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Dos intereses diferentes, el de los machos y el de las hembras, que nos conducen a dos circunstancias bien distintas para analizar en el corzo durante el mes de septiembre. Podemos incluso establecer dos puertas que comienzan a cruzar nuestras poblaciones en función del lugar en el que se encuentren dentro del solar peninsular.
Patricio Mateos-Quesada
Dos situaciones que conducen a los individuos, o bien a una mejora en las condiciones que ofrece el entorno, o bien a momentos de mayor dificultad. Demos un repaso a todas estas circunstancias con el objeto de conocer mejor el período por el que atraviesa nuestro corzo.
Bien podemos argumentar que el final del ciclo anual en el macho está llegando a su conclusión y a partir de aquí comienza la preparación para el siguiente. Este ciclo consistiría en adquirir una buena capacidad física, desarrollar una cuerna y marcar y defender un territorio frente a otros congéneres: el objetivo último de todo este proceso en estos momentos da sus postreros coletazos, en tanto que el celo concluye durante este mes de septiembre. En efecto, el interés final de todo macho de esta especie de cérvido, es intentar que sus genes se trasmitan a la siguiente generación en el mayor número de copias posibles.

A finales de este mes las madres abandonan a sus primeros retoños. Suelen ser machos nacidos en un mismo parto. © Guy Fleury.
Dicho de otro modo, cada macho intentará cubrir el mayor número posible de hembras y, para este propósito, las oportunidades finalizan en septiembre desde que ya diera comienzo el desmogue en el anterior mes de octubre, hace ya casi un año.
A partir de estos momentos, a cada macho le resta esperar el nuevo desmogue y, acto seguido, la formación de la nueva cuerna, adquirir o no perder un buen estado físico... y esperar una nueva oportunidad con la llegada de la gravidez de las hembras el verano próximo.
¿Un segundo celo?
Sin embargo, éste es el momento en el que muchos observadores de la naturaleza afirman que comienza un nuevo celo en el corzo; quienes sostienen este argumento, ubican un primer celo a principios del verano y otro en estos momentos. Esta postura es respaldada principalmente por el aumento de las ladras en estos dos períodos en el interior de nuestros bosques. Pero, ¿qué hay de cierto en ello?
Es notorio el aumento de ladras a comienzos del verano, cuando los machos establecen los límites territoriales. Por otra parte, efectivamente, existe un aumento de ladras de machos coincidiendo con el mes en el que nos encontramos, pero la explicación de este último incremento no se debe a un segundo celo.
La causa radica en los jóvenes machos nacidos el año anterior: éstos, con una edad de catorce meses, sí es cierto que entran en su primer celo y, embutidos en un estado de excitación, se dejan sentir con unas ladras que más ponen de manifiesto su propio estado que llevan implícito un mensaje territorial. A esta situación y al «descaro» con el que se manifiestan, los machos adultos pueden llegar a responder con nuevas ladras, atendiendo todavía a dictados territoriales.
La suma de ladras entre pretendientes y asentados nos lleva a percibir un aumento en esta actividad, pero, tal y como hemos pretendido explicar, no a un segundo celo.
Las hembras: dos ciclos en uno
Si el objetivo del macho es cubrir el número mayor posible de hembras, el de éstas consistirá en quedar fecundadas por un macho de buena calidad, llevar a cabo la gestación y sacar adelante sus crías con éxito.
Son pocas las que han entrado en celo en septiembre. Las que se encuentren en esta situación, se separarán de sus crías por unas horas y, tras el protocolo de celo y la cubrición, volverán de nuevo a reunirse con sus corcinos.
A cada cubrición la sigue un período de diapausa embrionaria. Es decir, unos días después de la fecundación, la gestación del nuevo corcino se ralentiza hasta límites que podríamos denominar de parada fetal.
En septiembre, la mayoría de las hembras se encuentran inmersas en esta curiosidad biológica, con lo que impedirán que su nueva prole venga en los meses más crudos del invierno.

Septiembre es un buen momento para cazar trofeos, pues la eliminación de machos no afecta ya al desarrollo de las crías. © Valentín Guisande.
Podemos hablar entonces de que las hembras hacen coincidir en septiembre dos momentos diferentes de dos ciclos distintos de cría: por una parte, gestan lo que será el parto de la próxima primavera y, por otra, crían y amamantan a los recentales de este año.
Sin embargo, la precocidad del corzo en muchos aspectos se ve también reflejada en la crianza de los corcinos, ya que los primeros en abandonar o ser apartados del cuidado maternal lo harán a finales de este mes. Normalmente, estas primeras crías corresponden a dos machos nacidos en el mismo parto, mientras que las crías hembras que nacieron solas, permanecen durante más tiempo al lado de sus madres.
Los cambios de septiembre
Y es en el mes de septiembre donde podemos establecer ese punto de inflexión, el paso entre los diferentes períodos: cambio de temperatura, reducción de las horas de luz y lluvias otoñales. Las diferentes poblaciones de corzos deben adaptarse a las nuevas condiciones que están por llegar o se están produciendo en septiembre: ¿tanto influye este hecho en el devenir diario de nuestros corzos? La respuesta es que sí, y no sólo en lo que se refiere a aspectos comportamentales, sino también y unido a la vegetación derivada de esas condiciones, a la propia morfología de los individuos.
En primer lugar, podemos hablar de corzos sedentarios y de aquéllos que deben realizar movimientos verticales: en los lugares en los que nieva, los corzos bajan a los valles, y donde no es así, permanecen todo el año en el misma área de campeo. Esto nos conduce a la imposibilidad de que exista una territorialidad anual en el norte, tal y como sucede en el sur. También estos movimientos establecen cambios en la dinámica social o a la hora de establecer grupos.
Por otra parte, aquéllos que encuentran inviernos extremos, ven reducidos los momentos en los que se lleva a cabo la paridera, el celo o el establecimiento de territorios, por poner un ejemplo.
El tamaño en el corzo, además de otras consideraciones fisiológicas, también podría venir determinado por las condiciones tan diferentes en las que se encuentran nuestras poblaciones: el corzo de Andalucía es el más pequeño de toda el área de distribución de la especie, mientras que el corzo cantábrico es uno de los más grandes.
Aspectos fisiológicos como la propia gestación, también encuentran diferencias entre nuestras poblaciones peninsulares.
Momento para la gestión y la caza
Época limitante vs. de bonanza
Algo que enriquece a nuestras poblaciones de corzo, repartidas de norte a sur peninsular, son las propias condiciones que se dan en las sierras que se reparten en este espacio. El corzo es una especie que se adapta, morfológica y comportamentalmente, de manera asombrosa a las diferentes condiciones en las que habita.
Y hay un hecho que cabe destacar, como es la época limitante, denominación que se da al período del año en que las condiciones más adversas son para los individuos. Habitualmente, y para los investigadores del resto de Europa, coincide con la llegada del frío, las nevadas y la ausencia de comida; es decir, la época limitante es el invierno. Pero quienes trabajamos en el contexto peninsular, intentamos explicar a la comunidad científica extranjera que existe una época limitante en verano, mientras que el invierno se convierte en la época de abundancia.
Los veranos andaluces o extremeños, por ejemplo, se caracterizan por un calor asfixiante, el ataque de parásitos y escasez de comida y agua. Aquí las lluvias otoñales convierten al campo en un herbazal, y las suaves temperaturas invernales alejan esta época de lo que definimos como época limitante.
La presencia del hombre en el campo siempre es una molestia para aquellas poblaciones que deseamos gestionar. Dentro del período anual podríamos encontrar en septiembre un momento ideal para llevar a cabo manejos en nuestras poblaciones: los ciclos más importantes en la biología del corzo están ahora conclusos, la molestia a las crías ya no procede y, lo que es fundamental, el celo ha acabado o está en sus términos.
Censos, intervenciones en el entorno o capturas, encuentran en esta época el momento de menor incidencia a nuestra unidad de gestión.
Respecto a la caza, tal y como argumentábamos en el número de agosto, podemos encontrar en septiembre uno de los momentos más adecuados del año. Los mejores machos han finalizado el celo y aún permanecerán un mes con la cuerna antes de que ésta caiga; no existen perturbaciones serias al ciclo reproductor de las hembras y la eliminación de los machos no debe influir ya en el desarrollo de las crías por la ausencia del cuidado parental que pudiera aportar el macho.
Desde el punto de vista social de la caza, las monterías todavía no han comenzado y septiembre podría ser un mes en buena parte dedicado al corzo. Los lances de caza con el corzo, siempre más íntimos que con otras especies, podrían resultar en el arranque del otoño, más entrañables si cabe.
Patricio Mateos-Quesada
Grupo Corzo de la RFEC
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