Me acerqué, con el arma enfundada, ya de retirada, al ruido de las voces cercanas al cortadero y, tras el parco saludo, los afectados continuaron, como si no existiere, con la cortés, a la vez que tenaz, comprobación del cumplimiento de las normas camperas de atribución de la titularidad del cuerpo inerte de un cochino de blanquecino hocico y prominentes y sobresalientes colmillos.

Antonio de Palma Villalón

¿Quién impuso la norma de que en la caza mayor la primera sangre es la que vale y en la menor el que mata?

No era para menos, el trofeo merecía la pena y el desdichado animal había recibido dos disparos, de entre unos cuantos que se escucharon, de dos aledañas posturas de la armada que flanqueaban su paso acelerado por la cercanía de la rehala. Como siempre, el segundo fue más certero y el que le dio muerte.

Finalmente, se culmina la «teórica» injusticia; el rápido y torpe dueño de la bala que tuvo a bien, por escasa destreza o por pura «suerte», rozar levemente la pata trasera cerca de la desgastada pezuña del espléndido «guarro», obtiene el inmerecido premio del trofeo.

Después, en la junta, «Desde siempre, en la mayor, la primera sangre es la que vale y en la menor el que mata», sentenció con solemnidad Vicente, nuestro amigo y guarda, y así lo aseverábamos todos los presentes con unas leves inclinaciones de cabeza y murmullos de aprobación como si nos sintiéramos obligados a mostrar nuestra opinión, dando de forma subrepticia el pésame al avezado segundo cazador. Y, al verme sorprendido por tanta sabiduría popular, surgió la pregunta interior: ¿quién impuso tal norma que todo cazador del norte o del sur de España la asume como ley suprema y a pie juntillas?

Rebuscando entre nuestra legislación, compruebo que tal usus fori, no sólo es una costumbre arraigada en el convencimiento popular campero, sino que tal situación se encuentra antaño regulada así, si bien no exactamente, en el Real Decreto de 1834, que dice: «La caza que cayere del aire en tierra de propiedad particular o entrase en ella después de herida, pertenece al dueño o arrendatario de la tierra, y no al cazador, conforme a la Ley 17 de la 3ª Partida». En cambio, la Ley de Caza de 1879 estableció una regla más actual: «El cazador que usando de un derecho de caza desde una finca donde le sea permitido cazar, hiera una pieza de caza menor que cae o entra en propiedad ajena, tiene derecho a ella...», y la Ley de Caza posterior de 1902, además añadió: «Todo cazador que hiera a una res tiene el derecho a ella...», si bien la regulación no coincidía plenamente con la afirmación categórica de nuestro convencido guarda.

Nuestra Ley de Caza de 1970 tuvo a bien establecerlo igualmente con más meticulosidad: «Cuando hubiere duda respecto a la propiedad de las piezas de caza se aplicarán los usos y costumbres del lugar. En su defecto, la propiedad corresponderá al cazador que hubiere dado muerte cuando se trate de caza menor, y al autor de la primera sangre cuando se trate de caza mayor», concepción que ha tenido fiel reflejo en todas la leyes de caza de la comunidades autónomas.

Aunque en algunos casos ésta pueda considerarse injusta, como pudiera entenderse así en el que comentábamos, hay que poner normas organizativas, puesto que, de otro modo, se podría dar lugar a disquisiciones y disputas que perdurarían en el tiempo como clavada espina, no llegarían jamás a buen término, ni convencerían a la postre a nadie, más aún, en una pasional y vehemente actividad como es caza.

Res nullius

Imagínense la cantidad de dueños que habrá tenido un jabalí que se desplace por cientos de acotados a los largo de su vida

Desde que se abate la caza pasa a pertenecer al cazador, pero antes ¿a quién pertenecía?, ¿era del propietario de finca, del arrendatario de la caza, del colindante, de dominio público o de nadie?

A lo largo de toda la Historia el hombre ha pretendido «adueñarse» de todo lo que le rodea, si bien con la caza siempre se ha topado con un problema: la característica esencial y principal definitoria de tales animales es su condición de «salvajes» que implican necesariamente la carencia de dueño.

Desde el Derecho Romano se llegó al convencimiento de que caza y pesca eran bienes equiparables a un tesoro escondido o a las cosas abandonadas que podían ser definidos como una «cosa de nadie» como traducción al latinismo res nullius, precisamente por inexistencia de propietario, y que me han sacado a relucir en muchas ocasiones personas que no acaban de explicarse a sí mismos su auténtico significado.

En nuestro vigente Código Civil de 1889 se dice: «Se adquiere por ocupación los bienes apropiables por su naturaleza que carecen de dueño, como los animales que son objeto de caza y pesca, el tesoro oculto y las cosas muebles abandonadas».

Ese concepto ya estaba recogido en la Ley de Caza de 1879: «Los animales fieros o salvajes pasan a poder de los hombres por la caza», que, además, añadía «Se comprende bajo la acción genérica de cazar todo arte lícito y todo medio legal de buscar, perseguir, acosar, aprehender o matar, para reducirlos a propiedad particular» concepción ratificada textualmente por la Ley de Caza de 1902, y por la vigente Ley de 1970 «Cuando la acción de cazar se ajuste a las prescripciones de esta Ley, el cazador adquiere la propiedad de las piezas de caza mediante la ocupación. Se entenderán ocupadas las piezas de caza desde el momento de su muerte o captura».

Como veíamos, desde el instante en que un cazador «legalmente», y con todas las bendiciones administrativas, captura, apresa o mata una pieza cinegética adquiere por «ocupación» su propiedad y, previamente a tal instante, no pertenece a nadie.

A partir de la publicación de nuestra Constitución, que asienta el deber —ya cumplido por numerosa normativa estatal, especialmente a partir del año 1970— de los poderes públicos de protección y preservación del medio ambiente (artículo 45), considerándose la fauna como parte principal, y con la cesión de las competencias de caza, se fueron publicando las diferentes leyes específicas en diferentes comunidades autónomas, y en todas y cada una de ellas se estableció expresamente y específicamente el principio básico de res nullius, atribuyéndose la propiedad por la ocupación.

Sin embargo, algunas leyes de caza como la de Asturias, Ley 2/1989, de 6 de junio, o la de Extremadura, Ley 8/1990, de 21 de diciembre, en un excesivo y equivocado afán socializador, calificó como «concesiones» las autorizaciones administrativas a los acotados, término que sólo es utilizable sobre bienes de dominio público, lo que se interpretó como una apropiación por parte de la Administración de la caza y una contradicción con el principio de res nullius. Siguiendo los actuales principios constitucionales de Medio Ambiente sentencia del Tribunal Constitucional (TC) 26/06/95, tal entuerto fue resuelto finalmente en sentencia del Pleno del TC de fecha 22 de enero de 1998, «Precisamente, porque las piezas de caza son una res nullius cuya propiedad se adquiere mediante ocupación y no un bien accesorio a la propiedad de los terrenos por los que libremente transitan (…)». «(…) en cuanto se interprete que el régimen administrativo que efectivamente establecen derive afectación demanial alguna», que vino a ratificar la vigencia del eterno principio y considerar que toda mención a «concesión» ha de ser entendida como «autorización».

A la luz de la normativa existente y la jurisprudencia de Tribunal Constitucional, en zona libre de cerramientos es indefendible una relación de propiedad, ni aprovechamiento exclusivo del titular cinegético de la fauna silvestre que atraviese o habite el acotado, hasta que, efectivamente, tal pieza cinegética no sea específicamente cazada o capturada y, sin embargo, es absolutamente incomprensiblemente que muchísima jurisprudencia se base en la premisa de la atribución de la propiedad de la fauna al titular o al propietario del acotado como razón de imputabilidad de los daños en accidentes de tráfico, sentencias que se dictan exactamente en el mismo sentido y con las mismas palabras: sentencia de la Audiencia Provincial (SAP) Guadalajara, 31/03/01; SAP Córdoba, 09/03/01; SAP Cuenca, 05/09/02, «por lo que ha de entenderse, salvo prueba en contrario, que cuantas piezas de caza existan en un acotado pertenecen al propietario o titular del mismo». En este mismo sentido, pueden citarse las SAP de Zaragoza de fecha 19/12/00, SAP de Zamora de fechas 12/05/98 y 31/03/00, SAP de Salamanca de fecha 2/07/99, SAP de Palencia de fecha 22/06/98 y SAP de La Coruña de fecha 24/01/98, entre muchas otras, SAP Teruel, 27—11-2001, «ya que la responsabilidad civil que por esta causa se establece no es sino una contrapartida al aprovechamiento exclusivo por el propietario de las piezas de caza que habitan en el terreno de su propiedad y, por tanto, aquella responsabilidad estará vinculada, con independencia de cuál sea la calificación jurídico administrativa que se dé a dicho terreno, al aprovechamiento efectivo que en el mismo se realice». Imagínense la cantidad de dueños que habrá tenido un jabalí que se desplace por cientos o miles de acotados a lo largo de su vida, o un pato anualmente entre Noruega y Doñana.

Ésta es la mejor prueba que en la Justicia española dos más dos no son cuatro, de lo absurdo de algunas conclusiones judiciales y de lo equivocados que pueden estar nuestros tribunales de justicia, resultado de asumir como cierta una premisa básica totalmente errónea.

Antonio de Palma Villalón. Asesor jurídico

 

Comentarios (9)

Sólo Usuarios Registrados
Insertar Comentario

Usa un tono respetuoso y procura que tus comentarios sean relevantes y relacionados con el artículo. No está permitido verter comentarios contrarios a las leyes españolas o injuriantes.
Los comentarios inapropiados o en tono ofensivo podrán ser editados o eliminados.

comentario sobre articulo
frankbereta
19/12/2007
Da gusto leer este tipo de articulos, como cazador te animo a que sigas escribiendo y si has escrito alguno más, me lo envies por correo ( frank@estudirosello.net)
¿ Del perro ó del Cazador ?
PEPEJUAN  Usuario Autentificado
19/12/2007
Sí un perro levanta un conejo, y sale tras el en carrera y lo abate otro cazador a varios metros. De quien es la pieza ¿ del perro ó del cazador ?

Saludos

¿en el campo o en la junta?
vidalete
19/12/2007
Justamente esta mañana me comentaba un compañero que es postor que el fin de semana pasado,en su armada, entró un venado de esos de aúpa. Uno de los puestos le zurró tres tiros y nada, el bicho al monte y sigue que te sigue. Al finalizar la montería, el hombre del puesto comenta que cree que lo ha pegado y mi compañero llama a otro de los postores, quien le confirma que en la otra armada se ha matado un buen pavo que parecía que venía de la suya. Esta información se pasa al cazador, pero éste, en vez de ir a ver el animal para reconocerlo y ver si hay sangre decide irse tranquilamente a la comida.
Cuando el venado llega al cemento, y comprueban la calidad del trofeo, viene la trifulca. Efectivamente el animal tenía varios tiros, todos roces sin importancia, excepto el que lo mató, pero ...
¿Qué hacer en estos casos? Nunca se puede asegurar que es el mismo venado cuando se habla de distancias de medio kilómetro o más si no hay rastro de sangre.
Al final, por no discutir las cosas en el campo, el venado se lo quedó el que lo abatió, cosa que a mi me parece muy correcta.
Si el primer cazador hubiera rastreado el bicho y hubiera llegado al animal muerto o cerca, entonces se merecería ese trofeo, pero si no, creo que la cosa fue justa.
Además, y este es un punto de vista muy personal, si aplicamos el sentido común no habría ni la mitad de problemas, ya que si yo rozo con una bala la patina de cualquier animal, por mucha sangre que le haga, creo que no debo quedármelo, ya que si no fuera por el cazador que lo mata, nunca lo hubiera vuelto a ver.
Un saludo a todos y excelente artículo.
¿La pieza es de quien le hace la 1ª sangre?
Azul  Usuario Autentificado
19/12/2007
Por supuesto que la caza es res nullius.

No en todas partes (al menos en ciertas zonas del norte de la península) la pieza es del que hace primera sangre o siquiera del que la mata, ojo.
imprecisión
fausalva  Usuario Autentificado
20/12/2007
Bajo mi punto de vista, el concepto tradicional y consuetudinario de la "primera sangre" (que de entrada acato y respeto a pies juntillas),tal y como está desarrollado en la Ley de Caza de 1970, es impreciso y puede dar lugar a situaciones muy injustas. Pienso que debiera haberse regulado con una mayor precisión, no considerando "primera sangre" aquellas heridas de las que desde un punto de vista objetivo y racional no pueda deducirse una posibilidad razonable de cobro (por ejemplo, excluir los tiros en pezuñas,roces o repelones, etc, dando validez unicamente a los que han impactado en la "caja").

Yo nada más he tenido un incidente de este tipo: En una batida, el ocupante de un puesto disparó de culo a un jabalí bastante grande a unos cincuenta metros con perdigón del doble cero (lo tenía puesto ¡¡por si le entraba algún zorro!!, dijo)impactándole en los jamones con unos cuantos perdigones. El bicho me entró a mí posteriormente a todo trapo, y lo paré con dos tiros del 7mm RM.
El caso es que después, el tipo se atribuía la "propiedad" de la pieza por los cuatro o cinco perdigones que le sacamos del culo.
El caso es que pasé de discutir porque al fín y al cabo la "autoría oficial" del abate me la traía al pairo, yéndome a mi casa bien tranquilo porque en mi fuero interno tenía el firme convencimiento de que lo había matado yo.Y con eso me bastaba.

Saludos.
contestación a pepejuan
frankbereta
20/12/2007
Yo creo que si tu perro te levanta una pieza el primero en tirar debe ser el dueño del perro, si una vez efectuado dos tiros lo falla, los de alrededor ya pueden disparar ( otra cosa en cazar con amigos alrededor, que no importa quien tire)), si me equivoco por favor que el señor Antonio de Palma me rectifique
contestacion de PEPEJUAN
PEPEJUAN  Usuario Autentificado
21/12/2007
Donde yo cazo, que es el Levante Español, es sana costumbre que la pieza de pelo que levanta el perro ( y la persigue hasta su abate ), es suya .Aunque la mate un cazador distinto a la cuadrilla.

Esta "ley" aceptada por "todos"( sobre todo, cazadores de conejo ).Me pregunto si existe algún artículo que la regule o simplemente es una costumbre popular.

Saludos y Feliz Navidad.
Contestación a Pepejuan
Nikao  Usuario Autentificado
22/12/2007
No hay norma escrita (yo no la conozco) sobre atribución de la pieza perseguida por un perro y abatida por quien no es su dueño.

Sí recuerdo que hace muchos, muchos años, cazando la patirroja se me presentó una rabona entre los sarmientos aún con hojas del viñedo que movía, y tras voltearla de un disparo se presentó un galgo solitario que se volvió. Cuando preparaba la liebre para colgarla veo a un viejo galguero que se acercaba hacia la viña del perdedero y llamándolo trabamos conversación. Coíncidimos en que la liebre iba siendo corrida por el galgo, y me atreví (yo era un crío) a pedirle que la tomara como suya, cosa que hizo tras varios rehuses, y bajo la condición, me dijo, de que me debía ¡dos cartuchos! que esa era la costumbre. Al final se solucionó el débito porque mi escopeta era del 20, y quedamos en paz.

Corrían los años 50 del pasado siglo, y recuerdo la anécdota como uno de los recuerdos que merecen no perderse. Curiosidades de otros tiempos.


sangre de muerte.
el repilado
15/02/2008
Soy montero, y por mucho que digan las normas, jamas se me ocurriría reclamar un animal al que le he pegado un rasponazo, la etica y la estetica, estan para algo.
Para reclamar una res pienso que se debería tener en cuenta el tiro efectuado, y si este ha alcanzado alguna zona vital, o que provocase la muerte, o que permitiera a los perros dar alcance al animal, ejmp. una pata rota, un tiro en la panza, etc.
entonces si reclamaría la res, nunca antes, como he podido ver en algun reportaje a un sr. diciendo que como el primer tiro de un venado lo tenía en la oreja, pues el trofeo se lo llevaba el señor que se lo había causado, ya, ya y este cuando tenga el trofeo en su casa que contara a sus nietos..........................

 

Leer más

Navegación
Ir al índice
Artículo siguiente: Las anátidas: un grupo en expansión | Palacios, Rodríguez y Yanes
Artículo anterior: La picaílla | Manuel Romero
Otros artículos de Antonio de Palma Villalón
Causas de exoneración (13/02/2008)
Ecología moderna (26/02/2008)
El transporte de la caza (24/03/2008)
Normas para el uso de armas (18/04/2008)
Caza y celo (06/05/2008)
Iluminación nocturna (19/05/2008)
Situación jurídica actual de la caza con arco (17/06/2008)
Incendios forestales (02/07/2008)
Comederos y bebederos (17/07/2008)
Contaminación humana (23/09/2008)
Artículos relacionados con 'Legislación'
El bosque de Sherwood | Pardal
¿Quién defiende a los cazadores en la UE? | Víctor Mascarell
El Perro de Rehala, animal doméstico de compañía | Asociación Española de Rehalas
Efecto negativo de la Ley de Caza andaluza | José Carlos Taviel
Nuevos cotos en Castilla y León | José Luis Garrido
Los Espacios Naturales Protegidos y la Caza | Santiago Segovia
¿Quién se beneficia de la Ley de Caza andaluza? | José Carlos Taviel
La FAC y el Reglamento de Caza | Manuel Bravo
Reglamento de Caza de Andalucía: nuevas objeciones | Miguel Páez
Apertura de la temporada en Castilla - La Mancha | Mariano López Peñuelo
Me alegra el Anteproyecto de ley del Patrimonio Natural y la Biodiversidad, y me preocupa su relación con la Caza y la Pesca. | Víctor Mascarell
¿Es necesario movilizar a los cazadores andaluces de nuevo? | Carlos Andrade
La Caza, una cuestión de voluntades y competencias, su defensa | Víctor Mascarell
A la Real Federación Española de Caza | José Carlos Taviel
Cierre de cotos por veneno | Varios Autores
Las especies de caza también son un patrimonio natural | Víctor Mascarell
Ley de Patrimonio Natural | Alonso Sáchez Gascón
Cargarse la caza de un plumazo | Paco Bastida
Las claves de la señalización cinegética | Víctor Manteca
Si quiere cazar en toda España, ya sabe: haga acopio de permisos | Julio Molina
Irregularidades con la licencia de caza | Víctor Manteca
Carta abierta al Defensor del Pueblo de Andalucía | José Aguilocho
¿Cómo importo un trofeo? | Israel H. Tabernero
Por encima del Defensor del Pueblo | Santiago Segovia
Titulares de coto, ¿siempre culpables? | Luz Alonso
Causas de exoneración | Antonio de Palma Villalón
Ecología moderna | Antonio de Palma Villalón
La PAC y la nueva reforma que se avecina | Jesús Llorente
El transporte de la caza | Antonio de Palma Villalón
Normas para el uso de armas | Antonio de Palma Villalón
Caza y celo | Antonio de Palma Villalón
Iluminación nocturna | Antonio de Palma Villalón
Situación jurídica actual de la caza con arco | Antonio de Palma Villalón
Incendios forestales | Antonio de Palma Villalón
Comederos y bebederos | Antonio de Palma Villalón
El comiso de las armas | Cristina Sualdea Barrio
Daños contra el patrimonio cinegético | Cristina Sualdea Barrio
Los terrenos libres en la Ley del Patrimonio Cinegético | UNAC
Contaminación humana | Antonio De Palma Villalón
Cuestión de linderos | Cristina Sualdea Barrio
Cazar ya es europeo | Santiago Ballesteros
Esperas equivocadas | Luz Alonso
Entidades de Custodia para el Patrimonio Cinegético | Víctor Mascarell
Exculpado por ser coto de caza menor | Luz Alonso
El contrato del coto | Jorge Bernad
Un voto para la esperanza | Ángel Vidal
Furtivismo | Luz Alonso
El zorro de Gongolaz | Félix J. Ruiz Marfany
Preparadas las aves acuáticas de reclamo | Salvador Barberá
Así influyen nuestros plaguicidas en nuestras especies | Jesús Llorente
Zorzales: A vueltas con la práctica del ‘parany’ | Ramiro Lapeña
¿Cómo será el próximo Reglamento de Armas? | Luis Pérez de León
Majestad… ¡SOCORRO! | Luis Pérez de León
¿Por qué los cotos siguen haciendo planes de caza? | Víctor Mascarell
Una ley de caza «apta para todos los públicos» | ADECAPGAZTEAK
Jaque mate a la caza en el Alto Tajo | José Rubén de Vicente
Accidentes provocados por especies cinegéticas | M.A.R.
La Licencia de Caza: negando la mayor | Federación de Caza de Castilla y León
Entidades colaboradoras de la Ley de Caza de Canarias | Juan Miguel Sánchez Roig
Licencia Interautonómica - Examen del Cazador | José Luis Garrido
Una licencia interautonómica para unos pocos | UNAC