Bueno en vez de temprano

Hacía mucho tiempo que tenía olvidada esa zona de la finca a la hora de hacer aguardos, por lo que después de las lluvias del pasado diciembre, una tarde que disponía de tiempo y me encontraba con ese ánimo especial que nos hace falta para cazar, decidí dar una vuelta por sus encinas, ya que el año era temprano de bellotas. Había numerosos toques de guarro bajo ellas, pero ninguna señal que me hiciese pensar en un animal especial, o por lo menos eso pensé en aquel momento.

Antonio Contreras | 28/04/2008

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A la vuelta de inspeccionar el terreno, en una charca me pareció ver desde el coche huellas de marranos, deteniéndome y bajándome a echar un vistazo que me permitió encontrar unas claras de un gran jabalí, que me ilusionaron, pues las traseras se marcaban sobre las delanteras en línea recta, lo que me indicó que era un macho, ya que de lo contrario las traseras no estarían sobre las delanteras y en caso de estarlo, si fuese una hembra preñada, sobresaldría por atrás en oblicuo.

Aguanté como pude hasta que hacia las ocho y media, una algarabía de marranchones alegraban el tranquilo y lento comer del guarro grande.

Había una encina próxima cargada de esas bellotas que vuelven locos a estos suidos, procediendo con la ayuda del bastón que utilizo para andar por el campo a varearla, aunque teniendo la precaución de no echarlas todas al suelo. Esa encina era perfecta para un puesto, pues las nieves del invierno anterior habían partido algunas de sus ramas más grandes, lo que me beneficiaría en la espera al dejar pasar mejor la claridad de la luna, disponiendo además de campo de visión suficiente como para ver con claridad al animal, teniendo la seguridad de poder abatirlo con un solo disparo.

Anunciaba la televisión esos días que tendríamos vientos de levante, lo que me ponía nervioso por dos motivos, uno, porque no podría hacer el aguardo ya que cargaría aire, el otro, porque se acabarían las bellotas durante esos días, lo que supondría el abandono del animal en sus visitas a la encina.

Volví a los dos días a la encina y comprobé que mi goloso amigo la había visitado, gracias a las prominentes huellas y el diámetro de los excrementos que por la zona pude encontrar. Repetí la acción de tirar bellotas al suelo, y con la ayuda de una escoba que improvisé con una bolina, barrí un poco el suelo para asegurarme de los visitantes que podían acompañar a mi amigo.

El viento del este continuaba y con él se iban reduciendo las posibilidades de terminar con éxito mi propósito, lo que no impedía que reincidentemente volviese cada dos días a repetir de forma sistemática la operación de vareo, comprobando la última vez con sorpresa, que la encina había sido visitada por una marrana con su prole, detalle negativo para mí, pues se iban acabando las bellotas de la encina. Escuché atento esa tarde las noticias de las tres, viendo como en el mapa del tiempo los vientos eran anunciados con las siglas VRB, lo que indica vientos variables. Como el aire tiende a ir de arriba hacia abajo debido a la diferencia de temperatura de éste según la altitud, y los bichos tenían justamente este trayecto, me decidí a hacer la primera espera, pues la luna estaba más de media, y con un potente visor no tendría problemas, ya que el puesto lo puse a unos setenta metros de la encina, no lejos para un disparo, pero lo suficiente para evitar posibles revoques de aire.

Esa encina era perfecta para un puesto, pues las nieves del invierno anterior habían partido algunas de sus vainas más grandes, lo que me beneficiaría en la espera al dejar pasar mejor la claridad de la luna

Eran las seis cuando estaba totalmente acomodado con mi 300 WM, un rifle que me da confianza para cualquier tipo de caza en España. El sol fue cayendo, apareciendo las fantasmagóricas sombras de las retamas y otros arbustos clásicos en la oscuridad, con él se iba la tranquilidad del día y llegaba la noche llena de extraños ruidos inidentificables para el que no está acostumbrado, pero que para los que sí lo están forman un coro de vida perfectamente reconocible e identificable. A los esperistas nos gusta la noche, sus ruidos y sus sensaciones, tan extrañas como particulares. La de ese día era oscura, con una densa niebla que fue cubriendo las copas de los árboles, presagiando que la espera podía irse al traste. De repente empecé a escuchar ruidos leves e inconstantes, que me indicaban que en el pecho de enfrente había algo, lo que me confirmó ese potente vuelo al arrancar de las perdices, acompañado de sus típicos piollidos. Poco a poco el ruido se fue acercando, convirtiéndose en lo que me parecía una maravillosa serenata cuando entendí que correspondía al guarro al comer bellotas, los nervios me consumían, tenía a setenta metros un animal que sabiendo que era grande, no podía localizar para hacer un disparo, gracias a mi querida e inoportuna niebla.

Aguanté como pude hasta que hacia las ocho y media, una algarabía de marranchones alegraban el tranquilo y lento comer del guarro grande. Éste no debía de tener ganas de soportar los impertinentes juegos de los niños y con un leve romper de monte desapareció como una gota de agua lo hace en un charco. He de reconocer que para mí fue una gran suerte, pues a los 15 minutos revocó el aire llegando a la alegre fiesta que tenía enfrente, que se convirtió en un recital de soplidos y ronquidos, lo que me dio una alegría, ya que espantados, tardarían bastantes días en volver, dejando para mi guarro las bellotas. Al poco tiempo me levanté en silencio, marchando con un mal sabor de boca por no poder haber abatido a mi rival, que se mezclaba con la satisfacción de saber a qué hora venía, y de haber espantado la otra visita que lo único que podría hacer a la hora de la verdad era entorpecerme.

El sábado siguiente era el día señalado para el posible desenlace. Una vez terminados los quehaceres domésticos, con la intención de dejar contenta a la familia para evitar las típicas críticas por nuestra afición, me dirigí a la finca, donde llegué con tiempo suficiente para pertrecharme y ponerme lo más cómodo posible, lo que se traduciría en hacer posteriormente el menor ruido posible. Como en cada aguardo la noche caía y yo me sumergía en mis pensamientos, pero con ese sentido extra que tenemos los esperistas que nos permite aún distraídos, mantener la atención en todo lo que sucede a nuestro alrededor. Eran apenas las ocho cuando en la morra volaron las perdices, poniéndoseme todo el vello de mi cuerpo como escarpias, pues sabía que era él, algo dentro de mí me lo indicaba. Al frente un leve toque acompañado de mascar, otro rato de silencio, mascar de nuevo y más de lo mismo, lo tenía cerca, pero no en la encina que había preparado. Está a la derecha, eso me preocupa, «¿pasarás de largo?, ¿me has barruntado?», a mis pensamientos sólo contestaba el silencio, «taca, taca, taca», justo enfrente se ha sacudido las orejas, allí sí te podría ver. Agarro mis prismáticos y... efectivamente, ahí estás, eres grande, muy grande, tienes el hacer de la experiencia, no fiándote ni de tu sombra. Un paso, te paras, estás a cinco metros de las bellotas y un rayo de luna te cubre por completo. Es el momento, dejo los prismáticos con toda la precaución que un movimiento lento me permite y tomo rifle. Maldición te has movido, ahora te tapa la sombra de una gruesa rama, te estás poniendo morado, recuerdo a tu familia y miento sobre todo a tu madre. Das un paso y otra vez tu gigantesco cuerpo queda iluminado por el astro nocturno. No debo pensarlo dos veces, acariciando el gatillo y un ruido atronador rompe la tranquilidad de la noche. Te siento correr pero no demasiados metros, escuchando pronto como paras y pataleas, estás muerto, aunque has vendido cara tu vida. Con la prudencia que algunos llaman miedo espero unos minutos fumando un cigarro que sabe a victoria. He logrado vencer de nuevo. Cuando me acerco al animal veo que es enorme, yace tumbado junto a una albaida con la cabeza colgando, mostrando unas magníficas defensas. Recuerdo ahora como en cada ocasión a Juan Pardo y Antonio Barranco, compañeros y amigos sin cuya colaboración muchas de mis jornadas no hubieran tenido nunca el mismo final, siempre he de estarles agradecidos. Pongo todo en orden y vuelvo a casa, contando al llegar a mi hijo pequeño que he logrado cazar el jabalí grande de la finca. No para con emoción de preguntarme «¿dónde está papi, dónde está el jabalí grande?», a lo que le contesto que en la finca y que mañana he de ir a buscarlo. Siento una gran alegría cuando ilusionado me dice «yo voy contigo papi».

A la mañana siguiente madrugamos, quedando con Antonio Barranco que nos acompaña a buscar el animal, de manera que pueda ayudarnos a cargarlo. Antonio junior con apenas cuatro años va camino de la finca con una alegría inconmensurable. Cuando llegamos y nos dirigimos a donde yace el jabalí mi hijo se derretía de emoción, y al verlo me grita «papi, papi, has cazado el jabalí monstruo» a la vez que acercando sus dedos al codillo me muestra donde ha impactado mi disparo.

Miro con respeto al animal, a la vez que pienso lo agradecido que he de estarle, pues si para un cazador es motivo de satisfacción derrotar a un gran rival, más es que éste le permita disfrutar de la alegría de su hijo, ver su cara de felicidad y sentir con orgullo, que pronto podrá compartir nuevas jornadas con él, que serán sin duda el mejor trofeo.

Antonio Contreras

 

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