Tras el elefante de selva y otros relatos

Si hay, en esto de la caza, un sueño que cumplir, una meta por alcanzar o un reto por superar, también hay una palabra, mágica, en la que confluyen todos ellos: África. Y si, además, el punto de convergancia es la selva ecuatorial, las magnitudes alcanzan otras miras, otros calibres… En esta ocasión, el autor se reta, así mismo, a cumplir el castigo que las leyes mitológicas impusieron a Sísifo: volver a subir una y otra vez la piedra que rueda ladera abajo. En esta serie de tres o cuatro capítulos lo vamos a comprobar.

Antonio García Alonso | 28/04/2009

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Parafraseando a Cayo Plinio, con un desfase de casi dos mil años, «in Africa semper aliquid novi», equivaldría, más o menos, a decir que siempre nos cabe la posibilidad de encontrar en África alguna nueva aventura capaz de sorprendernos; a lo cual debería yo añadir, como coda personal, que la búsqueda de las empresas más quiméricas pueden, a veces, traducirse en decepciones, de consecuencias generalmente dolorosas y recurrentes, que te condenan, como a Sísifo en el infierno, a subir cada día la pesada piedra hasta la cima del monte para que, una vez allí, ruede de nuevo, inexorablemente, a la ladera.

La selva ecuatorial es una densa y tupida maraña de silencio, quebrantado tan sólo por el seco golpe de la panga al herir la infinita columnata vegetal

Si alguna vez he acometido un proyecto de caza con toda mi ilusión, excepción hecha del primer safari, fue el día en el que decidí ir a cazar a la selva ecuatorial africana.

La exuberante y agresiva belleza del escenario suponía un reto a mis mermadas fuerzas y todo un atractivo de enigmática carga de misterio, cuyo descubrimiento me seducía sobremanera. Y ¿qué decir de la fauna? El elefante de selva suponía el principal objetivo, por muchas razones (¡por todas!), el bongo y el sitatunga son animales difíciles de conseguir y altamente codiciados por cualquier cazador. El resto, seguía teniendo gran interés: elbúfalo rojo, el hylochère, amén de una larga lista de céphalophes, endémicos de áreas selváticas y por ende muy atractivos.


«La selva ecuatorial es una densa y tupida maraña de silencio, quebrantado tan solo por el seco golpe de la panga al herir la infinita columnata vegetal, que te aplasta y te aprisiona con todo el cruel erotismo de la madre naturaleza en su estado más salvaje».

La selva reúne  todos y cada uno de los ingredientes necesarios e imprescindibles a los que el cazador —en su instinto más primigenio y atávico— aspira, en su incesante e irracional búsqueda de aventura y emociones.

La selva ecuatorial es una densa y tupida maraña de silencio, quebrantado tan sólo por el seco golpe de la panga al herir la infinita columnata vegetal, que te aplasta y te aprisiona con todo el cruel erotismo de la madre Naturaleza en su estado más salvaje; es como si quisiera expulsar al intruso, que permanece indefenso en un medio tan hostil. La inmensa gigantez de su inexpugnable masa arbórea es de una agresividad tal que el simple hecho de poder avanzar unos pocos pasos libremente, resulta todo un logro. Al pie de la densa fronda, una espesa capa de hojas muertas encubre y oculta un terrífico entramado de lianas entrecruzadas, que abrazan un árbol con otro, y que suponen una inevitable trampa que te impide el paso franco o te hace caer, indefectiblemente, las más veces (yo, desde luego, iba al suelo con mucha más frecuencia de la que hubiera deseado; los pisteros también acababan cayendo, sobre todo, al intentar correr, asustados por la intempestiva acometida de algún que otro elefante malhumorado: a uno de ellos hubo que sacarlo con gran dedicación y esfuerzo de una planta espinosa en la que se había zambullido en su alocada carrera). Todo tu cuerpo lo sientes lacerado por  hojas largas y estrechas como serpentinas, y afiladas como cuchillas o por ramas finas como juncos y con espinas de acero. El efecto producido por las plantas urticantes está más emparentado con el de las picaduras de insectos, de los que hay tal variedad que haría las delicias de cualquier entomólogo.


«Tras la primera salida, me quedó perfectamente claro cuál debía de ser la forma de vestirse en tan inhóspito medio: todo el cuerpo cubierto (y todo, es todo): guantes, polainas, pañuelo al cuello y tela mosquitera para cubrir la cara y la cabeza; aun así, fui cruelmente penado por toda suerte de insectos».

Los ataques más agresivos, creo que los  recibí de las hormigas, aunque las arañas, garrapatas, abejas, mosquitos, nubes de moscas, orugas, sanguijuelas y un sin fin de bichos diferentes y desconocidos para mí, me dejaron también marcas duraderas, por no decir indelebles. La rica variedad de serpientes que habita la zona, nos respetó, por fortuna; tan sólo una mamba negra osó merodear por nuestro entorno y sucumbió bajo la panga de uno de los pisteros. Tras la primera salida, me quedó perfectamente claro —si bien, ya había sido advertido— cuál debía ser la forma de vestirse en tan inhóspito medio: todo el cuerpo cubierto (y todo, es todo): guantes, polainas, pañuelo al cuello y tela mosquitera para cubrir la cara y la cabeza; aun así, fui cruelmente penado por toda suerte de insectos, que siempre conseguían alcanzar su objetivo; sobre todo, las hormigas y las garrapatas, en todo el cuerpo, y las moscas, en los ojos y en las orejas. A veces, la situación se te hace insoportable; especialmente, cuando, ya muerto de cansancio, intentas hacer un alto en el adverso camino para fumar tranquilamente un cigarrillo en el minúsculo claro de un bosque secundario; en ese delicioso instante de sosiego, es cuando aparecen, como si hubieran estado esperando tu llegada, miles de moscas o de abejas, que te obligan a levantar el campo a toda prisa y a cubrirte la cara con unas determinadas hojas de buen tamaño, de las que te proveen los pigmeos, excelentes conocedores de sus efectos repelentes. Te las sujetas firmemente a la cabeza, por el pecíolo, con el ruedo del sombrero, a guisa de falda hawaiana, y puedes, así, conseguir hacerlas desistir de su implacable acoso y cruel persecución. (Los pigmeos poseen amplios conocimientos de una milenaria farmacopea, que los lleva a ir recogiendo, casi constantemente, diversas plantas curativas para todas las enfermedades que sufren. Sólo emplean su medicina natural para todos sus males, sean éstos de la naturaleza que sean).


«Cuando, ya muerto de cansancio, intentas hacer un alto en el adverso camino para fumar tranquilamente un cigarrillo en el minúsculo claro de un bosque secundario; en ese delicioso instante de sosiego, es cuando aparecen, como si hubieran estado esperando tu llegada, miles de moscas o de abejas, que te obligan a levantar el campo a toda prisa y a cubrirte la cara con unas determinadas hojas de buen tamaño».

El bosque ecuatorial (territorio-país-sin-fronteras de los pigmeos) es una enorme masa arbórea continua que  posee una exultante coloridad sempervirente. Los árboles forman masas densas, sin claros naturales, y es además muy heterogéneo en especies vegetales.

El bosque primario es el que no ha sufrido jamás la intervención del hombre. En él, las especies que durante los primeros años de su desarrollo necesitan mucha luz, son eliminadas por las que buscan o toleran la sombra en los primeros años de su vida. Árboles de crecimiento rápido sustituyen a los de crecimiento lento; el sotobosque se aclara, y los pisos de vegetación desaparecen. El bosque secundario es el que crece después de la destrucción del bosque primario por influencia del hombre. Se caracteriza por un escalonamiento en altura de la vegetación; en el suelo, crecen plantas raquíticas (auténticas trampas para el vulnerable cazador) que vegetan en una sombra perpetua, malezas, arbustos, y después un primer piso de pequeños árboles, otro de árboles medios, y, finalmente, árboles gigantescos de más de cuarenta metros de altura. Un enmarañamiento de lianas que desde el suelo trepan por los árboles y florecen a nivel del piso superior.

El campamento, a dos grados de latitud norte, casi en la línea del Ecuador, está emplazado en un claro, abierto en el corazón de un denso bosque primario, cuya herida incisa y enanchada alberga un exiguo número de cabañas de madera, con techo de paja a dos aguas: boucarou, en la terminología francófona local. Una ducha, dos escuetas letrinas recoletas y un espacioso, aunque sobrio, salón multiuso; lugar de largas charlas con Juancho y de recóndita e íntima meditación, completan el sencillo conjunto, armónicamente encuadrado en el ubérrimo paisaje. La austeridad y la sobriedad de elementos se imponen en un medio tan esplendorosamente primitivo. El holgado confort rompería el dulce encanto prístino y salvaje del entorno.


«El campamento, a dos grados de latitud norte, casi en la línea del Ecuador, está emplazado en un claro, abierto en el corazón de un denso bosque primario, cuya herida incisa y enanchada alberga un exiguo número de cabañas de madera, con techo de paja».

El vuelo Madrid-Douala, vía Casablanca, es más corto que por París, y el aeropuerto marroquí, Mohammed V, es relativamente pequeño y agradable; el personal, amabilísimo, como también lo es la tripulación de Royal Air Maroc; nada que envidiar a las grandes compañías aéreas europeas o norteamericanas, de trato más frío e impersonal; la exquisitez del menú en todas las compañías es equiparable a la de cualquier restaurante parisino, como todo el mundo sabe, con el ligero matiz diferencial del cuscús en vez de las patatas fritas.

Llegamos al Aeropuerto Internacional de Douala al filo de la media noche del día posterior a los idus de marzo. La anaerobia sala de la terminal exhalaba un tufo asfixiantemente denso y envolvente. Hacía un calor sofocantemente húmedo y untuoso, potenciado por mi pantalón de pana, irreflexiva y estúpidamente mantenido desde la fría mañana madrileña del embarque. El calor se acrecienta con el acoso de la desordenada barahúnda de espontáneos colaboradores que, a guisa de informal comité de recepción, te acosa en la sala de equipajes (todo aeropuerto africano que se precie dispone de similar personal); sin embargo, ahí estaba (siempre está) el capote de Ahmadou, el fiel y entrañable Ahmadou, presto a hacer un airoso quite para alejar al morlaco cuando mayor es el peligro y más se necesita su destreza, pisando los terrenos más difíciles sin hacerse notar, como buen peón de brega: «Pas de problème, patrón», es su habitual saludo tranquilizador. Tras recoger y acomodar en el chariot el descomunal equipaje que solemos llevar (creo que, en el fondo, pensamos quedarnos en África para siempre), nos dirige una sonriente mirada alentadora para proseguir parsimoniosamente:   «Donnez-moi vos papiers, patron, je vais tout ranger. Restez ici que je reviens tout de suite». Y así lo hace: visado de pasaporte en la Aduana, revisión de la documentación de las armas en la policía, tarea (ardua) de  cumplimentar los mil y un documentos oficiales, tan del gusto de las Administraciones africanas (papeles, papeles, papeles… creo que no leen ninguno de ellos; a veces he puesto deliberadamente datos diferentes en documentos duplicados o triplicados y nunca se han apercibido del error, al menos, jamás me han pedido una rectificación; simplemente, les encantan los papeles; el fárrago administrativo denota orden y autoridad).


«Puedes comer en restaurantes construidos a base de tablones y techo de chapa metálica ondulada, cuyo interior está plagado de moscas».

Terminadas las múltiples y complejas tareas burocrático-aeroportuarias, incluidas las obligadas propinas, que él mismo da sin pedir nada, y de la forma más natural del mundo, bajamos la escalera que lleva al parking, donde nos espera el Toyota, ya cargado, para transportarnos al Hotel Sawa o a l’Artisanat (enjambre de minúsculos puestos de venta —tres personas casi que no caben dentro— donde se encuentra todo tipo de souvenirs, desde una sencilla pulsera de conchas a figuras de marfil finamente trabajadas, o incluso tallas de animales en bronce —sobre todo leones y leopardos—, cuyo tamaño supera, a veces, al del original).

El hotel es algo antiguo, pero muy confortable. Junto a la piscina hay un restaurante en el que te muestran el pescado crudo, fresquísimo: lenguado, gambas grandes como cigalas, capitaine (me encanta el capitaine)… eliges los que quieras y te los preparan de la forma que desees; mientras tanto, te puedes refrescar en la piscina. Lo único que no me gusta del establecimiento es un recepcionista de cabeza afeitada y de carácter algo adusto y engreído. En mi último viaje, mi hijo Ramón estuvo a punto de violentarse con él y mi trabajo me costó disuadirlo para que desistiera de tan inútil empresa y mantuviera la calma; creo que el tipo es algo racista y nos tiene manía particular a los blancos pero, excepción hecha del dichoso recepcionista, es un hotel bastante agradable.

El mapa de Camerún evoca el perfil de un antílope ruano sentado en una piedra sobre sus cuartos traseros. Desde Douala, en el suroeste atlántico, hasta la frontera sureste con el Congo (Brazzaville) media una distancia que, trasladada a la escala horaria, supone unas treinta horas de recorrido en coche y unos dos días casi completos de viaje (sólo hay que descontar las necesidades mínimas de comer y dormir).

En la terminal 4 de Barajas, con la natural euforia previa a un safari, me comentaban José Luis y Ángel que el recorrido nos resultaría muy divertido (ellos ya lo conocían), puesto que atravesar todo el país de poniente a levante, por su parte más ancha, nos permitiría ir viendo paisajes, pueblos, gentes… Sólo que el adjetivo divertido parecióme, al final del trayecto, de lo menos adecuado para calificar la maraña de tortuosos caminos que te inundan el cuerpo de polvo, y el alma de cansancio. La mayor parte de ellos, que transcurren por plena selva tropical, no figuran en los mapas y, a veces, ni los propios del lugar conocen lo intrincado del recorrido que, con frecuencia, tienes que desandar para buscar otro alternativo, teniendo en cuenta a más que Nasser, el conductor del Toyota, es camerunés y conocedor del recorrido (afortunadamente, ya que de otra forma podríamos haber acabado en la costa del Océano Índico). El viaje, no obstante, aunque incómodo, lo que sí resulta es muy interesante: pasamos, en la selva, junto a poblados pigmeos, cuyas viviendas, mungulus, son una especie de iglú de elementos vegetales entrelazados, de no más de un metro de altura máxima y un pequeño acceso que sólo permite la entrada agachado. Los pigmeos son unas personas muy tímidas, con lo que tratar de entablar una mínima conversación con ellos es tarea que resulta poco menos que imposible.

Fuera de la selva te detienes en pueblos, de tan abigarrada y variopinta población como en el resto del África subsahariana, en los que puedes comer en restaurantes construidos a base de tablones y techo de chapa metálica ondulada, cuyo interior, plagado de moscas (por supuesto), suele constar de una o dos mesas largas y un banco corrido a cada lado; todo ello de madera fijada firmemente al suelo y repleta de comensales que, tan pronto te ven aparecer, dejan indefectiblemente de comer para mirarte fijamente, pero una vez satisfecha su curiosidad, te invitan sistemáticamente a compartir mesa con ellos, con una amable ingenuidad, llena de ese entrañablemente fraternal primitivismo, que la civilización europea perdió siglos ha, y del que por doquier hace gala el africano. Los locales lucen nombres grandilocuentes y el menú suele consistir en pollo y/o pescado mantenidos al calor de un infiernillo, que preside el salón, en sendos peroles; puedes pedir, como complemento, un huevo frito; en ese caso, el padre manda al hijo (siempre hay algún niño disponible), que va a recoger las últimas puestas a la trasera del establecimiento; puede ser de gallina o de pata: el precio es el mismo y la calidad similar. Todo este galimatías antropológico puede dar la impresión al lector de desencanto y rechazo frente al medio; nada más lejos de la realidad; el cazador, como veterano viajero, ampliamente curtido en esas lides, no trata más que de relatar el mero hecho, que en nada merma, sino acrecienta su admiración por el primitivo e ingenuo encanto de África.

Antonio García Alonso
garcyalonso@yahoo.es

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Tras el elefante de selva y otros relatos

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