En el Número de Enero:

  • Caza menor: en el final de una temporada esperanzadora.
  • Perdices, últimas oportunidades antes del reclamo.
  • Zorzales, la alternativa que no falla.
  • Así va la campaña de torcaces.
  • 12 meses, 12 razas caninas.
  • Claves para aprovechar la recta final del ejercicio montero.
  • Pruebas:
    Escopetas Benelli Field Wetland y Zabala Anthea.
    Rifles Winchester 70 Composite y Express Eloge.

 

Escopeta del perdicero

No me cabe la menor duda de que la mejor escopeta es la que mejor nos sienta, con la que más a gusto salimos al campo y con la que mejores vibraciones tenemos. La escopeta para cazar perdices no ha de ser larga ni corta, abierta o cerrada; ha de ser justo la que nosotros necesitamos, y cuando demos con esa escopeta, nunca la dejemos de lado, será con la que más caza colgaremos. Nuestros maestros comenzaron a cazar con paralelas y muchos siguen cazando con este tipo de escopeta; más recientemente, quienes se forjaron en este arte durante la década de los setenta se iniciaron con una semiautomática y supieron sacarle el verdadero partido a estas escopetas cuando aún había perdices en el campo, logrando en muchas ocasiones abatir dos, tres, cuatro y cinco perdices en lances que ya pocas ocasiones tenemos de vivir en nuestros días. Alguno de estos perdiceros, en su última etapa de cazador, ha recurrido a una superpuesta por la facilidad en el encare y porque en manos expertas es una verdadera máquina de abatir perdices largas.

 

Un buen perro por delante

Eso de que el perro estorba son tonterías de nuestro tiempo, cuando para encontrar un verdadero perro fuera de serie hay que recorrer medio mundo. Hasta hace unos años se encontraban muchos buenos perros que se iniciaban a los pocos meses y estaban todo el año en el campo, madurando en la época de los trigos altos y sacando perdices un día sí y otro también. En estas circunstancias, sin prisas y con dedicación por parte del cazador, el perro regula rápidamente su distancia y velocidad, y se tenían excelentes perros perdiceros, justo lo que hoy nos falta...

 

Con gratitud a mis maestros

A lo largo de mi vida cazadora, sin duda alguna dos han sido los cazadores perdiceros que más me han influido y más me han enseñado durante muchas jornadas; el primero, Pepe Durán Burillo, un profesor malagueño del que aprendí, siendo aún un niño que estudiaba EGB, que la preparación física es crucial, que el ánimo nunca debe faltarnos y que la afición, sencillamente, no se cuestiona nunca, debiendo ir a la perdiz con arte y respeto. El segundo, y gracias al cual he aprendido a colgar perdices duras, bravas y ariscas en la hermosa llanura manchega, es Manolo Sánchez Vela, perdicero hasta la médula nacido en la esencia del arte cinegético, en Campo de Criptana, y del que aprendo cada día cosas nuevas que él aprendió a su vez de uno de los mejores perdiceros que ha dado nuestro país, su padre. A ellos, gracias por enseñarme mucho de lo que sé.

Cómo aprender de los perdiceros veteranos

La caza de perdiz roja es, sin duda una de las más exigentes de nuestro panorama cinegético de especies menores. Hay que ser duro, fuerte, saber por dónde moverse y cómo hacerlo para lograr poner a tiro a alguna patirroja a lo largo de la jornada, tener picardía y estar al corriente de cómo son las perdices de cada terreno, pues no todas se comportan igual. Además, se exige tirar bien y rápido, y contar con un buen perro.

Rodeando todas estas exigencias están los consejos o las acciones que vemos en los perdiceros más veteranos, esos aficionados que vivieron la etapa dorada de la caza de la perdiz hace unas décadas y con los que no hay que desaprovechar ni una ocasión para aprender de ellos.

Quien no ha conocido la última etapa dorada de la perdiz roja salvaje en nuestro país, y no ha disfrutado de su caza al salto o en mano en esos bellos y duros cazaderos del centro de España, posiblemente ha perdido la ocasión de cruzarse en la viña o el barbecho a ese aficionado curtido ya en años y lances que en más de una ocasión nos ha dado una lección, en silencio y en la soledad del cazadero. Cazar perdices nunca ha sido sencillo, y sobre técnica o equipo, el perdicero ha de tener un valor y una fortaleza muy por encima del resto de aficionados, pues no todos somos capaces de cazar de sol a sol por terrenos complicados y exigentes, y regresar al coche con ese orgullo plasmado en la cara de haber sido capaz de colgar la media docena de perdices allí donde la mayoría o regresa bolo o cuelga una solitaria patirroja.

Han hecho escuela en muchos de nosotros (sin algunos de esos bravos perdiceros veteranos, posiblemente yo no podría calificarme hoy por hoy de perdicero), hemos visto cómo cazan, con qué tesón dan una y otra vuelta, cómo el desánimo nunca los envuelve, y para redondear todo esto, cómo y con qué elegancia descuelgan las más complicadas perdices en el llano o la ladera. Hay que saber escuchar y ver, no solamente oír y mirar como si tuviésemos en nuestras manos todos los secretos de la caza: en esta afición todavía no he conocido a nadie que lo sepa todo, y cuanto más experimentado y experto se es en una determinada modalidad—en especial en la caza de perdices al salto—, más discreto se vuelve el cazador, menos alardea y casi nunca refiere abiertamente sus logros. Eso son pequeñeces de principiante. Por ello, sirva este artículo como agradecimiento a los muchos aficionados que a lo largo de estas últimas décadas han transmitido sus conocimientos y vivencias a los que ahora integramos la actual generación de perdiceros (¿seremos los últimos...?). Mucho hemos aprendido de ellos, y si bien no solemos llegar a la altura de la calidad de muchos de ellos a la hora de colgar perdices, algo de sus enseñanzas siempre nos queda en cada salida tras nuestras bellas y esquivas patirrojas.

¿Correr o cazar?

El ritmo de caza de la perdiz al salto exige ser fuerte en el campo: nada más lejos de esta afirmación que interpretar con ello que hay que ir corriendo, de acá para allá detrás de las perdices en el llano, pues a la perdiz hay que presionarla justo como los pájaros de cada cazadero determinan, ni más ni menos. Hay zonas, sobre todo con perdiz vieja, como estamos teniendo en estas dos últimas temporadas, que ni siquiera el primer día se dejan acercar ni con pámpana en la viña; por el contrario, en otros lugares lograremos irlas sacando pisadas en asomadas y barbechos, jugando a acorralarlas en los liegos y sabiendo repasar con cabeza las linderas y majanos más querenciosos.

Lo que de verdad decide es nuestra actitud y comportamiento en el campo a la hora de cazar.

«No entres por ahí, que si no las perdices te van a llevar más lejos; mejor date otra vuelta y mete las que puedas en aquella viña suelta del fondo». El consejo del cazador veterano con el que compartimos jornada nos deja un tanto perplejos va que hemos visto cómo hay algunas perdices en una determinada zona y ya nos disponíamos a ir a por ellas derechos. Su experiencia y el hecho de haber colgado varios miles de pájaros con el perro por delante son suficiente argumento para hacerle caso.


Cazar perdices nunca ha sido sencillo, y sobre técnica o equipo, el perdicero ha de tener un valor y una fortaleza muy por encima del resto de aficionados.

Hace apenas veinte años pocos cazadores corrían tras las perdices. Se apretaba el paso, eso sí, cuando había que ir llevándolas por delante buscando que se amagasen, o cuando había que meterse rápido encima del bando en un cazadero donde ellas se dejaban amagar, pero ir corriendo como si estuviésemos en una prueba de medio fondo, poco. Da verdadero gusto ver a esos buenos y duros cazadores que, pasados ya con creces los cincuenta, nos dan cada domingo más de una lección con esa actitud siempre positiva y ese espíritu deportivo que les lleva a recorrer el cazadero con brío y entereza, aunque las botas pesen dos kilos por el barro. Ellos han cazado así, y con calor, y con lluvia y frío cientos de veces, y saben que este deporte es así, y todo lo que no sea tomárselo con ganas y arrojo son tonterías.

Cada uno de estos veteranos, muchos de ellos ya pensando en dejar de cazar perdices al salto por las exigencias de esta modalidad, ha sabido adaptarse a las circunstancias de los cazaderos que frecuenta y ha aprendido de otros cazadores que le precedieron que hay que saber cazar, hacerlo con método y siempre dispuestos a ir a por la perdiz, y que si hay que correr, se corre, pero lo fundamental es saber cazar y hacerlo bien, con el mejor ritmo en cada momento.

El mito de la dificultad del disparo

Nos movemos en continuos debates sobre la mejor escopeta, los chokes más adecuados, los gramos y componentes de éste o aquel cartucho, y muchos de nuestros maestros en la caza tuvieron la suerte de poder cazar con los cartuchos que ellos recargaban y la escopeta que se podían permitir; ellos ponían el resto, que era lo realmente importante, mientras que ahora nosotros creemos que el equipo es determinante, cuando lo que de verdad decide es nuestra actitud y comportamiento en el campo a la hora de cazar. Siempre ha sido difícil abatir perdices al salto, siempre salvo cuando hemos logrado llevarlas donde queríamos y ellas han terminado por quedarse, pues entonces, una vez «cazadas», ya sólo falta acertar con nuestros disparos en una disposición relativamente fácil para poder acertar.

Da verdadero gusto ver a esos buenos y veteranos cazadores que nos dan cada domingo más de una lección con esa actitud siempre positiva y ese espíritu deportivo que les lleva a recorrer el cazadero con brío y entereza.

Nos cerramos en banda pensando en que si con 32 gramos no, mejor con 36 que llevan más perdigones, pero los más veteranos siempre nos han comentado, y con razón, que aunque metamos más gramos en los cartuchos, lo que importa es saber centrar y adelantar los disparos. La caza se abate siempre con un disparo bien centrado y en su caso adelantado; éstos son los disparos que enseñan y que dan veteranía, los que en circunstancias similares en próximas jornadas nos van a permitir regresar con varios pájaros en la percha.

La perdiz se abate siempre con un tiro bien centrado y en su caso adelantado; éstos son los disparos que enseñan y que dan veteranía.

Tirar a perdices largas es una práctica reciente, concretamente desde que los cartuchos ya fueron mucho más asequibles y se podía «probar», aunque nos gastásemos más dinero al final del día y regresáramos con menos caza. Si sabemos escuchar a nuestros veteranos, notaremos cómo ellos saben realmente que sólo hay que tirar cuando se tienen ciertas garantías de éxito, y no porque ahora no puedan permitirse comprar más cartuchos, sino porque la caza de la perdiz nunca ha sido un juego, es algo muy serio y lo primero que hay que respetar es a la propia perdiz. A la perdiz hay que tirarle en su distancia y según nos pida el campo, eso lo marca cada amanecer y cada cazadero, y pretender seguir el comportamiento idéntico, metódico y mecánico de un día para otro posiblemente nos pase factura en la percha, restando bastantes éxitos y provocando fallos continuados que nos desmoralizan y quitan fuerza en la caza.


Hay que ser duro, fuerte, saber por dónde moverse y cómo hacerlo; además, se exige tirar bien y rápido, y contar con un buen perro.

Buen encare en nuestra escopeta de toda la vida, da igual los años que tenga, cartuchos con los que estemos a gusto a la hora de tirar en nuestra distancia habitual, y el resto es saber esperar el momento de tirar a las pisadas («déjala volar, vete con ella encarado, y a veinte metros respingas un poco y tiras») y a las más esquivas («no te pares ni un instante, corres la mano rápido y con fuerza y tiras del gatillo sin parar la punta de la escopeta»).

Hay que ser un zorro o un águila

Pero lo que más provecho da de toda la vida de cazador es asimilar que en el campo hay que ser un zorro o un águila, eso siempre si queremos ser verdaderos perdiceros.

Hay que grabar cada frase, cada recuerdo o comentario de los más veteranos en esta afición.

Nunca hay cansancio, siempre expectativas, el terreno no pesa, la caza te arrastra aunque lleves siete horas cazando y el coche quede a varios kilómetros hacia atrás. A la perdiz hay que saber seguirla y saber cazarla, que no es igual; en un día gris no las veremos con la facilidad que en las mañanas soleadas. Posiblemente con viento frío ellas no quieran apeonar ni volar porque les duelen los cañones de las plumas. Ellas y nosotros sabemos de amaneceres blancos de escarcha y nueve grados bajo cero, y de cuando llegado el tiempo de los pares, respetamos las parejas cuando la temporada ya está próxima a terminar y ya no tiene demasiado sentido colgar dos o tres perdices más y restar bandos para el año próximo. Esto hay que vivirlo y sentirlo así, como siempre lo han hecho nuestros mayores.


El ritmo de caza de la perdiz al salto exige ser fuerte en el campo; nada más lejos de esta afirmación que interpretar que hay que ir corriendo de acá para allá detrás de las perdices en el llano, pues a la perdiz hay que presionarla justo como los pájaros de cada cazadero determinan, ni más ni menos.

Tácticas, trucos y estrategias desconocidas por la mayoría a la hora de poder acercarnos a las perdices y ponernos a distancia de tiro cuando el campo da pocas ocasiones y ellas están ya muy fogueadas, esos conocimientos transmitidos por los que un día, hace ya muchos años, fueron nuestros maestros en el arte de cazar perdices y que hoy nos vemos en disposición de transmitir a quienes nos escuchen con sencillez. Más de una vez hemos dado con las perdices gracias a las urracas, o hemos sabido sacar partido al agricultor que podaba las cepas para, simulando ser otro agricultor, meternos casi encima de un bando entero de perdices en pleno mes de diciembre. Ni que decir tiene de recordar al milímetro cada lance vivido en todas las temporadas anteriores, pues la caza está compuesta por ciclos que tarde o temprano nos llevan a tirar perdices en la misma mata donde otras muchas veces las hemos tirado, aunque fuese hace años.

Hay que grabar cada frase, cada recuerdo o comentario de los más veteranos en esta afición, porque ellos son los únicos testigos de la última mejor etapa de la caza de perdices en España, con perchas donde la veintena de piezas muchas veces era habitual, las docenas eran muy frecuentes y las medias docenas quedaban para últimos de temporada. Esa experiencia no tiene precio, nosotros dependemos de ese conocimiento que ellos han sabido atesorar para sacar partido en el siglo XXI del pobre campo que nos rodea y redondear tal vez una jornada sí y otra ya veremos esa grisura del conejete en la percha y la rabona en el morral con el par de patirrojas bien cazado, como mandan los cánones y nuestros veteranos nos enseñaron.
 
MIGUEL SOLER
Fotos: Eduardo Ruiz y A. A. Álvarez

 

Comentarios (2)

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veteranos
PEPEJUAN
04/01/2007 14:37:52
¡ Que hay que escuchar a los mayores !, no me cabe la menor duda, de sus apreciaciones siempre se aprenden muchisimas cosas, son los sabios del mundo.Pero de escuchar solo, no se hacen los grandes cazadores de Menor.Uno puede escuchar mucho, seguir pautas, pero si desconoce el medio rural, o no se ha educado en él, jamás llegará a ser un gran cazador de menor.


El cazador de menor nace y se hace en el medio rural,conoce la agricultura, botánica, etología de los animales, geografía local, clima,
etc. Y por mucho que nos empeñemos, estos conocimientos no se adquieren en un despacho,trabajando en la ciudad ó en una tertulia de Bar.

Aparte de los conocimientos anteriormente descritos, hay que tener una gran capacidad de sacrifício, respeto hacia el medio,tesón,ser buen tirador,tener un buen perro y un gran conocimiento de la especíe que se caza.
Con todos los respetos del mundo...
Wayne
09/01/2007 1:17:24
...pero no podrían poner algunos artículos más originales en las revistas de caza.

Estoy cansado de leer hasta la saciedad artículos dandole las vueltas a las mismas ideas durante varios años y pienso que podría ser más instrutivo artículos de gestión práctica como los que presena Trofeo desde hace ya algún tiempo.

No es malo incluir de vez en cuando algún artículo sobre como cazar en tal o cual paraje, pero repetirlos año tras año sin mayr originalida revela na falta de ideas alarmante en este sector periódistico. Es más, he llegado a leer parrafos iguales palabra a palabra en distintos números de una revista, y lo que es peor, en revistas distintas.

Me gustaría que a algún periodista o editor de una de estas revistas haya podido leer mi humilde comentario y haya reflexionado sobre tal.

 

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