El equilibrio cinegético

Cuando hablamos de corzos es, generalmente, para hacerlo de su caza a rececho e, involuntariamente, nuestra mente nos traslada a los cromáticos amaneceres primaverales, esa época en que la naturaleza, en su papel de druida, despliega la magia que sale de su alambique en una explosión de aromas, colores y sensaciones que embargan los sentidos del corcero.

Jordi Figarolas | 14/03/2009

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Es momento de andar pausado, de aguzar la vista y de afinar el oído. Es la época de localizar ese soberbio corzo macho que lleva jugando al escondite con nosotros desde hace temporadas. Es, en definitiva, tiempo de duendes.

Esta gestión se lleva a cabo con éxito mediante las batidas de corzo

Pasada la temporada de recechos, en zonas de gran densidad corcera, llega el momento de hacer gestión, de regular el número de machos, hembras y jóvenes para homogeneizar la población y poder mantener unos índices de abundancia óptimos y que se conjuguen, en la medida de lo posible, con la calidad de su población.

Y en Francia, país de corzos, país de perros de rastro, esta gestión se lleva a cabo con éxito mediante las batidas de corzo. Una modalidad cinegética para los amantes de la caza en grupo, de sentir las graves voces de los canes que acosan a su presa hasta llevarla a la postura, manteniendo al cazador en tensión hasta que el pequeño saltarín rompe en el puesto, vaciando cargadores y desesperando al más ávido tirador con su grácil y rápido trote.


La gran densidad de corzos en algunas áreas francesas hace necesario, para regular su población, que tras la temporada de recechos se realicen batidas de control. © J. D. Gómez.

En algunas zonas de Francia han encontrado la manera de convertir esta caza de gestión en un destino cinegético interesante por sus precios asequibles, una impecable organización de las batidas, gastronomía exquisita y por la posibilidad, cómo no, de poder cobrar algún buen trofeo de corzo. Comentando el tema con un buen amigo y cliente levantino en la época de recechos, nos pidió que le organizáramos un fin de semana de batidas para un grupo de varios cazadores valencianos, interesados en esta modalidad.

En la zona de Gers, donde llevamos a cabo las batidas, los corzos machos pierden la cuerna durante la primera quincena de noviembre, aunque las fechas pueden variar en función de las condiciones climáticas. Decidimos, pues, citar a nuestros amigos el primer fin de semana del penúltimo mes del año. Los recibimos en casa de Louis, que, además de ser uno de los mejores productores de foie gras y diferentes conservas de pato, es propietario de un alojamiento rural que puede albergar a seis o siete cazadores en un marco incomparable en pleno centro de las distintas áreas de caza. El tiempo se anunciaba lluvioso para el día siguiente, cosa que no pondría nada fácil el trabajo a los aguerridos canes, ya que el corzo, con agua, es reacio a moverse y suele refugiarse en lo más recóndito del bosque.


En estas batidas hay que disparar a cualquier ejemplar de corzo que nos cumpla, ya sea un macho con trofeo o desmogado, una hembra o un joven.

La organización nos recogió de buena mañana y durante el traslado a la primera zona de caza pudimos ver desde el todoterreno una docena de corzos que ramoneaban las últimas hojas y tallos antes de refugiarse en la foresta. Pese a llevar toda una temporada de recechos a cuestas, la densidad seguía siendo muy elevada.

El punto de encuentro con los perreros y demás miembros de la comitiva era en la sede de los cazadores de una de las infinitas sociedades locales de la región. Mientras nos servían café y completaban la ficha de batida con los nombres de los participantes, pasaron a darnos las pertinentes instrucciones de seguridad y funcionamiento de la misma: en la zona donde cazaríamos el sábado no teníamos permiso para tirar jabalí, pues lo tenían reservado para la cuadrilla lugareña; obligatorio el chaleco fluorescente; prohibición de tirar contra el bosque y en línea con los demás puestos, por alejados que estuvieran, siempre a corzo pasado; la batida empezaría y terminaría con el clásico toque de trompa, y ni antes ni después podía efectuarse un solo disparo; realizaríamos cuatro batidas, dos por la mañana y dos por la tarde con un descanso para comer; y las posturas estarían ocupadas exclusivamente por nosotros, mientras que tres cazadores locales con sus perros batirían en monte desde distintos puntos.


Los cazadores locales baten con sus perros la zona de caza desde distintos puntos para levantar a los corzos y llevarlos hacia los puestos.

A continuación se entregó la munición adecuada a los que habían elegido cazar con escopeta. En Francia el corzo se puede tirar en batida con perdigones, y dos de nuestros amigos habían decidido probar fortuna con sus armas lisas. Por el contrario, mi elección armamentística para la ocasión tenía delito: un monotiro del 6,5x57R que acababa de adquirir. Me moría por estrenarlo y mi impaciencia me impedía esperar al siguiente rececho. Así que debería elegir bien el momento de disparar si no quería volverme bolo para casa.

Más tarde, acomodados de nuevo en los todoterrenos, salimos hacia la zona de caza para repartirnos en las distintas posturas. Lloviznaba, pero era soportable. Alain se encargó de situar a nuestros compañeros en el límite este de un bosque caducifolio, cuyos tonos ocres eran resaltados por la fina lluvia de otoño, otorgándole una belleza sobrenatural. Bárbara y yo cubríamos la vertiente contraria. Los perros se soltarían a la vez por los dos lados que quedaban libres de posturas, con la intención de mover los corzos a los laterales, donde les estaríamos esperando. No tardó el prometedor sonido de la trompa de caza en romper el frío silencio matinal. Cargué el arma y me dispuse a esperar deseando, como todo buen cicerone, que los corzos rompieran por las posturas que cubrían, frente a nosotros y a unos pocos cientos de metros, nuestros amigos valencianos.

Los corzos rompen a las posturas ocupadas por los cazadores

A los pocos minutos arrancaron las primeras voces, graves y guturales, de la rehala de anglo-français. Las voces de los distintos perros se entrelazan para formar un improvisado coro, cuyos barítonos emiten desde lo más profundo de sus gargantas, no un conjunto de ladras inconexas, sino acompasados acordes que preceden el momento final: el encuentro entre presa y cazador. En definitiva, música celestial para el amante de la caza con sabuesos. Y ocurrió lo que sucede siempre que los perros son finos y la caza abundante: no tardaron en escucharse los primeros tiros, como salvas de admiración ante tan sublime concierto.


Las batidas se llevan a cabo en los terrenos de las diversas sociedades locales de cazadores que venden los corzos, pues su verdadera afición son los jabalíes.

Los pronósticos se cumplieron y los corzos rompieron, en su mayoría, por las posturas que ocupaba el clan valenciano. Tiros y más tiros, que escuchábamos desde nuestro puesto, con la incertidumbre de desconocer si eran certeros. Sonó, como colofón al espectáculo, la trompa de caza para indicarnos que la primera batida había tocado a su fin. Por nuestra armada habían cruzado dos corzas, una abatida y otra que cruzó muy lejos de mi radio de acción. Pese a ello, no pude contener mi ansia por echarme el visor a la cara, buscar en él al animal y apretar el gatillo de mi nuevo adminículo. No sé si estrenar un rifle con un fallo trae mala suerte; si es así, el Blaser puede darse por maldito. Nuestros amigos levantinos habían tenido más suerte. Tres corzos cobrados, un macho interesante y otro que ya había desmogado, además de una hembra.

Es obligatorio el uso del chaleco fluorescente en las batidas de caza

Cesó la lluvia y la segunda batida reportó la misma suerte que la primera: cuatro piezas cobradas. Otro macho con seis puntas, bonito, aunque a primera vista no llegaba a medalla. Se sucedieron las ladras y los tiros, algunos certeros, la mayoría —sobre todo los de rifle— bolos. Se nota la falta de costumbre de tirar sobre el saltarín corzo si no es a bicho parado y en rececho. A toda carrera, el simpático duende es un auténtico tragabalas.

Parada al mediodía y traslado al local social. Paté de liebre, de corzo, ensaladas, pan de horno de leña, vinos de la región y estofado de jabalí, todo elaborado por cazadores para cazadores. Conversaciones sobre la caza en batida con la cuadrilla de locales que come con nosotros. Comunión de dos culturas, dos regiones, dos países, amistad, buena comida y mejor conversación... ¡cuánto sabe de caza esta gente!


Hasta que una ladra del ejército de canes no se dirige a tu postura precedida del corzo, momento en que el nerviosismo y la emoción del lance próximo se quedan reflejadas en temblores de piernas y brazos, ésta es una caza de oído.

La tarde discurre con una sola batida, más larga, en la que, aparte de dos corzos, nos pasan por las posturas una buena piara de macarenos de tamaño aceptable. Rifles apuntando al suelo y el morderse las uñas de los afectados por tamaña visión, rezando para que en las batidas de mañana, donde llevaremos permiso de jabalí, el encontronazo se repita. Entre todos paramos los perros para que no se perdieran detrás del suido y dimos por acabada la jornada. Diez corzos cobrados, tres machos de seis puntas, dos desmogados, tres hembras y dos corcinos del año pasado.

Por la noche, en casa de Louis, degustación de productos de pato. Magret, jamón, foie gras, mi-cuit, carcasas asadas, ensalada con corazones confitados... Creo que menos el pico y las plumas probamos todo lo demás. Lo digerimos con un buen armagnac mientras charlamos sobre nuevos proyectos cinegéticos que llevar a cabo y dejamos volar la imaginación y la lengua. La visión de la piara de jabalíes nos hace soñar en que mañana el tapiz final se va a ver adornado con algunos ejemplares de los de mirada baja.

Craso error. Nos levantamos con lluvia fuerte y persistente. El cielo encapotado no deja espacio para la esperanza. Ni un resquicio de rotura en los nubarrones que cubren la región. Día de agua. Pero el trayecto ha sido largo, nuestros levantinos amigos han recorrido setecientos kilómetros para venir, así que cazaremos igual. Hoy hay permiso para corzo, jabalí y zorro, así que las escopetas se quedan en casa y todos salimos con los rifles.


En las posturas hay que estar muy atento, pues el corzo salta por cualquier lugar y muchas veces casi ni da tiempo a encararle correctamente.

La zona a batir es un viejo robledal, rodeado de pastos de ganado. Dentro del mismo, aprovechando un camino que lo cruza, hay preparada una suerte de traviesa con todas las posturas elevadas, con torreta: cuestión de mejorar la visibilidad en el interior del bosque y, sobre todo, la seguridad. A mí me colocan en el borde del bosque, sobre una plataforma elevada que soporta el ramaje de un árbol. Los corzos se encaman y las ladras son más espaciadas y cortas. Se pierden rastros constantemente y los canes apenas consiguen mantener la persecución unos pocos minutos. Música y silencio. El tiroteo constante de ayer se convierte en eventuales detonaciones apagadas por el fervor de la lluvia.

En Francia el corzo se puede tirar en batida con perdigones

En uno de los entreactos veo salir un corzo que intenta escurrirse del concierto. Salta un pastizal que forma parte de mis dominios y, con un trote cochinero, intenta poner tierra por medio. La distancia, para un tiro en movimiento, roza lo inverosímil. Pero mi pueril impaciencia para estrenar mi adquisición me hace levantar de nuevo el monotiro e intentar el disparo. A cuatro aumentos y medio apenas distingo la anatomía del corzo, pero intento buscar su sala de máquinas y aprieto suavemente el gatillo. Para sorpresa mía y admiración de inexistentes testigos (siempre se luce uno en solitario) el animal da una soberbia voltereta y cae inerte en el prado. Suspiro aliviado, el 6,5 no está maldito. Me regodeo de mi chiripa con el paraguas como único compañero de lance y espero el toque de trompas.


La organización y logística de las batidas son impecables y podemos encontrarnos con la sorpresa de abatir un buen trofeo de corzo en una de ellas.

No tardamos en recoger los bártulos y trasladarnos al lugar donde celebraremos la comida del mediodía que, a causa del mal tiempo, se adelanta. Esta vez el homenaje gastronómico es servido en un precioso pabellón de caza de bella y rústica decoración. Entre plato y plato el día se aclara, lo que nos permitirá dar dos pequeñas batidas más por la tarde. El resultado final es muy positivo, una veintena de corzos cobrados en dos días, con varios machos de buen porte, algunas hembras y jóvenes en proporciones similares. Todos los cazadores han tenido lances variados y abundantes y el ambiente ha sido extraordinario, con una organización y logística impecables. Aunque, eso sí, el año que viene volvemos un par de semanas antes, pues algunos de los corzos estaban ya desmogados y, pese a que en este tipo de caza la emoción la pone el lance y el trabajo de los sabuesos, siempre es bueno conjugarlo con algún trofeo de buena presencia.

Jordi Figarolas
GVG

1 comentarios
18 mar. 2009 19:45
PMC
A groso modo,¿ podrias decirme por cuanto puede salir un par de dias de caza, como los que nos relatas?
Gracias

 

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