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Manolito, el Lute y las escuelas de ladrillo
Kodiak
Puede que no resulte extraño ver reunidos a cuarenta cazadores en unos salones cedidos por un ayuntamiento de Andalucía, quizá si pensásemos que es sábado, que la reunión empieza a las 9 de la mañana y como canta el señor Aute nos dan las 9 y las 10 y las 11... de la noche, escuchando a un Director General de la Junta de Castilla-La Mancha que nadie sabe por qué razón pasa ese fin de semana hablando con cazadores a muchos kilómetros de su casa y su familia…
Quizá si nos damos cuenta, al mirar el calendario, que ese sábado es cuando se abre la veda por esos lares y esos cuarenta cazadores se están perdiendo la primera jornada de la temporada, si nos enteramos de que al día siguiente piensan volver temprano, no para terminar pronto y poder aprovechar parte del domingo cazando, sino para tener más tiempo, con lluvia o sol, de continuar con las conversaciones iniciadas el sábado, perdidos por sierras andaluzas, entonces puede que ya sí comience a resultarnos extraño el comportamiento de ese pintoresco grupo, en el que además nos enteramos, se encuentran integrados compañeros prestados temporalmente por provincias situadas a más de ochocientos kilómetros de distancia.
Y todos ellos con el único objetivo de hacer todo tipo de perrerías
al pobre Manolito, un pequeño Oryctolagus cuniculus
que se presta estoicamente a soportar que se le utilice de conejo de
indias (en lugar de silvestre) para aprender cómo se manipula
un animal cuando se le vacuna, es traslocado o simplemente tenemos que
capturarlo para su estudio. Y cuando estamos pensando qué satisfacción
pueden tener estos chalados, o qué satisfacción pueden
provocar en aquellas personas que les dedican su tiempo, es cuando nos
viene a la memoria otro grupo de similares características, que
el fin de semana anterior ha mantenido la misma alocada actitud por
alguna provincia Catalana, los cerca de trescientos que lo hacían
unos días antes en Ciudad Real, o aquellos que, nerviosos a pesar
de lo avanzado de su edad, terminaban un ciclo de seis meses perdiendo
los fines de semana dedicados a intentar aprender y compartir conocimiento
con compañeros de afición por los campos Sorianos. Cuando
ves el interés de las personas, lo que algunas están dispuestas
a sacrificar por aprender un poco, cuando ves cómo reaccionan
personas cuya edad les permite ser abuelos al ver que sus esfuerzos
por aprender se ven recompensados, cuando ves a familiares llorando
de nervios al comprobar que los suyos consiguen lo que durante meses
han buscado, cuando ves el esfuerzo y dedicación de aquellos
que te dan lecciones de humildad a la hora de aprender, es cuando empiezas
a entender dónde pueden estar esas satisfacciones.
Satisfacción en los que enseñan, que ven cómo cada vez es mayor el número de personas que se dan cuenta, que el monte no entiende de una capacidad de carga desequilibrada por la presión cinegética o de cualquier otra índole, a la que está sometido, que los conejos no son capaces de superar solos la mixomatosis, los rebecos la queratoconjuntivitis, o las cabras la sarna, que los corzos o los jabaliés no entienden de carreteras y provocan accidentes regulados en una legislación que desconocemos, que la agricultura no es lo que era, y que cada vez son mayores los cambios producidos como para poder quedarnos añorando los tiempos pasados y esperando que todo vuelva a ser como antes.
Satisfacción en las personas que se esfuerzan por trabajar por sus montes y lo que les rodea, al ver que con la ayuda de otros pueden mejorar lo que tienen, que reciben un apoyo que les permite reforzar su experiencia, adquirida a lo largo del tiempo pateando campo.
Satisfacción de todos al ver que no estamos solos en nuestro
afán de mejorar los montes, nuestros campos, el entorno rural
que pretendemos defender para nosotros, y para los que vengan después.
Si además tienes la suerte de compartir esos ratos y esos montes
con un par de autobuses repletos de personas que a pesar de su discapacidad
muestran un cariño especial por los animales, unos conocimientos
que nos asombrarían, unas ganas de pasear por el campo, de disfrutar
viendo unos perros o unos halcones en libertad, o estar toda una mañana
persiguiendo a un cochinillo al que terminas por apodar “El Lute”,
ante la pasmosa facilidad que tiene para encontrar la forma de fugarse
una y otra vez de su jaula, si tienes la suerte de compartir con algunas
personas unos ratos en los que aún no teniendo una escopeta en
la mano, sientes que estás inmerso en el mundo de la caza, entonces
empiezas a entender la satisfacciones que pueden darte algunas actividades.
Y si además tienes la posibilidad de llegar a los más
pequeños para explicarles lo que es el monte, las especies que
allí pueden encontrar, y cómo algunas de ellas han sido
domesticadas por el hombre para sacarles un rendimiento, si les puedes
explicar cómo se planta una vid, cómo se cuida para luego
recoger su fruto, elaborando con él tras un proceso fácil
de contar cómo conseguimos el vino, si puedes dar a conocer algo
tan simple como el ordeñar una vaca, recoger unos huevos frescos
o elaborar membrillo, cosas tan comunes para nosotros al verlas tantas
veces cuando de pequeños acompañábamos a nuestros
padres al pueblo para pasar unos días, si tienes la posibilidad
de hacer entender a los más jóvenes que hay cosas fuera
de los grandes edificios de sus ciudades, plantas que conocer, animales
que buscar, bosques con árboles y otras formas de vida, dentro
de las que un elemento más es el cazador, que está todo
el año en este entorno, cuidándolo y disfrutando de él,
y que no es, como pretenden hacerle creer, una persona que durante cuatro
meses persigue sin piedad a los pobres animalitos, si puedes acompañar
a estos jóvenes y en muchos casos a sus familiares a contar avutardas,
a ver los ciervos en una berrea, o a explicarles cómo es la vida
de una familia de conejos dentro de un majano, enseñarles un
pino estropeado por un ciervo para que entiendan que esa maravilla que
es un bosque necesita un equilibrio, entonces es más fácil
empezar a entender la razón por la que cada vez encontramos más
personas satisfechas de dedicar algunos ratos a las escuelas de ladrillo,
bien sea aprendiendo, o enseñando, entonces es más fácil
entender que un tal Calderón de la Barca comentase que “quien
daña el saber, es homicida de si mismo”.
P.D. Sí, mi estimado A.C., yo las cosas las hago por convicción, creo que la enseñanza necesita convicción, y además puedo asegurarte que obtengo una satisfacción adicional al saber, que por aquello de lo que estoy convencido hago cosas, bien, mal o regular, pero intento hacer algo más que no sea hablar... y hablar... y hablar...
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