Charlie Brown

Miércoles 20 de agosto de 2008, sobre las 11 am, hora local. Aterrizamos en Fort Saint John (Canadá, Columbia Británica). El día está nublado y frío. Llovizna. Ha sido un largo y complicado viaje desde Madrid en las Canadian Airlines.

Ignacio Gallastegui | 28/07/2009

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Tras inacabables trámites y pasos de control, finalmente nos encontramos con Nathan Olmstead y una chica rubia y esbelta calzada con botos tejanos y gafas graduadas de diseño que nos esperan en la sala del pequeño aeropuerto. Comienza la aventura contratada a través de José García Escorial y su agencia de todos conocida, Safari Headlands.

Amanece sobre las cinco un día nublado y fresco. Ensillamos de nuevo a Charlie Brown y al caballo negro que utiliza Marcos y salimos hacia la montaña.

Sin pérdida de tiempo recogemos bolsas, mochilas, rifles y subimos a un enorme pick-up que arrastra un remolque que parece un container. Compras de última hora en la ciudad y salimos. Tras unas tres horas de viaje, nos desviamos a la izquierda y entramos por un camino de tierra que nos lleva a una campa entre altos árboles. A los pocos minutos aparece una avioneta de cuatro plazas que toma tierra delante de nosotros. Se trata de Sean, hijo mayor de Kevin Olmstead. Le acompaña un bulldog miniatura que ejerce de copiloto y talismán. Desde el aire podemos divisar grupos de hembras y algún macho de elk (ciervo canadiense) que carean relajadamente en los alrededores.

Aterrizamos sin problemas en una pista de hierba del lodge principal (base camp). Se trata de un grupo de casas prefabricadas. La principal es amplia y bonita, adornada con diferentes trofeos resultado de varias expediciones protagonizadas por Kevin. Breve reunión para distribuirnos en sus amplísimos territorios. Dado que mi principal objetivo es el mountain goat (cabra de las Rocosas), seguido del moose (alce) y que mi amigo Emilio quiere, como es lógico, cazar junto a sus dos hijos, nos recomienda separarnos. Un grupo lo formamos un guía llamado Marcos y yo, y el otro Emilio con sus hijos y dos guías. Yo partiré a un valle llamado White Water en el que ya está abierta la temporada de goats.

Llegada al White Water Hilton

Amanece nublado con viento moderado y amenaza de lluvia. Sale primero el grupo de Emilio y tras una tensa espera despego con Sean hacia mi zona. Atravesamos varios valles y nos aproximamos a las montañas. Volamos con el plano derecho muy cerca de la ladera y superamos un collado rocoso cubierto de nieve que debo reconocer me produce cierto desasosiego. Por fin tomamos tierra sin novedad. Estamos muy alejados del base camp, en la vertiente atlántica de las Rocosas. La montañas son altas y escarpadas y los picos se muestran retadores con su manto de nieve recién caída. Nos recibe Marcos y un cazador estadounidense que acaba de cobrar un joven Billy (goat macho). Antes de que me pueda dar cuenta les veo despegar y desaparecer entre las nubes.


La avioneta resulta imprescindible para llegar hasta el campamento en tan bastas extensiones.

El tal Marcos es un individuo difícil de definir a primera vista. Parece que se esfuerza por ser amable. Estatura media, delgado pero muy fuerte, ropas viejas y descuidadas, botas de goma de pocero, gorra americana tipo base ball de camuflaje y un olor bastante intenso y desagradable que delata la ausencia prolongada de higiene.

Recogemos mi leve equipaje, la comida y aperos de los caballos y lo transportamos a un bosquecillo de abetos contiguo donde se ubica el White Water Hilton, que consta de dos cabañas de madera construidas por indios Cree, un vallado circular para los caballos, y una caseta también de troncos abierta por un lado donde se ubica el excusado.

Tras poner mi Blaser 7 mm a tiro preparamos los caballos para salir a un lago próximo por ver si se acerca algún alce y de paso otear las montañas en busca de goats. Disponemos de seis caballos y me asigna uno. Se trata de un alazán muy fuerte, con un pecho y una grupa propios de un auténtico atleta. Es algo paticorto pero parece noble y recio. Le llaman Charlie Brown. Todavía no me puedo hacer idea del afecto que le voy a ir cogiendo en los próximos días. Tras un paseo de una hora desmontamos. Vemos en la ladera de en frente un grupito de cabras con crías cruzando transversalmente pero nada se mueve alrededor del lago. Me dice Marcos que el día anterior había visto un Billy frente al campamento y que tiene previsto intentarlo. Regresamos y la noche nos envuelve. Desensillamos nuestros caballos (a estas alturas ya sabía que no teníamos wrangler ni cocinero, y había tomado la decisión de ayudar todo lo posible para agilizar los tiempos y porque prefiero colaborar antes que quedarme observando como un pasmarote), y les colocamos unas cadenetas en las manos y un cencerro. Marcos los espanta alejándolos del campamento para que pasten por los alrededores. Le pregunté por los osos grizzly, muy abundantes en la zona, y me explicó que como los caballos no huyen no los ataca. Probablemente el que vayan en manada también les ayuda.

Me acomodo lo mejor posible y preparamos la cena en una cocinilla de propano. Durante la misma comentamos los planes del día siguiente. Duermo poco y mal. Un roedor trastea en el interior de nuestra cabaña.


«El tal Marcos es un individuo difícil de definir a primera vista. Parece que se esfuerza por ser amable. Estatura media, delgado pero muy fuerte, ropas viejas y descuidadas, botas de goma de pocero, gorra americana tipo base ball de camuflaje y un olor bastante intenso y desagradable que delata la ausencia prolongada de higiene».

Amanece sobre las cinco un día nublado y fresco. Ensillamos de nuevo a Charlie Brown y al caballo negro que utiliza Marcos y salimos hacia la montaña. Tras un paseo de alrededor de dos horas vadeando varias veces el río, los atamos a unos abetos y comenzamos la ascensión. He de deciros que desde abajo no conseguimos ver el goat, pero aún así decidimos subir por si estaba escondido en algún recoveco fuera de nuestro campo de visión. La ascensión fue muy dura (sobre todo para mí) y tras cinco o seis horas de esfuerzo y trabajo llegamos a territorio de cabras. Observamos huellas, camas, cagarrutas… pero no al protagonista. Comemos, miramos aquí y allá, nos movemos… nada. Sólo silbaban algunas marmotas. Cuando nos pareció prudente comenzamos el descenso y tras algunas culadas y contenidos juramentos conseguimos regresar al Hilton. Durante la cena le comento a Marcos que prefiero dedicar un par de días al alce para dar sosiego a mi maltrecho cuerpo y me propone cambiarnos a un valle que dista alrededor de ocho horas a caballo, donde según me dice hace más de diez años que nadie pisa, con la ilusión de que podremos encontrar grandes alces y goats.

Malos augurios

La propuesta suena bien y con esa idea madrugamos para empaquetar lo necesario y preparar los caballos. Llovía intermitentemente. Utilizábamos trochas hechas por los alces, muy estrechas, y en ocasiones prácticamente ocultas por la maleza. Continuamente teníamos que sortear árboles caídos cuando no podíamos pasarlos por encima. El suelo era blando, cubierto de musgo, troncos, ramas, raíces y todo tipo de obstáculos. Realmente los caballos desarrollaban un intenso y permanente trabajo. Cruzábamos muchas veces el mismo río buscando los pasos más favorables.

Pasábamos por un trecho especialmente tupido, cuando Charlie Brown se queda mirando fijamente a la izquierda, ladera arriba, con las orejas tiesas hacia adelante y resoplando por los ollares. Miro en esa dirección y veo movimiento en la maleza. Repentinamente el pelo marrón de un grizzly huyendo. Mejor así.


El autor en la entrada del White Water Hilton, que consta de dos cabañas de madera construidas por indios Cree, un vallado circular para los caballos, y una caseta también de troncos abierta por un lado donde se ubica el excusado.

Han transcurrido ocho horas, más o menos, desde nuestra salida y el sol ya casi no se ve cuando entramos en un valle que Marcos llama Cat Creek. Montamos la tienda de campaña y un cobertizo a dos aguas de tejido impermeable para la cocinilla. Ya bajo una intensa lluvia cenamos lo que pudimos y nos acoplamos en los sacos a pasar la noche. El ruido continuo de las gotas chocando contra el doble techo dificultaban el sueño, pero finalmente el agotamiento físico genera un sopor que doblega la vigilia. Dormíamos con los rifles cargados a nuestro lado.

Amanecemos con las primeras luces y el nuevo día nos recibe con nubes y frío. Hacemos una hoguera y desayunamos. Decidimos dar descanso a los caballos y nos dirigimos a pie hacia el interior del valle. Caminamos unas tres horas parando y mirando. En seguida comprobamos que la altura de la maleza va a dificultar enormemente nuestro objetivo. Subimos media ladera y nos sentamos a gemelear. No se mueve nada. Malos augurios.

Nuevo día. Salimos con tres caballos a explorar otro valle a unas tres horas hacia el norte de nuestro fly camp. El camino es tortuoso y cerrado, pero tras atravesar el bush comenzamos a vadear un río y poco a poco se nos abre la perspectiva. Es bellísimo. Perpendicular a Cat Creeck. Orientación oeste-este. El río viene de un lago natural que ocupa aproximadamente un tercio de su longitud. El agua es verdosa al alimentarse de torrenteras de alta montaña dejando polvo de roca en suspensión. En él nadan un castor de tamaño considerable y algunos patos.

De pronto, vemos tres alces caminando con rapidez y a veces corriendo hacia la cabecera del lago sesgándose hacia la orilla de enfrente. Se trata de un joven macho con dos hembras que huyen, porque de vez en cuando giran la testuz hacia atrás observando algo que a nosotros se nos oculta. Decidimos dejarles en paz puesto que su tamaño no es el que deseamos, aunque se situan a una distancia de unos 200 metros. Animados por el encuentro seguimos progresando hacia el fondo del valle. Esa zona termina en un fondo de saco con montañas escarpadas y torrentes de agua en caída libre dibujando en el paisaje las típicas colas de caballo. Miramos las alturas y de repente una blanca figura solitaria atrae como un imán nuestra atención. Es un goat, muy probablemente un macho de buen tamaño, que carea relajadamente en una praderita inclinada cerca de la cuerda. Creo que el lugar es accesible y estudiamos la entrada sin encontrar mayor dificultad, pero quedan dos horas de luz y Marcos aconseja dejarlo para el día siguiente. Me parece razonable y prudente y emprendemos el regreso animados por el hallazgo. En el camino vemos otro alce a unos 300 metros que tampoco da la talla y no le molestamos.


«La ascensión fue muy dura (sobre todo para mí) y tras cinco o seis horas de esfuerzo y trabajo llegamos a territorio de cabras. Observamos huellas, camas, cagarrutas… pero no al protagonista. Comemos, miramos aquí y allá, nos movemos… nada».

El nuevo día amanece frío con neblinas de valle. Los picos que nos rodean han recibido más nieve. La estación es claramente otoñal. Como de costumbre desayunamos fuerte, preparamos los tres caballos y con cierta parsimonia emprendemos la marcha. Cruzamos longitudinalmente el valle del lago por la misma trocha que el día anterior, y llegamos al sopié de la montaña. Para nuestra decepción no vemos el goat. A pesar de todo decidimos subir a intentarlo. La progresión es lenta y difícil. Con gran esfuerzo y moral voy venciendo los obstáculos. Tras cuatro o cinco horas de sufrimiento llegamos a territorio comanche.Vemos muestras frescas y abundantes pero nuestro objetivo no aparece. Hace mucho viento y decidimos refugiarnos en un encame de goat que se muestra al vacío pero a resguardo. Allí comemos y bebemos recomponiendo nuestras fuerzas. Abandonamos nuestro pequeño refugio y seguimos ascendiendo, esta vez hasta la cuerda. La otra vertiente es mucho más vertical y rocosa con numerosas ‘canales’ cerrando un antiguo circo glaciar. Enfrente, a unos 400 metros, se muestran paredes escalofriantes con nieve y rocas puntiagudas. Nos hacemos unas fotos y comienza a granizar. Miramos al oeste y vemos un frente que avanza hacia nosotros con malas intenciones. Comenzamos a bajar. En pocos minutos nos envuelve una nevada que casi nos ciega. Vamos perdiendo altura cautelosamente con las preceptivas culadas, y de nuevo cambia el tiempo aparececiendo un tenue sol. Veo una canal que nos ahorra camino y me meto en ella sin meditarlo demasiado. A los pocos metros me doy cuenta de que estoy en un tobogán áspero y despiadado con muy difícil retorno. En unos metros que se me antojan kilómetros freno de golpe contra una roca vertical que la limita a modo de tabique. En esto oigo un crack, y unas piedras desprendidas por Marcos que me sigue unos metros por detrás, me pasan rozando. Tras algunos sobresaltos llegamos al sopié. Por fin los caballos. Regresamos al fly camp sin ver ni un solo animal (ni siquiera el castor) con la moral mermada. Mis guantes y pantalones están literalmente empapados.

Llegamos de noche. Encendemos la fogata, nos secamos y calentamos. Cenamos en silencio y planeamos la próxima jornada. Iremos con los tres caballos hasta el fondo de Cat Creeck. Sólo conseguiremos ver una hembra de Stone sheep (carnero de Stone) careando junto a su cría. Regresamos casi de noche y bastante desanimados. Caballos, hoguera, cena, nuevos planes. Marcos quiere cambiar de nuevo de cazadero. Iremos a Sheffield. Se trata de un valle a dos días a caballo pasando por White Water. Me explica que está en la vertiente del Pacífico y por tanto espera que el tiempo sea más amable. Además tiene una pista para la avioneta y podré regresar al base camp directamente.

De nuevo de viaje. Al cabo de interminables horas de marcha se nos abre White Water. Llueve intensamente. Llegamos al Hilton. Cenamos y al catre. Mañana nos espera otra dura jornada. Por la noche descubro que el ruidoso roedor es un ratón que desaparece por un agujero.

¡Estamos gafados!

Penúltimo día. No llueve y parece que va a abrir. Cuatro horas después de levantarnos estamos listos para partir. El día nos obsequia con un espléndido sol. La naturaleza se muestra en toda su plenitud. La vista de los picos nevados es maravillosa. El silencio es total. Al llegar a lo más alto del collado que separa los valles nos sorprende una laguna rodeada de juncos. Hay que cruzarla. Marcos no lo duda y yo le sigo. El agua es transparente. Los caballos van casi nadando. A un lado la limita una pared impresionante de roca que asciende formando parte de una formidable montaña. La situación es mágica. No se oye nada. Sólo el rumor del agua desplazada por el fornido pecho de nuestras monturas. Por fin llegamos al otro lado. El descenso es largo y pesado. No sé cuanto tiempo nos lleva pero en un momento dado la altura de la maleza disminuye muy considerablemente. ¡Estamos en Sheffield!


«Utilizábamos trochas hechas por los alces, muy estrechas, y en ocasiones prácticamente ocultas por la maleza. Continuamente teníamos que sortear árboles caídos cuando no podíamos pasarlos por encima. El suelo era blando, cubierto de musgo, troncos, ramas, raíces y todo tipo de obstáculos. Realmente los caballos desarrollaban un intenso y permanente trabajo».

Sigue luciendo el sol. Avanzamos por un lateral del valle y paramos de vez en cuando a gemelear. A unos 300 metros Marcos ve una hembra de alce con su cría. Continuamos avanzando. Oímos la llamada de un elk en celo. Parece un grito agudo. Casi un silbido. Es un macho joven. A los lados del valle observamos unas zonas de abedules quemados. En la ladera veo otro. Marcos lo estudia con el scope y me dice que es joven. No merece la pena intentarlo. Además está muy alto y lejos y no para de caminar. Va tras una hembra. Por lo menos vemos caza. La berrea está comenzando aunque aún es muy débil.

Avanzamos hacia el fondo del valle. Casi al final y ya con la puesta de sol a nuestra espalda, levantamos un enorme elk que estaba encamado en los wilows. Intento sacar el rifle con celeridad y desciendo del caballo pero ha salido corriendo tapándose en la maleza y trasponiendo una loma ¡Qué mala suerte! Marcos me dice que era un gran trofeo. Estaría a unos sesenta metros. ¡Estamos gafados! Continuamos con pesar.

Nos adentramos de nuevo en la maleza y de nuevo una ascensión. Lo malo es que luego y tras nueve horas de viaje viene la traca final. Tras la subida, una vez más la bajada. Y ésta es la más larga y peligrosa que hicimos en toda la cacería. ¡Qué no falte de nada! Una vez abajo el valle cambia de dirección tomando una orientación este-oeste. Continuamos media hora más siguiendo el cauce y por fin y ya de noche, Marcos gira bruscamente a la izquierda y subimos a una llanura pequeña al sopié de una montaña donde encontramos el campamento. Éste se compone de una cabina semicilíndrica de contrachapado cubierta de aluminio y forrada en su interior por paneles de corcho sintético blanco aislante. Un puerco espín estuvo dentro porque se ha comido los muebles y parte de las paredes.

Se agota el tiempo

Amanecemos sobre las cinco. Marcos ha elegido el caballo blanco que es el más viejo, como apoyo para la carga. Hoy se ha levantado con el pie izquierdo. Le cuesta mucho organizar la salida y me mira con resquemor cuando observa que yo estoy listo sobre mi montura. Cuando ya parece listo recuerda que ha olvidado el rifle en la cabina y desmonta de nuevo. Le pregunto qué ocurre y al explicármelo se me escapa en inglés un «I can not belive you» (no puedo creerte). Le sienta como un tiro y me dedica varios comentarios chulescos y desagradables. Como observo que está dolido en su orgullo por no haber cazado, no continúo la disputa y me esfuerzo en rebajar la tensión. Le hablo en el tono más conciliador posible argumentando que tengo asumido regresar sin trofeos y que doy por buena la experiencia. Parece que se relaja y continuamos en silencio. Me quedo con mal cuerpo pero intento disimularlo.


«Han transcurrido ocho horas, más o menos, desde nuestra salida y el sol ya casi no se ve cuando entramos en un valle que Marcos llama Cat Creek. Montamos la tienda de campaña y un cobertizo a dos aguas de tejido impermeable para la cocinilla».

Llegamos a la cuesta que da acceso al otro lado del valle. El caballo de Marcos da muestras de cansancio. Este no le da tregua y le espolea para que suba. La cuesta es muy larga, difícil y empinada. Cuando hemos subido unos dos tercios de su longitud, el pobre animal se detiene y repentinamente se desploma hacia la pendiente rodando dos o tres vueltas. Afortunadamente Marcos es muy ágil y se zafa sin daños. Desmonto, ato a Charlie a un lado de la trocha y acudo en su auxilio. Intento sacar su rifle de la funda pero se ha roto a nivel del pistolet. Es un Winchester .375 con culata sintética. Con mucho cuidado suelto las cinchas y el pecho petral y entre los dos conseguimos liberar la montura. Estuvimos a punto de llevarnos una coz en un movimiento reflejo del caballo debido a su pésima situación. Afortunadamente la silla no ha sufrido daños.

La situación ha devuelto la normalidad a nuestra relación. Parece que Marcos agradece mi ayuda. El caballo permanece tendido con los ollares abiertos y la mirada perdida. Le palpo el pecho y siento su corazón acelerado. Parece que va a morir. Los ojos se le van poniendo vidriosos. Le dejamos unos minutos y Marcos intenta levantarle tirando de las riendas. Imposible. Sólo consigue que dé otra voltereta. Le quito la cabezada para mejorar su situación y le dejamos tranquilo. Al cabo de un rato y repentinamente Marcos se acerca de nuevo y le patea el cuello dos o tres veces. Yo le miro alucinado pero no digo nada. ¡Milagro! El pobre animal haciendo un esfuerzo terrible se medio incorpora, y cuando pienso que va a morir, se levanta. Marcos le pone de nuevo la cabezada y le saca de la trocha atándole a un abeto. Le comento que por mí no hay problema si suspendemos la caza y regresamos a la cabina. Me resigno a volver de vacío pero Marcos contesta que no me preocupe y le coloca la montura. Continuamos a pie. No doy crédito a lo que veo pero prudentemente me callo y le sigo.


«Enfrente, a unos 400 metros, se muestran paredes escalofriantes con nieve y rocas puntiagudas. Nos hacemos unas fotos y comienza a granizar».

Cuando llegamos al final de la cuesta descansamos un rato y Marcos ¡se sube de nuevo! Avanzamos lentamente en sentido contrario al día anterior parando de vez en cuando a gemelear. El día está nublado pero de momento sin agua. El caballo camina con normalidad. Tras unas dos horas de marcha nos detenemos en el centro del valle entre un grupito de abetos. Atamos los caballos. Nos separamos unos metros y nos sentamos a observar. Vemos una hembra de elk en la ladera donde hay una zona quemada y más tarde un macho joven muy en lo alto. Berrea con ese sonido tan agudo y peculiar. No vemos alces. Pasan las horas y nos vamos relajando. Comemos unas latas y charlamos de vez en cuando. Yo ya estoy mentalizado para regresar a Madrid sin trofeos. Es duro, pero la experiencia ha sido interesante. Hemos vivido en condiciones difíciles y hemos trabajado mucho. No nos merecemos esta recompensa pero hay que aceptarlo así. Cae la tarde y el sol va declinando por el oeste.

De repente, Marcos observa que el viejo caballo blanco mira fijamente a nuestra izquierda, hacia el valle, resoplando y con las orejas tiesas. Mira a ver qué pasa y... ¡Una hembra de alce seguida por el macho a unos 120 metros!

Da un respingo y muy nervioso me insta a coger el rifle y seguirle. Avanzamos agachados unos veinte metros y me voy directo a un abeto seco. Miro por los prismáticos y veo la pareja a unos 70 metros. No doy crédito pero apoyo el rifle en una rama pegado al tronco, quito el seguro, meto la cruz un poco por encima de la paleta para evitar la maleza y sin pensarlo más aprieto suavemente el gatillo. El alce acusa el impacto y queda parado. Se mueve levemente hacia mí y se detiene de nuevo ofreciéndome su flanco izquierdo. Apunto y resuena el disparo en todo el valle. El animal cae y agoniza dando patadas al aire. La hembra queda paralizada sin entender lo que ha ocurrido. Esperamos un poco y nos acercamos. La hembra emprende la huída y el macho yace sin vida.


«El silencio es total. Al llegar a lo más alto del collado que separa los valles nos sorprende una laguna rodeada de juncos. Hay que cruzarla. Marcos no lo duda y yo le sigo. El agua es transparente. Los caballos van casi nadando. A un lado la limita una pared impresionante de roca que asciende formando parte de una formidable montaña. La situación es mágica. No se oye nada».

Me invade una sensación indescriptible. Todo a la vez, alegría inmensa, incredulidad por lo ocurrido, agradecimiento al caballo que nos ha alertado y a Marcos que lo ha interpretado. También cierta pena por la hembra que ha quedado desconcertada. Me siento aliviado de una enorme presión. Marcos está exultante. Me felicita por el lance y es evidente que también se ha liberado. Para él suponía una gran frustración no haberme proporcionado ninguna oportunidad. Nos abrazamos y chocamos las manos todavía sin asimilar lo ocurrido.

Saco mi cámara y está húmeda. No quiere hacer fotos. Menos mal que Marcos lleva la suya. El alce es de unas 45 pulgadas a simple vista. Está bien. No es un gran trofeo pero está en la media alta de la zona. Para mí es un regalo absolutamente inesperado. Tiene la cuerna cubierta de velvet y su tupido pelo está lubricado por grasa proporcionándole una protección muy eficaz contra el frío y el agua. Marcos comienza a deshollarlo con gran pericia y yo acerco el caballo blanco. Lo ato a unas matas junto a nosotros y queda tranquilo y ausente. La presencia de la muerte no le altera (o eso parece). Le acaricio con afecto. Es un viejo luchador. Según le vamos cargando con las cajas llenas carne y la cabeza del alce envuelta en la piel, su viejo y castigado cuerpo parece que va a ceder.

Ya más sereno comienzo a analizar lo que nos espera. Nos queda una media hora de luz, unas tres horas de ruta, y la terrible cuesta que ahora en sentido inverso tenemos que afrontar. Estoy seguro de que tendremos serios problemas. El caballo de Marcos está agotado y el blanco parece que se va a romper bajo la implacable carga que soporta su lomo. Además nos resulta muy difícil asegurar las cajas y la cabeza con la enorme cuerna sin que las cuerdas pierdan tensión.


«El alce es de unas 45 pulgadas a simple vista. Está bien. No es un gran trofeo pero está en la media alta de la zona. Para mí es un regalo absolutamente inesperado. Tiene la cuerna cubierta de velvet y su tupido pelo está lubricado por grasa proporcionándole una protección muy eficaz contra el frío y el agua».

Partimos. Avanzamos lentos bajo la noche. Paramos de vez en cuando. Tras un tiempo imposible de medir comenzamos el temido descenso. Permanecemos sobre los caballos. La mochila que llevo en mi espalda muchas veces se apoya en la grupa de Charlie. Voy casi tumbado. Mis piernas se abrazan al fornido cuerpo y me apoyo en los estribos intentando no dificultar aún más su duro trabajo. Bajamos sin tregua. Curvas y más curvas. Pasamos por encima de troncos caídos. Rectificamos varias veces. Rompemos ramas secas. Por ahora aguantan. Cruzo los dedos e intento no pensar. La bajada es infinita. Paramos. Descendemos de nuestras monturas. Descanso. No hablamos. Continuamos a pie dando trompicones. Oigo tras de mí los resoplidos del fiel Charlie que se afana en no arrollarme. Un sonido de agua me hace sentir que no queda mucho. No me lo creo pero ¡estamos de nuevo en horizontal! En mi interior siento un profundo respeto por estos animales. ¡Qué barbaridad! Y nosotros que nos quejamos por cualquier bobada.

Seguimos nuestro camino ya bajo el cielo nublado. Avanzamos sobre el río y cada vez que pienso que en el próximo recodo está la cabina me equivoco. Parece que no llegaremos nunca. Por fin Marcos cambia la dirección y se dirige a la izquierda. Oímos relinchos de bienvenida ¡Lo hemos logrado! Rápidamente descargamos al blanco que parece crecer. Desensillamos a los otros y les damos avena. Les ponemos las cadenetas y los cencerros y les alejamos. Dejamos la cabeza del alce bajo el cobertizo de las monturas y nos introducimos en la cabina. Vuelve a llover pero nos sentimos bien. ¡Buenas noches! Me duermo pensando en el viaje de vuelta. Ojalá  haya buenas condiciones para la avioneta.

¡Volamos!

Amanecemos sobre las seis de la mañana. Nos levantamos sin prisa y preparamos el habitual desayuno. Hace una mañana magnífica. Estamos de buen humor. Cielo despejado. Salgo a ver los caballos y el blanco tiene las articulaciones inflamadas. Es increíble que superara la terrible prueba. Como he traído Urbason y una jeringuilla le inyecto todo lo que tengo. No es mucho para un animal tan grande pero seguro que algo le aliviará.

Pasa el tiempo y el cielo comienza a nublarse. Se va levantando un viento desagradable y frío. Realmente no sé dónde se encuentra la pista. Me inquieta la idea de que se complique el día y no podamos volar. Sería el colmo cuando llevamos cinco horas de espera con condiciones perfectas. Por fin conseguimos establecer comunicación y Kevin nos dice que en breve saldrá la avioneta. Cargamos los caballos con la parsimonia acostumbrada y cuando llevamos unos trecientos metros de camino oigo el ruido del motor. ¡Por fin! Para mi desesperación observo que aterriza bastante al fondo del valle entre unos árboles. Nuestro caminar es lento y cansino. Detrás de cada bosquecillo o de cada recodo del río espero con ansiedad divisar la avioneta… pero no. Siempre hay otro meandro u otro bosquecillo que cruzar. Pasan los minutos que me parecen días y por fin les divisamos a lo lejos. Con los prismáticos observo a Sean pasear con su perrito.


«Las ruedas quieren separarse un poco del suelo pero volvemos a caer. Un rebote, otro rebote... otro más y... ¡Volamos! Respiro aliviado. En frente tenemos uno de los bosquecillos que habíamos cruzado antes. Pasamos rozando las copas de los abetos. ¡Carallo!».

Llegamos. Atamos los caballos y descargamos. No pierdo un segundo y meto mis cosas en la cabina. Ayudo a introducir el resto de la carga, acaricio con nostalgia y cariño a Charlie Brown, estrecho la mano de Marcos y ocupo mi sitio en el lugar del copiloto. Me coloco el cinturón de seguridad y los interfonos. Sean permanece de charla con mi ya ex guía sin prisa aparente. Las rachas de viento mueven el aeroplano. No me gusta ni un pelo. Por fin Sean se despide y se coloca a mi lado. El perrito se me sube encima y lo pongo a mis pies. Arranca el motor y para mi sorpresa se dirige hacia donde viene el viento. Le pregunto si tiene intención de despegar con el viento de cola y la respuesta es «no way». Trago saliva y le sonrío. Estamos de cara al valle y a no más de 200 cincuenta metros está el río.

Gira, mete motor a tope y comenzamos la rodadura. Avanzamos cada vez más rápido pero el viento de cola nos exige más velocidad. Ante mis ojos se va terminando la ‘pista’ y no nos levantamos. Miro de reojo a Sean que no aparta la vista del anemómetro y me acurruco en mi asiento. Las ruedas quieren separarse un poco del suelo pero volvemos a caer. Un rebote, otro rebote... otro más y... ¡Volamos! Respiro aliviado. En frente tenemos uno de los bosquecillos que habíamos cruzado antes. Pasamos rozando las copas de los abetos. ¡Carallo!

Tras un movido vuelo aterrizamos sin problema y cuando me quiero dar cuenta, me abraza Emilio y Kevin me estrecha su fornida mano con afecto. Sin tiempo para nada firmo allí mismo un documento con las cuentas, dejo la propina para Marcos, Emilio me enseña sus trofeos, recibo los enseres que abandoné en el campo base y subimos de nuevo a la avioneta. Durante el vuelo hablamos con entusiasmo por los interfonos. Guillermo y Luis nos esperan en la pista donde nos dejó el coche. Más abrazos. Están felices y cansados. Su cacería ha sido un éxito. ¡Enhorabuena!

Subimos al enorme pick-up y nos dirigimos sin demora a Fort St John.

Madrid. Vuelta a la normalidad. Extraño los ruidos, los taxis, el tráfico… pero eso ya es otra historia.

Ignacio Gallastegui

 

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