Becadas al otro lado del Atlántico

El artículo que traemos a estas páginas a buen seguro que no está exento de polémica. Cuando se habla de viajar al extranjero para cazar becadas, gran parte del colectivo lo relaciona con grandes e indiscriminadas matanzas, con cazadores sin escrúpulos que por el hecho de haber dedicado un dinero importante a realizar un viaje de pocos días se dedican a arrasar el monte intentando abatir el mayor número de pájaros posible sin importar formas ni modos. Nada más lejos de la realidad…

Jordi Figarolas | 15/04/2009

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Lo que en nuestro país es poco menos que un tabú, en países de gran arraigo becadero, como Francia e Italia, es algo completamente normal, extendido, aceptado e incluso admirado. Una de las revistas cinegéticas más importantes de Francia, dedicada única y exclusivamente a la caza internacional, tiene un cincuenta por ciento de su contenido referido a la caza menor. En España, por el contrario, excepto las pirotécnicas tiradas de tórtolas o patos en Sudamérica, donde uno puede partirse la mandíbula en un solo día disparando más de 1.000 tiros, o el rececho de urogallo al canto —modalidad, por otra parte, más parecida a la caza mayor que a la menuda—, el resto de viajes de caza menor carecen de interés para la mayoría de cazadores.

Somos los segundos consumidores mundiales de viajes cinegéticos tras EEUU

Mientras en lo que respecta a la caza mayor somos los segundos consumidores mundiales de viajes cinegéticos, solamente superados por EEUU, el cazador de menor se queda en casa. Prefiere pagar una —carísima— acción en un coto y desplazarse cientos de kilómetros cada fin de semana, antes que embarcarse en una aventura que le asegura una buena dosis de emoción, excelentes perspectivas cinegéticas, conocer otras culturas, otra naturaleza, otras especies...


La excelente densidad, tanto de becadas como de otras especies de menor, permite completar los cupos asignados con facilidad.

El cazador moderno, lo queremos creer así, no toma la decisión de emprender un viaje para, una vez en destino, cometer todo tipo de atrocidades y excesos con la fauna local. Es más, un buen outfitter o guía de caza jamás le va a permitir semejante actitud. El cazador-viajero, y en concreto el que viaja con su perro de muestra, lo hace movido por otras inquietudes: poner a su perro delante de un gran número de aves, perfeccionar las aptitudes del can, probarlo con nuevas especies... Viaja también para conocer otras culturas, otra cocina, otras formas de cazar... para sentirse parte de un biótopo distinto y, por qué no, aliñar todos estos ingredientes con una buena dosis de aventura. El cazador moderno goza también con todo lo que hay alrededor de la acción de caza. Nosotros mismos, en alguno de nuestros viajes, nos hemos detenido durante un buen rato, dejando la caza de lado, para, simplemente, fotografiar una llamativa flor, un árbol desconocido, un pájaro extraño o un bucólico rincón.

En 2005, cazando con Bárbara, José y nuestros perros a finales de septiembre, y tras haberle robado una becada al bosque color fuego de Quebec, en medio de aquel escenario mágico e incomparable, nos planteamos la idea de intentar organizar, muy a pequeña escala, algunos viajes cinegéticos para los becaderos españoles, dada la escasez de oferta que hay en nuestro país. Fue así como entramos, de puntillas y discretamente, en el mundo de la organización de experiencias de caza. Una de las ventajas que tiene el hecho de viajar para cazar alguna especie fuera de nuestras fronteras es la combinación de actividades distintas que se pueden realizar: turismo, pesca, fotografía, práctica de distintas modalidades de caza, etcétera.


Al cruzar la frontera entre Quebec y New Brunswick, pasan varias cosas: el idioma cambia del francés al inglés como por arte de magia, pese a que casi todos sus habitantes conocen la lengua de Molière; la prosperidad y riqueza de Quebec se diluye; pero el cambio crucial es que al cruzar la frontera el cupo de becadas se duplica, pasando de los cuatro ejemplares por cazador y día de Quebec, a los ocho de New Brunswick.

Hasta hace menos de un año, nuestro coto privado de becadas se extendía por varios cientos de miles de hectáreas dentro de la provincia canadiense de Quebec. Kilómetros y kilómetros de bosques vírgenes donde, aparte de los cada vez más abundantes cazadores franceses, nadie más hacía caso a la pequeña dama de pico largo. Hasta que conocimos a Roger y nos invitó a conocer su lodge en la vecina provincia de New Brunswick. Roger y su mujer, Carmen, se retiraron hace pocos años de sus respectivos trabajos y convirtieron, más por afición que por negocio, su segunda residencia en un acogedor, lujoso y bucólico lodge de caza y pesca. Y como en los tiempos que corren una invitación no se recibe cada día, y menos para abrir nuevas zonas de caza, allí que nos fuimos José y un servidor.

La ley de caza de New Brunswick permite la caza del oso negro en otoño

El turismo cinegético en la zona está poco explotado, ya que los franceses, pioneros en viajar tras las becadas por el mundo, prefieren Quebec al francófona. Por otro lado, el cazador local considera poco menos que una soberana locura desperdiciar tiempo y dinero en cazar un pájaro pequeño, escurridizo y sin chicha a la que hincar el diente. Esta baja presión cinegética, junto a la estratégica situación geográfica de la provincia, corredor migratorio por excelencia, hacen que las densidades de becada sean muy altas y pueda permitirse doblar el cupo de Quebec. Para la grousse, en cambio, al ser un ave sedentaria y gestionarse de manera global, la limitación de capturas es la misma: seis por día. De este modo, el cazador puede cazar en New Brunswick catorce aves diarias sin exceder las limitaciones locales.


New Brunswick vive casi en exclusiva de la explotación forestal en el interior, y de la pesca y los criaderos de ostras en el litoral. La industria es casi inexistente, y los parques naturales y zonas boscosas y deshabitadas se contemplan por doquier. Un caldo de cultivo excelente para el oso negro, que campa y envejece a sus anchas, dando ejemplares de gran tamaño.

Esta baja presión cinegética, junto a la estratégica situación geográfica de la provincia, corredor migratorio por excelencia, hacen que las densidades de becada sean muy altas y pueda permitirse doblar el cupo de Quebec. Para la grousse, en cambio, al ser un ave sedentaria y gestionarse de manera global, la limitación de capturas es la misma: seis por día. De este modo, el cazador puede cazar en New Brunswick catorce aves diarias sin exceder las limitaciones locales.

Llegamos al Miramichi Lodge por la tarde y Roger nos recibió junto a su mujer. El alojamiento toma el mismo nombre del río que discurre apenas a treinta metros del comedor, y podíamos ver saltar un par de salmones remontando la corriente. Nuestro cicerone nos contó que el río que teníamos delante es el que contiene la mayor población de salmón atlántico del mundo, siendo miles los aficionados de todos los rincones del planeta que viajan hasta el Miramichi para poner a prueba su pericia con la caña frente a este salmónido.

La ventaja de cazar en lugares con tal densidad de pájaros, sea en Canadá o en otras partes del mundo, es que nos permite trabajar con nuestros perros de una forma más relajada, estando pendientes de sus evoluciones sin la tensión de pensar que quizá esa becada que se ha revolado sea el único levante de toda la jornada. Este año decidimos llevar a uno de mis perros jóvenes: As, un setter inglés de líneas Echo de la Fôret. El perro, de año y medio, apenas había corrido unas perdices y olfateado un par de becadas la temporada anterior, nefasta en nuestros cazaderos catalanes.

En los dos días que íbamos a estar en la zona, Roger pretendía enseñarnos el mayor número posible de cazaderos. Decidió empezar por un bosque joven de arces y abetos rodeado de prados, donde dijo haber visto becadas en cantidad durante la época de cría. Allí, tras un par de horas de continuos levantes de becadas, a las que por bisoñez y fogosidad era incapaz de mostrar, As se hizo adulto.


New Brunswick es un buen destino para la caza menor, pues los cazadores locales sólo aprecian al alce y al ciervo de cola blanca.

Tras la quinta ave revolada y bajo unos abedules jóvenes, mi setter quedó completamente atravesado, rígido. Sólo su rítmica respiración y el movimiento acompasado de sus belfos descartaban que estuviéramos contemplando una pintura animalista de Dominic Pizon o François Lebert. Me acerqué sosegadamente, susurrándole palabras de apoyo. Una vez cargada la escopeta y colocado, cuando consideré que la muestra había sido suficientemente larga, me adelanté unos pasos forzando la salida de la becada, que cayó abatida tras un certero swing con mi Sarasqueta. Por fin, tras media mañana de paciente espera y continuos revoloteos en los que evitaba disparar, tenía a As donde yo quería: frente a una becada muerta tras una bella muestra. El cobro, para redondear la situación, fue perfecto, dejando suavemente el bello y anaranjado pájaro a mi vera. Por la tarde me hizo tres o cuatro muestras más, mezcladas con alguna jugarreta propia de su juventud, pero al día siguiente le abatí las ocho becadas de rigor en menos de media jornada de caza, lo que me permitió pasear la cámara el resto del día para intentar sacar alguna instantánea de José, que cazaba con su eterno Yako, un braco francés como pocos he visto cazando becadas.


Viajar a otros países tras las becadas nos depara, además de conocer otros escenarios de caza, una buena dosis de emoción ante las perspectivas cinegéticas.

La ley de caza de New Brunswick —otra diferencia con la de Quebec— permite la caza del oso negro en otoño. De esta forma, los que le damos un poco a todo, podemos combinar nuestra afición a los perros de muestra con la de la caza mayor. Ni José ni yo teníamos intención esta vez de intentar el abate de un oso, pero sí que llevábamos la intención de hacer una espera con la cámara. Roger, al que habíamos avisado con antelación, nos llevó a una antigua plantación de manzanos donde había preparado un pequeño aguardo. Apenas hacía falta cebar. Los rastros de oso, que venían atraídos por las azucaradas frutas reconvertidas en silvestres, se contaban por doquier. Nos colocamos pasadas las cinco de la tarde y, al cabo de una hora, con Lorenzo aún muy por encima de la línea del horizonte, apareció el big black. La ventaja de no llevar rifle en una espera es que uno deja el nerviosismo en casa. El oso, un estupendo ejemplar con una infrecuente mancha blanca en el pecho, estuvo regodeándose con las manzanas sin percibirnos, lo que propició que pudiéramos sacarle, con toda impunidad, unos excelentes primeros planos con el teleobjetivo.

De regreso al alojamiento, el cielo estaba sereno y sin luna. En él podían apreciarse unas difuminadas y vagas formas verdosas, resquicio de lo que estaban siendo, un par de miles de kilómetros más al norte, las auroras boreales. La contemplación del fenómeno en esas condiciones, junto a la perspectiva de dos días más de becadas en cantidades abrumadoras, hicieron que me sintiera muy cerca de la plena felicidad.


La gran densidad de aves permite cazar con nuestros perros de forma más sosegada, pues si una becada escapa, en poco tiempo el perro mostrará otras.

Al día siguiente mi joven perro necesitaba marcha, y yo estaba dispuesto a dársela. Pasamos dos jornadas enteras más cazando becadas y grousses, siempre con la misma pauta: dejar hacer al perro, que tomara iniciativa, que errara y se equivocara, una vez y otra, hasta que conseguía hacer un trabajo perfecto: localización, guía, muestra, patrón al experto Yako... Sólo entonces cargaba mi paralela para servirle. Tuve suerte, pues la temporada en España volvió a ser mala y gracias a los quince días pasados en Canadá no perdió otro año sin encontrar caza. Me acerqué al cupo de capturas los dos días, sin llegar a cumplirlo. No era necesario. Tres o cuatro becadas diarias bien cazadas, en medio de esa abundancia, son suficientes para que cualquier perro entienda qué debe y qué no debe hacer.

La última mañana Roger nos propuso una tirada combinada de patos y gansos. Estaba decidido a mostrarnos las posibilidades que tenía la zona. Nos quedaban más de ocho horas en coche hasta llegar a Montreal y declinamos la invitación. Eso sí, nos dejamos seducir otra vez por Carmen y su ensalada de bogavante antes de partir. El Atlántico está a menos de cincuenta kilómetros de la zona y ya se sabe de la fama de los bogavantes canadienses. Y ahí, acompañados por un borgoña traído de Francia, lo dejamos. Roger nos había convencido: teníamos nuevo coto de caza.

Jordi Figarolas
GVG

3 comentarios
16 abr. 2009 13:05
Patum
Hola Jordi, un placer volver a disfrutar de tus aventuras cinegéticas con estos relatos tan emotivos...., me has dejado con un regusto de boca que ahora mismo dejaría el ordenador del trabajo encendido, cogería a mi perrita, la escopeta y la maleta y me iria para estas tierras canadienses.
Ya te comente una vez que cuando sea mayor " Yo tambíen quiero correr estas aventuras"
Una forta abraçada.
Lluís Ferrer.

Nota: Espero que nos veamos en LLoret en la comida anual.
17 abr. 2009 09:54
becassier
becassier  

Gracias por tus palabras. Este año, desgraciadamente, no podré asistir a la comida anual de Lloret. Estaré persiguiendo bichos, esta vez un poco más grandes, en el cono sur, cerquita, muy cerquita, del Indico. Seguro que os lo pasais de miedo, el homenaje gastronómico, al menos, está asegurado. Abraçades.
17 abr. 2009 21:21
jep
me produce una gran alegria,ver que en los cazadores no solo es matar,lo que pasa es que esto
solo lo sabemos los cazadores,culaquiera que lea este relato no se lo va a creer,si supieran lo
que se puede llegar a disfrutar sin matar",solo
estando de caza".no tendriamos tantas criticas.

un saludo y espero algun dia poder ir.

jep

 

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  • Becadas; en las entrañas del bosque
  • El rumbo de las migratorias
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