Mali, una fantástica alternativa

Hacía tiempo que barruntaba realizar un viaje donde primase la menor en alguna zona de África occidental, teniendo como nos sucede a muchos, referencias y comentarios sobre Senegal y poca cosa más. Por mi cabeza sobrevolaba la idea de cazar francolines, tórtolas, gangas, torcaces, patos, becacinas, algún sisón y, con algo de suerte, avutardas.

Antoni Quer | 02/05/2008

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Contacté con Sergi, de Globehunter Safari Consultants, por si sabía de alguna cacería organizada a la menor que mereciera la pena. A pesar de dedicarse a los safaris de mayor, tiene contactos serios en Mali para algunas especies de menor.

Suerte que no era la mejor temporada porque acabamos con los cartuchos, 250 del 20 y 350 del 12 y escoñamos algunas escopetas

«Manos a la obra», le espeté, sin apenas saber ni por dónde se ubica exactamente Mali. Un viaje de estas características lleva una serie de preparativos engorrosos, como sucede con la vacunación y la disposición de los visados.

Desde Barcelona viajamos dirección a Bamako con Royal Air Marroc, escala de una hora en Casablanca y llegada a la capital de Mali en un vuelo de apenas seis horas, escala incluida. Pasamos el primer día en Bamako con coche y guía, visitando la capital, donde mercados inmensos ofrecen las cosas más inverosímiles que puedas imaginar. Era el reflejo de un África profunda, que sorprende por la amabilidad y educación de sus gentes, a pesar del caos que tienen allí.

A propuesta de Sergi cazaríamos en dos zonas, una forma excelente de conocer mejor el país. La primera, al sur de la capital, a medio camino de Costa de Marfil, en un territorio de sabana arbórea, alternando con escasos cultivos de secano y zonas de marisma durante la estación lluviosa, pero que fuera de ésta se convierten en cañaverales típicos de los humedales. La segunda zona está enclavada en la capital, en la orilla sur del río Níger. Así que salimos por la mañana hacia el sur con un tiempo excelente, durante las horas de canícula, el sol castigaba de lo lindo, pero durante el resto del día el tiempo era fantástico. Llegamos a mediodía al lugar convenido, allí nos esperaba Michel para llevarnos a su campamento, donde con cierta celeridad nos ubicamos y almorzamos, ya que estábamos impacientes por comenzar a cazar. Pernoctaríamos en el bush, lo que supuso una sorpresa para todos, y sobre todo para las señoras. Salimos del campamento a primera hora de la tarde y al cabo de una hora nos paramos a la entrada de un poblado donde recogimos a los pisteros, cocineros y demás personal, desplazándonos al campamento algunos dentro, pero la mayoría encima de los todoterrenos, dando tumbos campo a través y sorteando acacias hasta llegar a una zona indicada como cazadero, que se decide por el simple hecho de no poder avanzar más sin tener que derribar los árboles que impedían ya el paso.

Sin un cartucho para el día siguiente

El propósito inicial era dar una primera mano a los francolines, pero como el jefe de los pisteros comentó a Michel que, a pesar de que la temporada de la tórtola no estaba en su momento ideal, había unas charcas muy querenciosas, nos fuimos directos a ellas, y suerte que no era la mejor temporada porque acabamos con los cartuchos, 250 del 20 y 350 del 12, y escoñamos algunas escopetas, poniéndolas al rojo vivo. Un buen inicio, en el que nuestras esposas se portaron de maravilla con sus armas del 20, quedándose sin cartuchos para el día siguiente. Desde allí tomamos dirección al campamento para cenar y dormir en el bush, ya que a la mañana siguiente los francolines nos esperaban.

Nos reunimos al amanecer cerca del fuego, y después del desayuno —casi todos con escopetas prestadas— nos dispusimos para nuestro bautizo de francolines, resultando una experiencia magnífica, dura pero magnífica, pues generalmente cazábamos en mano con los pisteros haciendo ruido y castigando las hierbas con sus varas, lo que hacía arrancarse a los francolines como nuestras perdices, pero las de verdad. Cazamos sisones, diferentes especies de francolines (las tórtolas las respetamos por puro egoísmo, pues nos hubieran dejado sin cartuchos al poco tiempo de empezar), a la vez que, según la indicación de los pisteros, diferentes especies de aves exóticas de gran valor gastronómico (según ellos) como el mirlo metálico, el pájaro azul o la torcaz amarilla, logrando incluso asustar una avutarda que marchó riéndose de nosotros. En total, unos sesenta cartuchos por cazador por la mañana y otros tantos por la tarde, lo que resultó ser una percha abultada a pesar de disparar con armas prestadas y de los abundantes fallos motivados por la bravura de la especie.

Dos mujeres ocupadas en sus labores del campo se asombraron al ver mujeres cazando

El segundo día cenamos y dormimos cómodamente en el campamento de Michel, volviendo por la mañana a los francolines. Me habían salido ampollas en los pies de la dureza del terreno al llevar botas demasiado cerradas, suerte que llevaba unas deportivas de treking. Al cabo de un rato me olvidé de las ampollas animado al ver los francolines apeonando dirección a los cañaverales, de donde era difícil sacarlos. Un perro hubiera sido fantástico, pero nos comentaba Michel que los perros europeos no aguantan, ya que siendo invierno era raro encontrar serpientes, que el resto del año se convierten en un verdadero problema, sobre todo para los perros, y a pesar de todo los pisteros se apañaban de maravilla para levantar la caza, siendo un espectáculo ver su calidad cobrando cuando herías alguna pieza.

Como anécdota, durante una de las jornadas de caza tropezamos con dos mujeres ocupadas en sus labores del campo que se asombraron al ver mujeres cazando, algo que según Michel sería el tema de conversación en su poblado durante las siguientes semanas.

Esos días de caza con Michel fueron una inmersión profunda y gratificante en el corazón del África Subsahariana, un paraíso duro para los que lo habitan, pero salvaje, bello y exótico para quien lo valora. Hubiéramos deseado continuar algunos días más allí, pero el calendario se movía y teníamos otra cita al sur del Níger.

Camino al sur del Níger

Salimos hacia la nueva zona de caza, hacia nuestro próximo destino, de mañana, llevándonos el desplazamiento todo el día, algo que no nos importó ni nos hizo pensar que era tiempo perdido, pues el espectáculo que presenciamos desde el coche durante el viaje fue digno del mejor reportaje de National Geographic, llegando ya de noche a la orilla donde teníamos que transbordar con una piragua el río Níger, pues nuestro campamento estaba situado en la otra orilla. Una vez colocados en la piragua con todos nuestros bártulos, me sumerjo en la imagen del mítico río Níger cual negro satén, reflejando intensamente los millones de estrellas que cuelgan de un cielo azul turquesa. Durante unos minutos, no sé si realmente estoy en el paraíso o bien me dirijo a lo más hondo del averno. Por suerte pronto vislumbramos las luces del campamento, situado justo en una ensenada cerca de la orilla, disipando al instante mis contradictorios pensamientos.

Allí nos esperaba Claude, quien después de descargar nuestros bártulos nos sirvió una cena excelente. En verdad, hay que reconocer que durante nuestra estancia la comida siempre fue de extraordinaria calidad, tanto en su presentación como en su contenido, regado con vino, algunas veces francés, pero más a menudo español, detalle por cierto de agradecer en aquellas latitudes.

Las diferentes especies de tórtolas y torcaces se echaban como mosquitos a los pobres turistas blancos, teniendo que serenarnos porque no dábamos abasto

A la mañana siguiente, temprano, iniciamos una vez más la caza de francolines. El paisaje de la orilla sur del Níger era sumamente diferente al que conocíamos hasta el momento, el polvo que levantaban los todoterrenos te rebozaba por completo, el paisaje de sabana semidesértica sólo se veía adornado por multitud de baobabs de una belleza desconcertante, a la vez que en ocasiones pequeños poblados despertaban de su letargo al paso de los coches.

Una jornada de mañana excelente en cuanto a caza, con francolines en abundancia, dentro del contexto de lo que podemos entender por densidades en animales verdaderamente salvajes, con la particularidad de poder tirar también gangas, e incluso una avutarda, que por su inmensidad nos pareció más cercana de lo que en realidad estaba, llegamos al mediodía al campamento, ya que las tres o cuatro horas caniculares era mejor pasarlas a la sombra, descansando, aprovechando para darnos un baño en la piscina que este campamento tenía, para después de la comida disfrutar de una siesta que te deja como nuevo para la sorpresa que nos esperaba en la tarde.

Tórtolas y torcaces por doquier

La salida a media tarde tenía por objetivo las tórtolas, torcaces, y si fuese posible gangas, por lo que bien provistos de munición nos dirigimos después de una hora escasa de coche a un cauce casi seco de un afluente del Níger, y digo casi seco, porque en las pocas charcas que quedaban, las diferentes especies de tórtolas y torcaces se echaban como mosquitos a los pobres turistas blancos, teniendo que serenamos porque no dábamos abasto, siendo tal la cantidad y la frecuencia a la que se movían estas, que cuando llegó el crepúsculo y por tanto la hora de intentar abatir algunas gangas, no nos quedaban cartuchos.

De regreso ya oscurecido, una ducha y en busca de la cena, donde comentamos cómo habíamos pagado la novatada y cómo debíamos tomar nota por ello para las siguientes jornadas. En la sobremesa sopesamos con Claude las distintas posibilidades para los días siguientes, ofreciéndonos un estage de cuatro o cinco días en una zona remota, «donde las botas del cazador blanco no habían pisado jamás». La tentación fue grande, pero el eterno dictador que es el calendario en este tipo de viajes nos hizo desistir, dejando la posibilidad como pendiente para la próxima ocasión.

A la siguiente mañana, caza en piragua en el Níger. Así que pertrechados como de costumbre, pero con más munición de la normal, nos embarcamos en una piragua de madera con los ayudantes en otra, saboreando toda la mañana de la caza por el río y sus innumerables islas, desembarcando en ocasiones para dar una mano, o cazando desde la embarcación, en una jornada en que la variedad de fauna fue la tónica general, con tórtolas de varias especies, torcaces, avefrías, becacinas y, patos. Destacar que Josep tuvo la suerte de cazar una agachadiza real, rarísima en nuestras latitudes, y que a pesar de haber aumentado la provisión de cartuchos, volvimos prácticamente sin ninguno al campamento. Los días restantes los alternamos con francolines por la mañana y torcaces y tórtolas por la tarde, dándonos los organizadores la impresión de querer guardar los mejores cazaderos para el día siguiente, llegando a pensar que estaban desarrollando una pura y simple estrategia de marketing, para dejarnos el cuerpo en vilo y el alma dispuesta para volver pronto, algo que por cierto he de reconocer lograron, pues ya me está entrando el gusanito de volver unos días a Mali, soñando con la jaima plantada en un lugar remoto muy al sur del río Níger, donde los francolines no hayan conocido jamás a un cazador blanco.

Antoni Quer
Fotos: Sergi Quer Boada

 

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