El muflón

Si hay una especie venatoria que ha cobrado carta de naturaleza en nuestro país después de haber sido introducida, teniendo ahora ya prácticamente la consideración de autóctona y gozar de amplia implantación en numerosas áreas de caza, ésa es, sin duda, el muflón.

Alberto Aníbal-Álvarez | 02/12/2008

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Desde su llegada, procedente de Córcega y Cerdeña, han sido muchas las vicisitudes por las que ha pasado el muflón en nuestro país, incluso con graves epidemias que han diezmado sus poblaciones allí donde eran más abundantes y los intentos de eliminación en algunos terrenos en los que incidía negativamente en el medio. Ahora goza de buena salud y son muchas las organizaciones de caza que incluyen este animal entre las reses a abatir. Junto a gamos, ciervos o jabalíes, los muflones ponen el contrapunto con su espectacular cuerna a las palas de los gamos o a los candiles de los venados.

Es un animal al que el calor no le gusta, buscando refugio en lo más espeso y fresco del monte

El muflón es un animal que tiene grandes adeptos y detractores en España. Los detractores señalan su gran voracidad alimentaria, que incide negativamente sobre la vegetación local donde se ha introducido. Esto en alguna medida ha sido verdad, pero no es menos cierto que la Administración, presionada en muchos casos por grupos pseudoecologistas, puso durante muchos años infinidad de trabas para realizar su caza. A ello se añade su gran capacidad de reproducción. Estimado en casi un cuarenta por ciento el número de partos dobles, su población se disparó en algunas zonas, provocando lógicamente una excesiva presión sobre la flora. También parece demostrada su incompatibilidad con especies como el corzo, al cual desplaza, provocando su casi desaparición. Pero en las fincas en las que su repoblación y caza se ha realizado de una forma correcta, con un adecuado control de las poblaciones tanto en número como en calidad de los ejemplares, la vegetación arbustiva no se ha visto perjudicada en absoluto, consiguiéndose ejemplares de gran calidad, que en nada tienen que envidiar a los existentes en la mayor parte de los países europeos. Y lo que es más importante para el conjunto de los cazadores es que disponemos de una especie más, que poco a poco se va consolidando en nuestro panorama cinegético.

Dos modalidades

Al muflón en España se le caza en dos modalidades perfectamente diferenciadas: la montería y el rececho. La caza en montería, por lo general, es bastante desilusionante, tanto para el cazador como para la misma propiedad, ya que aunque la finca cuente, con poblaciones elevadas y una calidad apreciable, es raro que en esta modalidad los resultados estén acordes con las perspectivas. Los muflones son animales tremendamente gregarios y a nada que sienten las primeras ladras se juntan en grandes pelotas que recorren la mancha de lado a lado, resultando francamente difícil poder seleccionar un ejemplar y hacer blanco sobre él. Esta gran complicación ha provocado que el muflón, incluso en áreas en las que es abundante, se convierta en una especie secundaria y marginal en nuestra tradicional montería, de manera que ha quedado como una opción para diversificar un poco la oferta dentro de la montería y completar el plantel de reses abatidas. Si lo que verdaderamente vamos buscando es un animal notable, la forma de conseguirlo es en rececho. En esta modalidad podremos tener tiempo de valorar adecuadamente el trofeo y saber a ciencia cierta la bondad del mismo, tomando entonces la decisión de disparar o esperar a encontrar en nuestra salida cinegética otro que realmente satisfaga nuestras expectativas.

En el rececho sólo interviene el cazador y en la mayoría de los casos el guarda o guía, por lo que el éxito o fracaso depende menos de circunstancias ajenas. Aquí serán nuestras fuerzas, nuestra estrategia, nuestra vista y nuestra puntería la que inclinarán la balanza de un lado u otro, debiendo el cazador poseer un conjunto de todas ellas, pues de nada servirá tener unas piernas estupendas si luego a la hora de tirar no somos capaces de acertar a un animal a cien metros, sobre todo teniendo en cuenta que en los recechos las oportunidades suelen ser escasas.

El oído y sobre todo el olfato de este animal son muy buenos siendo capaces de localizarnos a grandes distancias, por lo que realizar las entradas con el aire a favor será del todo imprescindible y procurando siempre taparse con la vegetación. Una vez localizados, la entrada la deberemos realizar sin demasiadas prisas, estudiando la orografía del terreno y marcando un lugar desde donde los podamos tirar. Por lo general suelen estar en grupos, así determinar claramente el animal al que vamos a tirar es muy necesario y aconsejable.

Rececho afortunado

Nos encontrábamos en el mes de octubre, con unas temperaturas exageradamente altas para la época del año en la que estábamos, lo cual no era nada bueno porque, como todos sabéis, el muflón es un animal al que el calor no le gusta, buscando refugio en lo más espeso y fresco del monte, limitando su actividad al amanecer y al anochecer, por lo que su caza en esas condiciones en rececho se limita a un periodo de tiempo muy corto, reduciendo en gran medida las posibilidades de éxito. Fidel, guarda de la finca, me había comentado que tenía localizado a un animal muy bueno y que convenía que fuéramos a por él lo antes posible. No me lo pensé mucho y a los pocos días estaba de camino.

Cuando llegué a la finca ya era de noche y me extrañó que el guarda no estuviera en la casa. Su mujer me comentó que todavía se encontraba en el monte y que estaba un poco preocupado, pues hacía varios días que algún furtivo rondaba por la finca.

Tranquilamente, deshice el equipaje y esperé a que viniese. Cuando llegó, su cara no era de preocupación comentándome que acababa de ver al muflón bueno, pero en otra zona distinta a la que solía estar, y que siempre iba acompañado por otro ejemplar más joven pero bastante bueno, y que esa tarde lo había visto solo, lo cual le extrañaba bastante. Como hacía bastante calor, el muflón se había aquerenciado en una zona de vallejos bastante frescos, de donde salía para comer, regresando rápidamente a los mismos a nada que el sol comenzaba a calentar, de forma que decidimos salir a cazar muy temprano y llegar al sitio con las primeras luces, de manera que pudiéramos aprovechar un poco la fresca de la mañana.

Me levanté pronto y aún de noche partimos hacia el cazadero. El cielo estaba totalmente estrellado y no se veía una sola nube, por lo que volvería a hacer otro día de calor. Dejamos el coche en el fondo de un barranco y lentamente comenzamos a subir hacia la cuerda, desde donde se domina una gran superficie de terreno. En esta zona la vegetación es bastante escasa y pobre, pudiéndose ver una gran superficie si te colocas en el sitio apropiado, pero quedando siempre sin poderse ver el fondo de los barrancos, que es, además, por donde suelen moverse los muflones, así que una vez que has oteado la parte alta de los barrancos debes ir recechando uno a uno cada barranco para estar seguro de que no te dejas al animal en cualquiera de ellos.

Encima de unas piedras esperamos a que amaneciese. El día llegaba rápidamente, permitiéndonos ver bastante terreno. Fidel enseguida localizó una partida de muflones, pero todos ellos eran bastante jóvenes y no había ninguno que mereciese la pena, pero lo malo era que se encontraban justo en mitad del camino que pensábamos recorrer, por lo que, después de sopesar la situación, decidimos dar un gran rodeo con objeto de no espantarlos, pues en su huida los muflones algunas veces emprenden una alocada carrera arrastrando con ellos a todos los que se encuentran en los alrededores y alertando al resto, resultando francamente difícil poder sorprender algún ejemplar si eso ocurre.

Calor y pocos animales

El oído y sobre todo el olfato de este animal son muy buenos siendo capaces de localizarnos a grandes distancias

Una vez comprobado que el muflón que buscábamos no estaba en las cabeceras de los barrancos que dominábamos, decidimos comenzar a recechar. El terreno en esta finca es duro y muy pedregoso, así que se debe avanzar muy lentamente para no hacer un excesivo ruido. Aun así, es difícil no hacerlo, ya que hay mucha piedra suelta y constantemente rueda alguna hacia el fondo del barranco, por lo que siempre es conveniente asomarse a los mismos con el máximo cuidado. La mañana se iba desarrollando y el tiempo transcurría a gran velocidad. Por más que buscábamos no éramos capaces de ver a nuestro muflón. Serían casi las once cuando paramos a recobrar un poco el aliento. El sol estaba va muy alto y calentaba bastante, de manera que decidimos regresar lentamente hacia el coche. Habíamos recorrido toda la zona por la que el muflón solía moverse, pero no habíamos sido capaces de poder dar con él; además, habíamos visto muy pocos animales y ninguno que mereciese la pena.

Cuando llegamos al coche, el termómetro marcaba 24 grados. Con esta temperatura a las doce de la mañana es muy difícil que los muflones se moviesen, a no ser a muy primera hora. Se lo comenté al guarda y le dije la conveniencia de retrasar la cacería para un poco más adelante, cuando las temperaturas fuesen más acordes con el mes en el que estábamos, pero no estaba de acuerdo conmigo, pues decía que él lo veía casi todos los días y que si no era por la mañana, lo veríamos por la tarde. Además, me confesó que había escuchado un tiro el otro día, y no las tenía todas consigo, pues sabía que en el pueblo ya se comentaba la bondad del muflón y más de uno estaría dándole vueltas para ver cómo se hacía con él, por lo que sería necesario cazarlo lo antes posible.

Rececho de tarde

A las cinco de la tarde ya estábamos otra vez en el monte. Esta vez habíamos decidido subir con el coche hasta lo alto de los barrancos y, desde allí, comenzar a recechar. No habíamos hecho nada más que empezar cuando localizamos una partida en la que había un macho bastante bueno. Se encontraban ramoneando en el fondo de un barranco, unos tumbados y otros comiendo. Fidel monta el catalejo y después de estar un rato viéndolo me dijo que no era el que estábamos buscando, pues era un animal bastante más joven y, además, las puntas cerraban un poco hacia el cuello, que sin llegar a ser, ni mucho menos, selectivo, el que buscábamos era más abierto. Lentamente, y procurando no delatar nuestra presencia, nos fuimos alejando. La caza no hay quien la entienda y si por la mañana casi no habíamos visto animales, por la tarde en cada barranco había muflones, pero no acabamos de ver el que íbamos buscando. Era ya casi de noche cuando el guarda me llama la atención sobre un animal que está tumbado en la ladera de enfrente. Instalamos el catalejo y lo observamos. Nada más verlo me confirma que es el muflón; lo miro con los prismáticos y efectivamente veo que es un animal soberbio. Se encuentra bastante lejos y además está tumbado, por lo que el tiro es muy complicado, pero tampoco tenemos tiempo de poder acercarnos sin ser vistos, pues la noche se nos estaba echando encima rápidamente.

Estudiada la situación, decido probar suerte; busco una piedra que me sirva de apoyo, coloco el jersey debajo y me pongo lo más cómodo posible. La luz es escasa, pero como llevo un buen visor, todavía se puede realizar el tiro con ciertas garantías. Monto el pelo y lentamente oprimo el gatillo, de manera que el disparo me sorprende. El muflón acusa el tiro y sale corriendo hacia el fondo del barranco, tumbándose a pocos metros. Fidel, que tiene unas condiciones físicas tremendas y además es muy nervioso, sale ladera abajo a por el muflón. Por más que le grito, no hay forma de pararlo. Lo que me temía, sucedió. El animal, con un tiro bastante sucio en la tripa, al ver venir a Fidel corriendo saca fuerzas de donde no las tenía y, levantándose, se perdió en el fondo del barranco sin que fuéramos capaces de poder cobrarlo, pues se nos hizo de noche y tuvimos que regresar a la casa. En el camino, Fidel no hacía nada más que lamentarse, pero tenía la certeza de que al día siguiente lo cobraríamos, lo cual no dejaba de sorprenderme, ya que no será la primera vez que un animal con un tiro en la tripa se va a morir a lo más profundo del monte y no hay forma de dar con él.

El muflón acusa el tiro y sale corriendo hacia el fondo del barranco, tumbándose a pocos metros

Fidel solía tener un perro que realizaba las labores de pisteo bastante bien, pero precisamente se le había muerto hacía poco tiempo, por lo que tan sólo disponíamos de una perrita teckel con tan sólo nueve meses y que nunca había tenido la oportunidad de pistear un animal herido, pues lo máximo que había hecho era localizar el rastro que yo le había dejado con algún animal que ya estaba muerto. A la mañana siguiente subimos hasta el lugar en el que se tumbó el muflón. Me encontraba ciertamente escéptico sobre su comportamiento, teniendo mucha más esperanza en que lo localizáramos nosotros. Cuando llegamos al lugar vimos rastro de sangre que se perdía en dirección al fondo del barranco, en donde la vegetación comienza a hacerse bastante espesa. En un primer momento, el rastro se seguía bien, pero enseguida comenzó a dar muy poca sangre y lo perdimos. Por más vueltas que dimos no éramos capaces de volverlo a cortar. En ese momento decidí volver al último sitio en donde habíamos visto sangre y, con bastantes dudas, solté a la perra. Estuvo un momento como desorientada, dando vueltas, pero enseguida tiró hacia abajo, perdiéndola inmediatamente de vista. Nosotros intentamos seguirla, pero fue inútil, pues al momento no sabíamos hacia dónde había tirado. Pasaron tal vez un par de minutos que a mí se me hicieron larguísimos, cuando en el fondo del barranco la escuchamos latir. Rápidamente nos tiramos ladera abajo y nos acercamos hasta donde la perra latía de parada. Según me voy acercando, late con más alegría, sabiendo que me voy aproximando. Al llegar, veo a la perra latiendo desde lejos ante una mata de carrasca bastante espesa. Ante mi presencia, la perrita se envalentona y se tira a la mata; de repente oigo un gran ruido y sorprendido veo al muflón salir corriendo, cuando quiero reaccionar está muy tapado y aunque disparo no soy capaz de acertarlo.

Maldiciendo, decido seguir al muflón, pero en el monte cerrado enseguida lo pierdo, por lo que decido pararme y escuchar a ver si soy capaz de oír a la perra. En ese momento llega Fidel y los dos agudizamos el oído. Pronto localizamos el ladrido de la perra, que lo vuelve a tener parado como a unos cien metros de donde estamos. Decido hacer las cosas bien y nos vamos acercando lentamente para que el muflón no nos oiga llegar y se vuelva a levantar. Esta vez la perra lo tiene parado debajo de un risco, lo late a una distancia prudencial. Cuando llego, la perra me recibe con alegría aumentando la ladra. Sin acercarme más, decido poner fin al sufrimiento de este valeroso animal, que hasta el mismo momento de su muerte defendía su vida con gran valentía. La perrita, fatigada por la persecución, se rinde al cansancio y se tumba a los pies del muflón como sabiendo que ha cumplido, y con creces, su tarea. El muflón era espléndido, dando una puntuación de 212,45. Desde ese día la perra me ha vuelto a cobrar animales que, de no ser por su ayuda, no habríamos recuperado nunca.

Alberto Aníbal-Álvarez
Fotos: Custodio Torres y archivo de Cazar Más

 

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