Tras los pasos del duende

A vueltas con el corzo y ya en los confines de la primavera con el verano, muchos buscan en esta especie un sabor diferente al disfrutado en temporada de la mayor. La caza del corzo supone la antítesis de la algarabía ligada a las pasadas monterías y, el pausado rececho en su busca, nos lleva de la mano al contacto tranquilo e íntimo con la naturaleza.

Patricio Mateos-Quesada | 24/07/2008

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No es junio el mejor mes para ver corzos, ni a machos ni a hembras. Ambos sexos se encuentran embutidos en momentos muy diferentes para sus intereses

Todas las especies de ungulados albergan complejos sistemas cíclicos en los que se barajan las estrategias de supervivencia con aquellas que permiten transmitir sus genes a la siguiente generación. El corzo no es una excepción a este argumento y si lo es, lo será por la poco ortodoxa fidelidad que tiene a lo habitual en otras especies con las que se emparenta. Más aún, podemos afirmar que las pautas generales por las que se rigen otras especies en sus áreas de distribución son en el corzo extremadamente amplias, recogiendo toda una suerte de variaciones que dependerán del lugar en que cada población se ubique.

¿En qué momento se encuentra el corzo en estas semanas previas a lo más duro del verano? ¿Cuál es la actitud de cada uno de los sexos y edades de una población estable? Repasemos estos puntos en la medida de los conocimientos que tenemos de nuestro corzo ibérico.


No se descarta la posibilidad de que la finalidad de los llamados pelaos del territorio de un macho, sea retener a las hembras que lleguen hasta ellos.

No es junio el mejor mes para ver corzos, ni a machos ni a hembras. Ambos sexos se encuentran embutidos en momentos muy diferentes para sus intereses, a caballo de lo que acaba de suceder y lo que está por llegar, sin duda los dos momentos más cruciales en el año de un individuo e incluso para la vida de otros muchos que acaban de llegar: nos referimos a la paridera y al celo.

Corzas en el papel de madres

Casi la totalidad de las hembras en edad y condiciones de parir, tienen uno o dos recentales escondidos entre la vegetación. Las más tempraneras comenzaron los partos en los primeros días de abril, las más tardías están recién paridas. El momento crítico en el que se encuentran los corcinos es sorteado con una absoluta inmovilidad escondidos entre el follaje; las madres acudirán a acicalar y a amamantar a sus recentales y permanecerán el resto del tiempo alimentándose e intentando pasar lo más desapercibidas posible. El tamaño del grupo en estos momentos es clave para esta circunstancia. El instinto de la especie determina que la mejor manera de pasar inadvertido en un medio boscoso es permanecer en él sin compañía. Por ello y en los momentos previos al parto, las madres han expulsado de su lado a las crías del año anterior, y tampoco tiene sentido la permanencia con los machos. Efectivamente, los estudios determinan que junio es el mes en el que menos grupos formados por machos y hembras se registran a lo largo del año.

Es, por tanto, un momento en que la actividad de marcaje territorial por parte de machos adultos de corzo, más febril es

A lo largo de este mes y casi de manera generalizada a finales de junio, todas las hembras volverán a campear seguidas de las crías. Al principio con el rosario de manchas que difuminan su presencia desde el nacimiento y posteriormente con un manto similar al de su madre. En estos momentos, las crías están preparadas para desenvolverse en los paseos que sobre su área de campeo realiza la hembra y son pocas las que en estos momentos de su vida fracasan ante predadores que no sean de la talla del lobo. Es más, las crías macho de las madres que más prontamente parieran, comienzan incluso a mostrar en su cabeza unos bultos que se convertirán más tarde en sus primeras cuerninas. El sentido de esta precocidad aún no está claro y es todavía objeto de estudio y controversia.

¿El papel de los machos?

El mal momento que representa junio para ver corzas, también en buena parte se hace extensivo a los machos. Si entendemos que no tienen nada que hacer junto a las hembras, podemos pensar que podrían pacer tranquilos en espera de la época de celo. Pero nada más alejado de la realidad. Los aspectos territoriales que han podido ser aclarados en el corzo ibérico, revelan que los machos tienen ahora lo que, traducido a términos humanos, sería una hiperactividad.

Los territorios ya están definidos y cada propietario sabe dónde comienza el de su vecino. Estos términos quedaron claros no hace mucho. A pesar de ello, siempre hay algún pretendiente sin patrimonio territorial, que intentará alzarse con la propiedad de algún otro ya instalado. Un aspecto ligado con este argumento y muy relacionado con la situación anteriormente expuesta para las hembras, se refiere a las crías que han sido apartadas del grupo familiar. Al deambular por lo que ha sido hasta ahora su zona vital, entran y salen por los territorios de los diferentes machos y es sobre ellos, en los jóvenes nacidos el año anterior, donde más trabajo encuentran los machos territoriales. Las expulsiones se hacen de una manera insistente y a lo largo de kilómetros. Los jóvenes se ven constantemente perseguidos por uno u otro macho y su objetivo en este período será localizar pequeñas áreas donde puedan ocultar su presencia a los machos colindantes durante períodos de tiempo, o alejarse definitivamente hasta lugares en donde otros machos adultos aún no han llegado.

Es, por tanto, un momento en que la actividad de marcaje territorial por parte de machos adultos de corzo, más febril es. Ya han sido en buena parte marcados los límites y las zonas habituales de paso, y cuando la expulsión de los jóvenes sea casi definitiva, se dedicarán a remarcar y establecer un buen área de exposición de sus virtudes: los llamados pelaos.


Las hembras volverán a campear seguidas de las crías durante junio y sobre todo a finales de este mes.

Estos pelaos son áreas ubicadas en el centro de los territorios y donde el macho marca con tal insistencia, que despoja una superficie de buena parte de la vegetación. No es un trabajo fácil y requiere de numerosas visitas al lugar. ¿La finalidad de ese esfuerzo que supone el tener un pelao en cada territorio?, quizá entre uno de los objetivos sea el de conquistar a las hembras que hasta allí se acerquen. En el pelao hay numerosas marcas personales de cada macho que hablan de sus excelentes características personales y la buena opción que supone como reproductor. El propio pelao, sus dimensiones y la limpieza del matorral, podía ser incluso un mensaje que reforzara la idea antes expresada y que viene impresa en todas y cada una de las marcas hormonales.

En todo caso, los machos, bien por estar embutidos en la expulsión de jóvenes o empeñados en definir los términos de sus fronteras, se encuentran en una actividad constante que les lleva al interior del bosque en buena parte de su tiempo. La situación de alerta en la que se encuentra de manera constante, hace que descubra con mayor presteza a posibles enemigos y sea por tanto más difícil localizar su presencia. En todo caso, no es la época en la que más dificultad tendremos en ver a los machos. Todavía el estado de alerta será aún mayor en un momento del año en la que giran todas y cada una de sus estrategias puestas de manifiesto a lo largo del año: el celo.

¿Cazar en junio?

El celo se concentra en verano y en las poblaciones centrales, comienza a mediados de junio

Son muchas las comunidades que permiten la caza en rececho de corzo en este mes, y a lo largo de buena parte del verano. Esta práctica contrasta con la filosofía venatoria de respetar a las especies en su época reproductiva. El celo del corzo se concentra en el verano y en las poblaciones centrales, por ejemplo, comienza el celo a mediados de junio.

Puestos a practicar esta filosofía y evitar la época de celo, habría que mirar y evitar la caza en aquellas poblaciones en las que el celo ha comenzado. La inminencia de su entrada en el resto, quizá aconsejaría posponer esta modalidad para otro momento, siempre que otras circunstancias permitieran estos cambios.

Existe otro aspecto que aún no se encuentra bien dilucidado: sabemos que los machos adquieren un papel destacado a la hora de asumir riesgos en el grupo. ¿Es posible que estos mismos machos puedan invertir de alguna manera en la protección de las crías mediante el ataque a medianos predadores como el zorro?

Puestos a escoger, el preludio del celo no sería el peor momento para establecer la caza del corzo; sin embargo, es fundamental contemplar otros donde el daño que podemos hacer a las poblaciones es significativamente menor.

Patricio Mateos-Quesada

 

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