
A principios de un caluroso mes de agosto, nos reuníamos, como de costumbre, a la sombra de las grandes palmeras, en la terraza de la cafetería de la plaza mayor. Seguramente rondaban los 39 grados mientras los refrescos y algunas cervezas bien frías nos aliviaban el tórrido día.
Cazarmás | 05/09/2008
La costumbre, como digo hecha ley, era dialogar acerca de anécdotas cinegéticas, dejar fluir recuerdos de grandes lances en tal o cual cazadero mantenía viva la expectación. Mientras tanto, las tórtolas turcas, con su ir y venir desde los cables del transformador de la luz hasta las antenas que emergían desde los rojos tejados de las casas de dos plantas y el bullicioso aleteo de los vencejos, distraía de vez en cuando nuestra atención.
Comentaba Miguel, a la vez que levantaba la mano izquierda para llamar la atención de Manolo, el camarero, para que sirviera otra ronda de cervezas, que este año en sus salidas al cerro de Mauricio había divisado grandes bandos de palomas torcaces en las pipas sembradas en uno de sus valles, y que a buen seguro, éstas no crecerían más. Llegaba Manolo hasta la mesa a la vez que una suave brisa mecía las palmeras, notando todos los allí presentes un gran alivio.
«Debemos colocarnos en los pinos del cerro de Don Mauricio, al amanecer, para determinar los puestos para el día 15», comentaba Miguel. «Habrá que salir a eso de las cinco de la mañana y que se nos haga de día en el monte y así poder observar las querencias», apuntillaba Demetrio.
Tres tórtolas se llegaron a posar en una de las ramas pequeñas de las palmeras más grandes, aquello desvió por completo nuestra atención, los tres allí sentados las observábamos mientras nos hacíamos una composición de la forma en que habían entrado, suavecitas y planeando hasta llegar a posarse en la rama, emitiendo su arrullo característico. Las imaginábamos entrando de esa manera en nuestras posturas el próximo día 15 y tras mirarnos emergió de nuestra cara una sonrisa de complicidad.

«Mejor que las torcaces no nos entren así o las fallaremos todas», repuse yo. Las campanas de la iglesia de Santa Isabel anunciaban las 12 de mediodía, hora de regresar cuanto antes a nuestros quehaceres, a la vez que concretábamos la hora en que nos veríamos el sábado próximo. A las cuatro, en donde Saturnino, que sabíamos que a esa hora ya estaría preparando los churros. Anunciaba apresuradamente las tres y media de la mañana del sábado el estrepitoso despertador de mi mesilla de noche, me incorporé casi de forma instintiva y me coloqué unos pantalones de color caqui y una camiseta del mismo color, algo desgastada por el paso del tiempo. Dispuse en mi mochila la silla con forma de trípode, una botella grande de agua y los prismáticos. Llegábamos casi al unísono Demetrio y yo, mientras divisábamos cómo Miguel intentaba aparcar su todoterreno en uno de los laterales de la glorieta.
Tras desayunar, a las cuatro y treinta minutos, decidimos que había llegado el momento de trasladarnos al monte y así observar las querencias de las desconfiadas palomas. Por el camino, nos saltaban constantemente delante de los faros del coche liebres y conejos, mientras comentábamos la suerte cine habían tenido este año con las crías, pese a no haber sido uno de los años más lluviosos. Decidimos, una vez en el monte y antes de que amaneciera, colocarnos en tres puntos estratégicos del mismo, quedando dos en la parte alta y un tercero algo más bajo, al sopié de una enorme charca dispuesta para que el ganado saciara su sed. Emparejé algunas ramas de romero y otras tantas de encina, las cuales me harían las veces de puesto, había que tener especial cuidado con el entorno, las torcaces sin duda se ciarían cuenta de cualquier objeto que antes no hubiese estado allí. Desde mi posición, con las primeras del alba, podría ver el puesto de Demetrio, que abajo en el sopié cuidaba con esmero el arte de ocultarse. Sin duda, ese puesto tan cerca del agua sería al que las palomas más acudirían, pero una vez que el día estuviera avanzado y buscaran refresco.
Amanecía y las intrépidas tórtolas no se hicieron esperar, de dos en dos y de cuatro en cuatro pasaban por encima de los puestos con auténtica velocidad. Se divisaban los primeros bandos de palomas, unas treinta por la derecha, pegaditas al puesto de Miguel, otro bando más encima de mí, a tiro de la escopeta. Durante toda la mañana pudimos contar entre los tres alrededor de tres mil palomas, sin duda habíamos elegido los puestos clave para el próximo domingo. El éxito estaba garantizado. A eso de las diez de la mañana nos reunimos de nuevo los tres en el coche y nos encaminamos de nuevo al pueblo. Durante el regreso, ilusionados con lo visto en el monte, hacíamos cuentas de los cartuchos a traer para la próxima semana. Nos despedimos y quedamos para el domingo a la misma hora.

Tan puntuales corno lo pueden ser las agujas de un reloj, nos encontramos de nuevo los tres en la churrería, también había otros grupos, todos ellos vestidos con ropa de camuflaje, de forma que parecía la cafetería la sala de espera del rodaje de una película de guerra. Los comentarios acerca de los lances vividos no se hicieron esperar, dando la razón a un buen amigo mío, el cual decía que el lugar donde más se caza es en el bar.
Desayunamos con avidez para no perder tiempo y marchamos hacia el cazadero, los cuarenta minutos del viaje parecían muchos y queríamos dejar claro y evidente aquel refrán de que al que madruga Dios le ayuda.
Las cinco y cincuenta minutos, nos colocamos en los puestos con más ilusión que otras veces, recordando las palomas de la semana pasada. Con una pequeña sierra de mano, di los últimos retoques al puesto, haciéndolo algo más confortable a la vez que invisible, desenfundé la vieja paralela herencia de mi padre y dispuse dos cajas de cartuchos de plomo del 6, los cuales alimentarían la misma.
Nada ocurría, amanecía y ni siquiera las inquietas tórtolas nos visitaban, mientras en la lejanía se podía escuchar de vez en cuando algún disparo. Las palomas brillaban por su ausencia, los cartuchos no se consumían corno yo esperaba. Tres palomas entraron cerca de mi puesto a dos tiros de altura, hice la intención de tirarlas pero dejé que prosiguieran su camino, ¡vendrán más! pensé, esto no puede durar toda la mañana. Los disparos en la lejanía se sucedían, cada vez con más frecuencia, eran irritables, pensar que nosotros habíamos elegido mal y seguramente otros sin haberse tomado tantas molestias ya se encontraban con sus provisiones de cartuchos menguados, era verdaderamente irritable.
De pronto tiró Miguel, el eco del disparo en el valle junto al agua sonó estrepitoso, a la vez que parecía música celestial. Giré tan pronto como pude la cabeza hacia el disparo y vi una paloma dando con su cuerpo en la charca. De allí mismo, dos más huían buscando refugio en el monte, derechitas hacia mí, tuve tiempo de estudiarlas, de casi contar sus aleteos. Se acercaban con rapidez, me incorporé del puesto y les adelanté bastante el punto de mira, les solté con rabia el tubo izquierdo y una de ellas, la primera, quebró en el aire, la segunda giró en el aire con la clara intención de ganar altura, y la descargué el otro tubo, ésta acusó los plomos dando un gran círculo en el aire, para llegar a pasar por encima del puesto de Demetrio, el cual la bajó definitivamente en su segundo disparo.
Recargué a toda prisa la escopeta, acción que todos los cazadores tenemos costumbre de hacer aunque no se divise caza y que todavía no se sabe a qué se debe, misterio... Otras tres se acercaban a la charca, Miguel las dejaba cumplir no disparándoles, estas al parecer lo detectaron y volaban ganando altura en dirección al puesto de Demetrio, quien descargó la escopeta con poca fortuna.
La mañana se animaba, proseguían los tiros en la lejanía y las veloces tórtolas comenzaban a hacer acto de presencia, en los tres puestos los lances se sucedían, uno tras otro, todos estábamos disparando. Miré el reloj y comprobé que nos acercábamos a las diez de la mañana.

La calurosa mañana no se hizo esperar, subía la temperatura al compás de los minutos y el aire se hacía irrespirable, buen momento para que entren a la charca pensé. Como no podía ser de otra manera, las palomas revoloteaban por encima del agua, mientras que Miguel de forma inteligente las iba dejando cumplir para que todos los puestos pudiéramos tirar. En ocasiones las mismas entraban imitando a las tórtolas turcas que volaban en las palmeras de la plaza del pueblo y nos vaciaban las escopetas sin obtener resultados.
Los abejarucos ponían música a la mañana, junto al canto de algún macho de codorniz que con toda claridad podía escuchar en los rastrojos de la izquierda. Cinco más por el frente, me arrodillé a la vez que las observaba por los agujeros del puesto, entraban a buena altura en mi dirección; Demetrio, ajeno a mí, disparó seguramente a alguna tórtola y las palomas cogieron altura sin desviar el rumbo.
Apunté a las tres más adelantadas y les descargué el tubo izquierdo, dos de ellas se precipitaban velozmente ya sin vida hacia el suelo, las restantes realizaban quiebros en el aire, les disparé de nuevo y pinché a una de ellas en la cabeza, posiblemente algún roce, comenzó a elevarse dando giros sobre sí misma mientras que las otras dos se perdían por encima del monte. Introduje dos cartuchos en la paralela y apunté esmerándome en no fallar el tiro, la solté el tiro y fue a dar con su cuerpo en una de las grandes piedras de la parte de abajo. Parecía que un colchón de plumas se hubiera golpeado con aquella roca y no un palomo.
En el puesto de Miguel, la ventaja de disponer de agua se hacía notoria en relación a los puestos de Demetrio y, cómo no, al mío propio, pero también la entrada de animales a la charca había cesado. Observé cómo Miguel salía del puesto y se disponía a cobrar las palomas dispersas, yo hacía lo mismo, al igual que Demetrio, entre los tres a eso de las doce del mediodía habíamos contado 28 palomas torcaces, tres tórtolas y dos zuritas.
Con el sol achicharrando todo decidimos que lo más inteligente era regresar hasta el pueblo en busca de alguna cerveza bien fría. Ya en el bar comentamos corno había trascurrido la mañana, las tórtolas turcas mientras tanto con su ir y venir desde los cables del trasformador de la luz hasta las antenas que emergían desde los rojos tejados de las casas de dos plantas, y el bullicioso aleteo de los vencejos distraía de vez en cuando nuestra atención...Comentarios (2)
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13/11/2008
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