Tras las huellas del cob de bufón y el roan

No podía separar la mirada de sus ojos castaños, veía el color ámbar de forma clarísima. Me observaba directamente sin parpadear; sabía que era más que una simple mirada, me estaba estudiando. Mi respiración se paró en ese momento y mi pulso se aceleró. El encuentro fortuito e inesperado con aquel felino me dejó momentáneamente paralizado, y armado solamente con mi cámara me sentí... desprotegido.

Antoni Quer | 11/05/2009

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Un error en los equipajes había retrasado por unos días la llegada de las armas; por suerte al girarme tenía a mis ayudantes ya prestos con sus rifles, un .416 Rigby y un .458WM, apuntando al león que se había parado a sólo unos metros de nosotros. Un único salto le separaba de mí y no mostraba atisbo de miedo. Después de sopesar la situación durante unos segundos, giró sobre sí mismo y se alejó de nosotros sin dejar de observarnos; me dio la impresión que susurraba: «hoy no me interesas, lo dejaré para otra ocasión».

Por suerte al girarme tenía a mis ayudantes ya prestos con sus rifles, un .416 Rigby y un .458WM, apuntando al león, que se había parado a sólo unos metros de nosotros

Era febrero, la temperatura mañanera era fantástica, un poco fresca al amanecer pero ideal para cazar. Tan pronto sale el sol la temperatura aumenta hasta llegar al mediodía sobre los 37 grados, momento del día que normalmente intentaba que me pillara en la piscina del campamento o en una sombra reparadora.

Me encontraba en el sureste de Burkina Faso, en la confluencia entre Níger y Benin, perdido en medio de la nada, y cuando digo nada me refiero a la civilización. Era un milagro, obra de Noufou Campaoré, encontrar un campamento con las comodidades europeas —excelente comida y un trato exquisito— en el centro de un medio completamente salvaje y rebosante de fauna donde a menudo el cazador puede ser la presa.


Sería una gozada dedicar los últimos días a intentar recechar algún viejo macho que superara los setenta centímetros de cuerna; dicen que "haberlos haylos" y con esta esperanza nos pusimos a buscarlo.

Como muestra un botón: en las dos semanas anteriores a llegada dos cazadores profesionales del campamento, uno blanco y el otro nativo, habían sufrido gravísimas heridas en sendos accidentes cazando búfalos; los dos se habían salvado de milagro, tenían costillas rotas, perforaciones pulmonares y otras heridas. Poca broma es la caza real y menos en un medio completamente salvaje como éste, en el que no se puede tomar a la ligera ya que los errores generalmente se pagan.

Mi proyecto de cazar el búfalo a la huella se desvaneció. Cuatro dias sin mi arma me hizo replantearme la situación, optando por salir a por el roan o los cobs, que en esta zona suelen ser magníficos, al mismo tiempo que disfrutaría y exploraría la zona para la próxima visita a los búfalos.

Buscando al león 'okupa'


A pesar de que intentamos dar con el león que estaba causando destrozos en las obras del nuevo campamento, sólo pudimos dar con sus huellas.

Tan pronto llegó mi .375 H&H decidimos dar rienda suelta a nuestro nuevo proyecto.

Salimos una mañana en dirección al legendario río Pendjari, a unos cincuenta kilómetros de nuestra base, pues queríamos visitar el emplazamiento de un nuevo campamento elevado para pernoctar en cacerías largas que tenían previsto tener operativo para la próxima temporada. Hacía días que los operarios rehusaban presentarse ya que un gran león macho había tomado el campamento, destrozando todo lo que olía a humano, desde tubos de PVC a sacos de material, colchonetas, etc. Nos dieron autorización para cazarlo, ya que mientras siguieran sus correrías no había trabajador que se acercara. Al parecer su actividad en la plaza era nocturna, y a pesar de que lo intentamos varias veces no tuvimos ocasión de ponerlo en la mira; además el río que fluye hacia Benin estaba atestado de hipopótamos que dormitaban plácidamente dentro del agua, por lo que no era aconsejable pernoctar en la zona.

Un rececho con buen sabor de boca

Me pregunto por qué el león me devolvió el trofeo; especulo si es porque quiere que vuelva o si soy yo, que deseo un motivo para volver

Uno de esos días, ya de regreso al campamento, avistamos un magnífico cob de bufón macho. Con éste era el tercer rececho, pues habíamos realizado anteriormente dos infructuosos ya que no es fácil el acercamiento a estos animales. Decidimos dar un gran rodeo en medio del brouse con la finalidad de coger la poca brisa de cara que soplaba y poder acercarnos lo suficiente, eso sí, siempre acompañado de mis dos guardaespaldas armados con los .416 Rigby y .458WM detrás de mí, guardándome la retaguardia. El calor nos obligaba a beber a menudo pequeños sorbos, por lo que es aconsejable llevar entre la indumentaria un termo que mantenga el agua fresquita.


El cob de bufón huyendo tras el impacto del primer disparo.

Era ya cerca de mediodía cuando llegamos al lugar en el que habíamos avistado al antílope, pero no había ni rastro de él. Sabíamos que no podía habernos detectado, así que cogimos los prismáticos y repasamos la maleza, avanzábamos unos pasos y escudriñábamos de nuevo con las lentes. Llevábamos ya media hora con este proceso cuando en medio de unas acacias vimos asomar unos buenos cuernos: ahí teníamos a nuestro cob de bufón.

Estábamos debajo de las formaciones rocosas que rompían la monotonía de la sabana arbórea, cuyas grietas y cuevas eran utilizadas por los leopardos como refugio. Eran formaciones sumamente singulares con grandísimos peñascos en precario equilibrio, como si en épocas remotas los gigantes se hubieran empeñado en un concurso del más difícil todavía. Sabíamos que el cob macho no podría salir por detrás y que se vería forzado a salir por los lados, por lo que busqué un árbol que no fuera una acacia para apoyarme, pero no lo hallé.

Sabía que si terminaba apoyándome en una acacia lo lamentaría, pues tenía el objetivo a unos 180 metros y podía ser que al salir al claro el animal se pusiera a más de 200 metros. Tampoco podía echarme al suelo, ya que las hierbas y los posibles bichos hacen prácticamente imposible el éxito del lance, así que como última solución improvisé un trípode. Mientras el cob alcanzaba los brotes tiernos de los arbustos, con tres palos secos y una cuerda confeccionamos un artilugio que, si bien no nos atrevemos a llamar trípode, tenía tres patas y un apoyo.


Antoni Quer con los trofeos de cob de bufón y el gran roan de 74 centímetros que logró abatir el penúltimo día de safari.

Al cabo de unos minutos el ejemplar avanzó hacia el claro y antes de salir se paró como si presagiara el peligro, pero había dejado su flanco al descubierto. Craso error. Activé mi Blaser y el cob dio un salto sin caer al suelo, era una herida mortal pero no limpia y el animal podía perderse con ella en tierra de leones y leopardos, así que empezamos a correr para intentar cortarle la ventaja. A unos doscientos metros lo volvimos a encontrar de culo, prácticamente parado; un texan shoot terminó con su vida al instante. Buena caza, un magnífico cob de bufón y un excelente rececho.

Tras el roan con elefantes de por medio

Poca broma es la caza real y menos en un medio completamente salvaje como éste, en el que no se puede tomar a la ligera ya que los errores se pagan

Durante nuestros días de caza avistamos algunos rebaños de roans, unos magníficos antílopes que allí denominan cobas. Sería una gozada dedicar los últimos días a intentar recechar algún viejo macho que superara los setenta centímetros de cuerna; dicen que haberlos haylos y con esta esperanza nos pusimos a buscarlo.

Durante estas jornadas hemos estado rodeados de elefantes de forma casi permanente e incluso hemos tenido que esquivar algunas presuntas cargas de hembras con crías, algunas de ellas gracias al jeep y otras gracias a una honrosa retirada de infantería a tiempo. La gran densidad de paquidermos está afectando muy negativamente a la sabana arbórea, dejando en las zonas por las que transitan un patético cementerio de árboles; parece ser que los grupos conservacionistas presionan al Gobierno para que impida su caza, aunque supongo que a no tardar mucho la situación se hará tan evidente que se optará por la gestión.


Llevábamos ya media hora con este proceso cuando en medio de unas acacias vimos asomar unos buenos cuernos: ahí teníamos a nuestro cob de bufón.

Volvíamos al campamento el penúltimo día de caza cuando avistamos un coba o roan que podía ajustarse a los parámetros que había fijado. Con prisas bajamos del jeep y comprobamos que teníamos el objetivo demasiado lejos como para tirar, sobretodo con un .375 H&H. De normal hubiera utilizado mi cañón del .300 WM, pero como mi objetivo inicial era el búfalo sólo preparé el .375 H&H, y es que resulta imposible prever todas las variantes que Africa puede ofrecerte.

Iniciamos el clásico acercamiento calculando la brisa. Al poco tiempo, aunque ya cayendo la tarde, pudimos colocarnos a distancia de tiro —unos 180 metros— de nuestro roan, que se encontraba medio tapado por la maleza. A pesar de esa circunstancia pudimos ver que sin duda era lo que buscábamos, ya que rebasaba largamente los setenta centímetros según el cazador profesional.


Durante las jornadas de búsqueda de roans hemos estado rodeados de elefantes de forma casi permanente, e incluso hemos tenido que esquivar algunas presuntas cargas de hembras con crías.

El tiempo pasaba y no se ponía a tiro, cada vez había menos luz y el nerviosismo iba in crescendo. El temor a que la noche nos sorprendiera me hizo pensar en dejarlo de un momento a otro, pero no era fácil volver a tener otra ocasión como aquélla, así que esperé unos minutos más. Ya era técnicamente de noche y únicamente la calidad de la óptica perdonaba aquellos minutos robados cuando ¡¡¡booom!!!, el roan se había movido lo suficiente como para permitir el tiro. «Tocado, tocado» me gritó el profesional. Nos acercamos donde debía de estar pero no había ni rastro de él, y como estaba demasiado oscuro para pistear decidimos buscarlo el día siguiente, pues seguro que no estaría lejos.

Tal y como acordamos, a la mañana siguiente pisteamos la sangre hasta llegar donde algún león se había dado un festín sin dar con restos evidentes del antílope. Me sentía defraudado, abatido; un excelente roan perdido para mí. A media mañana regresamos al campamento.

Estábamos comiendo cuando uno de los pisteros se presentó con lo que quedaba del coba, prácticamente nada, pero lo suficiente para saber que era nuestro ejemplar, un magnífico macho de 74 centímetros. El pistero nos relató que mientras lo pisteaba y poco antes de encontrar al animal vio a un león dormitando a la sombra de una acacia que, si no fuera por la casualidad, me dijo que se parecía muchísimo a nuestro amigo del primer día.

Ahora, antes de tomar el avión a Mali, me pregunto por qué el león me devolvió el trofeo; especulo si es porque quiere que vuelva o si soy yo, que deseo un motivo para volver. Por poco que pueda en diciembre próximo voy a volver a este país de los hombres íntegros a visitar a mi amigo y a vivir la impresionante experiencia de cazar el búfalo a la huella.

Uagadugú, febrero de 2009.     

Antoni Quer
Fotos: Shutterstock y autor

 

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Las particularidades de los búfalos de Burkina Faso

También avistamos búfalos en dos ocasiones en medio del brouse, y aunque no pudimos distinguirlos con claridad los rebaños eran sin duda importantes. Los profesionales sólo escogen los ejemplares solitarios para pistear, ya que en los rebaños hay demasiados ojos y orejas; por el contrario los individuos solitarios suelen ser con toda seguridad ejemplares adultos o viejos, resultando una caza dura, difícil y Peligrosa. Además en Burkina Faso vive la variedad Syncerus Cafer Brachyceros, algo más ligera y agresiva que el búfalo del Cabo pero de mayor tamaño que búfalo de selva, lo que unido al medio de sabana arbustiva semi-selvática en el que se encuentra que le ofrece las máximas ventajas, convierte su caza en un reto impresionante. Los cazadores nativos profesionales están altamente cualificados y es una permanente experiencia cazar con ellos.