¿Dónde se han metido las perdices?

Hay perdiceros que cazan con soltura toda la jornada, sabiendo aguantar para aprovechar hasta el último minuto, y perdiceros que en cuanto el campo se calla, y se deja de ver caza, se desesperan y no aprovechan bien los posibles lances con esas perdices esquivas que se han movido desde primera hora, y que ahora, a partir de media mañana, evitan volar a toda costa.

Miguel F. Soler | 05/03/2008

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La caza de la perdiz atrae a muchos, pero a su vez, criba a casi todos, de forma que aunque la mayoría en un momento u otro logra colgar alguna patirroja, pocos cazadores logran redondear una temporada completa con unas buenas perchas. Hablamos de lograr cazar lo que el campo, y sobre todo los cupos, nos permitan, pues por desgracia cada temporada quedan menos terrenos con densidades altas de perdices donde lograr hacer perchas de mucho peso.

Hay que cazar con la cabeza, aprender a escuchar el campo, e interpretar de forma productiva lo que cada cazadero nos indica

Estrategia, tesón, experiencia, equilibrio y serenidad se requieren para saber sacar partido a un coto perdicero, sea de monte o de llano, pues las perdices son esquivas, duras, y no permiten que de cualquier forma lleguemos a ellas. Cada año, incluso, ponen en práctica nuevas estrategias de defensa y huida, donde la distancia de arranque y la longitud de la volada cada vez son mayores, propiciado todo por la presión que ejercemos sobre ellas.

De todas formas, y gracias a que la ilusión por colgarnos dos o tres perdices en la percha todavía nos lleva al campo a muchos cada domingo, hay que esmerarse precisamente en los momentos que en principio son más duros, para poder llegar a tirar unos pájaros.

La perdiz rara vez se puede tirar de entrada, a primera hora, por lo que habrá que trabajar en serio, intentando dirigirlas a lugares adecuados, para poder más tarde provocar el lance. Esto lo tenemos más o menos claro; pero ocurre que tras ir de acá para allá, darnos unas carreritas, subir unos cerros o atravesar un par de barbechos embarrados, llega media mañana, la perdiz se amaga, y nosotros entonces ya casi no podemos ni seguir cazando.

Hay que cazar con cabeza, aprender a escuchar el campo, e interpretar de forma productiva lo que cada cazadero nos indica, pues la perdiz, en esencia, termina siempre escondiéndose para eludir nuestra persecución, de ahí que cuando muchos se retiran ya al coche, vencidos por no ver más perdices, nosotros debemos poner en práctica nuestra experiencia, para lograr sacar algunas de las que están aplastadas en un terronar, un liego o una viña. Hablemos de las perdices del llano, y de cómo trabajar para descubrirlas cuando ellas no quieren dejarse ver.

Si haces bien los deberes…

Lo principal es salir en la jornada sabiendo que hay que dosificarse, y en este sentido cada uno tiene que hacer examen de conciencia y reconocer cuál es su ritmo para no desfondarse en las horas en que las perdices están más fuertes, que es cuando mayor esfuerzo nos costará intentar llegar a duras penas a alguna de ellas.

Mover la caza es fundamental, y hacerlo a  un ritmo cómodo, que no nos reste brío para cuando el campo se calla

La perdiz puede con la mayoría de los cazadores en terrenos complicados porque vamos detrás, no las llevamos, que es bien diferente. Siempre hay que intentar mover los pájaros de forma que sus vuelos o sus peones sean en nuestro beneficio, pues si nos limitamos a seguir hacia donde van, a menudo nos darán esquinazo más tarde o más temprano.

Por ejemplo, es tontería cazar a favor de la linde del coto y con el aire de espalda, esto es apostar por sacar las perdices del cazadero; al igual que cazar de cara a una reserva, estamos pidiendo a gritos vaciar el terreno donde estamos cazando; los deberes hay que hacerlos bien desde el principio, desde el primer momento de la jornada.


La perdiz puede con la mayoría de los cazadores porque vamos detrás, no las llevamos.

Así pues, que el camino que emprendamos no sea con la intención de tirar cuanto antes, pues estaremos tan en tensión, que la golosina de ver volar a las perdices hará que nos vayamos detrás de ellas, y esto, como estamos comentando, no siempre resulta positivo para la percha. Siempre que podamos, mejor entrar de forma que la huida se propicie hacia donde nos interesa, con la lógica premisa de que las perdices intentarán huir de forma más favorable para ellas, y hacia donde quieren, por eso es tan difícil cazar perdices a guerra galana.

Mover la caza es fundamental, y hacerlo a un ritmo cómodo, que no nos reste brío para cuando el campo se calla, cuando a media mañana ya casi no se escuchan disparos y sabemos que la caza —las perdices— está amagada, y hay que ir entonces a sacarlas, si somos capaces...

La aventura de ir de acá para allá

Es habitual ver a bastantes cazadores que simplemente van de un lado para otro, caminando por el campo, en espera de que «me salga alguna a tiro », y conforme avanza la jornada, su aburrimiento y el convencimiento de que allí no hay perdices, crecen conforme aumentan los minutos de caza.


No insistamos en una zona donde nos gusta cazar si allí no quedan pájaros.

La caza de la perdiz siempre exige poner en práctica una o varias estrategias por jornada, dependiendo de muchas variables y circunstancias tales como las condiciones atmosféricas, el mayor o menor número de escopetas en la zona, el terreno, la época, la densidad, y por supuesto de nuestra capacidad de llegar allí donde ellas pueden estar.

Por eso nunca debemos dejarnos llevar por recorrer el cazadero de acá para allá, olvidando esa frase de «voy a dar una vuelta por allí» y cambiando nuestra forma de pensar, siendo mucho más proactivos, pues de otra forma cazaremos de vez en cuando alguna perdiz casual, aquella que arranca por su propia inercia y no por haberla descubierto nosotros o nuestro perro, y con estos lances poca escuela iremos creando.

Es imprescindible estar en buenas condiciones para batallar con los pájaros en nuestro terreno, saber dónde llevarlos, y sobre todo, dónde debemos buscar perdices cuando el campo se calla, justo cuando los pájaros ya ni se ven ni se escuchan, ésa es la hora de hacer percha con la experiencia.

Hay que preguntarle al campo dónde pueden estar las perdices, y el campo casi siempre nos responderá

No insistamos en una zona donde nos gusta cazar si allí no quedan pájaros, hay que ir donde ellos están, donde presumiblemente en función del análisis de factores de ese momento, deberían estar, pues la perdiz en un buen número de casos es impredecible aún con suficientes referencias que tengamos.

Y ojo, que en muchos terrenos la perdiz a última hora estará justo donde estaba a primera, aunque las movamos o las muevan otros cazadores, de ahí el ir aprendiendo las costumbres y querencias de las perdices de cada zona, pues aún en el mismo coto no todas se comportan igual.

Paremos un momento y preguntemos al campo

A veces es interesante pararse en mitad del campo, a media mañana, y escuchar; esto, además de conseguir que nos repongamos de pulsaciones si hemos estado batallando a ritmo fuerte, hace que pongamos nuestros sentidos en alerta, y que nuestra mente se centre en analizar el entorno.


La caza de la perdiz exige poner en práctica una o varias estrategias.

Hay que preguntarle al campo dónde pueden estar las perdices, y el campo casi siempre nos responderá que en cualquier sitio, que donde menos las esperemos... Este sentido figurado viene a decirnos que aunque en efecto analizando el cazadero veamos dónde debemos tocar para dar con ellas, no rehusemos acudir a otros puntos, pues la perdiz, y sobre todo la perdiz vieja, sabe defenderse al máximo.

Mirando alrededor iremos descubriendo puntos estratégicos que nos llamarán la atención porque sabemos que las perdices escogen determinadas zonas y rincones para esconderse y no salir de allí en un buen rato; a estos lugares sumaremos los que nuestra experiencia nos remite, por haber vivido en otras ocasiones buenos lances con perdices; esto es fundamental.

Una vez claro qué es lo más atractivo en esa zona, hay que mirar cómo entramos, no sólo por el viento y para dar facilidades a nuestro perro, sino para entrar con la posible salida del pájaro hacia nuestro mejor lado de tiro. Esto no solemos tenerlo en cuanta y provoca a veces fallos incomprensibles, todos tiramos mejor hacia un lado u otro, y hay que aprovecharlo.

Que no nos dé reparo quedarnos unos minutos quietos y observando bien el cazadero que tenemos por recorrer, pues debemos aprovechar al máximo las oportunidades; mientras tanto, ese pequeño parón hace que descansemos un poco, que podamos reponer fuerzas con frutos secos, fruta, algo de agua, a la vez que nuestro perro se asentará un poco tras ese merecido descanso, aunque apenas sean tres o cuatro minutos, pero es que a continuación tenernos faena.

Querencias para cuando la perdiz se amaga

Así, y suponiendo que cazamos donde tenemos cierta densidad de perdices, o al menos donde podamos tener esperanza de ir tirando alguna de vez en cuando; una vez recorridas las zonas de donde podemos irlas sacando a primera hora, y comprobado hacia dónde se dejan llevar por el viento o por una querencia de huida muy clara, buscaremos allí donde los pájaros, sueltos o agrupados, puedan arrancarse a tiro.

Hay que sorprenderla de improviso para que el pájaro, finalmente, salga volando

La perdiz siempre busca zonas donde no las veamos, y donde ellas nos vean llegar: cierto. La perdiz a veces se esconde allí donde ni ve llegar el peligro ni nosotros podemos verla a ella: igualmente cierto. La perdiz es una pieza esquiva que cada jornada nos sorprende por muchas temporadas que llevemos a cuestas: ésta es la mayor certeza de todas en el mundo perdicero.

Dicho esto, busquemos allí donde la intuición nos dice que puede haber perdiz, pues por muchos kilómetros que recorramos, nunca sabremos si vamos a tirar al final o no. De todas formas, las perdices tienen mucha preferencia por las lomas con mata de monte bajo, con pasto y espiguillas, con brozas, allí se amagan y se encuentran muy a gusto. Y ojo, que allí ven y sienten pasar a muchos cazadores a galope tendido, sin levantarse por ello.

Hay que ir cazando y no corriendo en esta fase de la cacería, donde se trata de convencer a la perdiz para que se arranque; esto a veces, otras hay que sorprenderla de improviso para que el pájaro, finalmente, salga volando. Se habla a menudo que las linderas y los majanos son buenas referencias para sacar perdices amagadas, y es una verdad como un templo.


Hay que hacer justo lo que no apetece para lograr colgar unas perdices que saben a gloria.

Pero hay zonas donde al estar muy castigadas siempre en las mismas linderas, la perdiz termina por amagarse en un barbecho cercano, o en el límite de un camino, cuando no en mitad de un llano pelado, donde se agacha y espera acontecimientos. Con esto quiero deciros que la perdiz amagada juega con su experiencia también, y los pájaros viejos hacen verdaderas peripecias para no ser descubiertos.

Las asomadas siempre son buenas, muy buenas generalmente, al igual que cualquier pegote de brozas en un llano o en la viña, olivar, etc., y a veces la perdiz no se arranca en la corona de la asomada, porque sabe que allí es más vulnerable, y se encama en la falda del cerrito, provocando ese lance en el que después de coronar nosotros y mirar esperando que se arranque el pájaro casi pisado, sale por abajo, muchas veces largo.

En viñas ya podadas hay que cazar mirando y remirando muy bien, muy atentos al perro y siempre con el viento de cara, pues llegada la hora en que las perdices se han desperdigado y se ocultan, se aculan en una cepa, y de allí no se mueven en mucho tiempo, con muchos casos en los que nos dejamos pájaros atrás, incluso en la misma hilera de cepas por donde acabamos de pasar.

En cotos donde el tiradero principal en esta última parte de la jornada está en los cerros, muchas perdices se ocultan en los barbechos vecinos, justo allí donde a esas alturas de la mañana, nadie tiene ganas de ir. Así que no nos lo pensemos, en más de una ocasión hay que hacer justo lo que no apetece para lograr colgar unas perdices que saben a gloria, cuando la mayoría de compañeros van ya de vuelta, y sin fuerzas para levantar la escopeta.

Miguel F. Soler
Fotos: Alberto Aníbal Álvarez
1 comentarios
12 nov. 2008 14:59
c_marinb
Estimado Miguel:
Soy un novato. Este pasado domingo sali por primera vez de caza a por perdiz. Sali con un amigo, él llevaba perros y yo no... bueno pues crei que con salir a pasear seria suficiente pero en seguida me di cuenta de que necesitaba realizar un ejercicio de estudio personal, del terreno y bueno de la situacion en la que estamos. Para la proxima vez pensare antes de dar un paso de como darlo, hacia donde y con que intencion... Si pensamos un poco nos cansaremos menos y disfrutaremos mas.
Bueno que muchas gracias por tu articulo, de casualidad lo he leido y me ha dado aliento.

Saludos cordiales

 

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Sin duda, los mejores lances

Es una pena que nos desfondemos en la primera parte de la jornada, trabajando a un ritmo demasiado elevado queriendo llegar a las perdices mucho antes de su tiempo, para una vez esturreadas por baldíos y cerros, no tener casi fuerzas para llegar a ellas. Sin duda los mejores lances, los más intensos y en cierto modo fáciles, se producen cuando la caza está ya amagada, fuera de su zona habitual, y en espera de acontecimientos, momento ideal para que nuestro perro repase con maestría el cazadero, y logre sacar o mostrar más de una patirroja que nos sorprende por su capacidad de disimular su presencia en lugares casi inverosímiles.

Así que si aprendemos a dosificarnos y a tomarnos la primera parte de la jornada como de planteamiento y puesta en marcha de nuestra estrategia, para culminar la cacería rindiendo al máximo en las últimas dos o tres horas, sin duda vamos a vivir de forma mucho más intensa, gratificante y recompensada cada jornada a perdices, aunque tengamos días en los que no hay forma de ponerlas a tiro. Ésas son las buenas, a las que hay que plantarles cara, y esperar al siguiente domingo para, con suerte, llegar a tirar a muestra de nuestro perro a las dos de la tarde.

Volcarnos en la segunda mitad

Justo al contrario de lo que solemos hacer, que es comenzar al máximo para pasar, tras unas horas, a un estado de cierto agotamiento, decaimiento, y apenas fuerzas para sujetar de mala forma la escopeta. Todos hemos sentido cómo a partir de cierto momento nuestros pasos por el campo ya no llevan fuerza, y cómo la escopeta ya nos molesta o estorba, esos tres kilos, parece que fuesen diez, y además, el coche tan lejos...

Hay que aprender a comenzar a cazar de forma gradual en nuestras evoluciones en el campo, debemos ir justo al contrario que nuestro perro, que suele salir con una fuerza enorme hasta que se templa y comienza a meterse mejor a la distancia de tiro, sobre todo en el llano. Hay que plantearse la jornada de forma diferente, de menos a más, dejando que la caza se mueva, aprovechando los lances que podamos, sin desesperarnos porque la perdiz no se deja. Luego, si seguimos con capacidad y brío a partir de las doce o la una de la tarde, entonces es cuando hay que rendir al máximo para tocar las mejores zonas con fuerza, pues allí estarán las perdices.

Trabajar a dos tiempos

Se trata tan sólo de pararse a pensar si actualmente cazamos de la mejor forma, de la más productiva; pues muchas cuadrillas, a partir del almuerzo o del taco de media mañana, comienzan a decaer en su esfuerzo, determinando ya tan sólo cazar alrededor del coche o sin alejarse demasiado. Y es que ese paroncito, a veces, es un verdadero lastre para después continuar con la fuerza suficiente, sobre todo cuando media una pesada digestión de por medio.

Así que os propongo un nuevo enfoque de nuestras jornadas perdiceras con mayor potencial de buenas perchas: comenzamos casi calentando, cazando con brío pero con suavidad, es decir, sin provocar un desgaste excesivo; una o dos paraditas a lo largo de la mañana para reponer (frutos secos, fruta, debemos beber agua durante toda la jornada para evitar bajar el rendimiento y favorecer las lesiones), y progresar en nuestro ritmo para amoldar el mejor periodo de nuestro perro, a últimos de la jornada, con nuestra capacidad para llegar a los puntos calientes y tirar de buena forma, cazando casi de continuo en guardia media para encarar correctamente y de forma rápida ante los lances más inesperados de esos momentos, que son los que hacen que poblemos la percha cuando otros aficionados están ya casi sin fuerzas para llegar al coche.