rápidamente para no perder el animal de vista.

Situaremos la búsqueda, primero, en los terrenos lebreros por antonomasia: aquellos medianamente despejados de matorral, proclives a la estepa, llanos o de pendientes suaves, con arroyos, juncos, cercados de piedra, cardizales… Aquí, una liebre bastante herida tenderá a aplastarse en cualquier pequeña depresión, confiando de manera extrema en su mimetismo. Los surcos de siembra o barbecho serán sus preferidos. Si, por el contrario, tiene la suficiente entereza para recorrer una distancia más o menos amplia, buscará sus querencias naturales: arroyos rodeados de espesos junquerales. En su defecto debemos acordarnos siempre de las retamas y pequeños chaparros, sobre todo de las primeras, entre cuyos troncos, casi entrelazada, la liebre quedará inmóvil. Si el alcance del plomo ha sido grave, la rabona —que siempre correrá pendiente arriba— intentará parapetarse en la primera depresión del terreno que encuentre, justo al trasponer la loma que acaba de subir. En cualquier situación el silencio es imprescindible, pues la liebre herida siempre tenderá a gazapear ante el más leve ruido que entienda peligroso: mucho antes de que lleguemos a ella ya habrá emprendido una nueva huida.

En terrenos de monte poblado su búsqueda se complica, ya que al basar su fuga en una carrera sin una dirección demasiado concreta nos podemos desorientar entre la espesura y no ubicaremos su huida ni mucho menos su refugio. No obstante debemos saber que siempre correrá por una vereda, si la hay, buscando portillos y alambradas: estas últimas deben ser revisadas de pelo. Si va muy alcanzada, buscará siempre las matas más o menos espesas como moridero.

Por último, el carácter territorial de la liebre nos facilitará su búsqueda en el monte. A no ser que un perro la obligue, no tenderá a correr todo lo que físicamente puede, por lo que podríamos buscarla del mismo modo que si no fuese herida y en las mismas querencias —cercanas al encame del que salió—.

Tras el conejo  

La búsqueda del conejo alcanzado por los plomos es relativamente fácil, sobre todo si la comparamos con la de la liebre. Ahora bien, sus artimañas no harán tan fácil su captura final, pues cuando le disparamos suele encontrarse cerca del vivar, y ahí es donde buscará refugio. Si consiguiese embocarse deberíamos darlo por perdido; pero si no pudiese correr hacia él hemos de buscarlo en huecos de paredes de piedra cercanas —en las cuales suele dejar pelo blanco de su abdomen—. Podemos localizarlo desmontando alguna de estas piedras, pero puede desplazarse entre las cavidades que forman unas piedras con otras, recorriendo así un gran número de metros e incluso saliendo al exterior sin que nos percatemos. Los huecos de los troncos de olivo y los de las raíces de encinas secas y similares deben ser tenidos en cuenta. Si existe una zarza ésta será el lugar idóneo para buscarlo: pero sin perro nada conseguiremos, ya que no saldrá si alguien no le obliga.

Si va realmente pegado, confiará en su mimetismo arropándose con cualquier cardo seco o pasto bastante alto. Herido no suele gazapear, por lo que cuanto más ruido oiga más inmóvil permanecerá. Por último, apuntar que normalmente la caza del conejo suele ser una empresa imposible si no vamos acompañados de un perro adiestrado para ello. El hecho del corto recorrido de un conejo herido, sumado a las posibilidades del perro conejero en zarzas y huecos estrechos, hacen que, con buenos compañeros, perderlo en el campo sea algo difícil.

La patirroja: esa gran escapista

Si algo teme un cazador es dejar una perdiz de ala. Es la prueba de fuego no sólo para él, sino también para cualquier perro. Una de las características de la patirroja es que, a pesar de tener un vuelo muy potente, anda más que vuela. Por ello, el hecho de ir herida no merma sus facultades tanto como a las especies de pelo.

Lo primero que hemos de hacer es buscar el plumero o pelotazo y, teniendo siempre éste como referencia, emprender la búsqueda valorando su aflicción. Si va poco pegada buscará sus querencias naturales, hacia las que emprendería incluso sin ir herida: se dirigirá hacia un cerro del que poder volar casi por inercia, sólo abriendo las alas. Si por el contrario la herida del plomo ha causado más daños, intentará perderse en la espesura —nunca demasiada—, pues su instinto le obliga a acudir a terrenos donde poder correr para despegar después el vuelo. El pasto también es uno de sus grandes aliados: lo buscará sin demora, pues su capacidad de mimetismo es su segunda gran arma. Nunca desdeñará los troncos de las retamas.

En busca de hierbas altas

Si la perdiz está bastante herida, en terrenos despejados buscará arroyos secos, grandes junquerales, mimbres… en los que cobijarse y permanecer inmóvil. En estas zonas siempre correrá en paralelo a los cercados de piedra y en menor medida a las alambradas: rara vez saldrá al raso, donde sabe que es detectada con facilidad. Los lindazos de los cercados, donde la hierba suele ser más alta, es uno de sus cobijos preferidos. Si no encuentra lindazos o paredes buscará cualquier depresión del terreno donde permanecer inmóvil. Cuando se siente muy acosada no debemos sorprendernos si emprende el vuelo desde un árbol o se adentra en una zarza.

Para acabar, una frase del maestro Delibes en boca de Paco el Bajo y una de las máximas de la difícil tarea de localizar una pieza de menor en el campo: «la perdiz, cuando apeona herida, nunca abandona el surco».

 

PERDIZ

Normalmente, cuando la perdiz va poco pegada es porque suele haber sido alcanzada de cola. Las heridas en esa zona del cuerpo no suelen afectarle mucho: abrirá las alas y planeará hasta tocar suelo, donde apeonará. Si cayese directamente al suelo desplomándose hacia un lado seguramente habremos tocado bastante el ala de dicho lateral: apeonará deprisa al ver muy afectada su capacidad de emprender vuelo.

Puede caer directamente al suelo sin realizar ningún tipo de movimiento, pero circunstancias como la distancia, el número del perdigón o la época del año pueden determinar que, a pesar de estar muy pegada, la patirroja emprenda la huida  y nos obligue a emplearnos al máximo.

 

LIEBRE

Por leve que sea el alcance, la rabona aminorará la velocidad. Cuando recibe bastantes plomos, dicha velocidad será constante; pero si el impacto ha sido menor se repondrá justo después de recibirlo, volviendo a correr tal y como lo hacía antes de ser alcanzada. En ocasiones sabremos que le hemos pegado cuando baje una oreja en dirección al lomo, dejando la otra erguida.

Después de haberle dado lo que conocemos como un revolcón, la liebre suele emprender la huida casi sin merma física: eso indicará que hemos alcanzado su cuarto trasero sin mucha eficacia. Si por el contrario la merma tras la voltereta es más acusada, seguramente habremos alcanzado su parte posterior. Puede darse la circunstancia de que tras haberle pegado con suficiente efectividad el animal emprenda de nuevo la carrera, aunque sólo durante unos segundos —ello se debe a la fuerza física de este animal—.

 

CONEJO

Por su poca potencia y envergadura, suele voltearse siempre, casi sin importar el lugar y alcance del disparo. Tras el impacto pierde casi toda su velocidad, pues sus cortas patas no le permiten hacer grandes esfuerzos, como a la liebre. No obstante, nunca debemos dejarle pensar, pues aprovechará el hueco más recóndito para evitar ser capturado.

 

TORCAZ

Cuando es alcanzada a mucha distancia suele escucharse el impacto del plomo en las tupidas plumas de su pechuga. Poco habremos logrado en esas circunstancias: caerá —si lo hace— a gran distancia. La gran densidad de su plumaje hace que lo habitual sea presenciar, tras el impacto, un chorro de plumas al aire.

Un repetido aleteo nos indicará que ha sido alcanzada. A partir de ahí podremos valorar el daño, según planee o caiga más o menos a plomo. Habitualmente cae aparentemente muerta; sin embargo, puede apeonar una vez que esté en el suelo.

Su fortaleza en vuelo provoca que recorra grandes distancias planeando si va poco herida. Si planea, preferirá posarse en la copa de algún árbol, pues emprender el vuelo herida desde el suelo le costará más esfuerzo. No olvidemos que, si se ve muy acosada y el terreno está despejado, puede volar a poca distancia del suelo aunque la herida sea mediana.

 

ZORRO

En plena carrera, si el alcance no es demasiado contundente, el raposo volverá a reemprender su camino —no olvidemos que es la pieza de caza menor de mayor envergadura—. Si le disparamos desde una gran distancia sólo le provocaremos un pequeño encogimiento, siempre en función de la zona de impacto: encogerá el rabo y acelerará casi con toda seguridad. Incluso después de estar tendido en el suelo, si va poco o medianamente pegado puede intentar huir con éxito.

Muchos cazadores veteranos doblan el tiro en plena voltereta, pues al perder la velocidad de la carrera es un buen momento para lograr alcanzarla con seguridad. Los gestos que realiza —según la cantidad y la fuerza de los plomos que recibe— son comparables a los de la liebre, ya que es un animal que también se caracteriza por su fuerza y velocidad.

 

Juan Salvador Calzas Prados
Publicado en Jara y Sedal (nº 95 - Julio de 2009) y en Facebook Jara y Sedal - Revista de caza

 

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