63º 37’ 11” N – 86º 43’ 09” O

Hablar del oso polar es hacerlo sobre una de las criaturas más fascinantes que habitan el planeta Tierra. El oso polar no fue siempre tal y como lo conocemos hoy. Se cree que en el Pleistoceno —hace dos millones y medio de años— una población costera de osos pardos (Ursus arctos) se separó del resto debido a fuertes presiones durante las glaciaciones.

Alberto Núñez Seoane | 19/09/2009

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Esta población aislada, fue evolucionando para adaptarse a las extremas condiciones del entorno en el que se vio obligada a sobrevivir, dando origen con el paso del tiempo, al oso polar (Ursus maritimus), que domina los hielos árticos de nuestros días.

Los osos polares no hibernan. Sólo las hembras preñadas se refugian durante el invierno para dar a luz a sus crías que nacen, pesando menos de un kilo

Este majestuoso mamífero carnívoro, tiene un peso medio, en el caso de los machos, de media tonelada —en ejemplares excepcionales se habla de casi 900 kilos— y  alcanza un promedio de dos metros y medio de longitud. Tiene las patas más desarrolladas que otros osos, para poder correr y nadar mejor, faceta ésta, en la que son verdaderos maestros. Un oso polar puede estar nadando tres días sin descanso a una media de sesenta millas náuticas (una milla náutica=1,85 kilómetros) por día.


«Con Moses, el guía que me acompañó en la cacería».

El gran oso blanco, en realidad no es blanco. Su piel, bajo la que tiene una gruesa capa aislante de grasa, es negra para absorber mejor la luz y el calor del sol. Está recubierta de un pelaje muy denso formado por pelos huecos rellenos de aire, lo que le proporciona una mayor capacidad de aislamiento térmico. La luz se refleja sobre los pelos dando la sensación equivocada de que son blancos.

Las orejas, muy pequeñas en proporción al cuerpo y una cola muy corta, contribuyen a mantener el necesario calor corporal.

Su presa favorita son las focas, aunque también se alimentan de renos, morsas, aves marinas, pequeñas ballenas beluga y de cualquier pez que puedan capturar. A los que nunca atacan son a los lobos ni a los zorros árticos, éstos últimos, acostumbran a seguirlos —yo mismo lo pude comprobar— para alimentarse de las sobras que van dejando.

Los osos polares no hibernan. Sólo las hembras preñadas se refugian durante el invierno para dar a luz a sus crías que nacen, pesando menos de un kilo, tras un cortísimo período de gestación. Las madres no comen nada durante el tiempo que dura su retiro, se alimentan de la grasa que han acumulado y los oseznos, cinco meses después de haber visto la luz y alimentándose de la nutritiva leche materna, ya son capaces, coincidiendo con el comienzo del breve verano ártico, de seguir sin mayor problema a sus madres.

Estos impresionantes animales pueden llegar a ingerir hasta treinta kilos de comida al día. Eso sí, no beben agua —ácida y salada en su biotopo—, consiguiendo los líquidos que necesitan de la sangre de sus presas. Alcanzan la madurez sexual sobre los cuatro años de edad y pueden llegar hasta los treinta años de vida.


«De esta guisa vestía un servidor, antes de subir a la moto».

La mayor parte de la población de osos polares, un sesenta y cinco por ciento del total, se encuentra en Canadá. El resto se reparte entre Siberia, Groenlandia y Alaska.

El control del número de ejemplares, sobre todo en Canadá y Alaska, se lleva a cabo con todas las garantías científicas y técnicas. Los recursos económicos que aportamos los cazadores y el estudiado número de licencias que se dan cada año, contribuyen de modo significativo al mantenimiento del equilibrio necesario y adecuado en las poblaciones de osos polares y, a la vez, proporcionan un futuro asegurado a los habitantes de lugares tan remotos y aislados, que no podrían sobrevivir sin la actividad cinegética.

Es lo que suelo hacer antes de cazar: informarme sobre los animales tras los que voy, las tierras en las que viven y las gentes que las habitan. Las cosas se pueden disfrutar más, cuanto más sepamos sobre ellas, creo.


El ‘aeropuerto’ de Coral Harbour, la única población de la isla de Southampton.

Corrían los últimos días del mes de Octubre, cuando llegué a Winnipeg, Canadá, y allí comenzó el fin de lo que podemos entender por nuestro mundo. Canadá es, obviamente, un país moderno, civilizado, rico y poderoso; pero los territorios del Norte son otra cosa bien distinta.

La avioneta que me recogió en un  pequeño aeródromo de la ciudad, hacía las veces de un autobús en nuestras latitudes. Canadá abarca un territorio inmenso, tiene casi diez millones de kilómetros cuadrados —veinte veces la superficie de España—; un mundo verde —de bosques— y blanco —de hielo y nieve—, en el que las distancias nos superan.

El pequeño bimotor iba haciendo escalas en las pistas de los múltiples poblados que jalonaban su recorrido. Las gentes subían y bajaban del aeroplano, con canastas de alimentos, pollos, bultos, maletas y niños envueltos en livianas ropas… como si de un autobús de línea se tratase. Así fue como bajé y volví a subir de la avioneta en Churchill, Ranking Inlet, Chesterfield Inlet, Repulse Bay —ya por arriba del Círculo Polar Ártico— y, por fin: Coral Harbour, mi aeropuerto de destino. La única población —de unos setecientos habitantes— de la isla de Southampton, un territorio tan grande como Suiza o lo que es lo mismo: tres veces Asturias, en el que iba a desarrollarse la aventura de intentar dar caza a uno de los animales más impresionantes que habitan nuestro Planeta: el oso polar.


Cruzando el Círculo Polar Ártico.

Nadie me esperaba en la caseta prefabricada que constituía el aeropuerto. Una mala coordinación entre los responsables de mi cacería me obligó a buscarme la vida para recorrer el cuarto de hora que me separaba de la fonda en la que, supuestamente me esperaban. La distancia no era larga, pero a veinte grados bajo cero, con maletas, sin taxis y con ventisca fuerte, créanme, puede ser un verdadero abismo insalvable.

Una vez instalado y calentito, tuve que pasar el resto del lunes y todo el día siguiente, dando gélidos paseos por un pueblito en el que no había ni un solo bar —el consumo de alcohol está prohibido y duramente castigado en toda la isla—, ni cines, ni salones, ni biblioteca ni lugar alguno al que poder acudir. Como casi siempre, la lectura fue mi refugio y consuelo.

Era miércoles, amaneció nublado y ventoso. Mi expedición estaba compuesta por Dany, un joven inuit local y conocedor de la zona, Moses, un experto cazador y mi guía en la expedición, y un servidor de ustedes. Cada uno conducíamos un cuatrimoto —en México, mi segunda patria, así les llaman a los quads —, ellos dos remolcaban sendos trineos, uno con víveres, tiendas y demás, el otro con gasolina; yo, transportaba mi equipaje completo: maleta, bolsa de viaje y rifle.


«En el interior del refugio. La gorra me la regaló Moses, el guía».

Al cabo de las dos horas de circular a unas cuarenta millas por hora sobre campos de hielo infinito, comencé a dejar de sentir los dedos de mis manos, a pesar de los dos pares de magníficos guantes que llevaba puestos. Dany, paraba cada media hora, más o menos, para preguntarme como iba. Cuando lo hizo por cuarta vez, le dije lo que me ocurría. Él me dejó sus guantes de piel de foca que, colocados en el lugar de los polares que había comprado en Madrid y encima de unos de lana finos que llevaba, hicieron que me olvidase del frío.

Algo más de cuatro horas después vi la primera señal de vida. Se trataba de unos jóvenes caribúes caminado como nómadas perdidos en medio de un desierto impío, de hielo y frío.

Tardamos casi ocho horas, desde nuestra partida, en llegar a la cabaña que nos serviría de refugio, allí, después de una frugal sopa y un bocadillo, pude conciliar un sueño profundo, agradable y reparador.

La mañana amaneció gris y helada. El plan era recorrer la línea de la costa, en busca de huellas frescas de oso, pero no pudimos abandonar el campamento hasta pasadas las once de la mañana, debido a la fortísima ventisca que asolaba la zona. Partimos rumbo sur, sur-este,  hacia la punta más meridional de la península de Bell. Nos aguardaban veintiuna millas de esquivar lagunas, adivinar cuales eran las capas frágiles de hielo fresco, soportar un frío inhumano y, en lo que a mi respecta, tratar de seguir el ritmo enloquecido de los dos inuits que me guiaban, cosa —créanme— que no me resultó nada fácil.


«Tuve que comprarle al guía inuit, sus pantalones de piel de foca. Mis piernas se congelaban por momentos».

Lo único que vimos fueron las huellas de un oso. Pertenecían a un buen ejemplar, pero, según me dijeron, tenían más de dos días, lo que hacía inútil su pisteo.

La luz se había marchado antes de que pudiésemos regresar al campamento. Los continuos hundimientos del hielo, hicieron que nos retrasásemos mucho más de lo previsto.

Cuando, por fin, dejamos las motos al resguardo del viento, amparadas en las paredes del refugio, una indescriptible sopa —mejor no preguntar— y unos spaghetti enlatados —que me supieron a gloria bendita—, al calor del fuego de la cocina y  de la compañía de dos seres humanos, me preparé para hundirme en mi saco y descansar.

Era el tercer día de caza y el tiempo seguía sin acompañar. La visibilidad era escasísima, lo que nos obligaba a pasar mucho más tiempo sobre las motos para tratar de recorrer más terreno y aumentar las posibilidades de encontrar lo que andábamos buscando. Regresamos a casa sin haber visto ni el menor rastro de un oso. Una vez allí, al intentar conocer el pronóstico del tiempo para los próximos días, comprobamos que la antediluviana radio que nos servía de unión con la civilización, tenía problemas y no podíamos comunicarnos.


Viajando con la casa a cuestas, en busca del osos polar.

Usé mi teléfono satélite y pudimos saber que se esperaban, al menos, dos días más de ventisca.

Esperé alguna sugerencia de mis compañeros, pero no se produjo. Me temí, entonces que su intención era esperar en el refugio a que cediese la ventisca. Pero yo no estaba dispuesto a malgastar dos preciosos días, cuando menos, esperando a poder cazar, así que hablé con ellos y les propuse cambiar de zona. Todo fueron problemas, en un principio, porque me aseguraban que aquella era la mejor zona, pero  he de reconocer que entre mis razonamientos y la evidencia de la falta de huellas, adoptaron una postura razonable y, tras largas conversaciones a través de mi teléfono, con el responsable local, decidimos partir a la mañana siguiente rumbo a Coral Harbour para dirigirnos después hacia la costa oeste de la isla.

El sábado, muy de mañana —nos aguardaban, al menos, ocho horas de moto hasta el pueblo—, recogimos todos los bártulos, los empaquetamos en los trineos y emprendimos ruta. Iríamos bordeando la costa, lo más próximo posible a la mar para tratar de abarcar potenciales osos, tanto en tierra como en el agua. Esto nos costó el hundimiento de nuestras cuatrimotos en repetidas ocasiones y los consiguientes rescates, muy penosos por las condiciones ambientales y porque nuestras fuerzas comenzaban a resentirse tras cuatro gélidos días de muchas horas de conducción, poca y mala comida y escaso sueño. Fue en una de las ocasiones en que se hundió la moto de Dany, cuando me encontré en una situación en la que, más que preocupación, sentí miedo.


La poca consistencia del hielo —primeros de noviembre— causaba que las cuatrimotos se hundiesen cada dos por tres.

Moses se había adelantado con su cuatrimoto, tanto que lo perdimos de vista —luego le pegaría una bronca del quince por haberlo hecho—, a Dany se le hundió la suya y, cuando yo trataba de remolcarlo con una cuerda atada a la mía, se hundió también mi vehículo. Aguardamos inútilmente a Moses y viendo que no nos teníamos más que a nosotros para salir del atolladero, arriesgamos una solución. Como mi moto era la que estaba más cerca de terreno firme, comenzamos a echar nieve bajo sus ruedas y la compactamos con los pies. Esto suponía un riesgo grave: si nuestros pies se mojaban y no conseguíamos ponerlos en caliente en un corto período de tiempo, se congelarían sin remedio.

Una vez compactado el firme, como pudimos, bajo las ruedas, yo me subí en la parte delantera de la moto para hacer contrapeso, Dany se colocó en el puesto de conducción para tratar de sacarla marcha atrás. Era a una o nada, me asusté con la posibilidad de no poder salir de allí. Una vez que detectasen nuestra falta, a saber cuando sería, necesitarían al menos cuatro horas en moto para llegar hasta donde estábamos —las condiciones meteorológicas impedían el uso de la única alternativa: el helicóptero—, demasiado tiempo para unos pies mojados a una temperatura de menos de veinte grados bajo cero.

El hielo salía disparado empujado por la fuerza de las ruedas, yo saltaba sobre el guardabarros para tratar de ejercer más presión sobre las ruedas, Dany aplicaba todos sus conocimientos sobre cuatrimotos, que no eran pocos…

Si estoy escribiendo esto, es porque pudimos salir de aquella maldita ciénaga helada y traicionera. ¡¡Dios, que agobio!!


Vista exterior del refugio. Abajo, a la izquierda, el W.C. (es el cubo blanco).

Seguimos nuestra ruta sin ninguna novedad digna de mención. La noche se nos echó encima y las luces del pueblo ni siquiera se veían en el horizonte helado. El incidente que sufrimos retrasó nuestra marcha en más de una hora y media. Ahora sólo quedaba apretar el acelerador y los dientes, confiar en la pericia de Moses, el guía, y cruzar los dedos para no volver a romper la capa de hielo.

Cuando llegamos a Coral Harbour y me vi en la habitación de la cutre fonda que regenta una estúpida mujer llamada Leony, me metí en la ducha y estuve bajo la calidez del agua tibia, por más de una hora. Después, sólo deseaba tomar algo caliente y destrozar la cama a pellizcos, que diría Chiquito, y así lo hice.

En la mañana repostamos las motos, llenamos todos los tanques supletorios de combustible, repusimos provisiones y emprendimos la ruta de la costa oeste.

La temperatura bajaba por momentos y, si los primeros días fueron duros por la falta de aclimatación, ahora lo eran aún más por las condiciones extremas a las que nos veíamos sometidos.

Con una temperatura ambiente de menos veinticuatro grados, encima de una moto, a cuarenta millas por hora, aún  protegido adecuadamente con prendas de calidad, guantes y pantalones de piel de foca y unas magníficas botas; el dolor que el frío me provocaba era insoportable. Me dolían, sobre todo, los ojos —los globos oculares— y el cerebro, Un tipo de dolor que nunca había experimentado y que me impedía, incluso razonar. Maldije al oso, que no había visto, maldije al Ártico, a Canadá, a las cuatrimotos y me maldije a mi mismo por haberme llevado a aquella situación y, además, pagando por ello.


En busca de huellas.

A unas dos horas de camino, llegamos a un pueblo de pescadores abandonado. Aprovechando la protección de sus muros derruidos, paramos para tomar café del termo y echar un cigarro. En el mar vi varias focas, nadando como si estuviesen en el Caribe.
Continuamos nuestra marcha y llegamos hasta una cabaña que Moses utilizaba en primavera y verano, para ir a pescar en los fines de semana. Otra paradita y otro cafelito.

Llevábamos más de cinco horas de recorrido estéril, cuando Dany para su moto y se da cuenta que se le han caído del trineo que remolcaba, cuatro de los seis tanques de gasolina. La situación era crítica, y no quedaba otra que regresar en busca del combustible. Lo organizamos así: Dany volvería  a buscar los tanques, Moses continuaría explorando los alrededores y yo me quedaría muy quietecito, en donde estaba, aguardando el regreso de uno y otro.

Moses apareció antes de la media hora, Dany lo hico poco antes de que se cumpliese una hora y ¡con los cuatro bidones! Ya podíamos continuar.

Cada vez que parábamos para descansar un poco y tomar un café caliente, mis compañeros me comentaban lo extrañados que estaban por no haber visto ni un solo oso después de cinco días de búsqueda exhaustiva. Y en una de estas estábamos, cuando Moses se separó unos metros de nosotros, subió a la moto sin decir nada, se alejó unos cientos de metros y volvió, como alma que lleva el diablo: ¡¡¡nanuk, nanuk!!!


«Un zorro ártico —siempre siguen a los osos polares— se acercó al olor de la carne fresca».

Dany y yo subimos a nuestras cuatrimotos y seguimos, con el corazón en un puño, a Moses. Se detuvo en lo alto de una suave elevación del terreno, esperó a que llegásemos y, cuando lo hicimos, nos señaló en dirección a la línea costera de un mar mortecino, cuajado de témpanos grises que ahogaban la espuma de las escasas olas que languidecían en la orilla.

En principio no vi nada. Dany, al parecer ya lo había localizado con ayuda de sus prismáticos. Tardé un tiempo que me parecido larguísimo, pero que apenas llegó a la mitad de un minuto y… ¡lo vi!

Allá, a más de un kilómetro, mimetizado con el hielo de la tierra y las placas heladas que flotaban en el mar, estaba Nanuk, el oso polar del Ártico.

No nos había visto, aún y Moses dijo que debíamos esperar a que se alejase del agua para evitar que se introdujese en ella y perdiésemos toda opción de cazarlo.

La intención del oso era la de internarse tierra adentro, por lo que no tuvimos que esperar mucho a que lo hiciese y, entonces, como Moses nos había indicado que hiciésemos, Dany y yo esperamos a que él saliese y se pegase lo más posible a la orilla de la mar, para cortar una posible internada del oso y, a continuación, nos fuimos acercando en paralelo a la costa y procurando quedar entre el oso y el agua.


«Satisfecho y feliz, con ‘mi’ oso polar».

El animal nos vio y comenzó a correr, afortunadamente, tierra adentro. Seguimos con las motos mientras pudimos, pero el terreno se hundía y tuvimos que echar pie a tierra. El oso, demasiado lejos para un disparo seguro, se detuvo y luego comenzó a dar un rodeo tratando de evitarnos, dejando la charca entre él y nosotros y buscando la mar.

Como no podíamos seguirle, me acerqué todo lo que pude al borde de una zona pantanosa, plagada de algas verduzcas y mal olientes. Allí me aposté en espera de que el oso se fuese acercando al agua. Si lo hacía, habría un momento en el que nos separarían, entre setenta u ochenta metros —yo estaba en el lugar en el que la charca era más estrecha— y, entonces le podría disparar.

El animal estaba indeciso, nos miraba y se paraba, pero su instinto le decía que en el agua estaba a salvo y eso fue lo que intentó y lo que le costó la vida.

Aguardé mi momento y cuando llegó, apreté el gatillo con la cruz de la mira colocada exactamente en el codillo. El oso se levantó de manos al acusar el impacto mortal, mirándose el pecho. Sin esperar más, le di un segundo disparo que lo hizo rodar sin vida.


«Conseguir esta preciosidad me supuso la cacería más dura de mi vida y la semicongelación de dos dedos de la mano izquierda y la rodilla derecha».

Cuando llegué al lugar en el que yacía aquel formidable animal de algo más de ocho pies —los hay que pasan de los doce—, la emoción se me agarró a la garganta y no pude pronunciar palabra durante un largo rato.

Me quedaban muchas horas de frío irreal que soportar, pero llevaba dentro de mí la satisfacción y el orgullo de haber culminado la más dura de las cacerías de mi vida, hasta ese momento.

Allí, en los 63 grados 37 minutos 11 segundos de latitud Norte y 86 grados 43 minutos 9 segundos de longitud Oeste, Nanuk, el gran oso blanco, el rey del Ártico, entró a formar parte de mi vida, hasta el final.

Alberto Núñez Seoane

1 comentarios
19 sep. 2009 13:43
BLASER-2  
por el trofeo, y lo mucho que has cazado antes y despues de apretar el gatillo.
Lo que hecho de menos en el relato y en otros muchos tambien , es la parte tecnica en cuanto a la descripcion tanto de las armas, optica y municion empleadas.
ES importante saber que la avioneta era bimotor, pero para el lector-cazador tambien es muy importante saber: marca y modelo del rifle, describir por que un determinado visor y no otro, la punta mas adecuada y que calibre.
Creo que son detalles importantes, y que nos agradaria conocer.

Un cordial saludo

 

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