Luces y sombras

El aguardo o espera es una de las técnicas con la que se caza el jabalí que mayores pasiones despierta entre los aficionados.

Pedro Fernández-Llario | 15/08/2009

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Posiblemente su secreto radique en que es una práctica que requiere la preparación del terreno, la familiarización con el entorno, el ir descubriendo poco a poco las costumbres del jabalí en ese lugar concreto, además de la paciencia y la aplicación de los conocimientos ganados con la experiencia. Al contrario que la montería, la espera está reservada a aquellos de la tierra que dedican su tiempo, y su noche, a medirse con el jabalí en su terreno durante las horas en las que los sentidos del cochino nos toman ventaja. No es por tanto extraño que estas esperas se conviertan en una pasión que moviliza a miles de cazadores y que convierten estos pulsos en el momento central de su actividad cinegética.

Gracias a la escasez de alimento de calidad en el monte, el cazador podrá mover a su voluntad al jabalí

Pero, más allá de estos aspectos sentimentales y culturales, el aguardo tiene entre sus virtudes y defectos elementos muy interesantes para los gestores y estudiosos de la caza. Entre las luces hay que reconocer que gracias a las esperas se abren vías únicas de gestión de esta especie: durante los aguardos nos encontramos ante situaciones poco frecuentes en este mundo del jabalí: podemos seleccionar, con mimo y tiempo, el tipo de animal que se va a cobrar. Pero también hay sombras importantes: la falta de un control sanitario riguroso que cubra la mayor parte de las enfermedades que asolan algunas de las poblaciones de jabalí, y la excesiva presión de caza a la que se le somete a muchas de éstas, hacen que debamos estar alerta todos los que estamos implicados en este mundo.

Posibilidad real de gestión ordenada

Para los gestores de zonas naturales que cuentan al jabalí entre los elementos a potenciar o eliminar, la espera ofrece un gran abanico de posibilidades. Los aguardos proporcionarán al cazador un tiempo de incalculable valor en el que podrán analizar al jabalí que tienen delante y hacer una selección mucho más rigurosa y efectiva de la que se lleva a cabo durante la montería, la otra gran modalidad de caza que se práctica sobre la especie.


Los machos suelen ser solitarios y sólo se acercan a un grupo si detectan a alguna jabalina en celo. © Guy Fleury.

Durante la espera, y según el criterio que se tenga, se podrán seleccionar preferentemente hembras con crías o machos adultos. Es decir, optaremos por castigar a la población en el caso de que se tratara de un lugar en el que los daños a los  cultivos vecinos o a la ganadería fueran elevados o, por el contrario, la selección podrá ir encaminada a cazar únicamente jabalíes que porten trofeos de calidad. El hecho de que esta dicotomía sea una realidad se basará en dos acontecimientos: uno, las características ecológicas de los ecosistemas mediterráneos en verano, y, otro, el momento del ciclo reproductivo y social en el que se encuentran las poblaciones de jabalí en estos meses.

El primero de los elementos citado, el ambiente en los hábitats mediterráneos en esta época estival, tendrá como consecuencia que el jabalí se volverá un especie predecible. Las altas temperaturas y la falta de agua harán que el terreno se seque y endurezca, por lo que las posibilidades que tendrán los individuos de encontrar alimento subterráneo serán muy escasas. Ante esta situación los jabalíes necesitarán explotar nuevas fuentes de alimento que les llevará a exponerse en los pocos terrenos con alimento, muchas veces escasamente conocidos. El éxito de los aguardos en estas épocas estará, lógicamente, basado en proporcionar un alimento de calidad en un sitio seguro que evite o reduzca este tipo de desplazamientos peligrosos. Alimentos ricos en agua, en azúcar, o también productos con propiedades desparasitarias, conseguirán que los jabalíes circulen hacia determinados lugares movidos por la necesidad de obtener energía y de librarse de la carga de parásitos que soportan. Gracias a la escasez de alimento de calidad en el monte, el cazador podrá mover a su voluntad al jabalí, hecho impensable en las épocas de abundancia de alimentos naturales de calidad o en los momentos del celo. El jabalí dejará de ser una especie poco sobornable y con un sistema defensivo invulnerable a este tipo de maniobras.


Las esperas permiten seleccionar los individuos a abatir, al disponer de más tiempo para observar al jabalí que nos entra. © Valentín Guisande.

El segundo de los aspectos, la posibilidad de seleccionar individuos, vendrá dada, como ya hemos ido apuntando, por el hecho evidente de que se dispondrá de una mayor cantidad de tiempo y de jabalíes en menor movimiento que en las monterías. Pero no sólo serán estos acontecimientos los que harán posible la selección. En las zonas mediterráneas, en verano, habrá una clara separación de sexos. Por una parte se encontrarán los machos adultos, en algunos casos acompañados por algún individuo subadulto, que no se unirán a las unidades matriarcales formadas por hembras adultas, individuos de ambos sexos subadultos y las crías que nacieron durante la primavera. En esta época, estas familias de jabalíes serán numerosas y siempre seguirán las directrices de la hembra líder que es la que selecciona las rutas de desplazamiento, los lugares de encame, las fuentes de alimento o las zonas de bañas. La gestión, con pocos errores, sobre estos grupos será posible debido a que estas hembras que dirigen a los grupos serán fácilmente identificables. Si las crías son pequeñas, en los desplazamientos, siempre irán detrás de ellas y se reunirán a su alrededor ante un peligro o una llamada de atención. Por el contrario, si las crías tienen ya cierta edad, avanzarán delante de madre, también de una forma ordenada. El comportamiento de sus crías y el de las otras hembras adultas con respecto a esta líder, nos proporcionará evidencias importantes a la hora de actuar. Para el gestor que quiera mantener y potenciar a su población de jabalíes, estas hembras serán intocables y su desaparición tendrá importantes consecuencias sobre la supervivencia de sus crías y también del resto del grupo. Para el gestor que necesite bajar la densidad de jabalíes, serán su objetivo.

Machos y hembras solitarias

El error de identificación será frecuente si no analizamos con detalle el aspecto de las huellas dejadas por las patas anteriores

En cuanto a los machos, raramente, en estos ecosistemas, estarán con las hembras en los meses centrales del verano, y se encontrarán en su mayor parte solos. Únicamente podrán integrarse a ellos si hay alguna hembra en celo, pero es extraño que suceda en zonas mediterráneas en las que no exista una suplementación artificial, intencionada o no, de alimento. En las que este hecho sucede, bien porque los jabalíes tengan acceso a cultivos cercanos o porque se esté distribuyendo comida a los propios jabalíes o a cualquier otra especie, la composición de los grupos variará y sí podrán estar incluidos entre el resto de miembros de los grupos familiares esperando su oportunidad de fecundar a alguna de estas hembras receptivas. El disparo deberá ser siempre posterior a un análisis muy riguroso y no estará exento de una carga alta de riesgo.


La falta de alimento en verano favorece que los jabalíes se arriesguen a comer en áreas diferentes a las habituales.

Pero con el problema de la suplementación, y sus implicaciones en la modificación del celo de las jabalinas, no acaban las posibles sorpresas del cazador de aguardos. Hay veces que pueden existir otras variaciones de carácter más natural que también tendrán repercusiones sobre la organización social del jabalí en verano. Así, en algunas ocasiones existe un número elevado de hembras adultas que han encontrado unas buenas condiciones alimenticias durante el resto del año, y es posible que algunas de ellas puedan haber tenido un segundo celo en primavera y estar durante los meses de verano cerca de su época de alumbramiento. Estas hembras, como suelen hacer el resto de madres en los meses de febrero y marzo, buscarán un lugar separado del grupo y se apartarán durante un tiempo aproximado de dos semanas. En los días previos al parto, su comportamiento será parecido al de los machos adultos, es decir, solitario. Sus marcas de pisadas tendrán grandes similitudes con ellos: patas traseras más separadas de lo habitual. Evidentemente, el motivo de la separación será diferente en cada caso: en uno, motivado por el gran tamaño testicular que tienen los machos de jabalí y, en otro, por el desarrollo del abdomen de la hembra cercana al parto. El error de identificación será frecuente si no analizamos con detalle el aspecto de las huellas dejadas por las patas anteriores, más marcadas en el caso de los machos gracias al mayor desarrollo de la musculatura torácica.

Escaso control sanitario

Pero no todo son ventajas cuando se valoran las esperas de jabalí. El problema sanitario que se deriva de su caza y posterior manipulación es grave y necesita ser abordado con seriedad.

Generalmente, y de la misma manera que se hace en las tradicionales matanzas de cerdo, de los jabalíes cazados en las noches de espera se seleccionan algunos trozos de carne de los músculos intercostales, del diafragma o de los músculos mandibulares y se llevan al veterinario para que a través de su análisis en el triquinoscopio certifique el estado sanitario del jabalí.


Encontrar un rascadero reciente de jabalí en el tronco de un árbol es señal de que no anda muy lejos... © Ardeidas.

Sin embargo, hay que reconocer que existe un gran desconocimiento entre la mayoría de nosotros sobre qué es aquello tan terrible que puede llevar entre sus músculos un jabalí de apariencia sana. Y lo que es peor, se asume que si la pieza no es portadora del parásito Trichinella spiralis, que es el causante de la enfermedad llamada triquinelosis, el jabalí está libre de todo tipo de enfermedad infectocontagiosa. Desgraciadamente, no es cierto en la mayoría de las ocasiones. El no padecimiento de una parasitación por Triquinella no es excluyente de, por ejemplo, que el jabalí esté libre de padecer tuberculosis. No cabe duda de que desde hace algunas pocas décadas el panorama de enfermedades infecciosas que asolan a nuestra fauna no ha hecho más que ensombrecerse. Si queremos ser optimistas, podemos engañarnos pensando que ahora se dedican más recursos materiales y humanos a su detección y que lo único que ha ocurrido es que nos hemos vuelto más efectivos en su diagnóstico. Esta visión del problema puede tener su parte de verdad, pero no toda. Desgraciadamente, muchas personas especialistas en este tipo de enfermedades que llevan trabajando de manera continua desde hace varios años, siempre en las mismas zonas, analizando el mismo tipo de piezas de caza han sido las que primero se han alarmado sobre lo que está sucediendo.

Se hace necesario articular y reglar con más base científica las actuaciones cinegéticas, y, entre ellas, los aguardos

Posteriormente, la técnica diagnóstica, cada vez más precisa, ha confirmado sus impresiones y, también es cierto, ha destapado otras enfermedades más sutiles y que no estaban en los protocolos habituales de inspección. Tuberculosis, enfermedad de Aujeszky, brucelosis, leptospirosis, etcétera, forman parte de la microfauna que habita en el interior de los cuerpos de nuestros jabalíes en porcentajes que pueden superar el 30 ó 40% del total de la población. No obstante, afortunadamente para nosotros, en la mayoría de las ocasiones no son enfermedades que tengan el peligro de la triquina y, quizás por eso, no ha tenido el calado de ésta. Pero hay que reconocer que en su contra tienen que algunas de ellas se transmiten al hombre por el solo hecho de entrar en contacto con la sangre o vísceras y pueden mermar de forma considerable nuestra salud. Habría que analizar si, por ejemplo, los altos porcentajes de brucelosis, también llamadas fiebres de malta, que se observan entre algunos sectores sociales de zonas rurales no están ligados con el manejo poco ortodoxo de este tipo de carnes.


En cuanto a la ingestión de la carne de jabalí es imprescindible que pase un control veterinario previo que declare la canal apta para el consumo. © Valentín Guisande.

Sea como fuere, y ante estas cifras, no cabe duda que en muchas zonas es una verdadera temeridad consumir jabalíes por el simple hecho de que no sean portadores del parásito que causa triquinosis. Una inspección veterinaria que analizara el estado general del animal, la adherencia de los pulmones a la caja torácica, el aspecto del hígado, la presencia de nódulos sospechosos entre los intestinos que visionara cualquier elemento extraño, etcétera sería más que recomendable. Los veterinarios no son adivinos y no pueden hacer un diagnóstico extensivo a las enfermedades más frecuentes que padecen los jabalíes de hoy con sólo una pequeña muestra de carne, muchas veces entregada para su análisis en condiciones poco claras. La solución ante esta situación tan desconocida está clara, pero es dura de poner en práctica: deben aflorar todos los jabalíes cazados en aguardos que van a ser consumidos y ser sometidos a la reglada inspección que se realiza a toda carne destinada a consumo humano. Con todos aquellos jabalíes cazados en otras condiciones, jugaremos a la lotería si nos toca degustarlos.

Exceso de presión cinegética


Desde el suelo o desde torretas como la de la imagen, las esperas es una modalidad que cuenta con gran número de adeptos. © Guy Fleury.

El otro aspecto que queremos señalar como conflictivo a la hora de analizar las esperas es el de su abuso. No cabe duda de que en muchas zonas del sur de la península se producen un número excesivo de aguardos al jabalí. Cierto es que la Administración autoriza este tipo de actividades bajo el argumento de que la población de jabalíes de la zona está causando daños a la agricultura, pero también deberíamos valorar que se está abusando de este tipo de posibilidad legal que otorga nuestro reglamento.

Los innegables atractivos que tiene para el cazador de jabalíes esta modalidad están haciendo que a algunas poblaciones les sea muy difícil superar tanta presión cinegética. En muchas zonas de España se enlazan las épocas de monterías con los posteriores aguardos para comenzar nuevamente las monterías al poco de finalizar éstos. Y así año tras año. Las estadísticas nos están indicando que en las zonas en las que los ambientes mediterráneos son duros y existe una posibilidad real de mover a nuestro antojo a los jabalíes, los resultados se están resintiendo. Muchas de las áreas tradicionales de caza del jabalí están bajo mínimos y los resultados globales se enmascaran con las capturas que se producen en zonas de nueva colonización, como son los cultivos estivales o los bosques atlánticos del norte peninsular. Estos hechos que están aconteciendo en los bosques del sur no hacen más que decirnos que es posible actuar sobre el jabalí, hacerlo predecible, aunque para comprobarlo estemos poniéndolo contra las cuerdas.


El número de esperas en una zona debe ser sostenible por la población de jabalíes. © José David Gómez.

Por todo esto, y ante la gran importancia económica y social que está alcanzando la caza del jabalí en la mayor parte las comunidades autónomas, se hace necesario articular y reglar con más base científica las actuaciones cinegéticas, y, entre ellas, los aguardos, que se aplican sobre la especie. La proliferación de poblaciones de jabalí en el interior de los campos de nuevos cultivos, la transformación que están sufriendo muchas de las fincas situadas en sus áreas tradicionales y la gran demanda social que tiene esta especie nos tienen que obligar a no mirar hacia otra parte.

Pedro Fernández-Llario
Patricio Mateos-Quesada

 

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En el número de enero:

  • Sin «foro» unánime en asturias para declararlo especie cinegética
  • Becadas; en las entrañas del bosque
  • El rumbo de las migratorias
  • Gestión. Cuadernos de caza
  • ¡Soltamos! Una temporada que no deja de sorprender
  • Tures del Cáucaso
  • Armas
  • Todo sobre Perros