El Ártico más próximo

«Pa’ti es la vida, compañero». Éste es el inconfundible inicio de cualquier llamada de Dioni. Y continua: «He estado pensando, y decididamente nos decantamos por el buey almizclero y el caribú. Creo que es un paquete bonito para que los niños y Magdalena disfruten. ¡Pero nada de Canadá! Queremos irnos a Groenlandia». Así empieza esta aventura. Y es que... el cliente siempre tiene razón. Y si además es amigo, ni te cuento. Y ése es el caso de Dionisio Grande.

César Rosselló | 03/07/2009

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Conocí a Dionisio hace varios años en una feria de caza. Su gracejo manchego y su proximidad en el trato me conquistaron. Han pasado ya varios años y no dejamos de soñar con nuevas aventuras de caza.

La historia de Groenlandia se remonta al segundo milenio a.C. con la aparición de los primeros inuit.

Su planteamiento es envidiable: cada agosto reúne a su mujer, Magdalena, y a sus hijos, Dionisio Jr. y Zacarías, y emprenden un viaje a latitudes desconocidas. Disfruta así de sus dos pasiones: la caza y la familia.

Me había comentado que tenía ilusión por el almizclero con caribú, y yo tenía ya hechos mis deberes. Lo que no imaginaba era que me cambiaría Canadá por Groenlandia: «No hay problema, Dioni. Dame una semana y te cuento lo que hay».

Y otra vez en marcha. Desde una experiencia difícil que tuve en Tanzania tengo claro que no ofrezco a mis clientes un destino que no haya visitado yo anteriormente. Es la única forma de evitar sorpresas.

Con esta premisa en mente, tenía que encontrar la forma de asegurarme de que el viaje de Dioni a Groenlandia sería un éxito.

Groenlandia

Groenlandia siempre se me ha antojado como un rincón helado e inhóspito, muy alejado de mi idea del paraíso. Supongo que mi condición mediterránea tiene mucho que ver con esa concepción. De ahí que no sintiera especial atracción hacia la idea de tener que visitarla.


El vuelo de Air Greenland sale a las 9:15, y tiene una duración de cuatro horas. Contando con las cuatro horas de diferencia horaria, resulta que aterrizas casi a la misma hora que has despegado: las 9:45

Y sin embargo esa visión no es exacta. De hecho, no debió serlo para Erik el Rojo, marino y explorador vikingo de origen noruego que en el año 982 descubrió una enorme isla que llamó en danés Grønland (tierra verde). Es de suponer que el nombre se correspondiera con el aspecto que la isla presentaba en verano, tras el deshielo, cuando la típica tundra cubre por completo el suelo groenlandés.

Groenlandia es un territorio autónomo perteneciente al Reino de Dinamarca, y la isla más grande del mundo, después de el continente australiano.

Con más de 2.000.000 de km², cerca del 80 por ciento del territorio está cubierto de hielo. Sólo alguna zona costera supera en verano los 10ºC, lo que da lugar a que la única vegetación en la zona sea la tundra. Por supuesto la agricultura no existe en estas condiciones.

Pero la historia de Groenlandia se remonta al segundo milenio a.C. con la aparición de los primeros inuit. En el siglo X los vikingos de origen noruego y a principios del siglo XVIII los daneses han sido los otros colonizadores de estas tierras. Hoy en día, el 80 por ciento de la población es de origen inuit, mientras que el 20 por ciento restante es danés.

Y este contexto era el que englobaba mi nueva aventura: la caza del buey almizclero en pleno invierno ártico.


Comprobando el estado de los ‘vehículos’ en el puerto del ‘Gran Fiordo’. El primer reconocimiento de los cazaderos se realizó en trineo

Quizás habría sido más prudente haber intentado la cacería en verano, cuando las condiciones climatológicas son más benignas, pero no había forma: en verano debían llegar mis clientes.

Me costó varias semanas de intensa investigación contactar con los pocos cazadores profesionales groenlandeses dedicados a la caza de trofeo. La mayor parte de ellos son contratados por las diferentes municipalidades de la isla para hacer acopio de carne durante el invierno, y no están enfocados al turismo cinegético.

Tras valorar las posibilidades que unos y otros me ofrecían me decidí por uno de los operadores. Lo más curioso del caso es que se trataba de una cazadora profesional. Nunca imaginé que en un entorno tan hostil mi guía de caza y, en definitiva, la persona responsable del éxito de la expedición, sería una mujer. ¡No se me malinterprete! No me considero machista en absoluto, pero hay que reconocer que el hecho llama la atención por inusual.

Moisés se hace con un doblete de lagópodos, y tenemos nuestro primer encuentro con los almizcleros. Lejos de aparecer en las heladas llanuras, están vigilando desde una atalaya

Sea como fuere, las fechas propuestas no acababan de cuadrar. Yo estaba ya comprometido para acudir a la convención del Ovis Club en Las Vegas en febrero, y en marzo tenía las ferias de caza en Madrid. Así pues, todo quedó aplazado para principios de abril, justo antes del cierre de la temporada de caza.

Más de una vez he dicho que me encanta viajar acompañado de mi mujer. Lamentablemente no siempre es posible por sus obligaciones profesionales. Además, los -30ºC previstos hacían el destino poco interesante para Felisa, que prefiere temperaturas más tropicales. ¡Vamos, que menos campo y más playa!

En una de tantas comidas de amigos cazadores comenté la nueva aventura y, para sorpresa mía, Moisés decidió acompañarme.

El viaje

Moisés es amigo y cazador. O cazador y amigo. Da igual. Nos reunimos con frecuencia, y el tiempo se nos va hablando siempre de lo mismo. Me gusta su forma de entender la caza: caza ética, de poder a poder, con opciones para el animal. Nada le gusta más que la caza de alta montaña. No en vano ha viajado por medio mundo en busca de cabras de todo tipo. Y el físico le acompaña.

Intuyo que en su decisión de aceptar mi invitación pesó más la faceta de amigo que la de cazador. Sea como fuere, ya estábamos los dos en el mismo barco. Y llegó la fecha prevista para la salida: el 6 de abril.

Volábamos con Air Berlin directos desde Palma hasta Copenhague. Habíamos previsto pasar noche en nuestra escala, ya que el vuelo para Groenlandia no salía hasta la mañana siguiente.

Un taxista pakistaní nos trasladó hasta el Zleeep Hotel, junto al aeropuerto. El nombre del hotel muy apropiado. Es uno de los hoteles más básicos que recuerdo haber visitado en mi vida. La decoración, tipo Ikea, debe ser habitual en los países nórdicos. Pero aquí la habían llevado al extremo, y en mis diez metros cuadrados tenía cama, tele, mesa despacho y baño con ducha. ¿Qué más se puede pedir?

Sueño reparador y en pie de nuevo para coger el vuelo a tierras groenlandesas. Otro taxista pakistaní nos lleva al aeropuerto. Pregunta obligada: ¿serán todos los pakistaníes taxistas? O, ¿habrá quedado algún taxista en Pakistán?

Esta vez volamos con Air Greenland. En el mostrador de facturación la azafata que nos atiende es una monísima danesa, pero parece que no se ha levantado con buen pie. Me obliga a facturar mi mochila, a pesar de que no excede de las dimensiones reglamentarias. Ello implica un exceso de equipaje que hay que pagar. ¡Empezamos bien!

El vuelo de Air Greenland sale a las 9:15, y tiene una duración de cuatro horas. Contando con las cuatro horas de diferencia horaria, resulta que aterrizas casi a la misma hora que has despegado: las 9:45.

En Kangerlussuaq

Estamos en Kangerlussuaq. Este nombre groenlandés significa Gran Fiordo, y hace obviamente referencia al fiordo en cuya orilla se levanta la población que nos dará cobijo durante una semana. Los 522 habitantes de este enclave disfrutan del mayor aeropuerto de toda Groenlandia. Quizá sean vestigios de la base militar estadounidense que durante muchos años fue el referente en este punto de la geografía groenlandesa.


El perro groenlandés puede aguantar una semana sin comer, y para beber ingiere nieve. Duerme acurrucado en un hoyo que él mismo hace, y de esta forma soporta temperaturas que por la noche alcanzan los -60º C en invierno

Nada más salir del avión recibimos la bienvenida ártica: -25ºC. No está mal. Y eso que dicen que la temperatura ha estado subiendo los últimos días. Corremos hacia la terminal para ponernos a cubierto. Recogemos las maletas. Somos casi los únicos, pues a pesar de que el vuelo va lleno, todo el pasaje ha seguido para Nuuk, la capital.

Salimos al exterior en busca de nuestros anfitriones. Y ahí están Jan y Johanne.

Jan es danés, de mediana edad, con ojos azules y barba muy apropiada para el frío. Ha sido mi contacto durante los últimos meses a través del correo electrónico y el teléfono.

Johanne es inuit, algo más joven que él, y tiene la cara quemada por el sol que le ha estado acompañando en estos meses dedicados a la caza para carne. Se aprecian en su mejilla izquierda las marcas de unas quemaduras por congelación.

Me hace gracia ver cómo en esta pareja los papeles de cada uno están invertidos respecto a lo que sería habitual.

Rápidamente nos trasladamos en el 4x4 hacia nuestro alojamiento. Es un modesto hotel donde está alojado todo el equipo de Johanne: el hotel Tuttu Reindeer Inn.

Las reducidas dimensiones de esta población llaman poderosamente mi atención, aunque en realidad no sé por qué me sorprendo: Groenlandia tiene aproximadamente 57.000 habitantes. Este dato unido al de su superficie (2.000.000 km²) da una de las densidades poblacionales más bajas del mundo. Con tan poca gente no hacen falta grandes urbes.


Estamos en Kangerlussuaq. Este nombre en groenlandés significa Gran Fiordo, y hace obviamente referencia al fiordo en cuya orilla se levanta la población que nos dará cobijo durante una semana. Los 522 habitantes de este enclave disfrutan del mayor aeropuerto de toda Groenlandia

También llama mi atención el colorido que presentan todas las edificaciones. Pero esta circunstancia tiene otra explicación muy lógica: cualquier referencia de color es fundamental para no perderse en mitad de este blanco desierto de nieve y hielo. De ahí que los aviones de Air Greenland sean de un rojo encendido, para poder ser descubiertos lo antes posible en caso de accidente. Además, los vivos colores de las fachadas ayudan mucho a diferenciar un edificio de otro, pues la arquitectura en forma de barracón es exactamente la misma para todas las construcciones. Nuestro hotel es de un amarillo limón inconfundible.

La calefacción funciona estupendamente (fundamental), y enseguida nos indican la habitación que compartiremos Moisés y yo. Vuelve a ponerse de manifiesto el gusto nórdico en la decoración: dos camas, dos sillas, una mesa y un armario. Más básico imposible. La zona de baños está aparte, al principio del pasillo. Afortunadamente para nosotros, más tarde comprobaríamos que éramos los únicos huéspedes de ese ala del edificio, por lo que los baños estuvieron prácticamente a nuestra entera disposición durante toda la estancia.

Inmediatamente subimos a la planta superior del hotel donde Johanne y su equipo tienen instalado su cuartel general. Nos ofrecen un desayuno-almuerzo a base de salmón en salazón con cebolla y sumergido en agua con vinagre, de evidente influencia inuit. El aspecto no invita, pero el sabor es extraordinario. ¡Hay que abrirse a nuevas culturas!

Rápidamente nos ponemos manos a la obra. Hay que decidir cuál será el plan de acción. El hecho de que estemos a principios de abril supone que en cualquier momento el sol hará impracticables algunas rutas de caza por causa del deshielo.

Equipo

Lo primero que hay que hacer es comprobar todo el equipo. Eso incluye ropa, armas y ‘vehículos’ de caza.

La ropa técnica que hemos comprado en Mallorca nos irá bien para otras expediciones, pero para ésta no hacía falta. Nuestros anfitriones tienen todo preparado. Trajes inuit de piel de foca que se colocan sobre nuestra ropa interior y botas sintéticas forradas, Sorel, especiales para este tipo de terreno. He de decir que no es la ropa más cómoda que he usado, y que el penetrante olor a pescado que expide llega a hacerse insoportable a veces. Pero en honor a la verdad, en ningún momento pasamos frío.

Todo ha sido muy rápido, pero acabamos de conseguir lo que veníamos buscando: dos excelentes ejemplares de buey almizclero

Con respecto a las armas, en esta ocasión hemos viajado sin ellas. Tenemos a nuestra disposición un Tikka sintético del calibre 6,5x55 y un Parker Hale del calibre .30-06. Los calibres son más que suficientes, pues el almizclero es un animal que acusa mucho el disparo. Las ópticas aceptables.

Vestidos de inuit nos dirigimos con Jan y Little Johanne (una de las ayudantes de Johanne, homónima de la jefa) a probar los rifles. No tardamos en encontrar el lugar adecuado. A unos centenares de metros de Kangerlussuaq estamos en mitad de la nada, con la inmensidad blanca como único testigo. Tras una serie de disparos y alguna  que otra corrección comprobamos en la diana que nuestras armas funcionan. Ya sólo nos queda dar con el hirsuto objetivo de esta historia.

A pesar de que solamente son las cuatro de la tarde, nuestra jornada se alarga ya más de la cuenta dado que amanecimos mucho antes en Copenhague. Eso unido a las pocas horas de sueño en la capital danesa hace que el cansancio se apodere de nosotros.

Moisés pide una tregua, y mientras yo voy a chequear nuestros vehículos, él se entrega, en brazos de Morfeo, a nuestra tan española siesta.

Con Jan y Little Johanne me encamino hacia el puerto del Søndre Strømfjord (el Gran Fiordo), a comprobar nuestros vehículos. Nada más llegar me doy cuenta de lo diferente que este mundo es al nuestro. Allí están, ansiosas por ponerse en marcha, varias decenas de perros groenlandeses. Serán los motores de los trineos que deberán llevarnos al encuentro con la bestia soñada.

El motor del trineo

El aspecto del perro groenlandés recuerda al siberian husky o al alaskan malamute. Pero los locales hablan de la diferencia abismal que existe entre aquéllas y ésta razas. El perro groenlandés puede aguantar una semana sin comer en este territorio inhóspito, y para beber ingiere nieve.

Duerme acurrucado en un hoyo que él mismo hace sobre el terreno, y de esta forma soporta temperaturas que de noche alcanzan los -60ºC en invierno. Es realmente un prodigio de la naturaleza y un claro ejemplo de adaptación al medio. Por eso la importación de otras razas de perros está terminantemente prohibida.

Las distancias en Groenlandia se miden en sinik, en «sueños», en el número de pernoctas que dura un viaje

Comprobamos que todos están en perfectas condiciones a excepción de uno que presenta un profundo corte en la almohadilla de una de sus patas traseras. El hielo actúa como cristal y este tipo de situaciones se repiten con cierta frecuencia. Aplicamos una tintura de yodo sobre la herida para favorecer la cicatrización. Ya sólo nos queda darles su ración de pienso y carne de foca. Es importante que estén fuertes para mañana cuando salgamos en nuestra primera visita de reconocimiento del cazadero.

Antes de retirarnos saludo a Abel y a Hendrik, dos de los cazadores inuit del equipo de Johanne. Tienen la cara quemada por el sol. Ellos nos ayudarán en la aventura de conseguir el almizclero.

De camino al hotel voy pensando lo dura que debe ser la vida aquí. Mientras, contemplo en silencio el espectáculo que supone la sola visión del casquete polar, a pocos kilómetros de nuestro alojamiento.

Nada más entrar en la habitación caigo rendido en mi cama. Moisés duerme en la suya, y ya no despertaremos hasta la mañana siguiente.

De lagópodos

Amanece en Groenlandia. En realidad casi no anochece. Pronto volverá el sol de medianoche, fenómeno que coincide con el solsticio de verano, y en el que el sol no se pone y es visible las 24 horas del día.

En cualquier caso, tras el desayuno, y acompañados nuevamente por Jan y Little Johanne, nos dirigimos al puerto para preparar el trineo. Hoy saldremos a reconocer uno de los cazaderos, y aprovecharemos para tirar algún lagópodo (conocido como perdiz nival, aunque no se trate exactamente de una perdiz).


El sonido del hielo quebrándose nos sorprende, pero sobretodo nos preocupa. Los pocos caribúes que obsevamos están desmogados. No saben la suerte que tienen

Deslizarse sobre las aguas heladas del fiordo con un trineo tirado por una docena de perros es una experiencia sobrecogedora. El sol brilla con fuerza, y en algún punto se observan ya filtraciones de agua.

El sonido del hielo quebrándose nos sorprende, pero sobretodo nos preocupa. Parece que las predicciones de nuestros profesionales se cumplen.

De repente el primer lagópodo. Bajamos del  trineo y nos acercamos hasta donde se ha posado. Curiosamente es más blanco que la nieve, tal como nos había advertido Jan. Una plana AYA y una superpuesta Lanber son nuestras aliadas.

En este primer lance me hago con un ejemplar, que transportaré celosamente hasta España para naturalizar. Es un animal precioso, completamente blanco, con las patas emplumadas y una franja roja sobre los ojos.

Durante la jornada Moisés se hace con un precioso doblete de lagópodos, y tenemos nuestro primer encuentro con los almizcleros. Lejos de aparecer en las heladas llanuras del fiordo, están desde hace rato vigilando nuestros movimientos desde una atalaya, a casi 400 metros de distancia.

El buey almizclero (Ovibos moschatus) es una especie de mamífero artiodáctilo de la familia de los bóvidos. A pesar de su fuerte parecido externo con los bovinos, pertenece a la subfamilia Caprinae, la misma en la que se incluyen las cabras. El apelativo de almizclero proviene de una serie de glándulas secretoras que presentan los machos y funcionan durante la época de celo, y que emanan un fuerte olor a almizcle.

Puede alcanzar hasta 2,5 metros de longitud y 1,5 de altura en la cruz, así como un peso de 400 kilos. El cuerpo es robusto y compacto, y está recubierto de una capa doble de pelo formado por un pelaje interno, más denso y corto, y otro externo, largo, lanoso y de color castaño oscuro, que le llega hasta la mitad de las patas y se muda poco antes de que comience el invierno.

Este manto le ayuda a hacer frente a los fríos polares típicos de la tundra de donde es originario. Los ejemplares adultos pueden llegar a vivir unos 25 años. Los cuernos están presentes en ambos sexos, aunque en el caso de las hembras están menos desarrollados.

Los bueyes almizcleros son animales sociales que forman manadas mixtas numerosas. Tienen un sentimiento gregario muy desarrollado, y reaccionan con gran agresividad cuando se ataca a sus crías.

Cuando les toca defenderse de sus depredadores los animales adultos forman en círculo, con los cuernos hacia fuera, mientras los individuos jóvenes se protegen en su interior. El círculo va rotando poco a poco con el fin de que no sean siempre los mismos ejemplares quienes hagan frente al acoso de los atacantes.

La jornada transcurre sin más novedades. Unas liebres polares y un zorro ártico a lo lejos son el bagaje de una maravillosa jornada de trineo.

De vuelta a Kangerlussuaq nos decidimos a dar una vuelta por el pueblo, y acabamos en la única pizzería en kilómetros a la redonda, regentada por un turco. Luego visita a la bolera y al pub, y vuelta a dormir aunque no acabe de hacerse de noche.

Tercer día en Groenlandia, y hoy toca visitar los diferentes alojamientos a los que pueden optar mis futuros clientes, así como el principal cazadero de caribú. Los pocos ejemplares que divisamos están desmogados. No saben la suerte que tienen. Por la noche visita al museo local, y más cura de sueño.

El gran día

Y por fin llega el día fijado para la caza del almizclero. Abel y Hendrik han salido temprano para buscar los pasos hacia el mayor de los lagos de la zona, donde esperamos encontrar algún buen trofeo.

Parece que el buen tiempo que hemos tenido desde nuestra llegada no ha hecho más que complicar las cosas. Nos confirman que es muy peligroso llegar con los trineos hasta el lago, de tal forma que vamos a intentar el acceso con motos de nieve. El grupo está compuesto por Jan, Johanne, Abel, Hendrik, Moisés y yo mismo.

Empezamos el ascenso hacia el lago. No llevamos media hora cuando divisamos el primer grupo de bueyes. Inmediatamente bajamos de las motos, y nos preparamos para hacer la entrada. El terreno ondulado será de gran ayuda para la aproximación final.

El único problema es el viento racheado que no hace más que rolar. Cuando, tras dar una vuelta considerable para entrar con el aire de cara, tenemos nuevamente contacto visual con los animales, estos ya nos han venteado y han puesto tierra de por medio.

Iniciamos la persecución a pie, embutidos en los trajes de piel de foca, con la nieve (en ocasiones hasta la rodilla) dificultando nuestra marcha. Tras hora y media de persecución decidimos que no hay posibilidad alguna de sorprender a este grupo que, desconfiado, nos vigila desde la distancia. Es una lástima, puesto que el grupo incluía dos machos de monumental trofeo. Vuelta a por las motos, y reiniciamos la marcha, ahora ya deslizándonos sobre la superficie del lago. Son 40 kilómetros de punta a punta, lo que significa mucho terreno a batir.

Vamos escudriñando la orilla oriental del lago con los prismáticos. De repente un ejemplar sobre una de las colinas. Hace rato que nos ha divisado, y permanece inmóvil esperando nuestra reacción. Nos separa casi un kilómetro, que salvamos rápidamente con la moto.

Un doblete

El almizclero ha desaparecido detrás de la colina. Al llegar al pie de la misma yo ya me he desprendido del casco, el pasamontañas y la chaqueta de piel de foca. Esta vez quiero ir más ligero si hay que volver a perseguir al bicho.

La moto de Moisés aún no ha llegado, así que aunque hemos acordado que él tirará primero, subo como una exhalación la loma acompañado de Hendrik.

Al llegar arriba, ni rastro del animal. Parece mentira que pueda desaparecer con esa facilidad una criatura de 400 kilos. Decidimos subir la siguiente loma, y al coronarla descubrimos dos machos de imponente trofeo al otro lado. Uno de ellos es realmente excepcional, muy viejo y corpulento.

Preparo el rifle por si deciden salir corriendo, pero están tranquilos. No nos han visto, y piensan que están a salvo. Esperaremos a que llegue el resto del equipo.Al poco llega Moisés con Johanne. Lleva el rifle en la mano. Hendrik y Johanne me confirman que el más viejo es el de la derecha. Tomo la distancia: 120 metros.

Le pido a Moisés que asegure el tiro esperando a que el animal dé su flanco: «¡No le tires a la cabeza!». Acordamos que si hay oportunidad, yo intentaré tirar luego el segundo. El animal gira, y nos ofrece el costado derecho, pero no se está quieto. Ahora se ha puesto de culo, y empieza a subir la ladera de la montaña. Hay que actuar con rapidez.

Como si de una cabra se tratara, en un segundo se encarama sobre unas rocas, y ahora sí nos da el flanco izquierdo quedándose inmóvil. Es el momento que Moisés está esperando.

Dispara, y el dichoso clic se erige en protagonista no deseado de la escena. No había cargado. Acerroja nuevamente el rifle, y ahora sí el disparo retumba como si se hubiera quebrado todo el hielo del Ártico. El animal acusa el disparo, y rápidamente Moisés dobla para asegurar. La bestia cae.

Su compañero no sabe qué pasa. No nos ha visto, y parece no querer abandonar al macho dominante. Esa será su perdición. Lo tengo de cara, y Johanne me insiste en que no le tire a la cabeza.

En realidad es un tiro que me apetece mucho, pero reconozco que la munición que llevo no es adecuada, y seguramente lastimará el trofeo. Espero a que se gire, y en cuanto me da su flanco derecho aprieto el gatillo.

A juzgar por la reacción el disparo le ha partido el corazón. El animal está muerto, pero se resiste a caer. Me piden que doble el tiro, cosa que hago. Y aún disparo otra vez, cayendo finalmente a plomo.

Todo ha sido muy rápido, pero acabamos de conseguir lo que veníamos buscando: dos magníficos ejemplares de buey almizclero en pleno invierno ártico groenlandés.

Nos abrazamos todos. El olor a foca sabe a gloria en estos momentos.

Sesión de fotos inacabable, y la satisfacción del deber cumplido.

Volvemos al hotel, y al día siguiente cena de despedida de nuestros anfitriones en el restaurante del Rowing Club.

Nos quedan tres días en Kangerlussuaq. Una eternidad, sabiendo que no hay nada que hacer. Afortunadamente la tripulación española de un jet privado que ha aterrizado en este punto perdido del planeta será nuestra salvación para las jornadas que restan.

No sólo suponen un aliciente como compañía, sino que nos cuidan y nos preparan una magnífica cena española con delicatessen nacionales que transportan en su jet para clientes vip.

Sin embargo, estoy ya deseando volver a casa y contar mi historia.

Y, sobre todo, agradecer a Dioni que me haya metido en esta aventura. Ahora sólo queda esperar a la próxima.

Por César Rosselló
www.desafari.es

 

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