En el Número de Enero:

  • XXXVIII, Campeonato de Caza Menor con perro. Israel H. Tabernero.
  • La paloma vuelve sobre sus pasos. Pablo Almárcegui.
  • Entrevista a Marie Claude-Blin. Juan José Cerrón.
  • La tuberculosis avanza. Óscar Rodríguez.
  • Caza de perdices sin muerte. José Ignacio Ñudi.
  • Monterías: La hora del jabalí. Varios autores.
  • El celo del macho montés. Miguel Rubio Carpio.
  • Jabalíes del mundo. Mariano López Peñuelo.
  • Cañones, balas y visores. Juan F. París.
  • Novedades Borchers, S.A. J. F. P.
  • Nuevo Zeiss Diarange 3-12x56 T*. J. F. P.
  • Burris Signature Select 8x42. J. F. P.
  • Nueva Beretta Urika 2. J. F. P.
  • El perro y el frío. Juan José García Estévez.
  • La música de las esferas. Ramón J. Soria.
  • Caza y millones. Eduardo Coca Vita.
  • Con pólvora ajena. Tico Medina.
  • Un buen día. Mariano Aguayo.

Los daños a los cultivos y su prevención

Los daños que algunas especies cinegéticas causan en los cultivos agrícolas enfrenta a agricultores y cazadores, siendo éstos últimos los que tienen que pagar, por ley el desaguisado. Sin embargo, conociendo la etología de las especies que causan más daños —como el jabalí y el conejo—, teniendo en cuenta algunas recomendaciones y conociendo algunos métodos para evitar que den rienda suelta a su voracidad los daños y las correspondientes indemnizaciones se pueden reducir drásticamente.

En las postrimerías de la primavera, justo coincidiendo con la maduración del cereal o el brote de los viñedos —aunque ya prácticamente durante todo el año debido a la intensificación agraria basada en variedades de ciclo corto— surgen, invariablemente cada año, los problemas de interacción de la fauna cinegética con los cultivos agrícolas.

Algunas legislaciones europeas contemplan la posibilidad de que el agricultor no tenga derecho a percibir indemnizaciones por daños si previamente no ha adoptado una serie de medidas de protección de sus cultivos.

De una parte los cazadores, deseosos de ver sus cotos repletos de potenciales piezas de caza; de otro los agricultores, que ven como sus cultivos son literalmente arrasados —luego a veces no es tanto— por jabalíes, conejos, etc., y en medio, una fauna cinegética que lo único que entiende es obtener un alimento necesario para su subsistencia.

Un conflicto de intereses de difícil resolución, a pesar de que en muchas ocasiones incluso el agricultor es a su vez cazador.

Para aderezar aun más esta problemática, una legislación no siempre adaptada a los tiempos que corren, incluso aunque sea de reciente confección, como es el caso de muchas leyes autonómicas de caza.

El funcionamiento de los ecosistemas

La fauna en general, y la cinegética en particular, se relaciona con su medio de formas variadas obteniendo de él cobijo y sustento. En definitiva, un sustrato donde poder desarrollar sus funciones vitales como individuo y sus acciones relacionales como especie. El conjunto de la fauna y del medio donde se desarrolla es lo que se conoce como ecosistema o biocenosis.

Los ecosistemas, en general, no son conjuntos cerrados y aislados entre sí, sino que dependen de una serie de condiciones físicas y climáticas para su funcionamiento. En cuanto a la fauna que los componen, está limitada por el concepto de la capacidad de carga o capacidad biológica, es decir, un número de animales de una especie determinada tal que se relacione con su medio sin causar en él daños irreversibles.

Este equilibrio, no obstante, se mantiene gracias a un procedimiento de relaciones dinámicas mediante un sistema de acción-reacción, es decir, que si por las razones que sean una especie sufre una explosión demográfica tal que altera la razón de equilibrio, el ecosistema reaccionará en el sentido de volver a restablecerlo. Por ejemplo menos alimento disponible implica un debilitamiento de los animales y una mayor sensibilidad a enfermedades; o una disminución de la cobertura vegetal por consumo o pisoteo, implica mayor sensibilidad de la especie causante a la predación, etc.

Pero en este equilibrio casi perfecto del funcionamiento natural de los ecosistemas interviene un tercer factor, además de fauna y biocenosis, que altera profundamente las relaciones entre los distintos elementos. Este elemento no es otro que el factor humano, la capacidad que tenemos de transformar, dominar y hacer producir al medio para nuestro beneficio. Quizá el día que nuestros antepasados dejaron la caza y la recolección y comenzaron a cultivar la tierra y apacentar el ganado, comenzaron los problemas de competencia. Porque en el fondo, no es más que eso, una relación de competencia en la que la lucha hombre-fauna, puede llegar a ser encarnizada. Se introduce así pues el concepto de capacidad territorial económica, es decir, el número máximo de animales económicamente viable para el sistema de producción.

Bien es cierto que no todas las especies animales interfieren de igual manera en el medio agrícola. Además, no todas las que lo hacen pertenecen al grupo de la fauna cinegética, como sería el caso del tejón, por ejemplo, pero son sobre todo las sometidas a aprovechamiento venatorio las que mayor polémica suscitan.

Ello se debe, sobre todo, a sus particulares estrategias reproductivas y a una legislación que obliga a los cazadores, en la mayoría de los casos, a cubrir económicamente los perjuicios ocasionados.

Los daños del jabalí

Por su especial querencia por los cultivos agrícolas, la lucha hombre-jabalí se remonta a los albores de la agricultura.

Es importante la concienciación, tanto de cazadores como de agricultores, de que la problemática de los daños es una causa común, y es imprescindible la estrecha colaboración de ambos sectores para que la eficacia esté a la altura de las inversiones.

Considerado como animal dañino para los intereses agrícolas, el jabalí ha sido diezmado hasta límites preocupantes a lo largo de los últimos siglos a causa de una lucha desleal a base de lazos, cepos, caza con nieve e incluso cebos envenenados. Por fortuna los tiempos van cambiando y, hoy en día, conocemos más sobre la biología de esta especie y cómo combatir sus incursiones a los terrenos de labor. Sin embargo, y a pesar de ello, el enfrentamiento continúa, mientras los jabalíes, sin reparos, luchan por su supervivencia buscando el alimento allá donde se lo ponen a su disposición.

Como en tantas otras especies, el impacto del jabalí sobre el medio está sujeto a controversia, y el debate entre los agricultores —principales afectados— y cazadores se reduce, desgraciadamente muchas veces, al pago de unas indemnizaciones.

Por otra parte los encargados de la gestión se ven en la difícil tarea de compaginar la conservación de la especie con los usos cinegéticos tradicionales de la zona y la consecución de un nivel de población razonable y acorde con las posibilidades del medio.

En este sentido, existen detractores del jabalí que lo responsabilizan incluso de la disminución de algunas otras especies animales —sobre todo aves— y lo acusan de producir importantes perjuicios en las plantaciones forestales. Sin embargo, son más los estudios que lo califican de benefactor en muchos aspectos para el desarrollo de los ecosistemas boscosos.

Así se comprueba la perfecta coexistencia, incluso en medios cerrados, del jabalí con otros ungulados —corzos y ciervos, sobre todo— e incluso con especies de aves precariamente establecidas, como por ejemplo el faisán, con enorme prosperidad y equilibrio de todas ellas.

Para entrar en el análisis del impacto del jabalí en la agricultura hay que tener en cuenta, sobre todo, los patrones alimenticios del jabalí que, con una dieta variada pero eminentemente fitófaga, vincula la mayoría de sus desplazamientos a la búsqueda del alimento más apetitoso a lo largo del año.

Durante el ciclo anual, el jabalí conoce con exactitud el calendario de fechas en las cuales sus alimentos preferidos están a punto, y año tras año, volverá a esos lugares en el momento preciso.

Parece claro y demostrado que el jabalí ha aumentado tanto sus poblaciones como su área de distribución en las últimas décadas, y ello inevitablemente ha implicado un aumento de los daños a cultivos; pero debe quedar claro que la cuantificación de estos daños no siempre es un buen indicativo de la estimación demográfica del jabalí. Así, a efectivos constantes, las variaciones cuantitativas en los daños pueden ser considerables de un año a otro dependiendo de factores externos: producción de frutos forestales, época de recolección de los cultivos, tipo de cultivos implantados, etc. Por ejemplo, en años con abundante pluviosidad primaveral la recolección suele efectuarse más tarde y los daños pueden verse multiplicados hasta por cinco, en algunos casos. Sin embargo, en años de sequía pertinaz —como estos últimos años— los jabalíes tendrán que recurrir a cultivos con mayor contenido en agua, como frutales y viñedos.

Análisis de los daños del jabalí

Los daños a cultivos constituyen un importante freno a la expansión de la especie. La roturación de zonas de bosque para la instalación de cultivos y la ubicación, por tanto, de éstos al borde de la masa forestal, ha contribuido a que los daños se produzcan con mayor frecuencia. Por otro lado la enorme movilidad a la que se ven forzados los jabalíes por la práctica cinegética y otros usos del monte —incluidos los lúdicos— puede también contribuir al aumento en la frecuencia de este impacto ya que al final gozan de mayor tranquilidad al borde del cultivo que en plena sierra.

El resultado es el enfrentamiento entre agricultores y cazadores pues, si bien en las áreas donde el jabalí ha estado siempre presente el perjuicio es soportado por los propietarios con cierta resignación, en las zonas de nueva aparición de la especie o de transformación de los usos agrícolas tradicionales, el malestar es acusado, siendo mayor, a veces, el efecto psicológico sobre el propietario que sufre los daños que el coste de los mismos. El resultado final es que el agricultor no se entiende compensado con una buena indemnización.

El hecho de que aparezcan los mayores daños en la época previa a la cosecha, no es casual, ya que aunque este ungulado tiene gran predilección por el cereal en leche, los daños no son detectados hasta que el cereal se seca y se aprecian las cañas tumbadas.

Desde el punto de vista de la gestión, diversos estudios ratifican que no existe correspondencia entre la aparición de daños y la densidad estimada en primavera, lo que confirma que esta especie eminentemente forestal utiliza los cultivos sólo como un complemento de su alimentación y no como la base de su dieta. Además, el hecho de que las indemnizaciones se disparen depende más de la fructificación forestal y de la climatología primaveral, que a su vez influye en la época de la recolección, que de la proliferación de la especie.

Por otra parte se ha comprobado —y hay numerosos estudios que lo avalan— que una población estructurada, con un gran número de hembras adultas experimentadas, produce menos daños que las poblaciones juveniles más inexpertas y que se decantan por el recurso nutricional más fácil de obtener.

Admitiendo así, dadas las características de la especie, que el jabalí provoca, en ocasiones, inevitables perjuicios a la agricultura, éstos pueden reducirse considerablemente adecuando el aprovechamiento cinegético al nivel demográfico de la población y a la capacidad biológica del medio, en este caso a la capacidad territorial económica. Estos cupos de caza, calculados con estos criterios, deben de ser tanto cualitativos como cuantitativos: número y características determinadas de las piezas a abatir. Aún así, la problemática va a seguir existiendo, frente a la cual las soluciones a tomar deben estar orientadas a emplear métodos encaminados a reducir la querencia de los jabalíes por los cultivos y a llegar a acuerdos entre las partes, que faciliten y agilicen el pago de las indemnizaciones.

Los daños del conejo

Si bien en la mitad norte los daños agrícolas son en su mayoría producidos por los jabalíes —y en ocasiones por ciervos, en áreas de montaña donde se dan altas densidades de este ungulado—, a medida que descendemos en la geografía peninsular, el protagonismo es tomado por el conejo silvestre.


Hay varios sistemas para reducir los daños de los conejos. Una muy rentable es capturarlos y venderlos en vivo.

Es paradójico todo lo que ha llorado «el país de los conejos» por sus lagomorfos, cuando primero la mixomatosis, y más tarde la neumonía hemorrágica, devastaba todos los rincones de la geografía peninsular, interfiriendo no sólo en la caza sino en la base de la cadena trófica de nuestros ecosistemas.

La desaparición del conejo no sólo ha tenido consecuencias directas para el emblemático lince, sino que otras especies como la perdiz roja o la liebre se han visto, sin duda, afectadas al pasar a ser el objetivo de muchos depredadores que tenían en el conejo su principal componente de la dieta. Por no hablar de la propia actividad cinegética, que ha tenido que redirigir sus objetivos hacia otras especies sedentarias menos prolíficas.

Sin embargo, ahora que algunas poblaciones de conejo vuelven a gozar prosperidad tras vencer, sin ayuda de nadie, las diferentes enfermedades que lo afectaban, ya estamos hablando de plaga por los daños a cultivos que provocan.

Aspectos que determinan los daños

El conejo, como herbívoro estricto, necesita un alto consumo de todo tipo de vegetales, si bien presenta mayor preferencia por aquellos con alto contenido energético debido al escaso rendimiento proteínico que obtiene por la configuración de su aparato digestivo.


Un cañón de gas es efectivo hasta que los animales se acostumbran.

Tal es así, que entre sus prácticas alimenticias está la de la coprofagía, es decir, el consumo de sus propios excrementos, tras una primera digestión parcial de la materia vegetal ingerida.

Debido a su comportamiento gregario y a sus características fisiológicas, la mayor producción de daños a los cultivos se produce en el momento del arranque de la siembra y siempre en los alrededores de las madrigueras.

Merecen especial atención, por su valoración económica, los daños producidos en viñedos ya que los conejos presentan especial predilección por los brotes de las cepas y árboles frutales de pequeño porte.

No obstante, y al igual que en el caso del jabalí, muchas de las veces la producción de daños depende más del tipo de manejo de hábitat, de la configuración y distribución de las parcelas, que del número de animales. El respeto de laderas improductivas desde el punto de vista agrícola, el fomento de la vegetación de matorral, etc. pueden sin duda contribuir a una disminución del impacto provocado por estos lagomorfos, que en muchas áreas agrícolas intensivas dependen, única y exclusivamente, de los cultivos para su subsistencia.

Prevención de los daños agrícolas

En España, el método más frecuente de control de los daños producidos por el jabalí ha sido la puesta en práctica de la espera nocturna, es decir la caza de los hipotéticos ejemplares que están provocando el daño.


Un pastor eléctrico, muy efectivo para evitar daños.

Sin embargo, el empleo de esta modalidad de caza, lejos de contribuir a la protección de los cultivos, en muchas ocasiones provoca el efecto contrario, ya que debido a las escasas condiciones de visibilidad en las que se celebran las esperas se suelen abatir lógicamente los ejemplares de mayor tamaño, que en no pocas ocasiones son hembras acompañadas de su camada, provocando que los jóvenes jabatos, al quedarse huérfanos, sobrevivan a expensas del cultivo, con lo que el daño que se pretendía evitar se verá incrementado.

En el caso de los conejos frecuentemente se ha recurrido al tradicional «descaste», es decir, la caza más o menos indiscriminada, en épocas muy específicas de la primavera y/o el verano, práctica también empleada con el objetivo de controlar las enfermedades.

Sin embargo, y fruto de la experiencia acumulada de años de investigaciones, hoy en día contamos con una extensa serie de medidas, tanto directas como indirectas, encaminadas a minimizar el impacto de los daños.

Medidas directas para minimizar los daños

Limitación de las poblaciones. Parece evidente que donde las poblaciones animales rebasen la capacidad territorial económica, deben ser limitadas mediante las prácticas cinegéticas reguladas por un plan de gestión racional y adaptado a las características de la población y de su hábitat.

Una población de jabalíes estructurada, con un gran número de hembras adultas experimentadas, produce menos daños que las poblaciones juveniles más inexpertas y que se decantan por el recurso nutricional más fácil de obtener.

Sin embargo este plan de ajuste no debe limitarse al control numérico sino que, en algunos casos como en el del jabalí, debe de efectuarse bajo un estricto plan de aprovechamiento que haga recaer la presión sobre los individuos juveniles —los más abundantes en la población—, ya que una población desestructurada socialmente suele depender con mayor profusión de los cultivos.

En el caso del conejo, la ubicación de las madrigueras, y la adaptación de las modalidades y aprovechamiento numérico por caza, en las épocas más adecuadas, son fundamentales para un buen control de los daños.

El estudio de la implantación de los cultivos. Como ya hemos visto hay una serie de cultivos más vulnerables que otros según las apetencias del jabalí. Por tanto se puede planificar la implantación de los cultivos de manera que aquellos menos atractivos —por ejemplo las variedades de trigo con pluma o rampudo, ciertas variedades de cebada, colza, etc.— queden situados en el borde del bosque, y aquellos más sensibles —como el maíz forrajero o el trigo— queden situados a mayor distancia de las zonas de encame.

En el caso del conejo, el respeto por los «perdidos» y zonas de barbecho «verde», pueden contribuir a la dispersión de las zonas de alimentación y por tanto a una menor concentración de los daños. Asimismo la implantación de sembrados alternativos y marginales, más apetecibles para el conejo, puede disminuir su apetencia por los cultivos principales.

La alimentación suplementaria disuasiva. Parece evidente que, en el caso de los ungulados, si ofrecemos a los animales causantes del daño el alimento que buscan en los cultivos dentro del bosque o en las inmediaciones de las zonas de encame, éstos tenderán a permanecer al abrigo de la vegetación antes que arriesgarse a penetrar en zonas abiertas.

Así, por ejemplo en experiencias realizadas en zonas agrícolas del norte de Francia, y tras tres años de aporte de alimento a los jabalíes durante el período de maduración del cereal, se consiguieron reducir las indemnizaciones por daños en un 70 por ciento.

En Álava, dónde esta práctica se está implantando cada vez más entre los cotos afectados por daños, se está comprobando como con un pequeño coste material y humano, se está reduciendo los daños en un porcentaje considerable.


Los cultivos pegados al monte sufrirán daños con más seguridad.

Pero para que la alimentación suplementaria sea eficaz, es mejor distribuir el alimento a lo largo de caminos —a razón de 15 a 30 kg. de maíz por km.— o bien distribuirlo esparciéndolo dentro del bosque, de manera que los animales no se concentren en los lugares de alimentación y no pierdan el instinto de búsqueda del alimento. Además, cuanto más entretenidos estén en buscarlo, menos tiempo les queda para acercarse a los cultivos. El coste aproximado de esta actuación supone poco más de 10 euros por cada 30 kg. de maíz distribuido.

Aún mejor que la alimentación disuasoria es la implantación de cultivos tanto para la caza mayor como para las especies de caza menor, teniendo como función adicional la de fomentar el asentamiento de los animales en el territorio, pudiéndose considerar, por tanto, como una mejora de hábitat.

El coste aproximado, dependiendo del tipo de semilla, puede rondar los 300 euros/ha, teniendo en cuenta que se sembrará a mitad de carga de un cultivo productivo y, por supuesto, sin tratamientos fitosanitarios de ningún tipo.

Acciones indirectas de disuasión

Disuasión olfativa y gustativa. Existen en el mercado una larga lista de sustancias repelentes que intentan alejar a los animales de los cultivos. Sin embargo, en experiencias realizadas en Francia, he tenido la oportunidad de comprobar cómo, en el caso del jabalí, si bien los repelentes gustativos son eficaces, aunque durante un corto período de tiempo, los repelentes de olor atraen especialmente a los animales, llegando incluso a restregarse sobre el repelente con fines antiparasitarios o de camuflaje de su propio olor corporal.

Sin embargo, en experiencias con repelentes de olor utilizados para conejos en cultivos de viñedo, los resultados han sido satisfactorios mediante el rociado de las plantas, en el caso de arbolado y viñedos, o directamente sobre el cultivo herbáceo por aspersión. El coste es de unos 80 euros/5 kg. de producto.

Disuasión acústica. Está muy extendido en muchas áreas del norte peninsular, para combatir los daños de jabalí, el empleo de cañones de carburo o propano, que provocan fuertes detonaciones según una frecuencia programada.

Si ofrecemos a los animales causantes del daño el alimento que buscan en los cultivos dentro del bosque o en las inmediaciones de las zonas de encame, éstos tenderán a permanecer al abrigo de la vegetación antes que exponerse en zonas abiertas.

Este método, si bien es eficaz los primeros días tras su colocación, deja de serlo al producirse un efecto de adaptación al ruido por parte de los animales, que llegan a ignorar, al cabo de unos días, el efecto sonoro provocado por los cañones. Lo mismo sucede con aparatos de radio alimentados por baterías, etc.

En el caso de los conejos, sí parece dar buenos resultados la colocación de aparatos de ultrasonidos, sobre todo durante la época de mayor sensibilidad del cultivo. Dadas las características de los aparatos —un radio de acción de 15-20 m.— serán necesarios al menos 20 emisores por hectárea con un coste aproximado de 1000 euros.

Pastores eléctricos. El pastor eléctrico colocado de forma temporal en ciertas parcelas o de forma permanente en las salidas habituales del bosque, es quizá el método más eficaz de protección de los cultivos. En el caso del jabalí, el pastor eléctrico debe de contener 2 hilos, uno a 25 cm. del suelo y otro a 50 cm., y debe ser alimentado por baterías, red eléctrica o placas solares de manera que se alcance un valor de intensidad del doble que el utilizado habitualmente para el ganado doméstico, es decir, que se mantenga una intensidad de impulso en torno a los 15.000 voltios.


Liebres y conejos muestran predilección por los brotes nuevos de las cepas.

Si bien no es un método costoso económicamente —400 a 550 euros para proteger 5 hectáreas—, sí exige un importante esfuerzo de colocación y mantenimiento, ya que para que sea eficaz debe mantenerse un correcto desherbado bajo los hilos eléctricos por lo que se aconseja contar con la colaboración del agricultor afectado.

En el caso del conejo basta un solo hilo conductor situado a una altura de 10 cm. del suelo y una intensidad de impulso de 4000 voltios, lo que sin duda abarata los costes pero complica su colocación debido a que requiere una eliminación total de la vegetación bajo el pastor.

Según nuestra experiencia, la combinación de pastores eléctricos y alimentación disuasoria en el monte, es quizá uno de los métodos más eficaces de evitación de daños agrícolas en el caso de grandes ungulados cinegéticos, de ahí que vemos conveniente extendernos en esta materia.

Conclusiones

Si bien no existe el método definitivo, la combinación de varios de ellos puede evitar numerosos daños agrícolas y rebajar notablemente el montante de las indemnizaciones. Para ello, es importante la concienciación, tanto de cazadores como de agricultores, de que la problemática de los daños es una causa común, y es imprescindible la estrecha colaboración de ambos sectores para que la eficacia esté a la altura de las inversiones.

Algunas legislaciones europeas contemplan la posibilidad de que el agricultor no tenga derecho a percibir indemnizaciones por daños si previamente no han adoptado una serie de medidas de protección de sus cultivos.


Echar comida al jabalí en el monte, cerca de sus encames, es otra forma de frenar su voracidad con los cultivos más próximos.

Aunque aparentemente representa un cambio radical frente a la legislación española —donde el titular del coto está obligado a cubrir los daños provocados por la fauna cinegética—, este sistema, si lo analizarnos detenidamente, está dotado de una aplastante lógica. El hecho de que los animales estén ahí —que recordemos siguen siendo res nullius— y busquen el alimento en los cultivos, pensado fríamente, no es culpa de nadie. Es más, cuando se implanta un determinado cultivo en una zona sensible, se suele conocer de antemano la existencia de esta problemática. ¿Dejaríamos nosotros la puerta abierta de nuestras casas en un barrio con alta delincuencia? Pues haciendo uso de este símil creo que es bastante injusto que animales y cazadores paguen por una aparente irresponsabilidad de una planificación agrícola poco adecuada.

Otra cosa es que en la búsqueda de un interés común —más animales para cazar y menos daños— se adecuen las políticas agrarias en función de la existencia de fauna silvestre y ambos colectivos colaboren, en un clima de buen entendimiento, en la resolución del problema. Pero el esfuerzo debe de aplicarse desde todas las partes si queremos llegar a la solución definitiva.

En los últimos tiempos estamos asistiendo a un avance demográfico importante de muchas de nuestras especies de ungulados, y el jabalí no es ajeno a este fenómeno. Sin embargo, y teniendo en cuenta que es quizá la pieza reina de nuestra riqueza cinegética, debernos afrontar una gestión racional si queremos preservar su presencia en nuestros montes y en equilibrio con el medio.

Debemos seguir cazando jabalíes, es necesario para la propia conservación de la especie, pero tenemos que hacerlo de manera consciente y respetando sus características biológicas. No podemos, ni debemos, responsabilizar al jabalí de los males que aquejan a otras especies de nuestra fauna ibérica, ni de las pérdidas que aquejan a una agricultura cada vez más intensiva y agresiva con el medio natural. Lo mismo sucede con el conejo silvestre, que lentamente está consiguiendo salir de su bache demográfico, pero se está encontrando un ecosistema transformado, donde el único alimento disponible parece estarle prohibido.

Tenernos delante una riqueza natural y económica difíciles de valorar, y es nuestra responsabilidad mantener y potenciar ese valor. Sólo la educación de todos los sectores afectados —gestores, cazadores y agricultores— puede llevar a buen fin este proyecto.

Consejos prácticos para la instalación de un pastor eléctrico

Lo primero que debemos hacer es estudiar la entrada de los animales que están provocando los daños en los cultivos. Dado que la fauna, en general, tiene sus querencias a la hora de elegir sus rutas de entrada, en muchas ocasiones basta con cortar éstas mediante cercado eléctrico en vez de proteger todo el perímetro de la o las parcelas que se pretendan proteger.

Preparación del terreno. Una vez decidida la ubicación del pastor eléctrico, es importante dejar al menos una franja perimetral de 1 metro sin vegetación, lo que se puede conseguir mediante arado superficial de la tierra. En ocasiones, y sobre todo si se instala la protección a principios de la primavera —siempre antes de que se detecten los primeros daños—, conviene aplicar un ligero tratamiento herbicida que asegure su mantenimiento. Pensemos que cualquier brizna vegetal en contacto con el hilo conductor provoca una toma de tierra e inutiliza el sistema.

Altura de la cerca. Ya con el terreno preparado de esta manera, estamos en disposición de colocar el cercado eléctrico, siempre teniendo en cuenta el tipo de animal cuya entrada queremos impedir. En el caso del jabalí, por sus características físicas y etológicas, deberemos de colocar dos hilos, uno a unos 25 cm. y el otro a unos 50 cm. del suelo.

Si lo que queremos impedir es la entrada al cultivo de ungulados de mayor porte —ciervos o ganado doméstico— bastará con la colocación de un solo hilo a una altura de unos 30-50 cm. del suelo.

En el caso del corzo, y dada su alta capacidad de traspasar la cerca tanto por arriba como por abajo, deberemos de colocar al menos 3 hilos, a 20 cm., 50 cm. y 1,20 cm. del suelo. Finalmente, si lo que se trata es de impedir la entrada de pequeños herbívoros como conejos y/o liebres bastará con un solo hilo a una altura de unos 10 cm. del suelo.
Los hilos se engancharán a postes de madera o acero colocados a una distancia máxima de 5 m. para evitar que ante contactos con la cerca ésta pierda tensión o incluso pueda romperse.

Voltaje. Los voltajes del cercado dependerán del tipo de animal que preveamos pueda intentar entrar en la parcela. En la mayoría de los casos bastará con voltajes medios de 5.000 a 8.000 voltios en forma de corriente continua. Tan sólo en el caso del jabalí deberemos aumentar esta potencia, siendo el voltaje recomendado por encima de los 8.500 voltios, dado que lo habitual es que, aunque reciba la descarga, el individuo conductor del grupo sea empujado por el resto de la piara hasta lograr la intrusión en el cultivo. En cambio si la descarga es mayor, el animal, por inercia, sale despedido hacia atrás, disuadiendo a los demás de continuar el avance.

Época de colocación. El cercado eléctrico debe de colocarse inmediatamente después de la siembra, ya que de hacerlo después, cuando se detecten los primeros daños, es frecuente que ya los animales se encamen en el propio cultivo, al amparo de la vegetación, corriendo el riesgo de dejarlos en el interior del cercado, lo que se da muy frecuentemente en los cultivos de maíz o girasol.

En cuanto a la retirada, suele ser conveniente hacerlo justo antes de la cosecha ya que de no hacerlo corremos el riesgo de que la instalación sufra percances provocados por la maquinaria destinada al laboreo. En el caso de contar con una banda marginal lo suficientemente ancha que permita las maniobras de las cosechadoras, se puede optar por dejarlo instalado todo el año, si bien tras la recolección puede desconectarse el sistema hasta la sementera del año siguiente, con el fin de ahorrar energía.

Vigilancia y control de la instalación. Es conveniente que una vez instalado y conectado, se recorra todo el cercado al menos dos veces por semana para vigilar posibles roturas, caídas o contactos con la vegetación. Esta vigilancia es muy importante, ya que en caso de fallar la tensión eléctrica, por las causas que fueran, los animales podrían penetrar en el cultivo siendo casi imposible su salida hasta el período de cosecha.

Además, si se trata de un cercado alimentado por baterías recargables, habrá que comprobar el estado de la carga y en su caso sustituirlas por otras si es necesario.

Presupuesto aproximado. Tengamos en cuenta que dependiendo del proveedor y del coste de la mano de obra estos precios pueden sufrir importantes variaciones. No obstante, a continuación detallamos un listado de los elementos necesarios con su precio medio de mercado.
 
Bobina de hilo metálico (400 m): 10,45 euros.
Electrificador para red eléctrica (8.500 voltios): 280,00 euros.
Electrificador para placa solar (8.000 voltios): 210,00 euros.
Electrificador para batería recargable (8.000 voltios): 210,00 euros.
Batería seca de 12v recargable: 25,00 euros.
Controlador de voltaje: 23,00 euros.
Varilla de acero de 105 cm. con aisladores: 1,99 euros/u.
Aisladores (bolsa de 25 u): 10,50 euros.

Téngase en cuenta que habrá que poner al menos un electrificador cada km. de cerca.

 

Florencio A. MARKINA
Dr. en Ciencias Biológicas

 

Comentarios (2)

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Daños del jabalí a las cosechas
Caesar
08/01/2008 14:39:24
Habla usted de una "aparente irresponsabilidad" en la planificación agrícola. Los agricultores no disponen de la suficiente variedad en los productos a sembrar. Todo se rige por cultivos tradicionales de la zona concreta. Incluso, queriendo cambiar estos cultivos "de siempre", los agricultores encuentran problemas: no hay la maquinaria adecuada en la zona para sembrar nuevas cosechas, no existen los fitosanitarios en lugares habituales, no hay quien coseche nuevos productos o nadie quiere adaptar la maquinaria para cosechar una única parcela, aunque sea grande. Por lo tanto, aún sabiendo que se producen daños, no queda más remedio que seguir sembrando, por ejemplo, maíz.
Bien está el símil de la casa y el barrio peligroso, pero imagínese: "En un barrio peligroso, cuando las puertas están cerradas, hay quien se dedica a mantener a los delincuentes, hasta que se abren las puertas en verano por el calor. Entonces, dejan de socorrerlos para que, forzosamente, tengan que robar en las viviendas". Esto ocurre con los jabalíes: cuando no hay comidas en el monte, los cazadores los alimentan y cuidan, pero, en cuanto hay cosechas en el campo nos ahorramos un dinerito y que coman lo que encuentren, entiéndase: maíz. Quizás la "aparente irresponsabilidad" y falta de planificación sea cinegética, más que agrícola.

Un saludo.
Interesante
berreante17
17/12/2012 22:33:30
Creo que esto os puede interesar,tratan todos estos temas de forma cercana y profesional, no se que tal funcionara porque yo no he trabajado con ellos pero tiene buena pinta.

os dejo el link ;)
www.perjuicaza.es

 

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