A las perdices

Existe una especie en la cinegética española que reina con especial notoriedad entre las demás por su bravura, velocidad, mimetismo, capacidad de ocultación y belleza. ¿Qué tendrá la perdiz roja que provoca tantos miles de desvelos, trastornos y simpatías entre los cazadores de medio mundo? ¿Qué ancestrales y escondidos resortes activa con su estruendosa arrancada en la dormida genética venatoria del más apático de los humanos?

Andrés López | 18/04/2009

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Los cetreros no somos menos y desde antiguo hemos pugnado porque las alas de nuestros halcones fuesen capaces, gracias a un concienzudo y esmerado entrenamiento, de dar alcance a la más grande entre las piezas de la caza menor. Y para lograr mayor exhibición de cualidades de presas y predadores, los halconeros hemos preferido cazar a la patirroja por altanería, la más compleja de las modalidades, dejando subir a nuestros halcones en el alto cielo mientras los perros las localizan a ras de suelo en espera de poder alcanzar la increíble magia del picado que los convierte en los seres vivos más rápidos del planeta. ¿Qué mejor modo de retar a la más noble de las presas?

Los más empleados actualmente son los híbridos de gerifalte con peregrino y los peregrinos puros, aunque no son infrecuentes  ni extrañas otras especies

Nazcan en la más reseca de las estepas, en el corazón de un pardo encinar o al triste amparo de una estrecha lindera, desde el momento mismo de ver la luz y aún incluso muchos días antes, los pequeños perdigones han de aprender a eludir a marchas forzadísimas el olfato de la zorra, el agudo colmillo de la garduña, la comadreja, la gineta o el gato, las afiladas garras del aguilucho, el milano o el ratonero, el hambriento pico de la corneja, el cuervo o la picaraza, las fauces certeras y ocultas de las grandes culebras... Eso si antes tuvieron la fortuna de escapar del ciego peine de la cosechadora o de la inmisericorde quema de rastrojos. Con todos estos peligros acechando las veinticuatro horas del día y otro manojo similar desde el lejano y pequeño bebedero a la rala y consumida rastrojera que hace las veces de acogedor hogar, no queda más remedio que convertirse en apenas un par de lunas en la más despierta y alerta de las especies cinegéticas.

Ser tan codiciada y asediada por mil frentes ha hecho de la perdiz un ser poco menos que inexpugnable, épico, sólo al alcance de quien sea capaz de dejarse la misma piel en el intento. Contra una perdiz brava no vale la fortuna, el azar o la casualidad, no sirve el pueril intento o la ingenua pretensión. Para dar justa caza a la señora de la paramera hay que entregarse de pleno, poner las piernas, el tesón, la vista, la experiencia, la intuición y hasta el mismo corazón, en caso contrario más vale que nos dediquemos a otra cosa, si no queremos volver cabizbajos a nuestra morada sin más compañía que la más hermosa de las frustraciones.

Las aves a utilizar

Para cazar perdices por altanería se emplean casi todas las especies de halcones, así como muchas de las posibles hibridaciones entre ellos. El único requisito es que sean pájaros muy voladores, acostumbrados a subir en el campo a considerable altura sobre el cetrero y los perros (entre ochenta y doscientos metros se mueve la altura óptima para cazar perdices rojas dependiendo de la cobertura vegetal del terreno) y a esperar en buena posición hasta que la presa es localizada y levantada.

Los más empleados actualmente son los híbridos de gerifalte con peregrino y los peregrinos puros, aunque no son infrecuentes  ni extrañas otras especies. Dichos híbridos suelen mostrar una gran predisposición para el vuelo de remonte y necesitan mucho menos entrenamiento que los halcones peregrinos, más delicados en cuanto a las horas de dedicación que precisan para alcanzar y mantener su inmejorable estilo y envidiables cualidades, sólo aptas para los maestros halconeros más veteranos y entregados.

Tanto unos halcones como otros han de comenzar a aprender a coger su posición de caza de modo paulatino y progresivo y para ello se utilizan diferentes métodos. El más en boga en nuestros días es el empleo de cometas de las que se cuelga un señuelo para que los halcones aprendan a montar para atraparlo a la vez que se musculan. Hasta hace pocos años el sistema más empleado para aleccionar a los jóvenes halcones altaneros era el empleo de palomas de escape, que con sus continuas fintas y regates enseñaban gradualmente a los pájaros de presa a encontrar la posición idónea para el ataque desde las alturas. Tanto un método como otro (y algunos más que no abarcaremos aquí por su complejidad) pueden lograr su objetivo final sin demasiadas dificultades, pero requieren de cierta maestría, intuición o experiencia para corregir en cada jornada concreta los muchos problemas que pueden ir surgiendo durante el desarrollo físico y psíquico de los aprendices de cazadores.

El medio en que se desarrolla

El cazadero en la altanería de la perdiz roja lo es casi todo. Las perdices requieren ser cazadas en terrenos abiertos, sin demasiada cobertura vegetal u otros obstáculos como ribazos, majanos, vallas, etc., en caso contrario los halcones pueden lesionarse fácilmente o el lance puede perder eficacia si las presas no se deciden a romper a volar, limitándose a esconderse entre los frecuentes accidentes del terreno. Esto no quiere decir que no se pueda realizar alguna captura esporádica en otro tipo de voladeros, pero no es lo recomendable ni lo más apropiado.

El coto de altanería ideal debería ser llano o ligeramente ondulado, tapizado por una tupida capa de gramíneas o sus rastrojos, que dieran cobertura visual a las presas, salpicado cada medio kilómetro de alguna lindera estrecha, montón de piedra o leña o matorral no muy extenso que pudieran servir de perdedero salvador o de defensa firme para otros depredadores no deseados.

La caza

La caza de altanería es la más compleja de cuantas se pueden acometer en cetrería. La caza de la perdiz roja es una de las más difíciles dentro de la altanería y sin duda alguna la más complicada de la del resto de perdices, que se levantan a muestra de perro. Para cazar la roja no se puede pretender pararla previamente con el can como se podría hacer con la gris o la codorniz, poniendo un par de ibéricos ejemplos. A la patirroja hay que ponerle antes que nada un halcón por montera oscureciendo un pedacito del azul que gobierna sus anchos dominios, en caso contrario y salvo raras excepciones rompe al perdedero, finalizando el lance mucho antes de haberlo comenzado. Así comprobamos cómo halconeros europeos hechos a las amigables maneras de las pardillas y los faisanes topan de bruces con la inexpugnabilidad de las rojas en sus frecuentes incursiones turístico-cinegéticas sobre la piel de toro, hasta que consiguen entrarles a la española.

Lo ideal es localizar al bando (lo meritorio y más bonito en un coto que lo permita es hacerlo a pie o a caballo, con el protocolo, ciencia, trabajo y encanto que ello conlleva) y desde lejos colocarle el halcón en su vertical. Un buen peregrino no tarda más de dos o tres minutos en trepar hasta un techo cercano a los doscientos metros, ideal para este lance en terreno muy abierto, tiempo de sobra para que el perro las localice con exactitud. Si tenemos opción hay que intentar echarlas viento a favor y hacia la zona más limpia, pero esto suele ser una utopía ya que lo más probable es que alguna pierda los nervios y rompa precipitadamente arrastrando el ataque del halcón pico a viento, haciéndole perder mejores opciones con el resto del bando.

Muchos lances acaban frustrados en los confines del perdedero, otros con un puñado de plumas como único botín tras una cuchillada floja o un regate desacertado, pero cuando, de tarde en tarde, también nos suena la flauta, el espectáculo no tiene parangón: el pointer clavado entre las pardas olas del océano de los rastrojos, el peregrino convertido en una oscura crucecita dibujada con mimo entre los hilachos blancos de las nubes, el cetrero con el corazón pugnando por salir del pecho a participar en la contienda y las bravas patirrojas arracimadas entre las pajas deseando no ser descubiertas. Luego llegan los segundos más deseados de toda una temporada, los que desgrana con mimo la pupila para que la incrédula y desacostumbrada retina los transforme como por arte de magia en los mejores recuerdos vividos en el campo por un triste mortal, absorto en la escultura palpitante de su perro bajo la atenta mirada de un pequeño pájaro cernido en las alturas. Saltan chorreadas las perdices, bramando y gritando sus camperas maldiciones, mientras el rey de la velocidad se propulsa desde la cuerda de la ballesta del infinito a más de trescientos cincuenta kilómetros por hora sobre la más desafortunada de la partida, que ese día verá su última luz en el eclipse letal y total de la cuchillada más contundente y efectiva jamás imaginada, el golpe de gracia que devuelve la paz y el equilibrio por igual al campo y al equipo de caza que tanto esperaba y tantísimo había preparado y trabajado ese momento.

Mientras el peregrino termina de comer junto al obediente perro la parte de la presa que justamente ha merecido, ya canta retador desde el perdedero un nuevo contrincante, como invitando al cetrero a otro futuro duelo para días venideros, una lucha más dura aún si cabe contra los experimentados supervivientes de la más pura y auténtica selección natural.

Ojalá que una tradición tan arraigada en la cultura cinegética española pueda seguir escribiéndose durante muchos siglos más sobre las apergaminadas páginas de nuestros campos y siendo motivo de admiración e interés para cetreros de todo el mundo.

Los perros que nos ayuden

La caza de perdices sin perro es como un jardín sin flores, aun así hay cetreros que equivocadamente prescinden de ellos. Si algo de especial tiene la altanería es su enorme grado de belleza y su especial encanto mágico. Cuando bajo las alas del mejor de los altaneros ponemos a lacear un fino y ágil perro de muestra y logramos que se compenetren entre sí bajo nuestras acertadas órdenes y sabio criterio, comienza a sonar música celestial.

Existen pocas acciones cinegéticas tan cargadas de plasticidad y dinamismo, tan preñadas de emoción y colaboracionismo. Restar el perro a esta secular simbiosis es amputar un pedazo de la historia y emborronar el bucólico lienzo del lance perfecto. El único requisito del perro ha de ser la total obediencia para buscar dónde y cuándo se le mande, fijar firmemente la muestra hasta que el halconero decida levantar la presa y no atropellar al halcón cuando capture. Si a esto le sumamos rapidez, eficacia, trote elegante y linos vientos, tendríamos el can altanero perfecto. No son demasiados los que aparecen sobre nuestros sembrados y herbazales con estas señas, pero cuando se ve uno bueno trabajando para un peregrino de clase, difícilmente se puede olvidar.

Andrés López
Reportaje gráfico del autor

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