El Ibex del Pamir, diablo de las cumbres

El Ibex del Pamir, o Mid-Asian Ibex, el más grande de todas las especies de Ibex existentes en el mundo, pudiendo sobrepasar los 150 kilos, era nuestro objetivo. Perfectamente adaptados a este inhóspito entorno, son unos estupendos escaladores, encontrando en las montañas más inaccesibles su refugio y hábitat preferido, ya que allí se defienden mejor de sus dos principales depredadores: el lobo y el leopardo de las nieves.

Alberto Aníbal-Álvarez | 19/05/2009

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Su cuerpo musculoso, sus patas cortas y robustas le permiten acceder a sitios a los que los demás no pueden. Su perilla negra y su espectacular cornamenta, que puede sobrepasar los 130 cm., le otorgan al Ibex su aspecto de diablo de las cumbres.

Con una temperatura de unos 25° bajo cero, el tiempo parecía que no transcurría y los pies no los sentía

Era el octavo día de estancia en el Pamir, cuando iniciamos la caza del lbex, ya que antes habíamos dedicado seis días a la caza del Marco Polo, como reflejamos en el pasado número de Federcaza. Con los bártulos necesarios para pasar varios días fuera del campamento base, nos dirigimos a caballo hacia lo que sería nuestro nuevo campamento. El viaje fue largo y cansado, sobre todo para nuestras posaderas, pues tuvimos que aguantar una larguísima jornada montados a lomo de un caballo, no siendo nada fácil, pues además de no estar acostumbrados, pasamos por algunos sitios muy complicados, en los que daba pavor pensar lo que sucedería si el caballo tropezase. Los pobres eran de lo más dócil e iban cargados hasta los corvejones, además de llevarnos a uno de nosotros había que sumar el equipo y la comida para varios días. La verdad es que no desfallecieron en ningún momento.


Segundo Ibex cazado por Jaime.

Tras más de diez horas llegamos a lo que sería nuestro campamento. Dos pequeñas cabañas lo constituían, austero a no más poder. Una de ellas con un solo jergón, donde dormíamos los tres, mi hijo Jaime, Alberto Gil y yo. Otra cabaña servía de comedor, a la vez que dormitorio para los guías. Nada más llegar encendimos las estufas, pues aunque este campamento estaba algo más bajo que el de los Marco Polo, aún estábamos a casi 4.000 metros y al llegar la noche ya estábamos a -10° C.

Al poco de llegar al campamento los guías de caza desaparecieron, quedándonos tan sólo con el personal tayiko. Nos dimos una vuelta por los alrededores para ir familiarizándonos con la zona. El paisaje era agreste, con duras paredes de piedra y fuertes cortados, donde parecía difícil cazar. Casi al ser de noche llegaron los guías, que habían salido para intentar localizar algún grupo de Ibex, y parece ser que los habían visto, por lo que estaban contentos y confiados en el resultado.

Durante la cena, celebrada a la luz de unas míseras velas, Yuri, nuestro guía ruso, nos contó el plan de caza para el día siguiente. Los Ibex bajan a comer con las primeras luces del día a los valles, permanecen un par de horas pastando y a eso de las diez de la mañana retornan a las alturas, donde permanecen dormitando hasta más o menos las cuatro de la tarde que comienzan a bajar otra vez a comer. Antes de ser de noche vuelven a subir a la montaña y se tumban para pasar la noche. Como veréis, un continuo subir y bajar. Dado que el terreno en la parte baja está muy limpio y carece de casi elementos con los que taparse en el acercamiento, la mayoría de las veces es sumamente complicado, pues los Ibex te localizan a una distancia increíble.

La idea era madrugar mucho y antes de ser de día situarse cerca de los ibex. Para ello es imprescindible haberles tenido localizados a última hora de la tarde y ver dónde se tumban a pasar la noche. Parece ser que durante la noche, aunque oigan algún ruido les cuesta mucho levantarse y huir. Una vez en el sitio, se espera hasta que se haga de día y con suerte estarás a distancia de tiro de los lbex.

La primera noche

Fue complicado dormir, primero porque a las 7 de la tarde ya estábamos metidos en el saco, costándome mucho trabajo conciliar el sueño a una hora tan temprana, a pesar de lo cansado que estaba después de todo el día a caballo, y segundo y más importante, porque una legión de ratones pululaban por la cabaña, llegando en más de una ocasión a meterse dentro de los sacos. Cuando el cansancio ya te podía y lograbas dormirte, te despertaba la carrera de algún ratón que pasaba por tu cara. Su descaro era tal que incluso en pleno día corrían por la cabaña sin ningún miramiento.


Alberto Gil, yo y mi hijo Jaime.

A las tres en punto de la madrugada, Yuri nos despertó, tomamos un té con unas pastas y nos dispusimos a subir a la montaña. La temperatura era gélida, mi termómetro marcaba tan sólo hasta los 20° bajo cero y hacía rato que ya estaba anclado en esa temperatura, por lo que yo creo que podríamos estar a -25°C. Nada más salir de la cabaña nos encontramos con el primer escollo, cruzar el río. Aunque estaba helado, no te podías fiar, pues en la zona central se podía romper el hielo y de noche y con esa temperatura podía ser catastrófico, por lo que avanzamos con sumo cuidado. Una vez que hubimos cruzado, comenzamos a subir. A pesar de la temperatura no sentías frío. Lo malo era cuando parabas algún rato a reponer fuerzas. El viento helado te sacudía con fuerza, por lo que pronto reanudábamos a marcha. Tras más de tres horas, por fin llegamos al sitio en el que Yuri quería esperar  al amanecer, Se trataba de una pequeña piedra en la que casi no cabíamos los cuatro, Yuri, Ubait, mi hijo Jaime y yo. Quitamos la nieve que había en el suelo, pusimos un plástico y comenzamos a esperar a que amaneciese. Las dos horas que pasamos a continuación han sido las peores de mi vida, sin poderte mover en absoluto y con una temperatura de unos 25° bajo cero, el tiempo parecía que no transcurría. Los pies no los sentía y el cuerpo poco a poco se iba entumeciendo. Hubo momentos en los que estuve a punto de tirar la toalla y levantarme, primero por mí, pero sobre todo por mi hijo de 19 años, que estaba aterido, teniendo incluso que poner sus pies bajo mi anorak para que se calentara algo.

Avistamos los ibex

El ibex era precioso, 117 cm. En el cuerno derecho y 119 cm. En el cuerno izquierdo

Pero todo en la vida tiene su fin. Llegaron las primeras luces, pudiendo avistar el grupo de Ibex, la emoción mitigó en gran parte el frío. Dos de ellos destacaban por su trofeo.

Permanecieron tumbados un buen rato, hasta que las hembras se pusieron en marcha, siendo los dos machos buenos los últimos en levantarse. Pero la suerte no nos sonrió y en vez de dirigirse hacia nosotros, como habían hecho la tarde anterior, se fueron en dirección contraria. Yuri, lejos de ponerse nervioso, nos comentó que esperaríamos un poco a perderlos de vista y luego cogiendo altura intentaríamos ponernos a tiro. Fue toda una alegría cuando nos dijo de levantarnos, estábamos entumecidos y movernos nos vino fenomenal. Seguimos el plan de Yuri y logramos acercarnos al grupo, después de hacer escalada libre, hasta el punto que en alguna ocasión me negué a pasar por donde quería el guía, perder un pie hubiera supuesto una grave caída, prefiriendo dar un pequeño rodeo. Pastaban tranquilamente sin haber detectado nuestra presencia.


En una de las salidas me hice con este precioso zorro.

Hacía muchos meses que le había prometido a Jaime que si aprobaba con nota suficiente para hacer la carrera que había elegido, le dejaría cazar un Ibex. Cuando todavía estábamos a unos 350 metros, le di el rifle, le deseé suerte y me quedé esperando acontecimientos. Yo creo que la caza hay que vivirla por uno mismo y si yo le hubiera acompañado en el lance final a buen seguro, no lo hubiese disfrutado de la misma forma, aunque también estoy seguro que el resultado podría haber sido otro. Acompañado por Yuri, Jaime llegó hasta unos 240 metros del animal, no siendo posible acercarse más, buscó un apoyo y aconsejado por Yuri disparó al Ibex que parecía mejor. Hasta tres tiros realizó, todos ellos con el mismo resultado: no le tocó un pelo. Cuando me acerqué con incertidumbre no tuve más que ver sus caras, Jaime estaba desolado, no se explicaba cómo lo había fallado. Me comentó que lo había apuntado perfectamente y que lo había tirado muy tranquilo, mostrándome en donde se había apoyado, y éste fue su error, pues se puso en el suelo extendiendo las patas del apoyo Harris que llevo en el rifle en una posición bastante incómoda, que le obligaba a bajar mucho la cara para apuntar, se tenía que haber buscado un sitio en donde estuviese más cómodo, pues a 240 metros el mínimo desvío supone fallar el objetivo. Le dije que no se preocupase, que nos quedaban muchos días de caza y que a buen seguro volvería a presentarse la oportunidad.

Compás de espera

Todo estaba saliendo a pedir de boca, cuando un águila de unas medidas colosales voló a baja altura sobre los ibex que estbaan más bajos y los ahuyentó

Dimos por terminada la jornada de caza, pues en estas montañas hay poca densidad de animales y resulta absurdo el ponerse a andar a lo tonto sin tener algo localizado. Regresamos al campamento y nos tomamos un estupendo caldo que nos reconfortó. Por la tarde, Yuri se marchó otra vez a otear. Jaime y yo hicimos lo mismo, subiéndonos a un pico bastante alto, desde el que se dominaba mucho terreno. Ayudados por el catalejo, localizamos un grupo de Ibex tumbados en un roquedal. Dentro del grupo parecía que había uno que destacaba sobre los demás, pero hasta que no se levantaron y comenzaron a bajar no lo pudimos ver bien. A pesar de que estaban muy lejos, unos 2.000 m. con el catalejo a 60 aumentos se le veía una cuerna formidable, siendo bastante mejor que el resto del grupo. Estuvimos siguiéndolo toda la tarde, hasta que ya casi de noche se tumbó al abrigo de unas rocas. Cuando llegamos a la cabaña, ya de noche cerrada, Yuri nos comentó que había visto un grupo donde había uno muy bueno, resultó que había visto el mismo grupo que nosotros, confirmando nuestras sospechas de que había uno francamente bueno, por lo que sin dudarlo intentaríamos ir a por él al día siguiente.


Protegidos detrás de unas rocas esperábamos el amanecer.

A las tres de la mañana estábamos tomándonos el té. Cruzar el río helado fue tan complicado como en ocasiones anteriores, pero la subida, aunque dura, fue relativamente sencilla y tras varias horas llegamos hasta el lugar elegido, todavía de noche cerrada. Aprendida la lección del frío pasado el día anterior, nos subimos los sacos y nada más llegar nos metimos hasta la cintura, esperando a que amaneciese. Al amanecer descubrimos a los Ibex justo en el mismo lugar que les habíamos visto tumbarse la tarde anterior, un poco largos, pero a nada que comenzasen a bajar les podríamos tirar perfectamente. Tardaron casi una hora en ponerse en marcha, los primeros en hacerlo fueron un par de machos jóvenes que bajaban confiados en nuestra dirección. El macho bueno permaneció tumbado un buen rato más. Cuando se levantó pudimos comprobar lo grande que era, Yuri calculó que tendría cerca de los 120 cm. con una cuerna que en su curva bajaba claramente por debajo del lomo. Comenzó a descender sin prisa, con parsimonia.

Parecía que todo estaba saliendo a pedir de boca, cuando un águila de unas medidas colosales hizo una pasada a baja altura sobre los Ibex que estaban más bajos, los más jóvenes. Fue ver al águila y salir corriendo a toda velocidad hacia las rocas, ganando una gran altura en pocos segundos, y lo que es peor arrastrando al macho bueno. Desapareció en un instante, sin darnos la mínima posibilidad. Yuri nos comentó que si bien el águila a los Ibex adultos no les puede hacer nada, a las crías las ataca con asiduidad, por lo que desde pequeño le tienen un pánico tremendo, que con los años se va perdiendo, pero que los jóvenes todavía mantienen. Al espantarse éstos y salir corriendo, los adultos, seguramente sin saber muy bien qué es lo que ocurre, corren por puro instinto. La decepción fue grande, pues parecía que hoy lo íbamos a conseguir, pero habría que seguir intentándolo en días sucesivos. Ese día el que sí tuvo suerte fue Alberto Gil, que cazó un precioso Ibex después de una dura jornada de caza.

Mal tiempo y...


lbex cazado por Alberto Gil.

Los dos días siguientes fueron unas jornadas de caza durísimas, el tiempo empeoró de tal forma que era casi imposible salir. En muchos momentos, la nieve que caía en grandes copos imposibilitaba la visión más allá de los 20-30 metros, pero aun así lo intentamos, pero sin ningún resultado, ni siquiera fuimos capaces de ver alguna hembra. El quinto día el tiempo mejoró, pero el resultado fue el mismo, no vimos nada por lo que al mediodía estábamos comiendo en la cabaña. Después de comer, Yuri volvió a irse a intentar localizar algún Ibex y regresó con la noticia de que había visto el grupo del macho bueno, lo que nos llenó de alegría y nos levantó la moral. Al día siguiente iríamos tras él. Pasé una noche horrible, con muchos escalofríos y fiebre, por lo que decidí no subir, pues no sería más que un estorbo. Era la última oportunidad, pues al día siguiente teníamos que regresar al campamento base. Jaime, Yuri y Ubait no se lo pensaron y se fueron temprano. No me levanté hasta casi las diez de la mañana, me encontraba bastante mejor, por lo que tras tomarme un par de tazas de té me subí un rato a un cerrete desde donde intenté localizarlos con el catalejo, pero no lo conseguí. A eso de las dos de la tarde oí un disparo lejano, tan sólo uno, quería pensar que era una buena señal, y rogué para que así fuese. Al cabo de un par de horas los vi bajar. A pesar de la gran distancia que nos separaba, se veía perfectamente que Ubait en su espalda traía un estupendo lbex, que sobresalía bastante del morral. Mi alegría fue tremenda.

Cuando llegaron al campamento. totalmente destrozados, pero pletóricos, me explicaron lo ocurrido. Cuando se hizo de día, los Ibex no estaban donde debían estar, viendo las huellas de una pareja de lobos que los había importunado durante la noche, y los habían desplazado montaña arriba. Yuri, viendo la dirección de las huellas en la nieve, decidió intentar seguirles, pues se introducían en una garganta cuya salida por la parte superior era muy complicada por la cantidad de nieve acumulada. Tras dos horas de subir por unos sitios casi imposibles, dieron cara a la garganta, localizando a los Ibex tumbados en medio de la nieve a más de 600 m. Eran casi las diez de la mañana y el acercamiento, imposible sin ser vistos, por lo que decidieron sentarse y esperar a que por la tarde bajasen al valle. Sentados tras la protección de unas piedras, estaban tomando un té, cuando un pequeño desprendimiento de nieve en lo alto de la montaña hizo levantarse a los Ibex. Por precaución o temor, decidieron descender lentamente buscando un nuevo lugar en donde tumbarse, acercándose lo suficiente como para que Jaime, esta vez perfectamente apoyado, abatiese al mejor macho que había en el grupo. El Ibex era precioso, 117 cm. en el cuerno derecho y 119 cm. en el cuerno izquierdo, estaba pletórico de alegría. La verdad es que lo había trabajado y la perseverancia le correspondió. Esa noche lo celebramos tomándonos el último trozo de chocolate que nos quedaba.

De recogida


Ubait con el Ibex que cazó Jaime.

A la mañana siguiente, recogimos las cosas y montados a lomos de los caballos regresamos al campamento base. Allí las noticias no fueron muy alentadoras, pues parecía casi seguro que el mal tiempo impediría que el helicóptero nos viniese a buscar. Era nuestro decimocuarto día de estancia en el Pamir y se suponía que sería el último, pero cuando me levanté y pregunté a Sergey cuando vendría el helicóptero me respondió con un lacónico «maybe tomorrow», por lo que dedicamos el día a descansar y a contarnos batallitas con los cazadores daneses con los que compartíamos el campamento. Un día de retraso no importaba. Pero las cosas no cambiaron en muchos días y el «maybe tomorrow» se hizo repetitivo. Veintidós días y el helicóptero sin aparecer. Lo peor es que los alimentos empezaban a escasear y el carbón, único combustible existente para las estufas, comenzó a restringirse, hasta el punto de que sólo se encendían un rato por la noche, excepto la del comedor que se ponía muy flojita, siendo allí precisamente donde nos reuníamos todos para no quedarnos helados. Los únicos que aprovechamos un poco esa situación fuimos Jaime y yo, pues dado que no nos venían a recoger salíamos todas las mañanas a cazar. A eso de las nueve, nos confirmaban que el helicóptero no vendría y entonces nos preparábamos con todo el equipo y nos íbamos a dar una vuelta. El problema era que los primeros Ibex estaban bastante lejos del campamento, por lo que su caza era complicada y agotadora, teniendo tan sólo la oportunidad de cortarlos cuando bajasen por la tarde a comer a la parte baja del valle. El regreso, totalmente de noche, siempre era bastante penoso, pero no había otra solución. En una de estas salidas vimos un par de lobos bastante lejos. Disfrutamos un buen rato hasta que los perdimos de vista. Otro día me hice con un zorro, tenía una piel preciosa, siendo muy semejantes en tamaño y color a los que tenemos en España.

Vigésimo quinto día

Lo peor es que los alimentos empezaban a escasear y el carbón, único combustible existente para las estufas, comenzó a restringirse

La situación era preocupante. Las provisiones se iban acabando, la comida se reducía a carne de Ibex o Marco Polo con arroz. La estufa casi no se encendía. La temperatura por la noche en la cabaña llegaba a los 10° bajo cero, en definitiva, todos estábamos preocupados, pues no sabíamos cuándo vendrían a buscarnos. El día vigésimo octavo era viernes, de descanso para los musulmanes, por lo que Yuri no nos acompañó a cazar. Salimos con Ubait y Alesey. Decidimos separarnos, Jaime se fue con Ubait y yo me fui con Alesey a un pequeño valle en el que el día anterior habíamos visto un grupo de Ibex. Serían las tres de la tarde cuando localizamos el grupo compuesto por unos 20 individuos, se encontraban descansando en lo alto de unas piedras. Con paciencia nos fuimos acercando hasta colocarnos a distancia de tiro, unos 250 m, busqué un buen apoyo y esperamos a que todos los componentes del grupo se levantasen para valorarlos mejor. Uno a uno fuimos valorando a los machos, cinco en total, pero ninguno de ellos sobrepasaba los 80-85 cm, por lo que después de pensármelo mucho decidí no disparar. Después del que había cazado Jaime éstos eran muy mediocres.


Grupo de cazadores, cámaras y guías.

Cuando nos quisimos dar cuenta era casi de noche, por lo que regresamos. Jaime no había llegado al campamento todavía. A las diez de la noche comencé a ponerme nervioso, a las seis de la tarde es totalmente de noche. Salieron dos personas con un caballo en su busca, pues sabían perfectamente hacia donde habían ido. El tiempo pasaba y no teníamos ninguna noticia. Fueron los guías de Alberto Gil los que primero vieron las luces de las linternas en la distancia. Poco a poco se fueron acercando. El primero en llegar a las doce de la noche fue Jaime subido en el caballo. Cansado, agotado, con el frío metido en el cuerpo, pero contento pues había abatido otro lbex, no tan grande como el primero, pero muy bonito. Cuando se bajó del caballo estaba destrozado. Nos contó que a última hora localizaron un grupo que bajaba a comer, teniendo la suerte de que lo hacía en su dirección. Aguantaron hasta que se pusieron a tiro y de un buen disparo se hizo con el mejor del grupo. Se hicieron unas fotos y prepararon el animal. El trofeo a la mochila y la carne, una vez descuartizada, la enterraron en la nieve con el objeto de que los lobos no se la comieran e ir a buscarla al día siguiente. No estaba el tema como para desperdiciar nada. Todo esto ya de noche y ayudados por la luz de una pequeña linterna. El regreso, cargados con el trofeo, fue lento y penoso, pues a los casi 20° bajo cero se sumaba un aire que les daba de cara y que dificultaba la marcha, teniendo que realizar numerosas paradas. Fue toda una alegría el ver venir a los otros guías con el caballo.


Por fin llegó el helicóptero.

Al día siguiente amaneció nevando por lo que no me molesté ni en preguntar por el helicóptero, pero cual sería nuestra sorpresa cuando Sergey, aporreando la puerta, nos comunica que acababa de despegar de Dushanbe y que intentaría recogernos. A las once de la mañana la alegría se propaga por el campamento, después de 29 días, con 14 de retraso y prácticamente sin víveres ni combustible, el helicóptero llega al campamento. En pocos minutos estamos todos montados y despega, parece que el piloto no las tiene todas consigo y no quiere perder ni un minuto por si el tiempo empeora. Con una mezcla de alegría y tristeza, alegría por regresar de una vez a casa y tristeza por dejar atrás estas maravillosas montañas, hicimos el viaje de regreso hasta Dushanbe. Unas cervezas y darnos un buen baño, necesitábamos tanto lo uno como lo otro. Cuando llegué a Madrid, había perdido diez kilos y mi hijo Jaime siete. Bueno, pues a pesar de todo lo pasado ya estoy preparando la próxima salida, a esas u otras cumbres, a miles de metros de altura, en una caza extrema tan gratificante cuando se recuerda... Aunque esta vez, si puedo, sin helicóptero.

Alberto Aníbal-Alvarez

1 comentarios
19 may. 2009 18:58
PMC
Por favor, ¿Podría decirme qué calibres usan habitualmente, en estas especies?
Gracias

 

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