En el Número de Noviembre:

  • Historia de un furtivo: el enemigo de la sierra. Carlos Enrique López Martínez
  • Cazando con Francisco Fernández Sierra. Manuel Pedrosa
  • La agachadiza chica. Eduardo de Aranzadi
  • Toledo recibió al Real Gremio de Halconeros. Juan Infante Calafat
  • Los faisanes estresados secretan más parásitos. Oscar Rodríguez
  • Viajando con nuestras becadas. Comisión Científica del CCB
  • Entrevista a Salvadora Vila. Isabel de Quintanilla
  • Los daños a los cultivos y su prevención. Florencio A. Marquina
  • Batidas de Jabalíes. Cesáreo Martín
  • El lobo ibérico en Andalucía. Víctor Gutiérrez
  • Nueva tienda de Armería Álvarez en Madrid. S.C.
  • Monterías: Primeros lances. Varios autores
  • Íbices en Kazajistán. Marqués de Laula
  • Los nuevos calibres Mágnum cortos. Juan F. París
  • Novedades Bushnell para cazadores J. F. P.
  • Semiautomático Merkel SR-1. J. F. P.
  • Winchester Super X Rifle Vulcan. J. F. P.
  • II Fin de Semana del Pachón Navarro
  • El perdiguero de Burgos y su selección. José Manuel Sanz Timón
  • Miedo a los disparos. José García Estévez
  • Cazadores protectores. Ramón J. Soria
  • El Jaime de Foxá: un punto de vista. Eduardo Coca Vita
  • Cazar es amar. T. Medina
  • La insoportable excelencia. Mariano Aguayo

 

Gestión de pastos para la caza menor

Los pastos constituyen la principal fuente de alimento para la caza menor, pero también le proporcionan refugio y lugares apropiados para la reproducción. Por ello, una buena gestión de pastos constituye una magnífica herramienta para incrementar la abundancia de especies de caza menor, mejorar sus parámetros reproductivos y en definitiva, acrecentar las posibilidades cinegéticas de un territorio y la calidad y estabilidad de sus ecosistemas. Este artículo resume los aspectos de la gestión de los pastos que pueden tener mayor interés para propietarios y gestores de fincas de caza menor.

En un artículo aparecido recientemente (TROFEO Nº 432, mayo de 2006) analizamos la importancia de la gestión de los pastos para la caza mayor y describimos algunas actuaciones o tratamientos que pueden beneficiar tanto a las reses como a todo el ecosistema cinegético. ¿Sucede lo mismo con la caza menor? ¿Son válidos para ella los planteamientos descritos para la caza mayor? ¿Se puede planificar y llevar a cabo una gestión de pastos orientada a favorecer específicamente a la caza menor? En este artículo trataremos de responder a esas preguntas y, como hicimos en el anterior y siguiendo un esquema similar, trataremos de resumir los aspectos de la gestión de pastos que creemos pueden tener mayor interés para propietarios y gestores de fincas de caza menor.

¿QUÉ TIPOS DE PASTOS PUEDE HABER EN UNA FINCA DE CAZA MENOR?


Tanto los pastos naturales como los artificiales -siembras- hacen posible que la caza menor exista. En estos hábitats encuentran todo lo necesario para alimentarse y reproducirse.

A efectos de este artículo seguiremos la propuesta de la Sociedad Española para el Estudio de los Pastos, que define pasto como cualquier recurso vegetal que sirve de alimento al ganado o la fauna silvestre, bien en pastoreo o bien como forraje. Esa idea coincide con la que tenemos casi todos cuando asociamos los pastos con plantas o comunidades herbáceas, naturales –no sembradas– o artificiales –sembradas–. Sin embargo, si afinamos un poco más, nos daremos cuenta de que un cultivo agrícola -por ejemplo, una siembra de avena– que puede cosecharse o ser consumido por la caza es, si sucede lo segundo, un pasto. En ese sentido, la mayoría de los cultivos agrícolas pueden ser contemplados también como pastos, al menos desde el punto de vista de la gestión cinegética.


De izquierda a derecha y de arriba abajo: pasto herbáceo natural (posío); pasto herbáceo artificial permanente (pradera) bajo encinas; pasto herbáceo artificial temporal de leguminosas: alfalfa; pasto herbáceo artificial temporal de cereal: trigo; pasto arbustivo: albaidar; pasto arbóreo: encina arbustiva (carrasca) recomida por los conejos.

Dentro de los pastos herbáceos artificiales, o sembrados, conviene distinguir los que tienen una duración corta, de menos de tres años –temporales– de los que persisten durante muchos años –permanentes–, llegando a naturalizarse por la incorporación de especies espontáneas cuyas semillas se encuentran presentes en el suelo.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que no todos los pastos son herbáceos; que existen otros, los leñosos, generalmente naturales aunque también pueden haber sido plantados o sembrados, que contribuyen a la alimentación del ganado y la caza por medio de sus hojas y ramitas –conjunto que suele recibir la denominación de ramón–, sus frutos o sus flores y que tienen una enorme importancia cinegética, sobre todo en el ámbito mediterráneo.

Para aclarar ideas, se puede resumir la situación en el esquema siguiente:

¿QUÉ OFRECEN LOS PASTOS A LA CAZA MENOR?

Teniendo en cuenta su definición, es evidente que una de las principales funciones de los pastos, desde el punto de vista cinegético, es servir de alimento a la caza. Sin embargo, esa oferta de alimento, que podríamos calificar de directa, no es su única función. También contribuyen a la alimentación de las especies de caza menor, y muy especialmente de las aves, de otra forma indirecta: a través de los invertebrados que se alimentan de los pastos –fitófagos– o que simplemente viven en ellos.

La mayoría de los cultivos agrícolas pueden ser contemplados también como pastos, al menos desde el punto de vista de la gestión cinegética.

Esa función, que a primera vista pudiera parecer trivial, es enormemente importante para la nutrición de los pollos de la mayoría de las aves de interés cinegético, incluso de las claramente granívoras, corno perdices o codornices, al igual que lo es para palomas, tórtolas y anátidas e, incluso, para muchas especies protegidas como la avutarda o el urogallo. De hecho, en muchos países, España incluida, ya se están llevando a cabo tratamientos orientados a garantizar la disponibilidad de pastos herbáceos naturales para desempeñar esa esencial función cuando el cerramiento de la vegetación leñosa o la concentración agraria lo dificultan o impiden.


La oferta de invertebrados -insectos sobre todo-, imprescindible para la nutrición de los pollos de la mayoría de las aves de interés cinegético, y la de refugio y lugares de reproducción, son funciones esenciales de los pastos a las que, sin embargo, se suele prestar muy poca atención.

Sin embargo, la oferta de los pastos a la caza menor no se limita a la alimentación. Los pastos proporcionan también, en muchos casos, refugio y lugares apropiados para la reproducción a las especies que son objeto de esa forma de caza. De hecho, aunque muchas veces ni se repara en ello, la trascendencia de ese servicio es tan grande que a menudo llega a convertirse en el factor más limitante para la abundancia de especies de caza menor.

Todos los pastos proporcionan a la caza menor los recursos y servicios que acabamos de describir. Sin embargo, es obvio que cada uno, en función de sus características, lo hace de un modo particular. Por ello, creemos conveniente analizar cómo lo hace cada uno de los tipos que contemplamos en el apartado
anterior.

PASTOS HERBÁCEOS NATURALES

Los pastos herbáceos naturales suelen poseer una calidad nutritiva aceptable mientras permanecen verdes. En general, esa calidad es tanto mayor cuanto más alto es su contenido en leguminosas –tréboles, vezas, mielgas o carretones, por ejemplo–, porque son esas especies las que en mayor medida contribuyen a proporcionar proteína a la dieta. Sin embargo, cuando florecen, y sobre todo al secarse, los pastos herbáceos pierden tal cantidad de proteínas y energía que es habitual que aunque el ganado y la caza los consuman ad libitum -es decir, a placer, sin limitación-, no lleguen a satisfacer sus necesidades y pierdan condición corporal; por ello, es muy frecuente que los animales fitófagos -los que se alimentan de plantas- prefieran consumir el ramón de los árboles y arbustos, que sí suele estar verde en verano, y de ese modo se convierte en una alternativa a los pastos herbáceos. Si nos fijamos en la riqueza en invertebrados, la de los pastos herbáceos naturales suele ser muy superior a la de los herbáceos artificiales -a menudo tratados contra esas especies- y a la de los leñosos. Por eso, como ya indicamos anteriormente, es habitual que las aves que más dependen de esos invertebrados y los pollos de prácticamente todas vayan a buscarlos a ese tipo de pastos.


Pastos herbáceos naturales de zonas semiáridas: espartizales o atochares, albaidares, fenalares y otros, que en este caso alternan con matas -tomillo, romero, jabona- y arbustos -sisallo, orzaga, efedra, retama-. Además de proporcionar un alimento de mediocre calidad, pero abundante, a la caza menor, constituyen su hábitat y le brindan refugio y lugares adecuados para la reproducción.

Finalmente, la oferta de refugio y lugares adecuados para la reproducción varía con la tipología de los pastos y su estado fenológico. Sin embargo, es posible hacer algunos comentarios generales que servirán de base para la propuesta de buenas prácticas de gestión pastoral en fincas de caza menor.

Como es obvio, los pastos de talla alta ofrecen más refugio a la caza menor que los de talla baja, y la talla depende del tipo de pasto y de su estado de crecimiento, sobre los que poco podemos influir, pero también de su grado de consumo por el ganado o la caza, que sí puede ser controlado. Con respecto a la oferta de lugares de reproducción, no es fácil establecer diferencias sustanciales entre pastos herbáceos naturales y pastos leñosos, salvo las relacionadas con las querencias de cada especie, pero sí se puede afirmar que, en general, los cultivos agrícolas son menos seleccionados que los pastos naturales como lugares de reproducción y, en todo caso, presentan mayores riesgos de mortalidad para jóvenes y adultos. De hecho, es ampliamente conocido que las concentraciones parcelarias reducen sensiblemente las posibilidades de reproducción para las principales especies de caza menor -perdiz y conejo, por ejemplo- y, en algunos casos, han llegado a provocar que los vivares de conejos se ubiquen precisamente en los taludes y medianas de las carreteras, únicos lugares donde encuentran suelos profundos, que no se labran y que les garantizan una cierta «tranquilidad».

PASTOS HERBÁCEOS ARTIFICIALES

Los pastos herbáceos artificiales, cultivos agrícolas incluidos, suelen proporcionar un alimento vegetal más abundante y de más calidad que los naturales. No obstante, es muy importante tener en cuenta cuándo y cómo se produce esa oferta y cómo se complementa con la de los pastos naturales, tanto herbáceos como leñosos. Así, por ejemplo, los cultivos de cereal pueden proporcionar un forraje de calidad en invierno y grano en verano; las leguminosas, por su alto contenido en proteínas, son especialmente importantes en primavera, época de reproducción de la mayoría de las especies, y el girasol y las leguminosas-grano pueden desempeñar un papel importante, sobre todo para palomas y tórtolas, en verano. En definitiva, existe una amplia variedad de pastos artificiales que, en cada caso, en función de clima, suelo, necesidades y posibilidades, nos puede permitir elegir las alternativas más interesantes para nuestra finca.


Pastos herbáceos artificiales temporales (cultivos). Ofrecen un alimento de calidad para caza menor, pero no todo el año. También proporcionan refugio, pero temporal. Son poco aptos para la reproducción de algunas especies -por ejemplo el conejo- y permiten la de otras, aunque el éxito reproductivo puede ser bajo si se trata de monocultivos de gran extensión. La diversidad del paisaje es esencial para la caza.

Como ya indicamos con anterioridad, la oferta de invertebrados de los pastos artificiales suele ser muy inferior a la de los naturales. Sin embargo, conviene matizar que la de los que contienen leguminosas suele ser muy superior a la de los que carecen de ellas.

Para finalizar, la oferta de refugio de los pastos artificiales varía con su estado de desarrollo y aprovechamiento y, en general, encuentra un magnífico complemento en la de los pastos naturales, herbáceos y leñosos, del entorno. El laboreo es una actividad difícilmente compatible con la reproducción de algunas especies de interés cinegético, como el conejo, y la época de realización de la cosecha puede afectar muy notablemente al éxito reproductivo de muchas de las especies de aves de interés cinegético, especialmente de la perdiz roja, cuya eficacia en ese aspecto parece estar estrechamente relacionada con la ubicación de los nidos.

PASTOS LEÑOSOS

La calidad nutritiva del ramón de las especies leñosas suele ser bastante inferior a la de la hierba verde, pero suele superar ampliamente a la de la hierba seca (henascos). De hecho, en zonas de clima seco o semiárido su calidad es superior a la de los pastos herbáceos y su oferta se prolonga mucho más en el tiempo; como consecuencia, constituyen la principal fuente de alimento vegetal natural para la caza menor. Por ello, y por las fluctuaciones en la oferta de hierba verde debidas al clima, la vegetación leñosa puede constituir un complemento importante para los pastos herbáceos en épocas de carencia o escasez de hierba verde, como verano e invierno, sobre todo para el conejo de monte y, en menor grado, para las liebres. Por otra parte, algunos frutos forestales son seleccionados con preferencia por muchas especies de interés cinegético. De todos es conocida la apetencia de las palomas y algunas anátidas por las bellotas, y también, por ejemplo, la de los conejos por las semillas de las retamas, por su alto contenido en proteína y su abscisión estival.


Dos aspectos de la importancia de los pastos leñosos. A la derecha se puede observar una retama, bajo cuyas ramas se aprecia verdor: se trata de ortigas que aparecen como consecuencia de la abundancia de deyecciones de los conejos que se concentran bajo el arbusto para consumir sus semillas. A la derecha se observa una encina arbórea con brotes de raíz –carrasca– en su base. Aunque esa carrasca compite con la encina, desempeña dos funciones esenciales para la caza menor: ofrece refugio en un hábitat donde éste escasea y también alimento –ramón– en épocas de escasez de hierba verde. Obsérvese el ramoneo hasta la altura que alcanzan los conejos.

A pesar de su alta diversidad, creemos que se puede afirmar que, en general, la oferta de invertebrados de los pastos herbáceos naturales es ampliamente superior a la de los leñosos.

Los requerimientos básicos de la caza menor son cuatro: refugio –tranquilidad–, lugares adecuados para su reproducción, alimento y agua.

Para finalizar, algunos comentarios sobre la oferta de refugio y lugares de reproducción. En general, se puede pensar que la oferta de refugio para la caza menor de bosques, arbustedos y matorrales es superior a la de los pastos herbáceos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, aunque ello pueda ser verdad, también lo es que esa oferta también es superior para los predadores, lo que afecta negativamente a las especies de caza menor, y que la mayor parte de éstas están ligadas en mayor o menor medida a hábitats modificados por el hombre. Por ello, creemos que, tanto con relación a la oferta de refugio como a la de lugares de reproducción, se puede afirmar con seguridad que la estructura más adecuada del territorio es la de un mosaico en la que alternen las teselas de vegetación leñosa con las de pastos herbáceos naturales y artificiales.

¿QUÉ DEMANDA LA CAZA MENOR DE LOS PASTOS?

Los requerimientos básicos de la caza menor son cuatro: refugio –tranquilidad–, lugares adecuados para su reproducción, alimento y agua. Por consiguiente, la gestión de su hábitat deberá estar orientada a satisfacer esas necesidades en la mayor medida posible. Pero no es suficiente con la cantidad; también es importante intentar que ese objetivo se consiga de forma homogénea en el tiempo y el espacio. En el tiempo, porque es esencial evitar épocas malas, «cuellos de botella» que puedan provocar la mortalidad de individuos o su éxodo a otras fincas; y en el espacio, porque la densidad de piezas de caza será tanto mayor cuanto más homogéneo sea su reparto por el territorio.


En primavera, principal época de reproducción, las aves buscan con avidez alimentos ricos en proteínas, tanto de origen vegetal como animal. En la imagen, una paloma torcaz consumiendo frutos (sámaras) de olmo.

Desde el punto de vista del refugio y los lugares de reproducción, si tenemos en cuenta lo expuesto en el apartado anterior, lo más adecuado es una estructura en mosaico, en la que las teselas de pastos herbáceos, naturales y artificiales, temporales y permanentes, alternen entre sí y, a su vez, con ribazos, manchas de matorral, arbustedos y árboles o formaciones arboladas. Esa estructura es la que, en todas nuestras regiones, proporciona una oferta más adecuada de refugio a nuestras especies de caza menor, sin ser especialmente beneficiosa para sus predadores, incluido el omnipresente y cada vez más abundante jabalí. Por otra parte, también se ha comprobado que es precisamente ese diseño el que resulta más adecuado desde los puntos de vista de la oferta de lugares aptos para la reproducción y el éxito reproductivo.

Si nos fijamos en las necesidades alimenticias, aunque resulta imposible analizar con detalle las de nuestras principales especies de interés cinegético, sí podemos ofrecer algunas ideas concretas que consideramos de relevancia. Lo haremos centrándonos en dos grandes grupos: las aves y los lagomorfos, conejos y liebres.

Una buena alimentación, una dieta rica en proteína digestible, permite incrementar la productividad de las poblaciones de conejos y liebres y, por consiguiente, las posibilidades cinegéticas del territorio que se gestiona.

Durante su periodo reproductivo, que se centra en la primavera, las aves tienen unas necesidades nutritivas significativamente más elevadas que en el resto del año. Y esa demanda es especialmente alta en el caso de las proteínas. Por ello suelen buscar con avidez recursos vegetales particularmente ricos en esos principios inmediatos: leguminosas, brotes herbáceos o yemas de plantas leñosas, por ejemplo. Dada su mayor precocidad en comparación con los pastos herbáceos naturales, los artificiales, y en particular los cultivos de cereal, son muy visitados por las aves de interés cinegético a finales de invierno e inicio de la primavera; tan visitados que a veces provocan en ellos daños de cierta consideración. También pueden encontrar esas proteínas que tanto necesitan en recursos animales, y muy especialmente en invertebrados: lombrices, arañas, insectos, tanto adultos como inmaduros –gusanos, orugas, pupas–, miriápodos y otros. Sin embargo, los alimentos proteicos, que son importantes para los adultos en sus periodos de reproducción y alimentación de sus crías, resultan imprescindibles para el crecimiento de éstas, y suelen constituir la mayor parte de su dieta. Precisamente por ello, y por el hecho de que, por su diversidad, esos invertebrados son especialmente abundantes en los pastos herbáceos naturales, los grupos familiares dependen en buena medida de la presencia de esos pastos y los visitan con asiduidad. Por eso, y por su oferta de refugio, es tan importante su existencia, aunque sea en forma de pequeñas teselas, sobre todo en paisajes puramente agrícolas o, por el contrario, dominados por la vegetación leñosa.

Durante el verano, y especialmente en el ámbito mediterráneo, la hierba, al florecer y secarse, pierde la mayor parte de su valor nutritivo. Por ello, las aves de interés cinegético consumen menos forraje y buscan con mayor avidez los frutos. Los de las gramíneas –por ejemplo, los cereales– son muy ricos en energía, aunque deficitarios en proteínas. Los de las leguminosas y oleaginosas –por ejemplo, girasol– son, por el contrario, muy ricos en proteínas y menos en hidratos de carbono. Por eso, la presencia de cultivos herbáceos es tan importante para las aves de interés cinegético, especialmente durante el verano y en terrenos de monte, donde las teselas agrícolas son cada vez más escasas por su baja productividad. En esos casos, al menos desde el punto de vista cinegético, resulta interesante no cosechar, o al menos no cosecharlo todo, para permitir que las especies de caza menor, y especialmente los jóvenes, puedan pasar lo mejor posible ese periodo difícil que siempre es el verano. Por su época de maduración, el girasol puede resultar un recurso muy interesante para verano e inicios de otoño, especialmente en el caso de palomas y tórtolas, aunque no se da en todos los terrenos, ya que requiere suelos ricos en bases.


El conejo de monte, especie que da nombre a España –tierra de conejos, en fenicio–, constituye un magnífico ejemplo de adaptación a su medio. Su sistema digestivo (cecotrofia) la permite aprovechar eficientemente los recursos alimenticios que encuentra y, así mismo, adaptar a ellos su enorme potencial reproductivo.

Los árboles, que durante el resto del año proporcionan a la caza menor refugio y algo de alimento vegetal, y que contribuyen a diversificar el paisaje y la composición de los pastos herbáceos, suelen desempeñar un papel trascendental en otoño e invierno. Lo hacen con particular intensidad, por su producción de fruto, los pertenecientes a la familia de las Fagáceas, y muy especialmente encinas, alcornoques y quejigos, cuya oferta otoñal e invernal de bellota es buscada con avidez por palomas, perdices y otras aves de interés cinegético que gracias a ese recurso rico en hidratos de carbono y grasas pueden mantener la energía necesaria para sobrevivir y mantener una condición corporal aceptable hasta la siguiente primavera.

Los lagomorfos –conejos y liebres– son fitófagos que, por selección natural, han desarrollado dos sistemas para aprovechar con la máxima eficiencia los recursos de los que se alimentan y para adaptar a ellos su reproducción. Por su interés e importancia para la gestión cinegética los describiremos brevemente.

Todos sabemos que los rumiantes –vacas, ovejas, cabras o ciervos, por ejemplo– tienen un aparato digestivo dividido en cuatro compartimentos. Así pueden aprovechar eficientemente no sólo los principios inmediatos de los alimentos que ingieren –que generalmente son muy voluminosos, pero pobres en energía y proteína–, sino también los de los micro-organismos –bacterias, hongos, protozoos– que «cultivan» en su panza (rúmen) para que les ayuden a descomponerlos. De esa forma se han adaptado a poder vivir de recursos alimenticios vegetales de mediocre calidad. Conejos y liebres se han enfrentado a un problema similar, pero agravado por dos motivos: porque no son rumiantes y, porque el alimento pasa con mayor rapidez por su aparato digestivo. Por eso, si todo quedase ahí, no podrían subsistir con alimentos de baja calidad, como los que normalmente encuentran en el campo.

Sin embargo, por selección natural han desarrollado un ciego muy voluminoso en el que, como los rumiantes, «cultivan» micro-organismos, ricos en proteínas, que les ayudan a descomponer los alimentos. El problema es que están al final del aparato digestivo, donde ya no es posible aprovechar los recursos de esos alimentos ni los de los micro-organismos. Por ello, lo que hacen es volver a ingerir sus propias heces, esas heces blandas que producen de noche, que están recubiertas de una película de micro-organismos muy rica en proteínas, y de ese modo aprovechan con la máxima eficiencia las posibilidades de los alimentos que ingieren. Así, mediante ese curioso sistema de alimentación denominado cecotrofia, se han adaptado a sobrevivir con alimentos vegetales de baja calidad.


Experiencia de mejora y siembra de pastos para el conejo de monte en la finca «El Castañar». Como se puede observar por la diferencia entre la parcela acotada al conejo, donde está el investigador, y la abierta a su consumo, la pradera rica en leguminosas es una magnífica alternativa, aunque puede sufrir sobrepastoreo si la densidad de lagomorfos es muy alta, ya que éstos consumen también las semillas enterradas en el suelo.

La segunda «estrategia» permite a los lagomorfos adaptar su reproducción a la calidad de su dieta, y se manifiesta con especial intensidad en el caso del conejo de monte. Consiste en que las hembras sólo ovulan e inician su periodo de gestación cuando la calidad de su dieta es suficientemente alta; en concreto, cuando la proteína digestible supera un determinado umbral. De hecho, si la calidad de la dieta se reduce mucho o si hay problemas de estrés, son capaces de reabsorber sus propios fetos incluso después de superado el 75 por ciento del periodo de gestación. En definitiva, una buena alimentación, una dieta rica en proteína digestible, permite incrementar la productividad de las poblaciones de conejos y liebres y, por consiguiente, las posibilidades cinegéticas del territorio que se gestiona.

Una buena finca de caza menor debe tener una estructura de mosaico, una en la que, en cada zona de la finca y en cada época del año, se satisfagan adecuadamente todos los requerimientos de la caza menor.

Las experiencias de mejora e implantación de pastos que hemos llevado a cabo para favorecer a las poblaciones de conejo de monte han puesto de manifiesto que, efectivamente, esos lagomorfos seleccionan en cada época del año los que satisfacen sus necesidades de forma más eficiente. De ese modo, todos los tipos de pastos que hemos descrito son utilizados por el conejo, cada uno en el momento más adecuado, y se complementan entre sí para satisfacer de forma óptima sus requerimientos, tanto alimenticios como de refugio.

Durante el otoño, época en la que la mayoría de las poblaciones de conejo inician su primer periodo reproductivo, salvo si el año es muy malo, los conejos seleccionan preferentemente pastos ricos en proteína; es decir, aquellos que presentan mayor abundancia de leguminosas. En invierno, como consecuencia de la ralentización o cese del crecimiento de la hierba, los conejos seleccionan pastos con alimento abundante, lo que, por su precocidad, suele suceder casi exclusivamente en pastos artificiales de cereal; no obstante, también es relativamente frecuente que se vean obligados a ramonear con cierta intensidad. En primavera, principal época de reproducción, el alimento herbáceo es abundante y de cierta calidad; por ello los lagomorfos buscan calidad, proteína y minerales, que encuentran principalmente en las leguminosas. Finalmente, en verano, época de dispersión de jóvenes y de escasez de alimento herbáceo de calidad –salvo, por ejemplo, la alfalfa, que permanece verde gracias a sus potentes raíces pivotantes– los lagomorfos se centran en la búsqueda de frutos: grano de cereal –suelen cortar la caña por la base, para consumir exclusivamente el grano–, legumbres de leguminosas –buscan tanto las que están sobre la superficie como las enterradas– y otras, y con frecuencia también se ven obligados a consumir pastos leñosos.

BUENAS PRÁCTICAS DE GESTIÓN DE PASTOS EN FINCAS DE CAZA MENOR

De todo lo expuesto con anterioridad se puede deducir que, efectivamente, se puede hacer una gestión de pastos orientada específicamente a favorecer a las especies de caza menor. También que, dada la enorme importancia de esa actividad cinegética –principal producción directa de buena parte de los montes españoles– una buena gestión de pastos lejos de ser un «lujo» innecesario puede y debe ser contemplada como una inversión que probablemente devuelva con creces lo invertido. Por ello, hemos creído conveniente describir muy brevemente algunas de las buenas prácticas de gestión de pastos que consideramos más importantes para la caza menor.

La idea básica y esencial es la diversidad, tanto de paisaje como de zonas de alimentación, refugio y reproducción. Una buena finca de caza menor debe tener una estructura de mosaico, una en la que, en cada zona de la finca y en cada época del año, se satisfagan adecuadamente todos los requerimientos de la caza menor. Tan importante puede ser la alimentación como el refugio o la oferta de lugares adecuados de reproducción; en este caso, como en otros muchos, se puede aplicar la ley del mínimo: es el factor limitante, el más desfavorable, el que determina la abundancia de caza menor en un territorio; y tan perjudicial puede ser el dominio de la vegetación leñosa –matorrales o arbustedos, por ejemplo– como su ausencia. Por ello, aunque sea a través de medidas muy simples y de bajo coste, como respetar setos o linderos, se pueden conseguir resultados muy satisfactorios.


Siembra de avena consumida parcialmente por el conejo de monte y que también le sirve de refugio temporal en verano. Se puede apreciar que cuando la densidad de lagomorfos es alta, los daños producidos pueden ser considerables.

En general, todos los tipos de pastos que hemos descrito desempeñan una función esencial para la caza menor. Por eso todos deben estar presentes en una buena finca dedicada a esa actividad. Y, lógicamente, cada uno debe estar situado en el lugar más adecuado. Así, los pastos o cultivos agrícolas, que son los que requieren suelos más fértiles y profundos y los que pueden generar mayores problemas de erosión y degradación del suelo, deben concentrarse en zonas llanas y a ser posible de fondo de valle; no obstante, si éstas escasean o si resulta conveniente para conseguir una distribución homogénea de esos pastos, también pueden utilizar zonas llanas de cumbre: tesos, alcarrias, navas, pequeños claros entre matorrales y sitios similares. Por el contrario, los leñosos deben situarse en zonas pedregosas, de fuerte pendiente y de cumbres no llanas, zonas no aptas para la agricultura, así como, en la medida de lo posible y en formaciones lineales, en bordes de ríos y arroyos y del resto de pastos herbáceos. Finalmente, como es lógico, los pastos herbáceos naturales deben conformarse con el resto del territorio, generalmente en zonas de pendientes moderadas.

Dentro de los pastos agrícolas, y por las razones ya expuestas, es muy conveniente diversificar. Aunque el terreno sea más adecuado para una especie vegetal, es conveniente tener en cuenta que, desde el punto de vista cinegético, no se trata de producir mucho sino de satisfacer de forma adecuada las necesidades de la caza menor. En ese sentido, aunque el terreno sea adecuado para cereal, probablemente sea conveniente introducir algunas teselas de leguminosas, forrajeras –tréboles, veza o alfalfa, por ejemplo– o productoras de grano –garbanzos, lentejas, altramuces u otros–. En el caso de fincas conejeras, la implantación de pastos artificiales ricos en leguminosas –alfalfa, veza o pradera– suele proporcionar resultados muy satisfactorios. Del mismo modo, en zonas más aptas para cultivos forrajeros, probablemente sea muy conveniente introducir pequeñas teselas de cereales productores de grano. En algunos casos, y sobre todo de forma puntual, en las épocas o sitios más desfavorables, puede ser interesante proporcionar alimento suplementario, sobre todo si las condiciones de suelo o clima no permiten cultivarlo en la finca. Es el caso de las pipas de girasol, el grano de cereal o el maíz, que pueden ser distribuidos en zonas de buena visibilidad para palomas y tórtolas a finales de verano o para la perdiz y el conejo, en comederos, en las épocas o zonas donde esos recursos no pueden ser producidos por cultivo.

En zonas eminentemente agrícolas, donde las hojas de cultivo son muy extensas, es muy adecuado dividirlas mediante pequeñas bandas de separación cubiertas por vegetación herbáceo-leñosa espontánea, donde la caza menor pueda encontrar refugio, zonas aptas para la reproducción e insectos en la época de crecimiento de los pollos. En el Reino Unido, por ejemplo, se recomiendan los denominados beetle banks, que son simples caballones delimitadores de las hojas de cultivo donde la presencia de vegetación espontánea permite la existencia de insectos –sobre todo escarabajos: beetle–, muchos de ellos predadores de plagas de cultivos, con la doble finalidad de reducir el uso de plaguicidas y proporcionar refugio y alimento a la fauna silvestre. Algo similar se puede hacer en zonas encharcadizas si se abren pequeñas zanjas de drenaje y se acumula la tierra resultante a un lado en forma de caballón que no se labra. Hemos podido comprobar que los resultados que proporcionan ambos tratamientos son magníficos.


Otro ejemplo de finca de caza menor con una buena gestión: «Ribera del Guadiana». Se ha desbrozado para cultivar, pero respetando la vegetación leñosa de vaguadas, cumbres y bordes de ríos y arroyos y los árboles y arbustos de mayor interés. El resultado final es un mosaico que satisface todas las necesidades de la caza menor.

Con los pastos herbáceos y los leñosos sucede algo similar a lo descrito para los agrícolas, aunque en estos casos las posibilidades de gestión son menores. En el caso de los herbáceos, y especialmente en fincas ganaderas, habida cuenta de lo indicado sobre su oferta de refugio, puede ser conveniente acotar al pastoreo zonas de especial importancia para el refugio o la reproducción de la caza menor como, por ejemplo, juncales —buenas zonas de refugio y reproducción que, por su frescor estival, suelen estar sobrepastoreados y degradados— o, en algunos casos, espartizales o teselas de poseo. En el caso de los pastos leñosos, conviene tener en cuenta las posibilidades de recuperación tras un error son mucho menores y requieren mucho más tiempo; por ello, es esencial aplicar el principio de precaución y no actuar si no se está muy seguro de los resultados que se van a alcanzar y, obviamente, se cuenta con los permisos necesarios. La primera buena práctica que recomendamos es proteger la vegetación leñosa en los bordes de ríos, arroyos y cárcavas; con ello se consigue no sólo evitar el arrastre de partículas de suelo y la contaminación del agua, sino también preservar un hábitat de especial importancia para la reproducción y los desplazamientos de la caza menor: los famosos corredores ecológicos que garantizan la conectividad entre otras teselas del territorio. Algo similar sucede si se protegen pequeñas bandas lineales de vegetación leñosa en bordes de cultivos, pastos herbáceos naturales, caminos y otras teselas; aunque cueste creerlo, su relación con la biodiversidad y la caza menor es tan intensa que en algunos países de donde han desaparecido en grandes zonas, como el Reino Unido, se están volviendo a introducir con gran éxito.


Zanja de drenaje y caballón cubierto por vegetación (pasto) natural. Este sencillo tratamiento, que proporciona refugio, alimento y lugares aptos para la reproducción a la caza menor, es una alternativa muy interesante en paisajes dominados por cultivos agrícolas homogéneos.

En el caso de repoblaciones arbóreas de gran espesura, es recomendable la realización de clareos o claras con la finalidad de permitir la entrada de luz al suelo y el desarrollo de unos estratos herbáceo y arbustivo que resultan esencialespara la caza menor, a la vez que se incrementa el crecimiento de los árboles que quedan en pie. Del mismo modo, en dehesas de encina, alcornoque y otras fagáceas, es recomendable mantener una adecuada política de podas que, sin afectar sensiblemente a los árboles, permita ampliar la superficie de las copas y proporcionar fruto y ramón a la caza menor. Del mismo modo, teniendo en cuenta que uno de los principales problemas de las dehesas para la caza menor es la escasez de refugio, se pueden acumular las ramas finas procedentes de las podas sobre los troncos de los árboles, a modo de «chocillos» o sobre vivares y gazaperas, para paliar esa deficiencia cinegética. Por ese mismo motivo, cuando existan matas en la base de los troncos de los árboles, conviene respetarlas. Es verdad que compiten con el árbol, pero también que desempeñan una magnífica función de oferta de refugio y lugares de reproducción para la caza menor. Finalmente, en zonas de matorral denso y extenso, es conveniente realizar desbroces en mosaico, que afecten a superficies de forma irregular y pequeña extensión: 1-2 ha, como mucho. En ellos es recomendable la siembra de pastos artificiales —cereal, leguminosas, pradera— con una triple finalidad: evitar la erosión, proporcionar alimento de calidad a la caza menor y retrasar la invasión del matorral. También, si en las zonas a desbrozar existen especies de alto interés para la caza menor, como la retama, la coscoja o el lentisco, se recomienda que los desbroces sean selectivos y no afecten a esas especies.

Las fincas de caza son ecosistemas forestales complejos cuya estabilidad depende de la existencia de muchas especies y relaciones interespecíficas.

Para finalizar, simplemente recordaremos que aunque hemos estado hablando de alimento, refugio y lugares aptos para la reproducción, la caza menor también necesita agua, y muy especialmente en el ámbito mediterráneo. Por eso, una buena finca dedicada a esa especialidad cinegética debegarantizar la existencia permanente de agua, en cantidad y calidad adecuadas, y repartida homogéneamente por toda la superficie de la finca. Para ello, puede bastar con la existencia de ríos, arroyos o pequeñas charcas, pero también se pueden aplicar medidas de gestión activa creando otras nuevas o habilitando bebederos artificiales de muy diversos tipos. En ese sentido, si existen manantiales naturales, que generalmente suelen tener un alto valor ecológico, recomendamos protegerlos para evitar su degradación y, mediante una pequeña tubería enterrada, dirigir el agua a una charca o abrevadero situado a pocos metros del manantial.

LA GESTIÓN DE LOS PASTOS Y LA CAZA MENOR COMO «HERRAMIENTA» DE CONSERVACIÓN

Para finalizar, recordaremos que la caza menor no es un recurso del que sólo se benefician los cazadores. Las fincas de caza son ecosistemas forestales complejos cuya estabilidad depende de la existencia de muchas especies y relaciones interespecíficas. En ese sentido, la presencia de especies de caza menor y la propia gestión del territorio están relacionadas de forma directa y positiva con muchas especies de flora y fauna que no son de interés cinegético, pero sí ecológico. Por otra parte, las especies de caza menor constituyen la base de las pirámides tróficas de sus ecosistemas; es decir, sirven de alimento a predadores y necrófagos que dependen estrechamente de ellos. Es el caso del lince, predador especializado en el conejo, pero también magnífico aliado de la caza menor frente a otros predadores generalistas, como el zorro; el águila imperial ibérica, la perdicera o el buitre negro, todas especies seriamente amenazadas que dependen directamente de la caza menor. Como consecuencia, una buena gestión cinegética no sólo no es incompatible con la conservación de la naturaleza, sino que puede ser una magnífica herramienta para conseguirla. Esa circunstancia aparece recogida en las estrategias de conservación de muchas especies amenazadas, y se pone en práctica en numerosos planes orientados a su conservación, como los de lince ibérico, águila imperial ibérica, águila perdicera, buitre negro, cigüeña negra, avutarda, oso pardo, urogallo, etc.


Una oferta de agua adecuada en cantidad y calidad y distribuida homogéneamente en el tiempo y el espacio es esencial para la caza menor. En la fotografía se puede ver una tórtola común en un bebedero.

A pesar de ello, y precisamente por la necesidad de conseguir la estabilidad del ecosistema cinegético, es obligado hacer referencia al control de predadores. El desarrollo de métodos selectivos para el control de los predadores generalistas no protegidos puede facilitar enormemente la consecución de esa estabilidad y, así mismo, contribuir a dar tranquilidad a propietarios y gestores de fincas de caza menor. Afortunadamente, las iniciativas que ha puesto en marcha recientemente el Ministerio de Medio Ambiente parecen estar proporcionando resultados satisfactorios, que esperamos puedan ser utilizados a corto plazo en nuestras fincas de caza menor.

Como conclusión, queremos poner de manifiesto que hoy se poseen suficientes conocimientos científicos y técnicos sobre las especies cinegéticas y el tratamiento de sus hábitats para hacer posible que la gestión de las fincas de caza menor sea racional, rentable y beneficiosa para el medio natural. Esperamos que ello permita demostrar algo que siempre se ha reivindicado desde el ámbito cinegético: que los verdaderos cazadores son los primeros defensores y garantes de la calidad ecológica de los territorios que gestionan.

 

Alfonso SAN MIGUEL AYANZ
Jaime MUÑOZ IGUALADA
Doctores Ingenieros de Montes E.T.S. Ingenieros de Montes. Universidad Politécnica de Madrid.

 

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INSECTOS
tino suarez
10/06/2007 23:24:35
Quisiera hacer referencia al tema de los margenes y su importancia. Como muy bien apuntais el mantenimiento de los margenes hace que en estos crezca vegetacion espontanea de todo tipo, albergando mayor biodiversidad que cualquier monocultivo. Dentro de esta biodiversidad estan tambien los insectos, que en contra de lo que se pueda pensar no todos son perjudiciales, es mas, perjudiciales en si no son,lo perjudicial es el numero en el que esten presentes que es lo que hace que los daños sean cuantiosos. Dentro de los insectos,como bien indicais, los hay que realizan la funcion predadora sobre otros. Los tratamientos insecticidas no diferencian y mueren todos. Con unos margenes sin tratamientos se consigue que estos insecto hagan la funcion para la que han sido creados, controlar las poblaciones de otros insectos, consiguiendo que estos no tengan poblaciones exageradas.

 

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