Entramos en época de paréntesis para la especie. Tal y como vimos en el mes anterior, el celo ha finalizado definitivamente y bien podríamos hablar de aquello con lo que tanto relacionamos a esta especie: el silencio.

Patricio Mateos-Quesada

Hay relación entre inviernos amables, mayor cantidad de comida y cuerna de mayor calidad.

Un intervalo que más es una categorización y un pasar inadvertido establecidos por nosotros, que la verdadera realidad de lo que sucede en el acontecer diario del corzo. ¿Paréntesis en sus poblaciones? Quizá sí para nosotros, pero nunca para los individuos. La naturaleza exige demasiado a los hijos de todas las especies como para que disfruten de un paréntesis, tal y como podíamos concebirlo desde nuestra perspectiva, y el corzo no es una excepción. Podríamos entender que se da en él un «paréntesis» porque nuestra percepción sobre él cambia: la época de caza finaliza, no seguimos sus actividades una vez acabado el celo, nos centramos en otras especies y, en definitiva, en nuestra percepción de la naturaleza imponemos ese receso en los sucesos del corzo. Pero, desde su punto de vista, desde la percepción de cada individuo, éste tiene el reto diario de mantenerse vivo hasta mañana, igual que ha sucedido hasta el día de hoy. Para cada ejemplar, el paréntesis que a nosotros nos podía parecer que se da, sencillamente, no existe.

¿La vergüenza de la desnudez?


Como los más viejos empiezan a desmogar en octubre y los que lo hacen por primera vez en febrero, podemos hallar corzos desmogando a lo largo de cinco meses. © José David Gómez.

Es en octubre cuando los primeros machos desmogan. Concretamente suelen hacerlo los más viejos, ya que los más jóvenes lo hacen con posterioridad; aquéllos que llegan a este fenómeno por primera vez pospondrán este momento incluso hasta febrero. Y no sabemos si esta «desnudez» es lo que motiva la dificultad para ver a los machos en su entorno, si es un posible agotamiento derivado del celo o si, definitivamente, éste es el estado normal de ocultación en los machos cuando no atraviesan ningún otro momento clave en sus ciclos. Sea por lo que fuera, los estudios indican que éste es uno de los meses en donde los machos permanecen más ocultos, al menos a los ojos de las personas.

Sí es una realidad que es el mes en el que se puede ver a los primeros machos sin cuerna y a los primeros con «brevas», como se denomina en algunas regiones al arranque aterciopelado de la próxima cuerna. No olvidemos que tras del desmogue inmediatamente comienza el desarrollo de la nueva, con un crecimiento diario de hasta cuatro milímetros, lo que permitirá que los más adelantados lleguen a finales de este mes con hasta una primera horquilla. Esta afirmación, posible únicamente en el contexto peninsular, se ciñe incluso a aquellas poblaciones más meridionales, ya que las ubicadas en el norte peninsular y como suele ser habitual en todos sus ciclos, se encuentran más retrasadas.

A este respecto surge una duda que aún los científicos no han sabido contestar y que viene a sumarse a los numerosos interrogantes que rodean la biología de la especie: ¿por qué el corzo desmoga y desarrolla la cuerna en la época de mayor carencia trófica? Lo más razonable sería que la formase en los meses primaverales, como sucede con el gamo y el ciervo. ¿Es posible que la especie «naciera» en un clima templado que implicara un estado de abundancia en el otoño y que su posterior expansión hacia climas menos templados hiciera coincidir este ciclo con la época de carencias? Ésta y otras hipótesis tratan de explicar la razón de esta singularidad; pero, tanto los argumentos como su relación con otros ciclos en estas supuestas condiciones, quedan en simples conjeturas.


Las corzas son quienes eligen dentro de un plantel de candidatos al que será el padre de sus corcinos, y esa elección no supone una modificación significativa en el mes de octubre de su habitual rutina. © Valentín Guisande.

Otra pregunta obligada respecto al desarrollo de la cuerna en este período, es cómo afecta o influye el invierno en la calidad de las cuernas, pues aún en regiones más templadas, el frío hace su acto de presencia y el mantenimiento del metabolismo requiere un mayor aporte de energía. En efecto, lo que parece dictar el sentido común coincide con la realidad. Los estudios realizados en las poblaciones extremeñas revelan que tanto la longitud como el grosor de las cuernas de los macho es, en su conjunto, mayor o menor según el año y comparado con las condiciones climáticas. Por supuesto, la cantidad de alimento disponible reflejado en el estado físico del individuo también está relacionado con la calidad de la cuerna. De ambos argumentos podemos establecer una relación entre inviernos amables, mayor cantidad de comida y un desarrollo de una cuerna de mayor calidad.

Cambios en el grupo y la comunicación


Cuando un macho se encuentra presente en un grupo y así parece decidirlo la hembra, la participación de su compañero parece esencial en el alejamiento definitivo de la cría. © Valentín Guisande.

Pero no todo en octubre es cuerna; aparte de este momento clave para el desarrollo de ésta, debemos tener en cuenta que la territorialidad ha finalizado y, como comentamos en septiembre, las poblaciones ubicadas a mayor altitud en zonas de montaña bajan hasta solapar con la de los valles. En este momento cesa la territorialidad en el macho y los grupos en general incrementan el número de componentes. Es lógica una mayor permisividad entre ellos al verse obligados a permanecer más cercanos entre sí. Pero esto no es lo que parece suceder en las poblaciones ubicadas en el centro y sur peninsular. Éstas, al no estar obligadas a realizar desplazamientos estacionales, mantienen una territorialidad anual, un aspecto sólo observado en estas poblaciones dentro de  todo el rango de distribución de la especie. Dentro de las pautas ligadas a la territorialidad, cabe hacer mención a un cambio que se produce en el comportamiento comunicativo. A este respecto, los corzos parecen desaparecer de nuestras sierras; no sólo se ven con dificultad, sino que son inaudibles en todo el período otoñal. Este hecho contrasta con la gran cantidad de ladridos que el macho profería durante el mes anterior y que, como vimos, llevaba a pensar equivocadamente en un segundo celo. El marcaje territorial, tal y como sucede con la propia territorialidad, desaparece en el corzo asentado en nuestras sierras del norte peninsular. En el sur, donde la territorialidad se mantiene, también baja hasta sus cotas mínimas y si hiciéramos un recorrido entre el monte en busca de marcas, resultaría muy complicado encontrar alguna. La razón de que no encontremos marcas, a pesar de que exista territorialidad, es evidente: cinco de las seis marcas descritas para el  estando la sexta marca asociada directamente con una de las cinco primeras. Un corzo sin cuernas difícilmente puede dejar marcas. Será cuando el desarrollo de la cuerna le lleve al punto de estar formando la primera horquilla cuando comencemos a ver marcas en sus territorios, y sólo las que se llevan a cabo con las pezuñas y la glándula frontal ubicada bajo las cuernas.

La prioridad en el objetivo

Y no todo son cuernas ni todo son machos. En el caso de las hembras se mantiene el objetivo prioritario, casi el mismo de todo el año y haciendo sólida la máxima que dicta que todos los individuos desean dejar el mayor número de sus copias genéticas para la próxima generación. En este caso esta máxima pasa por protegerse y tener un buen estado físico, cuidar a sus crías y posibilitar que sean buenas reproductoras y, por último, localizar un macho con las cualidades suficientes para que este segundo punto pueda llevarse a cabo con mayor éxito.

El momento inicial del desmogue nos marca, de alguna manera, las edades de los individuos.

Ésta es la razón por la que las hembras mantienen una actividad, casi sin variaciones, de ocultarse, comer y, si llega el caso, huir. La búsqueda de un macho con la calidad adecuada no supone un cambio importante de sus actividades en el celo, al contrario de lo que sucede con los individuos de este sexo. Metidos en octubre y pasadas para muchas las escasas horas que determinan el celo, las hembras se encuentran acompañadas de unas crías que casi igualan su talla. Es en este espacio de tiempo cuando encontramos las expulsiones de las primeras crías y es a partir de aquí, y hasta marzo, cuando todas las hembras destetan a sus vástagos y son expulsados del grupo familiar. Para ellos comenzará un deambular en busca de una edad y estado físico que les permita asentarse en un espacio concreto.

Similares intereses crean grupos

Llegados a este punto, conocemos que el macho no tiene actividad territorial o no tiene una particular actividad derivada de ésta, el marcaje es prácticamente nulo, si acaso existe, y los individuos de las poblaciones en las sierras del norte peninsular deben permanecer en un espacio más reducido. Las hembras sabemos que dedican su actividad al acopio de comida y a la alimentación y defensa de sus crías. ¿Qué diferencias importantes podemos encontrar entre machos y hembras en lo que se refiere al día a día de sus actividades? Básicamente, comen y se ocultan de posibles predadores; dicho  de otro modo, ambos sexos tienen interés en pasar desapercibidos y no hay prioridades por parte de ninguno de ellos en alguna actividad concreta. Ya hemos visto en anteriores artículos de esta serie que promueve Linde y Ribera, que los intereses de machos y hembras no tienen porqué coincidir, pero en este caso no parecen diferir entre sí.

Y que esto sea así lo demuestra el hecho de que es en estos momentos cuando comienzan a verse con regularidad a machos y hembras juntos. Podríamos decir más: a los mismos machos con las mismas hembras campeando juntos y haciendo una vigilancia y defensa del grupo en común, un grupo en el que es normal que se encuentren las crías de este año. Este aspecto es fundamental a la hora de hablar de la estrategia reproductiva en el corzo... o al menos de matizarla. La monogamia o poligamia en una especie como táctica de reproducción viene determinada en último término por la diferencia entre el número de hembras que los diferentes machos de una población son capaces de cubrir en el mismo periodo de celo. Ya vimos para el corzo que existe una monogamia con tendencia polígama, e incluso abiertamente en algunas poblaciones se puede hablar de poligamia como tal.

Momento para la gestión, pero sin cuernas


© José David Gómez.

Buscando los momentos propicios para llevar a cabo actuaciones que mejoren las condiciones de nuestras poblaciones en fincas o sierras, octubre,  tal y como sucedía en septiembre, se plantea como un buen momento para estas actuaciones. Existe, sin embargo, un inconveniente de peso para algunas actuaciones que propusimos en septiembre. A la hora de eliminar mediante un proceso selectivo aquellos machos de una edad avanzada, éstos son difíciles de localizar y, sin trofeo, pierden buena parte o todo su valor dentro de una gestión integral.

Respecto a las cuernas, el momento inicial del desmogue nos marca de alguna manera las edades de los individuos. Son los más viejos quienes desmogan primero y, a la hora de una necesidad de eliminar aquellas clases sociales más jóvenes, éste podría ser un buen momento para llevar a cabo esta selección en base a la edad y el sexo. Para abatir a los individuos más viejos, con cuerna, deberemos esperar en torno a cuatro meses.

Respecto a actuaciones dentro de fincas o terrenos en general, no existe ahora ningún ciclo que pueda perturbarse en la biología de la especie. La tregua que entre individuos parece darse en los meses otoñales para todas las poblaciones ibéricas permite esta consideración y siempre los movimientos que pudieran producirse por motivo de actuaciones humanas o incluso eliminación o descastes de grupos de edad o sexo determinado, encuentran en octubre, salvo por el inconveniente del desmogue de los más viejos, un momento ideal.

 

Patricio Mateos-Quesada

 

 

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