Sahel, la caza en los orígenes

Era mediodía y la sombra de la gran acacia nos daba un ligero respiro, habíamos llegado donde hacía años no había pisado ningún blanco, en el supuesto que hubiera pisado jamás uno. Estábamos en el Sahel, con un objetivo principal: cazar.

Antoni Quer | 05/09/2009

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Era mediodía y la sombra de la gran acacia nos daba un ligero respiro, habíamos llegado donde hacía años no había pisado ningún blanco, en el supuesto que hubiera pisado jamás uno. Estábamos en el Sahel, con un objetivo principal: cazar.

La grandeza de estos territorios hacen que la mayor parte de ellos sean vírgenes para el hombre blanco, lejos de rutas comerciales o turísticas

La imaginaria frontera con Mauritania la teníamos a unos veinte kilómetros al norte o también podían ser cincuenta o a lo peor ya estábamos en Mauritania. La indefinición de las fronteras en estos vastos territorios es a menudo fuente de conflictos. A pesar de todo, la mañana a los francolines había transcurrido fantástica, las minibatidas en la estepa saheliana habían sido altamente productivas, unas cincuenta piezas entre mi compañero Jose María y yo: francolines, pintadas, avutardas, junto con dos liebres y un gato dorado del desierto.


Mientras tomábamos unos refrigerios, los ayudantes se disponían a preparar las pintadas y francolines para la comida, pelándolos, a pleno sol, como si nada. Era el pasado mes de febrero, por lo tanto invierno en la zona, pero las temperaturas a mediodía alcanzaban valores de 38 grados a la sombra. ¿A cuánto llegarán en verano? Habíamos salido a las 3.30 de la madrugada del campamento en dirección norte, siempre por pistas de tierra, a velocidades que no quiero recordar. La ilusión de cazar en territorios vírgenes me hacía soportar las cuatro horas de polvoriento rally. Realmente valió la pena.

Salimos desde nuestro campamento, que estaba ubicado al norte del río Níger, en la zona arrocera de Niono, una provincia del centro norte de Mali, sin duda una zona rica para los estándares locales y rica también en caza menor. La abundancia de agua en el Sahel es sinónimo de vida, miles de tórtolas y palomas de varias clases se refugiaban al caer la tarde en los bosques cercanos. Controlando, tirábamos unos doscientos cartuchos en poco más de hora y media. Tenías que serenarte y tirar sólo a las que seleccionabas, ya que la entrada era tal que si querías ir a por todas, podías acabar estresado. Ya de noche, al regreso al campamento, nos esperaba una ducha reparadora y una cena excelente, donde comentábamos las incidencias de la jornada y preparábamos los planes para el día siguiente.

Diferente cada día


Mientras tomábamos unos refrigerios, los ayudantes se disponían a preparar las pintadas y francolines para la comida, pelándolos a pleno sol, como si nada.

Durante la semana que duró nuestra estancia, todos los días fueron diferentes; uno de los que me entusiasmó fue cuando a dos horas del campamento recogimos unos nativos con diez o doce perros locales, para batir la brousse a por chacales. No era nada fácil, batir los bosquecitos del Sahel y dirigir la salida de los chacales hacia donde estábamos apostados mi compañero José María y yo, así que vimos unos cuantos escapar fuera de tiro antes de ser atropellado literalmente por el primero, que después del susto mutuo, se llevó el plomo necesario para dejar el mundo de los vivos antes de darse cuenta. Cazábamos con cartuchos de trap los únicos que había en aquellos momentos, no eran los ideales pero eran españoles y fiables. A pesar de ello, la abundancia de piezas hacía que tuviera poca trascendencia.

Una constante en el camino de todos los días era la hermosura de las mujeres nativas de la etnia bamara que vamos encontrando y la milagrosa limpieza que presentan, con sus coloridas túnicas.


Eran las nueve de la mañana del tercer día y ya habíamos llegado cerca de unas marismas naturales, que sorprende encontrarlas después de atravesar decenas de kilómetros de estepa semidesértica. Este es un medio acuático rico en vegetación y agua, en definitiva, un oasis sin las palmeras idílicas que a menudo imaginamos, donde los animales vienen a beber y en esto estábamos mientras esperábamos a las gangas, que acudieron puntuales a su cita. Sobre las nueve y media llegan las primeras, rápidas como rayos y hermosas como gangas que son, la combinación de los diferentes tonos de amarillo con los grises hacen de los machos una de las piezas más hermosas entre las aves. Modero mi ansia de tirar y con media docena dejo de disparar, ya he cumplido con mis expectativas de cazar gangas, son demasiado hermosas y demasiado raras. A mi entender, abusar de la situación sería un sacrilegio. Mis ayudantes no lo entienden, seguramente para ellos son sólo proteínas para la cazuela, les comento que por la tarde lo compensaremos con algunas tórtolas más, mientras, como salidos de la nada tenemos visitantes, atraídos por las detonaciones, hoy tienen el espectáculo asegurado, una actividad ésta que les rompe con la monotonía y tranquilidad del desierto. Y si hay suerte, alguna pieza para la olla. Mujeres y niños, desde lejos, ríen con nuestros fallos o aciertos, no entendemos sus conversaciones, pero al reírse vemos sus blancas dentaduras. Me voy contento, me han contagiado su alegría, me siento un privilegiado por poder conocer estos pequeños paraísos y vivir estos momentos tan especiales.


En el campamento, saboreamos todas las especies que cazamos, unas más sabrosas que otras, pero todas maravillosamente cocinadas, la influencia gastronómica francesa seguro que tiene cierta incidencia sobre el terna, lo que no comimos fueron los chacales ni los gatos dorados, cuando los cazamos ya los teníamos comprometidos a los nativos, que al parecer son capaces de degustarlos con deleite... Y para dárselos no nos hicimos de rogar.

La grandeza de estos territorios hacen que la mayor parte de ellos sean vírgenes para el hombre blanco, lejos de rutas comerciales o turísticas, con escaso o nulo interés, nos llegan a nosotros impolutos. Prometo respetarlas, pero para ello hay que volver a conocerlos y a vivirlos. Mientras tanto, aquí dejamos un álbum gráfico de nuestra experiencia cinegética en tierras del Sahel.

Antoni Quer

 

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