Resulta evidente la diferencia que entre dos poblaciones se establece en la España peninsular a la hora de fijar los patrones básicos de la conducta. Dos poblaciones diferentes sobre todo en aspectos comportamentales que no tanto morfológicas; a este respecto, cabría hacer otras consideraciones que no vamos a tratar en este capítulo.

Patricio Mateos-Quesada


Acuciado por la hambruna lobera o por las rehalas en las monterías de noviembre —donde cae un significativo número de corzos—, cada macho se encuentra con un pelaje nuevo más esponjoso, más grisáceo y con la variedad en el diseño de las manchas blancas del babero, por una parte, y con un pelaje prieto y aterciopelado en una cuerna, que crece de dos a cuatro milímetros cada día, por otra. La imagen del corzo en invierno es, sin duda, la más dulce representación de este animal para la percepción de muchos amantes de este cérvido. © Guy Fleury.

Y, ¿dónde se situaría la frontera entre ambas poblaciones? Los estudios de los corzos peninsulares no son tan precisos como para rayar esta línea de una manera concisa, por lo que, a grandes rasgos, podemos hablar del corzo de la España seca y el del norte peninsular. El primero englobaría, seguramente, al corzo extremeño, manchego y andaluz; el resto del territorio, hipotéticamente, estaría ocupado por la población hermana.

Describir ambas poblaciones de antemano, nos sirve de contraste para desarrollar el momento, noviembre, en que más reducidas son las diferencias de todo el año. Y la razón de éstas es el clima.

La conducta parte del clima

Efectivamente, el clima en una región, unido a aspectos como la altura de las cumbres o el tipo de suelo, determina una estacionalidad y unos balances térmicos: esto es parte de las condiciones a las que se ve sometido el corzo, pero sólo una pequeña parte. Estos aspectos, sin embargo, son fundamentales y sí fijan los ciclos y el patrimonio botánico de cada lugar, y es ésta la causa determinante del comportamiento en las poblaciones de corzo. Al hablar de la comida, esto es, de los recursos más básicos del individuo, ya podemos establecer un hilo conductor al cual va a estar supeditado el corzo y que va a forjar su fenología. No tanto el frío o el calor, sino la falta o el exceso de nutrientes, será lo que lleve a nuestros corzos a establecer sus ciclos y, en definitiva, a precisar sus rutinas comportamentales.

Las evidencias son claras: en la España húmeda el invierno es extremo con ausencia de comida, siendo el resto del año de bonanza para los individuos. La España seca limita los recursos –sobre todo el agua– en el estío, siendo el resto del año de una relativa generosidad a la hora de encontrar nutrientes.

La experiencia de la madre resulta vital para la supervivencia de las crías, aun con un tamaño muy similar al de éstas

Por supuesto, existen para nuestro corzo ibérico las dos Españas y las numerosas cuencas, faldas y llanos de cada sierra. El corzo ha demostrado ser un camaleón a la hora de adaptarse a las condiciones de nuestros bosques o llanuras, y fruto de cada una de estas adaptaciones son las variaciones en su conducta. Hay un corzo para cada sierra e incluso uno para cada valle y la gran capacidad de adaptación de esta especie se muestra en estas variaciones.

Tabla rasa para los machos


Estudios hechos en Extremadura revelan que la cantidad de comida ingerida —estimada por la capacidad intestinal del individuo—, se relaciona con el volumen y la longitud de la cuerna. © Guy Fleury.

Podemos decir que todos los corzos peninsulares con más de un año se encuentran sin cuerna o desmogan a lo largo de este mes.

Acabado el ciclo reproductor definitivamente en septiembre, el objetivo de cada macho es comer y afrontar el invierno con las mejores expectativas posibles. El éxito en la búsqueda de los recursos y el balance definitivo  entre ganancias y pérdidas energéticas podrían, de alguna manera, determinar el éxito en el próximo período reproductor. Y sabiendo que a mayor cantidad de comida ingerida, corzo más gordo y mejor cuerna, cada macho –en el seno de los grupos que establezcan en invierno– pretenderá comer, no sucumbir a los rigores de la estación, sobre todo en poblaciones más septentrionales, ni ceder, en éstas, al hambre de su más íntimo predador: el lobo.

La unidad familiar en las hembras

Para las hembras las cosas no son muy diferentes, salvo que su presencia puede ser fundamental para el éxito de otros. La experiencia de la madre resulta vital para la supervivencia de las crías, aun con un tamaño muy similar al de éstas: comida, refugio, vigilancia y relación con otros individuos son factores inapreciables para que cumplan su primer año de vida, momento del destete definitivo.


Las crías, hasta con siete meses en las hembras que parieron en primer lugar, siguen dependiendo de sus madres, no tanto por el aporte lácteo, sino por una experiencia que les permite encontrar recursos. © José D. Gómez.

Pero este argumento que, en definitiva, es un lastre para la madre, ya no es aplicable para una minoría. Aquéllas que en abril tuvieron dos recentales machos y que se encuentran en la España meridional, pueden haberse desembarazado a estas alturas de su compañía; cuando esto sucede, mucho antes de cumplir el año de vida, algunos hermanos vagan y se defienden solos en un entorno no siempre fácil  ¿Es un intento de mejorar el éxito de una camada que se está gestando? No parece que sea así, puesto que la gestación en estos momentos se encuentra detenida. Tras las cubriciones y pasados unos quince días, comienza en las hembras el fenómeno de diapausa embrionaria (ralentización hasta la casi parada total de la gestación) para que los nacimientos sean en primavera y no en invierno. En este mes el estado de gestación es el de diapausa embrionaria. Y será en diciembre cuando las diferencias en este sentido comiencen a separar unas poblaciones de otras.

Pero diferencias, haberlas «haylas»

LA GESTIÓN EN NOVIEMBRE

No es momento para la eliminación de individuos. Es muy complicado incluirlos en los diferentes grupos de edad y, sin esta apreciación, salvo que se pretenda bajar la población y aun con ese objetivo, no es aconsejable: meses mejores existen para esto. Durante noviembre —e incluso más allá de éste—, más que una gestión de las poblaciones en su sentido estricto, habría que ofrecer un apoyo a las poblaciones, caso de querer llevar a cabo alguna actuación. La cuerna parece depender del estado físico de los individuos, y muchas crías e incluso jóvenes fracasan en estos momentos de su vida. Establecer puntos de alimentación a lo largo de las áreas de campeo, puede suponer el éxito de algunos individuos y la alegría del afortunado cazador a la hora de tasar la puntuación de algunos trofeos en la temporada que ha de venir.

Actuaciones indirectas son las indicadas para llevar a cabo en este mes. Creación de rayas o cortafuegos, desbroces para facilitar el pastoreo, ubicación de torretas o tiraderos, creación de charcas y puntos de agua, son algunas de las medidas que pueden comenzar a ser aplicadas. Los movimientos de hombres y maquinaria no afectan mucho a los ciclos del corzo. Favorecer las poblaciones debería ser un deber de todos aquellos quienes de la naturaleza extraen este recurso, cinegético, pero, sobre todo, de disfrute en el sentido pleno del término.

Diferencias norte-sur, aunque pocas, se dan. Ya en octubre sucedía, y es más evidente en noviembre, que las poblaciones norteñas desmantelan territorios, caso de los machos, y se agrupan en el fondo de valles o en áreas más generosas en condiciones del entorno. Machos diferentes se pueden encontrar paciendo juntos y varias familias coincidir y establecer un comportamiento común. Estos machos ya dejaron de marcar y las rivalidades fruto del ardor sexual no sólo se mitigan, sino que desaparecen. En el sur los machos aún se mueven e incluso defienden los territorios. Los machos adultos sólo cohabitan con un grupo familiar, el mismo, a lo largo del invierno. Estos grupos se evitan entre sí y, si acaso alguna hembra vaga sin crías por su área de campeo, lo hará sola y no buscará la compañía de otras hembras o unidades familiares. Un dato lo apoya: después del parón en la conducta comunicativa de octubre, ésta se reanuda en noviembre, siendo más numerosas las señales de machos que podemos encontrar en los distintos territorios (roces por las patas anteriores y señalización química). La territorialidad establece una dinámica poblacional y de comportamiento opuesta a la laxitud en esta conducta. Las diferencias encierran una maraña de actitudes que llegan incluso a las entrañas de la base comportamental en una especie. Podríamos decir que existen dos poblaciones de corzo diferentes en la Península: la que es territorial y la que sólo lo es durante una parte del año. De todas estas poblaciones, de todos los corzos de todos los valles y montañas del solar ibérico, quizá sería éste el único elemento etológico que establecería una separación clara entre ambas poblaciones.

Patricio Mateos-Quesada (Biólogo)

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